Estrategia

Vías democráticas hacia el socialismo: el retorno de la cuestión estratégica

Tras el largo eclipse durante el cual la ortodoxia neoliberal proclamó la retirada del Estado como actor histórico y, con ello, el abandono de toda teoría sobre la naturaleza y la especificidad del poder estatal, la cuestión del Estado ha vuelto a aparecer en los últimos años en el centro de los debates teóricos y prácticos de la izquierda y, en particular, de la izquierda marxista revolucionaria. En Brasil, en Venezuela y en Bolivia, pero también, de formas más complicadas y variadas, en Europa occidental, la izquierda ha tenido que responder a la necesidad de aclarar la cuestión de su relación con el Estado en términos institucionales concretos.

En algunos casos, los partidos y organizaciones revolucionarios ya han optado por asumir las responsabilidades y los riesgos de la participación gubernamental, con éxitos dispares; en otros, la cuestión seguirá constituyendo el horizonte de la coyuntura actual, en particular en lo que respecta a la crisis económica mundial y las posiciones a favor de diversas formas de intervención estatal para hacerle frente. Los llamamientos a «cambiar el mundo sin tomar el poder» sin duda han encontrado cierto eco en diversos sectores del movimiento altermundialista a principios de este siglo; sin embargo, lo cierto es que la realidad, para una orientación revolucionaria responsable hoy en día, es la de un retorno de la cuestión político-estratégica, por retomar la estimulante fórmula de Daniel Bensaïd (1).

En este contexto, conviene volver a uno de los debates centrales del último gran florecimiento de la teoría marxista del Estado en los años setenta, a saber, la crítica que Poulantzas hizo del concepto de «guerra de posiciones» de Gramsci y de la tesis de la «dualidad del poder» de Lenin. Aunque tal debate pueda dar la impresión de hablar en el lenguaje de una cultura política olvidada desde hace mucho tiempo, me gustaría defender la tesis de que pocos debates surgidos de la tradición marxista son tan pertinentes hoy en día como este, porque toca el núcleo del estatus no resuelto de la tradición marxista como, fundamental y ante todo, crítica teórica y práctica del Estado capitalista. Desde cierto punto de vista, las caracterizaciones de la naturaleza del Estado y del poder social y político que se encuentran en Poulantzas y Gramsci se presentan como dos modelos para comprender los movimientos contemporáneos, como un conjunto de precondiciones teóricas posibles para el compromiso práctico.

La crítica de Poulantzas: guerra de posiciones = dualidad de poder

La confrontación con Gramsci acompañó, de manera productiva, todas las fases de la trayectoria intelectual de Poulantzas, a menudo expresada en términos de una crítica profunda inspirada en la lectura de Gramsci por Althusser (2). Pero solo en el capítulo final de su último libro, El Estado, el poder, el socialismo, propuso una interpretación verdaderamente personal. De esta lectura surge una imagen de Gramsci muy diferente de otras dos mucho más familiares en la izquierda de los años sesenta y setenta, cuya influencia aún se ejerce en la actualidad. Para la primera de estas interpretaciones (procedente del eurocomunismo de derecha), la «guerra de posiciones» gramsciana corresponde a una propuesta de «larga marcha a través de las instituciones» del Estado burgués, concebido como la simple suma de sus partes, divisible, lo que permite una estrategia de conquista progresiva de puestos individuales (de instituciones) que se sustraen al dominio político burgués mediante una simple progresión aritmética, hasta que la sola fuerza del número invada el corazón del aparato y la clase obrera tome posesión del Estado (concebido como instrumento de gobierno).

A diferencia de la «guerra de maniobras» (al menos en una de sus interpretaciones), no busca tomar por asalto la ciudadela en una batalla campal, sino que pasa por una «lenta subversión» que ataca al Estado burgués desde dentro. Los socialdemócratas de izquierda actuaban de buena fe cuando propusieron esta interpretación en la década de 1970.

Desde entonces, su lógica ha sido cínicamente pervertida y reutilizada en ciertos aspectos de la tercera vía neoliberal, que ha mantenido vínculos residuales, de orden retórico, con la tradición socialdemócrata.

