En un momento en que el consumo de combustibles fósiles sigue en aumento y el optimismo racionalizado sobre el futuro es moneda corriente, los argumentos de Andreas Malm y Wim Carton resultan especialmente urgentes. (James L. Amos / Corbis vía Getty Images)
Andreas Malm y Wim Carton tienen un enemigo, y no son los «negacionistas del clima». Estos autores reconocen que la versión original del negacionismo climático promovida por las grandes petroleras —que rechazaba el hecho científico de que, al quemar combustibles fósiles, los seres humanos emiten dióxido de carbono, lo que a su vez calienta el planeta— hoy es menos frecuente que un argumento negacionista más reciente, que sostiene que «el cambio climático existe, pero no es un gran problema».
Tampoco su enemigo es tan amplio o sistémico como «el capitalismo», aunque los autores describieron medio en broma su libro como una suerte de «informe legible del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático [IPCC, por sus siglas en inglés], de naturaleza marxista» y defienden objetivos como la «imposición de costos materiales serios al capital fósil».
Para estos profesores de la Universidad de Lund, en Suecia, autores del nuevo libro The Long Heat: Climate Politics When It’s Too Late [El calor prolongado: la política climática cuando ya es demasiado tarde], los enemigos del momento son los «optimistas racionalistas».
Estas personas —a quienes más adelante se mencionará con nombre y apellido— son optimistas en el sentido de que sostienen con frialdad que, como escribe Malm en su libro de 2024 Overshoot, «todo va a salir bien», a pesar de que el calentamiento global está en camino de superar los 1,5 grados Celsius y podría alcanzar los 3 grados, con consecuencias devastadoras para la humanidad. Para esta «ideología antirrevolucionaria», el sobrepaso de 1,5 o 2 grados Celsius de calentamiento y el uso sostenido de combustibles fósiles son «inevitables». Los optimistas racionalistas creen que el clima puede estabilizarse o que el calentamiento global puede «revertirse» mediante el despliegue de soluciones tecnológicas, como extraer carbono de la atmósfera a través de tecnologías de remoción de dióxido de carbono (CDR, por sus siglas en inglés) o recurrir a la «geoingeniería solar» para atenuar la radiación solar y enfriar temporalmente el planeta.
La mitad «racionalista» del rótulo refiere a la presunción de estas personas de que tecnologías como la geoingeniería solar o la CDR —en caso de volverse accesibles y, por lo tanto, viables a gran escala— serían desplegadas de manera óptima, en lugar de ser mal utilizadas por actores que siguen siendo «miopes, interesados y atados a intereses pecuniarios privados», como el ejército estadounidense o alguna startup descontrolada de Silicon Valley.
Escrito con enojo y convicción, el libro es una lectura atrapante. En un momento en que el consumo de combustibles fósiles sigue aumentando y el optimismo racionalizado sobre el futuro es habitual, los argumentos de Malm y Carton resultan especialmente urgentes.
La influencia de los optimistas racionalistas puede verse en todas partes. Basta con observar a las figuras del universo MAGA que cambiaron el negacionismo clásico por afirmaciones según las cuales el cambio climático simplemente «no es tan importante», como dijo el secretario estadounidense Chris Wright. O a los escritores «centristas» de instituciones como el Council on Foreign Relations o el Tony Blair Institute, que sostienen que es hora de aceptar que el mundo se calentará 3 grados Celsius, trasladar la responsabilidad a los países en desarrollo y colocar la CDR y otras soluciones tecnológicas en el centro de la respuesta climática. Incluso los demócratas más progresistas priorizan mensajes vinculados a la asequibilidad en lugar de usar la palabra «clima», aunque sea por razones tácticas. Dicho sin rodeos: el asalto frontal necesario contra el capital fósil no está en el menú (al menos, por ahora).
En esta sección, los autores remiten a estudios clásicos, en particular a los de Charles Darwin. Confrontan la afirmación defectuosa de Darwin según la cual «la naturaleza no da saltos», es decir, que la evolución sólo ocurre a través de cambios pequeños y graduales. En cambio, apoyándose en G. W. F. Hegel y Friedrich Engels —quienes aborrecían el «gradualismo»—, los autores recorren los cambios de fase que pueden convertir aumentos graduales en la concentración de dióxido de carbono en transformaciones rápidas, dramáticas e incluso irreversibles de los sistemas físicos.
Una vez que una capa de hielo empieza a derretirse o que la selva amazónica comienza a morir, el proceso no se detiene simplemente cuando caen las emisiones. No podemos depositar una fe ciega en que futuras reducciones o reversiones de emisiones puedan o vayan a revertir cambios en avalancha en el mundo natural, y estas páginas constituyen una reprimenda convincente a los responsables de políticas públicas para quienes «el conservadurismo o el fatalismo respecto de la sociedad se transforman en un aventurerismo extremo respecto de la naturaleza».