En la segunda interpretación (socialdemócrata de izquierda), el terreno privilegiado de la «guerra de posiciones» gramsciana en Occidente es la sociedad civil. Se trata de una estrategia de «construcción de trincheras» lenta y laboriosa, a una distancia suficiente del Estado para que el ajuste de cuentas decisivo con él se posponga indefinidamente, sin efecto inmediato en las luchas contemporáneas. Se define en oposición a la «guerra de maniobras», es decir, al enfrentamiento directo con el Estado que solo los bolcheviques supieron llevar a cabo en el Este, dada la subdesarrollo de su sociedad civil, entonces incapaz de ofrecer un dispositivo de trincheras capaz de proteger al Estado de cualquier asalto directo, contrariamente a lo que se cree que es el caso en Occidente.

El legado de estas interpretaciones aún se percibe hoy en día en aquellas versiones del concepto de hegemonía que lo convierten en una «lógica de lo social» sin tener mucho que decir sobre la especificidad del poder del Estado, ya que este se ha disuelto en una «discursividad» invasiva e indeterminada (3). En ambos casos, la guerra de posiciones gramsciana se presenta como una ruptura definitiva con la teoría del Estado de Lenin.

Poulantzas, por su parte, veía en Gramsci a un teórico que se había impregnado plenamente de la estrategia leninista y, en una versión diferente, tercer internacionalista de la «dualidad del poder» —demasiado, por cierto, en el caso de Gramsci, según Poulantzas, y ello a pesar de toda la sofisticación de su concepción del Estado, concepción que finalmente había quedado prisionera de las metáforas topográficas propias de esta tradición. Poulantzas consideraba que «una línea principal atraviesa los análisis y la práctica de Lenin: el Estado debe ser destruido en bloque mediante una lucha frontal en una situación de doble poder, y sustituido por el segundo poder, los soviets, un poder que ya no sería un Estado en sentido estricto, ya que sería un Estado en desintegración». Poulantzas supo reconocer rápidamente la diferencia entre esta tesis analítica y perspectiva estratégica, por un lado, y, por otro, su posterior degeneración estalinista en un «rechazo de lo político».

Sin embargo, fue igualmente rápido en desarrollar la idea de una continuidad entre las perspectivas que habían informado la práctica bolchevique en 1917 y la teoría del Estado canonizada por la III Internacional. En particular, tenían en común sus perspectivas sobre la localización de «la lucha de las masas populares por el poder del Estado» (fuera del Estado, en ese ámbito mal definido y difuso que representa la sociedad civil, entonces concebida como un remanente), en cuanto a sus medios («creación de una situación de dualidad de poder»), su concepto del poder político y social («una sustancia cuantificable» hoy secuestrada por la burguesía en el seno de un Estado -instrumento que puede ser apropiado por las fuerzas proletarias mediante una estrategia de dualidad de poder que avanza hacia la captación del aparato estatal existente), y su objetivo (la toma y destrucción del Estado fortaleza, que debe ser sustituido por «el segundo poder (soviets) constituido en un Estado de nuevo tipo» (4).

Estas perspectivas también se encontraban, según Poulantzas, en los Cuadernos de la cárcel de Gramsci. En Estado, poder, socialismo, «Ciertamente, —escribe—, no se pueden poner en duda las considerables aportaciones teórico-políticas de Gramsci, y se conoce la distancia que tomó con respecto a la experiencia estalinista. Sin embargo, tampoco él (aunque actualmente se le cite a diestro y siniestro) pudo plantear el problema en toda su amplitud. Sus famosos análisis sobre las diferencias entre la guerra de movimiento (la de los bolcheviques en Rusia) y la guerra de posiciones se entienden esencialmente como la aplicación de la estrategia leninista modelo a «situaciones concretas diferentes», las de Occidente (5). Estos vestigios leninistas fueron determinantes para la forma en que Gramsci teorizó sobre el Estado. Gramsci no había comprendido que «tomar o conquistar el poder del Estado no puede significar simplemente apoderarse de las piezas de la maquinaria estatal, con el fin de sustituirla por el segundo poder». » Seguía fascinado por la idea del Estado como «fortaleza en la que se entra con caballos de madera» o comparable a «una caja fuerte que se abre por la fuerza».

Fiel al espíritu de la formulación leninista, Gramsci consideraba la sociedad civil como si se tratara de una tierra baja exterior al Estado, locus de una posible construcción de un contrapoder.