Los seres humanos emiten 37,4 mil millones de toneladas de dióxido de carbono por año a partir de la quema de combustibles fósiles, y sólo eliminan dos mil millones mediante las tecnologías actuales de CDR. Pero el 99,9 por ciento de esas remociones existentes se logra a través de métodos tradicionales como la plantación de árboles, donde el potencial de expansión es limitado. «¿De dónde va a salir esa tierra?», se preguntan los autores, al citar un estudio europeo de 2020 que asumía que vastas extensiones del Sur Global, incluida la ciudad de Kinshasa, con dieciséis millones de habitantes, podrían convertirse en plantaciones de reducción de emisiones. A esto se suma la ironía de que el mismo calentamiento que esos árboles deberían mitigar está incendiando los bosques.
Es en las tecnologías novedosas de emisiones negativas —que hoy representan apenas el 0,01 por ciento de las reducciones— donde los optimistas racionalistas realmente depositan sus esperanzas. The Long Heat invita al lector a examinar el menú de opciones que ofrece este enfoque sin los lentes color de rosa de los políticos convencionales. Los seres humanos podrían intentar la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECCS), cultivando plantas, quemándolas para producir energía y capturando y almacenando el CO₂ resultante, aunque esto podría requerir tanta tierra como la que hoy se utiliza en todo el mundo para la producción de cultivos.
También podrían esparcir rocas para acelerar el proceso natural mediante el cual los silicatos o carbonatos terminan convirtiéndose en piedra caliza y atrapando carbono en el fondo del océano (meteorización acelerada de rocas). Pero para ello probablemente habría que «extraer tanto material como toda la industria mundial del cemento actual» y escalar a una velocidad superior a la que alcanzó el sector cementero chino durante su auge sin precedentes en los años 2000.
La esencia de la «ideología del overshoot» es la idea de que, con la combinación adecuada de tecnologías, desplegadas de manera racional, podemos salvar algún remanente del business as usual, con extracción fósil y acumulación de ganancias continuas frente al cambio climático.
Incluso si uno es más optimista que Malm y Carton respecto del potencial tecnológico de la CDR, ninguna de estas tecnologías podría beneficiarse de las mismas fuerzas de mercado que permitieron que la energía solar y los vehículos eléctricos escalaran a una velocidad sin precedentes e inesperada en la última década. En ausencia del incentivo de la ganancia, «la remoción tendría que ser el bien público por excelencia».
El problema es que el Estado no está obligando a los contaminadores a pagar por este bien público. La CDR novedosa que existe hoy, particularmente en Estados Unidos, depende de mercados voluntarios de carbono dudosos que —en ausencia de la inversión pública y las políticas necesarias— venden compensaciones de emisiones. Los autores son especialmente críticos de los desarrollos en la industria de la captura directa de aire, donde la industria de los combustibles fósiles avanzó de manera significativa para aprovechar esta tecnología con fines de recuperación mejorada de petróleo, inyectando el carbono capturado bajo tierra para extraer petróleo y gas de difícil acceso.
Malm y Carton también señalan a 1PointFive, una subsidiaria de Occidental Petroleum, y citan la ya famosa declaración de su directora ejecutiva, Vicki Hollub, quien sostuvo que la captura directa de aire es un salvavidas para que la industria del petróleo y el gas conserve su licencia social y política para operar. Los planes racionales para salvar el clima no tienen lugar para un petróleo apenas un poco menos intensivo en carbono.
Sin embargo, la SRM abre una caja de Pandora de posibles efectos secundarios técnicos. Algunos resultan más familiares para quienes siguen el tema climático de manera general, como la posibilidad de que la SRM debilite el monzón indio, un evento meteorológico anual que constituye la principal fuente de agua para más de mil millones de personas. Otros, como el enfriamiento diferencial dramático y potencialmente devastador de los polos tropicales, sólo son conocidos por quienes se sumergen en profundidad en las revistas científicas, como lo hacen estos autores. La naturaleza, se nos dice, es aparentemente «todo lo que un marxista necesita hoy en día». Una tecnología que se propone alterar los sistemas climáticos de distintas regiones probablemente genere tensiones geopolíticas entre naciones. Los agricultores indios podrían quejarse de que la geoingeniería estadounidense daña sus rendimientos agrícolas.
Donde Malm y Carton realmente se destacan es en su análisis del que quizás sea el problema más grave de la SRM: los seres humanos a cargo de ella. «Una característica de la ideología del overshoot», escriben, «es la inserción de un artículo de fe optimista-racionalista: que cualquier peligro derivado de los efectos secundarios [de la SRM] puede ser evitado por los agentes encargados de perfeccionar la tecnología». Pero, si el mundo fuera efectivamente racional, sostienen, «la geoingeniería no figuraría en absoluto en la agenda». Los autores arremeten contra los académicos de universidades del mundo anglosajón que creen que esta tecnología podría controlarse de manera adecuada. David Keith, de la Universidad de Chicago, recibe críticas particularmente duras, al igual que Bill Gates, quien financió el trabajo de Keith en SRM y ahora plantea falsas dicotomías entre limitar el aumento de la temperatura y erradicar la malaria.