Desde allí, el movimiento obrero podía librar una «guerra de posiciones» que le permitiera, a la larga, lanzar un ataque contra la ciudadela del Estado burgués con el objetivo de destruirlo y sustituirlo por una forma más satisfactoria de organización social. Así, y, en última instancia, aunque más sofisticada y menos susceptible de instrumentalismo vulgar que sus variantes estalinistas o socialdemócratas, la perspectiva propuesta por Gramsci al movimiento obrero occidental se había quedado en la problemática de la estrategia de la «dualidad de poder», en la medida en que «la modificación decisiva de la relación de fuerzas no se juega en el seno del Estado, sino entre el Estado […] y las masas supuestamente ajenas al Estado» (6).

La alternativa de Poulantzas: el Estado como condensación de una relación de fuerzas y la vía democrática hacia el socialismo

En sus obras anteriores, y en particular en Poder político y clases sociales, Poulantzas ya había intentado elaborar un análisis más matizado de la naturaleza del Estado capitalista y sus distintas modalidades de poder. Poulantzas consideraba crucial comprender en qué medida el Estado capitalista ya estaba atravesado, desde dentro, por antagonismos y luchas de clases. En otras palabras, la política no se sitúa «fuera» de la fortaleza del Estado, sino que constituye su propia materialidad: el Estado como condensación de una relación de fuerzas. Más concretamente, Poulantzas rechazaba la metáfora topográfica según la cual existiría un lugar «más allá del Estado» en el que podrían reunirse las fuerzas de un Estado futuro, de un tipo diferente (7).

Dado que todas las relaciones sociales son siempre relaciones de fuerzas internas a un Estado determinado, son interpeladas por ese Estado al tiempo que lo constituyen. «Es en este sentido preciso que, una vez establecido el Estado, no se puede pensar en ninguna realidad social (un saber, un poder, una lengua, una escritura) que represente un estado primario en relación con el Estado, sino en una realidad social siempre relacionada con el Estado y con la división en clases (8). » En el fondo, para Poulantzas (y para proponer una variación de una famosa fórmula derridiana), «no hay nada fuera del Estado » (9), porque el Estado se define desde el principio como coextensivo a la formación social. La conclusión estratégica de este análisis fue la idea de una « vía democrática hacia el socialismo » dentro del Estado existente.

Esta fue la contribución final del Poulantzas maduro al debate sobre la «crisis del marxismo», formulada explícitamente como superación de la «guerra de posiciones» gramsciana, representante más sofisticada de la tradición de la «dualidad del poder». Profundamente arraigado en los debates de la época (por ejemplo, el relativo a la dictadura del proletariado en el PCF) e indudablemente influido por la experiencia chilena y el fracaso de la revolución portuguesa, Poulantzas se preocupó especialmente por la ausencia, en la estrategia de la dualidad de poder, de una teoría de la «transformación del aparato del Estado». Según él, «este largo proceso de toma del poder» consistía en «desplegar, reforzar, coordinar y dirigir los centros de resistencia difusos de los que siempre disponen las masas dentro de las redes estatales […] de tal manera que estos centros se conviertan, en el terreno estratégico que es el Estado, en los centros efectivos del poder real (10). »

La vía democrática hacia el socialismo proponía una «guerra de posiciones» librada en el seno mismo del Estado existente que, una vez redefinido en términos relacionales y estratégicos, comprendía el terreno que Gramsci, a ojos de Poulantzas, había seguido identificando con la «sociedad civil ». Esta estrategia debía llevarse a cabo en luchas de intensidad y profundidad variables, unas cercanas al corazón del aparato estatal, otras a cierta «distancia» de este. «Las formas de articulación […] de las transformaciones del Estado y de la democracia representativa […] de la democracia directa y del movimiento autogestionario » (11) eran un reto central de la estrategia de poder «bifurcado» (en lugar de dual).

Mediante el refuerzo de la democracia representativa —como garantía de equidad jurídica—, Poulantzas proponía superar el riesgo de degeneración hacia una autarquía estalinista; al reforzar el poder de la democracia directa —como garantía de una participación activa de las masas— proponía superar el riesgo del «reformismo tradicional» que, según él mismo admitía, estaba implícito en esta estrategia. En cuanto a saber precisamente qué implicaría tal transformación del aparato estatal y si podría conducir al Absterben [muerte] del Estado, como había anticipado al menos una tradición marxista anterior, se trata de enigmas que Poulantzas nunca fue capaz de resolver.

Estos enigmas siguen siendo los mismos para nosotros hoy en día, y ello en formas inmediatamente prácticas. Muchos de los debates que figuran en la agenda de los movimientos sociales y políticos contemporáneos pueden caracterizarse como pertenecientes a esta problemática de la vía democrática hacia el socialismo, con todas sus oportunidades y peligros, ya se trate de los problemas de la relación entre la sociedad civil y el Estado, entre los movimientos sociales y sus «expresiones» políticas, y entre la democracia directa de base y su «representación» en el aparato estatal existente.

El renovado interés internacional por el pensamiento de Poulantzas demuestra su relevancia teórica y, en última instancia, política en la coyuntura actual (12). En la medida en que la propuesta de una vía democrática hacia el socialismo pretendía superar lo que se ha podido considerar como una persistencia de residuos leninistas que comprometían los intentos de Gramsci de romper con una teoría instrumentalista del Estado, la legitimidad de esta propuesta, y su utilidad contemporánea, puede juzgarse, al menos en parte, sobre la base de la exactitud de su caracterización de la teoría que le servía de punto de partida.

Dos cuestiones, aparentemente de carácter puramente teórico o filológico, deberían ayudarnos a plantear el problema de manera más concreta. En primer lugar, ¿encontramos en Poulantzas una comprensión adecuada de los supuestos teóricos de la concepción gramsciana de la relación entre Estado y sociedad civil? En otras palabras, nos preguntamos si Gramsci postula realmente un terreno fuera del Estado, un terreno en el que podría surgir un nuevo poder político, capaz de apoderarse del (aparato) Estado y sustituirlo.

En segundo lugar, ¿encontramos en Gramsci una concepción del poder social y político entendido como «sustancia cuantificable» en manos de una clase particular y, por lo tanto, susceptible de enfrentarse a otra «cantidad» de poder en manos de otra clase? En otras palabras, ¿la guerra de posiciones en Gramsci no es más que una variante sofisticada de la estrategia de la dualidad del poder, en sus presupuestos fundamentales, que sigue prestándose a las mismas críticas que Poulantzas dirigió a sus versiones leninistas, tercerinternacionalistas y socialdemócratas? ¿O es que, por el contrario,

Gramsci elaboró una teoría que combina las fuerzas y la sofisticación de las investigaciones de Poulantzas, evitando al mismo tiempo sus consecuencias potencialmente paralizantes en el ámbito político?

Gramsci y el Estado integral

La característica más llamativa e irónica de la crítica que Poulantzas propone de la teoría del Estado de Gramsci es que, al igual que muchas otras interpretaciones de finales de los años sesenta y principios de los setenta, esta crítica no tiene en cuenta lo que fue la contribución más importante de Gramsci a la teoría del Estado: el concepto de Estado integral como identidad-distinción dialéctica de la sociedad civil y política.

Es doblemente irónico que Poulantzas haya tomado el relevo de estas interpretaciones que consideraban que, para Gramsci, los términos se referían a dos ámbitos distintos de una formación social: en primer lugar, porque una de sus colaboradoras más cercanas, Christine Buci-Glucksmann, fue una de las primeras en llamar la atención sobre la importancia del «concepto general de Estado» o del «Estado integral» en Gramsci para comprender la articulación inédita de estos conceptos en los Cuadernos de prisión (13); en segundo lugar, porque, de todos los teóricos marxistas anteriores, Gramsci es quizás el que más lejos llega en la búsqueda de una ruptura definitiva con una teoría exclusivamente instrumentalista del Estado. Más concretamente: con el concepto de «Estado integral», Gramsci describe la formación de los Estados modernos en Occidente como —por retomar los términos mismos de Poulantzas— una condensación de las relaciones de fuerza entre las clases y dentro de ellas.