Estos suecos se cuentan entre los primeros en trazar cómo es probable que evolucione la posición de MAGA respecto de estas tecnologías de atenuación solar. El actual Partido Republicano aborrece la idea, al confundir los peligros reales de la SRM con la amenaza imaginaria de las «estelas químicas». Tres estados gobernados por republicanos prohibieron la práctica y al menos otros veinte están considerando proyectos de ley para hacerlo. Sin embargo, pese a la fanfarronería trumpista y republicana, «un régimen que abraza el colapso climático como la contracara de los combustibles fósiles se está preparando para tratarlo con algo parecido a aviones que liberen sulfato», especialmente si hacerlo ayuda a reducir la migración desde el sur hacia el norte provocada por el clima.
En otras palabras, un futuro secretario de Energía bien podría discrepar con Wright en que el calentamiento global «no es para tanto», pero coincidir en que el petróleo estadounidense debe seguir fluyendo y quemándose, y compartir la xenofobia y la inclinación a las deportaciones masivas y los arrestos ilegales al servicio del nacionalismo blanco que caracteriza a la actual administración. Un hegemon global de ese tipo podría atenuar el sol para cerrar el círculo.
En conjunto, la sección de The Long Heat dedicada a la SRM ofrece un análisis claro, casi de teoría de juegos, escrito en una prosa que arrastra al lector de página en página, aun cuando la metáfora extendida de la SRM como una forma de represión en sentido psicoanalítico —con un capítulo titulado «Hacia una teoría freudo-marxista de la geoingeniería»— puede volverse algo cansadora.
Recién al terminar el libro el lector tiene tiempo de detenerse y preguntarse qué quedó afuera. Sí, se trata ante todo de una polémica de 426 páginas y no tiene por qué incluir recomendaciones al estilo de los think tanks, pero resulta bastante escueto a la hora de abordar qué debería hacerse frente al overshoot y al ascenso del tecno-optimismo. (Kim Stanley Robinson, quien revisó el manuscrito, planteó el mismo punto.)
En la conclusión se lee que una «resistencia ludita e intransigente» —lo que el historiador Eric Hobsbawm llamó «negociación colectiva mediante el motín»— sólo puede ser la respuesta frente a la SRM. Pero esto se matiza con la admisión de que, si los aviones de sulfato ya estuvieran en el aire cuando los compañeros de ruta de Malm y Carton llegaran al poder, tal vez la SRM sería «aunque sea por un momento fugaz, el mal menor» si la Tierra estuviera al borde de puntos de inflexión catastróficos. Quizás estas preguntas no tengan buenas respuestas.
La carencia más notoria del libro, sin embargo, es la discusión limitada sobre China, por lejos el actor global más importante en la lucha climática. China aparece como un contrapunto frente a Estados Unidos (¿cómo reaccionaría Pekín si el Pentágono construyera un «Domo de Hierro para el planeta»?). Esto resulta llamativo dadas las diferencias entre el capitalismo de Estado chino y el capitalismo practicado por las burguesías norteamericana y europea que son blanco de la crítica principal del libro. ¿Por qué tan poco análisis del Partido Comunista de China por parte de un autor (Malm) que en estas mismas páginas llamó a un «leninismo ecológico» y elogió la forma en que Geoff Mann y Joel Wainwright exploran la idea de una respuesta autoritaria y centrada en el Estado a la crisis —un «Mao climático»— en su libro de 2019 Leviatán climático?
No existe un camino hacia las emisiones netas cero sin incomodidad, sin activos varados, sin que personas y corporaciones pierdan dinero. Si bien hay, sin duda, un lugar para la CDR y tal vez incluso para la SRM algún día, debemos reducir las emisiones por sobre todas las cosas. Con la descarbonización en primer plano, entonces podremos —como señala un informe de investigadores de la American University— concentrarnos en cuánta CDR podemos hacer bien.
Hacer bien la CDR implica construirla como un bien público, movilizando una inversión pública y un andamiaje de políticas masivos —quizás a través de una autoridad federal del carbono— para lograr remociones por fuera de algún mercado libre imaginario. Necesitamos garantizar que las remociones sean monitoreadas y verificadas públicamente, fijar objetivos de remoción que complementen pero no reemplacen los recortes de emisiones, y limitar de manera drástica el uso de la CDR para la recuperación mejorada de petróleo.
Aún no superamos los obstáculos para la descarbonización, pero, como señalan los autores, «nadie sabe cuán rápido podría desmoronarse el negocio de los combustibles fósiles». Enfrentar al capital fósil es, de hecho, el único camino racional hacia adelante en un escenario de overshoot. Malm y Carton le prestaron a la comunidad global un verdadero servicio al describir con crudeza los peligros que enfrenta la humanidad y al hacer añicos la ilusión de que existe una salida fácil.
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