En Gramsci, la propuesta del concepto de «Estado integral» fue precedida por análisis históricos en profundidad sobre el surgimiento del Estado capitalista moderno, su elaboración como proyecto ético que abarcaba a toda la sociedad tras la Revolución Francesa y su degeneración en una fase de revolución pasiva frente a las revueltas obreras. Teniendo en cuenta la amplia bibliografía que ha aparecido sobre este tema durante el reciente y prolífico período de entusiasmo por la filología gramsciana, no es necesario volver sobre los detalles de estos descubrimientos (14).

Aquí nos interesaremos más directamente por este nuevo concepto que Gramsci elaboró al término de sus investigaciones. Con el concepto de Estado integral, Gramsci pretendía analizar las interpenetraciones y los refuerzos mutuos de la «sociedad política» y la «sociedad civil» (distinguiéndolas analíticamente más que orgánicamente) dentro de una forma de Estado unificado (e indivisible). Según este concepto, el Estado en su forma integral no debe limitarse a la maquinaria del gobierno y las instituciones legales (el Estado entendido en sentido instrumental, en oposición a la «sociedad civil»).

El concepto de Estado integral, por el contrario, tenía por objeto constituir una unidad dialéctica de los momentos de la sociedad civil y la sociedad política. La hegemonía civil proporciona la base social del poder político de la clase dominante en el aparato del Estado, que a su vez refuerza sus iniciativas en la sociedad civil. Para Gramsci, la sociedad civil es el terreno en el que se desarrolla la competencia entre las clases sociales por el liderazgo político, o la hegemonía, sobre las demás clases sociales.

El mantenimiento de esta hegemonía depende totalmente, sin embargo, «en última instancia», del control del monopolio legal de la violencia encarnado en las instituciones de la sociedad política, o el Estado en el sentido restringido de aparato estatal. Sin embargo, entendido en su sentido integral, según Gramsci, «el Estado es el conjunto de actividades prácticas y teóricas mediante las cuales la clase dominante no solo justifica y mantiene su dominio, sino que consigue obtener el consenso activo de los gobernados» (15). O, en una famosa fórmula: «En la noción general de Estado entran elementos que deben relacionarse con la noción de sociedad civil (en este sentido, se podría decir que Estado = sociedad política + sociedad civil, es decir, una hegemonía blindada por la coacción) (16)».

Por lo tanto, para Gramsci, la sociedad civil no debe concebirse de manera topográfica, como un terreno fuera del Estado. Más que un ámbito intacto más allá del Estado, la sociedad civil, en esta visión, consiste en una serie de prácticas y relaciones dialécticamente interpeladas dentro del propio Estado (integral), formando su «base social» (17). Al mismo tiempo, se negaba a abolir la distinción entre el Estado (en el sentido restringido de «aparato estatal») y la sociedad civil (como es el caso, por otra parte, de Gentile y su comprensión especulativa actualista del intento de Estado totalitario fascista en el que el Estado lo es todo) (18). Por el contrario, mantuvo ambos términos, tanto en su unidad como en su distinción, como relación dialéctica entre diferentes niveles de formación de clase y eficacia política, incluso después de su elaboración del nuevo concepto de Estado integral en octubre de 1930.

En Gramsci, más que lugares geográficos o terrenos, la «sociedad política» y la «sociedad civil» se entienden como relaciones sociales y políticas diferenciales dentro del «Estado integral»; unas comprenden el Estado en términos de la consolidación del poder político de una clase en las instituciones (estatales) o, si se prefiere, en términos del grado de coacción; otros, en términos de la constitución de ese poder político (posible) entre las fuerzas presentes en el terreno social (criterio de consentimiento). Gramsci era, por tanto, capaz de poner de manifiesto, al mismo tiempo, la unidad del Estado capitalista y de analizar las diferentes combinaciones y articulaciones de la coacción y el consentimiento que lo constituyen, lo que permitía determinar con mayor precisión los ejes de desarrollo capaces de conducir a su transformación.

Poulantzas se equivocaba al explicar que Gramsci presuponía un terreno externo al Estado en el que podía surgir un nuevo poder político. Al igual que Poulantzas, los Cuadernos de la cárcel intentaron captar la especificidad del Estado capitalista como condensación de las relaciones de fuerza entre clases, condensación realizada bajo el dominio de la burguesía. Del mismo modo, Poulantzas se equivocaba al explicar que, para Gramsci, la ruptura decisiva se produce «entre el Estado […] y su supuesto exterior absoluto, el segundo poder» (19).

Para Gramsci, ese momento de ruptura tiene lugar en el seno mismo del movimiento obrero, como ruptura con su constitución económico-corporativa, cuando las masas pueden romper con su integración paralizante de la revolución pasiva y construir su propio proyecto hegemónico como clase, reduciendo la capacidad de actuar (o más bien, la capacidad de dominar) de la burguesía mediante el aumento de su propia capacidad de actuar. El camino hacia el poder político para el proletariado implicaría, en primer lugar, la modificación de la relación de fuerzas dentro del Estado integral, la dislocación del refuerzo mutuo de la coacción y el consentimiento que explota la burguesía para mantener su propia dominación de clase.

El aparato estatal de la burguesía solo podría neutralizarse si el proletariado lo privara de su «base social» mediante la elaboración de un proyecto hegemónico alternativo. Gramsci concebía este proyecto en términos concretos, en términos de «aparatos hegemónicos »: la amplia gama de «instituciones» y prácticas —desde la prensa hasta las organizaciones educativas, las iniciativas culturales y los partidos políticos— mediante las cuales una clase y sus aliados pueden enfrentarse a su adversario en una lucha por el poder social, y luego político, o por la dirección de la sociedad en su conjunto (20).

El poder político se concibe aquí no como un instrumento o una «sustancia cuantificable», sino en términos relacionales: como la capacidad, o incapacidad, de una clase para actuar en relación con otra, pero también como la disposición de las iniciativas de una clase en la sociedad política para estar en sintonía con su «base social» en la sociedad civil. En otras palabras, para Gramsci, el poder político es inmanente, no solo al Estado como condensación de las relaciones de fuerza (las relaciones entre las clases), sino también a los proyectos hegemónicos a través de los cuales las clases se constituyen a sí mismas como clases (relaciones internas de las clases) capaces de ejercer el poder político (en oposición a una masa incoherente de intereses «corporativos»).

El potencial de una clase para ejercer el poder político depende, por lo tanto, de su capacidad para encontrar las formas institucionales adecuadas a la differentia specifica de su propio proyecto hegemónico particular, es decir, las formas que le permiten no solo hacer la transición del orden económico-corporativo al orden propiamente político, de la sociedad civil a la sociedad política, sino también, y de manera decisiva, una vez adquirido el poder del Estado, permanecer plenamente en sintonía con su base social.

En la forma asimiladora de un Estado integral reforzado por la revolución pasiva, la burguesía había encontrado una forma de promover su propia forma contradictoria de modernización. Al proletariado le quedaba por encontrar lo que la tradición marxista había denominado un «nuevo tipo de Estado» o, contra la Herrschaft de la burguesía, encontrar lo que Lenin llamaba su propio «poder de un tipo completamente diferente», que permitiría la reabsorción de la díada sociedad política-sociedad civil en lo que Gramsci describía en términos de sociedad «regulada» (21).

El retorno de la dualidad del poder

Poulantzas tenía razón al decir que la noción gramsciana de guerra de posiciones presuponía una variante más sofisticada de la estrategia de la dualidad del poder, pero no por las razones que él había imaginado. Tal y como lo concibió inicialmente Lenin, el concepto de «dualidad del poder» no era una cuestión de elegir una propuesta estratégica frente a otra, ni implicaba un simple rechazo de la confrontación con el aparato estatal existente y sus mecanismos de democracia parlamentaria (sobre los que Lenin no dejó de explicar que podían ser tácticamente útiles para el movimiento revolucionario en determinadas coyunturas), en nombre de una forma de poder político más «auténtica».

Este concepto se refería, por el contrario, a la realidad del «estado de excepción negativo» entre las dos revoluciones de 1917. De hecho, la tesis de la dualidad del poder no apareció explícitamente en el pensamiento de Lenin hasta el momento muy específico del «interregno». Presente «en estado práctico» en las Tesis de abril, formulada explícitamente en un artículo publicado en Pravda el 9/22 de abril de 1917, y expuesta de forma más famosa en Las tareas del proletariado en nuestra revolución (escrito el 10/23 de abril, pero que no se publicó hasta diciembre), la tesis de la dualidad del poder [dvoelastie] fue concebida para reflexionar conjuntamente sobre la situación «extremadamente original» de «entrelazamiento» o «amalgama de dos dictaduras», los soviets junto al gobierno provisional.

Las bases sociales de estas «dictaduras» eran completamente diferentes: una era «un Estado en el sentido estricto de la palabra», es decir, un aparato estatal basado en el derecho y, en última instancia, en los derechos de propiedad privada; la otra era «el nuevo tipo de Estado» de la Comuna de París, fundado y funcionando sobre la base de iniciativas populares. Estas dictaduras eran, en el sentido más estricto, formas incompatibles de poder político cuyo antagonismo debía conducir a la desaparición de una u otra. Lenin insistió en el carácter excepcional de esta bifurcación: «No hay duda de que este «entrelazamiento» no puede durar mucho tiempo. No puede existir un doble poder en un Estado. […] La dualidad del poder solo refleja un período de transición en el desarrollo de la revolución (22). »

La noción gramsciana de guerra proletaria de posición contra la lógica de la revolución pasiva proviene de los mismos supuestos que los de Lenin en su análisis de 1917 sobre la naturaleza de clase de las diferentes formas de Estado. Su análisis histórico de la consolidación del proyecto hegemónico burgués en el marco de un Estado integral cualitativamente nuevo y su oposición inscrita en una hegemonía proletaria ampliada y progresista dirigida contra las formas revolucionarias pasivas y esclerotizantes, adoptadas por un proyecto hegemónico burgués en crisis, le permitieron comprender bien la naturaleza específicamente burguesa y capitalista del Estado existente, «en última instancia», más allá de los diversos elementos y contradicciones que pueda contener.

Sin embargo, si la tesis de Lenin describía una coyuntura ya ocurrida (y no predicha), la teoría de Gramsci, elaborada en un momento de derrota en el fondo de una cárcel fascista, buscaba reagrupar las fuerzas que harían posible el retorno de tal situación de dualidad de poder.

A diferencia del intransigente ultraizquierdista de los años de la fundación del PCI, el Gramsci de los Cuadernos de la cárcel reconoció que tal proceso puede necesitar efectivamente pasar por una fase de transformación desde dentro del Estado existente: su tardío apoyo a la estrategia del frente único y su último consejo al movimiento obrero italiano sobre la necesidad de que un amplio frente antifascista reconstituyera las instituciones representativas (en contra de la locura del dogma del tercer periodo de la Internacional Comunista) defendía explícitamente tales transformaciones en esa coyuntura.

Sin embargo, esto seguía siendo una maniobra táctica, subordinada al objetivo estratégico último de dotar a las clases subalternas de las formas institucionales necesarias para su transición de grupo dirigente a grupo dominante, fundador de un «nuevo tipo de Estado» que no consistiría en un Estado. Por lo tanto, no se trata, para modificar una de las formulaciones de Poulantzas al final de El Estado, el poder, el socialismo, «de una simple alternativa entre» la vía democrática hacia el socialismo «y la guerra de posiciones, ya que esta última, en el sentido de Gramsci, consiste siempre en un» despliegue táctico de la primera (23).

Con Gramsci, la vía democrática hacia el socialismo reconoce la realidad del Estado integral existente (como único lugar del poder político y, por lo tanto, como horizonte en el que debe operar el movimiento obrero) y, al mismo tiempo, la realidad del modo de existencia de ese Estado particular como Estado burgués y capitalista basado en una condensación específica de relaciones sociales burguesas, tanto en la sociedad civil como en la sociedad política. Sobre la base de este reconocimiento, Gramsci pudo formular en términos concretos la posibilidad de un tipo de condensación completamente diferente, a saber, la intensificación de las fuerzas sociales dentro del movimiento obrero que serían capaces de volver a poner en la agenda «el tipo de Estado completamente nuevo» que determinó los contornos de la experiencia política de octubre de 1917.

Desde esta perspectiva, el reto para la izquierda contemporánea de dar una respuesta satisfactoria al retorno de la cuestión político-estratégica no se limita simplemente a una confrontación responsable con la realidad del Estado existente y el terreno político que este define. De manera mucho más crucial, esta cuestión remite al reto de actualizar el análisis inicial de Lenin sobre la realidad de la dualidad del poder, es decir, que el movimiento obrero debe desarrollar su propia forma de poder político e intentar con seguridad llevar hasta el final sus consecuencias institucionales.

Esta vía democrática hacia el socialismo tiene como objetivo superar el Estado capitalista y, en este sentido, un despliegue táctico de los análisis de Poulantzas en la perspectiva estratégica de la guerra de posiciones gramsciana por un «nuevo tipo de Estado» podría resultar ser la forma más viable y eficaz del legado de Poulantzas en la actualidad.

 

Publicado originalmente en Contretemps 8, 2011.

Notas

  1. El presente texto fue redactado inicialmente en respuesta a las contribuciones de Daniel Bensaïd en el marco del seminario Projet K del verano de 2006. Está, por lo tanto, dedicado a su memoria.
  2. Véase, por ejemplo, N. Poulantzas, Pouvoir politique et classes sociales [1967], París, Maspero, 1982, pp. 37, 147–149, 210, 216 y 221. Para un análisis de las primeras lecturas althusserianas de Gramsci, véase mi libro The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism, Historical Materialism Book Series, Brill Academic Press, Leiden, 2009.
  3. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe fueron los principales promotores de este tipo de lectura en Hegemonía y estrategia socialista, Les Solitaires Intempestifs, 2009.
  4. N. Poulantzas, L’État, le pouvoir, le socialisme, París, PUF, 1978, p. 278.
  5. Ibid., pp. 283–284. Véase también « Une révolution copernicienne dans la politique », en La Gauche, le pouvoir, le socialisme. Hommage à Nicos Poulantzas, dir. C. Buci-Glucksmann, París, PUF, 1983, pp. 37–41.
  6. N. Poulantzas, L’État…, op. cit., p. 285.
  7. Cf. Bob Jessop, State Theory. Putting the Capitalist State in its Place, Cambridge, Polity, 1990, p. 230.
  8. N. Poulantzas, L’État…, op. cit., p. 44.
  9. En francés en el texto. Alusión a Jacques Derrida: « Il n’y a pas de hors-texte » [« No hay fuera del texto »]. (N. del T.)
  10. N. Poulantzas, L’État…, op. cit., p. 285.
  11. Ibid., p. 293.
  12. Cf. el volumen colectivo Poulantzas lesen: Zur Aktualität marxistischer Staatstheorie, dir. L. Bretthauer, A. Gallas, J. Kannankulam e I. Stützle, Hamburgo, VSA, 2006, y The Poulantzas Reader, Londres, Verso, 2008.
  13. Christine Buci-Glucksmann, Gramsci et l’État: pour une théorie matérialiste de la philosophie, París, Fayard, 1975.
  14. Para el estudio filológico más detallado, cf. Guido Liguori, « Stato-società civile », en Fabio Frosini y Guido Liguori (eds.), Le parole di Gramsci. Per un lessico dei Quaderni del carcere, Roma, 2004, pp. 208–226. Domenico Losurdo, Antonio Gramsci dal liberalismo al « comunismo critico », Roma, 1997, ofrece una visión sintética de los desarrollos históricos del pensamiento de Gramsci, en particular en lo relativo a su noción original de revolución pasiva.
  15. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, vol. IV, trad. F. Bouillot y G. Granel, París, Gallimard, 1990, cuaderno 15, § 10, p. 120.
  16. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, vol. II, trad. M. Aymard y P. Fulchignoni, París, Gallimard, 1983, cuaderno 6, § 88, p. 83.
  17. Ibid., cuaderno 6, § 136.
  18. Ibid., cuaderno 6, § 10.
  19. N. Poulantzas, L’État…, op. cit., p. 286.
  20. Sobre el concepto de « aparato hegemónico », cf. Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, vol. I, trad. M. Aymard y F. Bouillot, París, Gallimard, 1996, cuaderno 1, § 48; y vol. II, op. cit., cuaderno 6, §§ 136 y 137.
  21. Sobre el concepto de « poder de un género completamente distinto » en Lenin, cf. « Sobre la dualidad de poderes » [1917], disponible en francés en www.marxists.org.
  22. V. I. Lenin, « Las tareas del proletariado en nuestra revolución » [1917], disponible en francés en www.marxists.org.
  23. N. Poulantzas, L’État…, op. cit., pp. 285–286.

 

Peter D. Thomas

Historiador, docente de Historia del pensamiento político, autor The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism. 

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