Guerra

Estamos en la etapa Los Soprano del imperialismo

En el primer episodio de Los Soprano, Tony Soprano le confiesa a su nueva psicóloga, la doctora Jennifer Melfi, a quien consulta tras sufrir un ataque de pánico, que «es bueno estar en algo desde la planta baja. Yo llegué demasiado tarde a eso, y lo sé. Pero últimamente tengo la sensación de que entré al final. Lo mejor ya pasó». Aunque el ficticio jefe mafioso de Nueva Jersey se refiere a la mafia, la frase también funciona como metáfora de las ansiedades de un poder imperial estadounidense en declive, en un mundo donde su hegemonía retrocede de manera evidente. El ascenso, la caída y el regreso al poder de Donald Trump se explican en gran medida por esa ansiedad, en sus distintas formas, al igual que el estilo de extorsión de su presidencia en este segundo mandato. Nada lo ilustra mejor que el reciente secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores.

El episodio distó de ser inédito. Desde 1989, Estados Unidos secuestró a tres presidentes en ejercicio, comenzando con la traición de George H. W. «Pappy» Bush a su viejo socio en el narcotráfico contrarrevolucionario, Manuel Noriega, y continuando con el rapto del presidente democráticamente electo de Haití, Jean-Bertrand Aristide, por parte de George W. «Dubya» Bush en 2004. Noriega fue abandonado para pudrirse en un calabozo estadounidense, mientras que Aristide finalmente recibió asilo en Sudáfrica. En los próximos meses veremos si las patéticas justificaciones para sacar de escena a Maduro tienen algún peso en un tribunal estadounidense, aunque haya pocas razones para esperar un proceso imparcial.

Lo que distingue a Venezuela es que no se trata de un Estado pequeño y dependiente de Estados Unidos como lo eran Panamá y Haití. Fue tratada como uno de los enemigos oficiales de Washington, con un blanco pintado en la espalda desde la llegada de Hugo Chávez al poder. Además, es un país grande, con una población de veintiocho millones de habitantes y unas fuerzas armadas que, al menos sobre el papel, pueden infligir cierto daño en caso de una invasión.

El espectáculo de la operación no solo marcó el final definitivo de cualquier idea residual de un orden internacional basado en la soberanía estatal y el derecho internacional; también señaló, como sostuve hace algunos meses, «un retorno a una concepción de la soberanía fundada en que “los fuertes hacen lo que quieren”». La afirmación de Trump de que Estados Unidos, en los hechos, gobierna Venezuela, coherente con su giro hacia la forma más burda de imperialismo de los recursos, aporta más pruebas en ese sentido. Dada la niebla de la guerra, la desbordada arrogancia de la propaganda MAGA y la dificultad para evaluar la información que sale de Venezuela, cualquier evaluación segura sobre el futuro de la política venezolana o del chavismo resulta prematura.

La ley del más fuerte

En este sentido, el ataque contra Venezuela marca la llegada de la etapa Los Soprano del imperialismo: la transformación de la hegemonía estadounidense en una extorsión abierta, como sostuve en Jacobin el pasado mes de octubre:

La tosquedad de la justificación para una guerra con Venezuela refleja tanto el declive del poder blando estadounidense, en particular tras la destrucción de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), como la convicción de la administración Trump de que ya no necesita desplegar los mismos esfuerzos propagandísticos que en guerras anteriores. El Congreso hace lo que se le dice y al público ya no hace falta convencerlo de antemano; hoy la opinión pública puede fabricarse a posteriori mediante el algoritmo.

El hecho de que Trump llevara adelante una operación exitosa contra Venezuela sin consultar al Congreso, sobre la base de los supuestos más perezosos y mendaces de los últimos tiempos, refuerza aún más este punto:

Para Estados Unidos, la soberanía ahora significa el derecho del soberano, Donald J. Trump, a ejercer cualquier fuerza, económica o militar, que considere necesaria en función de lo que él dicta como interés del país: desde sancionar a Brasil por atreverse a juzgar a un expresidente por intentar un golpe de Estado hasta matar a quienes probablemente eran pescadores venezolanos para aparentar que se combate al narcotráfico.

Durante una llamada telefónica intervenida por el FBI, el subjefe de la familia Gambino, Aniello «Neil» Dellacroce, le gritó al futuro jefe John Gotti, por entonces apenas un capo, y al soldado Angelo «Quack Quack» Ruggiero que «La Cosa Nostra significa que el jefe es tu jefe». La enseñanza es simple: vas a hacer lo que se te diga porque así funcionan las cosas en la mafia. A diferencia de la familia Gambino, sin embargo, Trump no dispone de unos pocos cientos de soldados. Comanda la máquina militar más poderosa de la historia, que puede desplegar para extorsionar al mundo.

El escritor John Ganz trazó una comparación útil entre el atractivo populista de Gotti en los barrios periféricos y el meteórico ascenso político de Trump en su libro When the Clock Broke [Cuando se rompió el reloj]. A juicio de Ganz, «Trump también vio durante mucho tiempo el rol de capo di tutti capi como una aspiración».

Protección como extorsión

El ataque contra Venezuela muestra que Trump, con Mar-a-Lago funcionando como el Bada Bing [club de striptease que funciona como cuartel general informal de los Soprano] de su gobierno, estableció más o menos el mismo principio en términos de soberanía estadounidense. Solo Trump decide cómo debe actuar el Estado y no necesita consultar a nadie. Como le dijo al New York Times cuando le preguntaron si existían límites para su poder internacional: «Sí, hay una sola cosa. Mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede frenarme».

Lo que Trump y sus secuaces, Stephen Miller y Marco Rubio, extraen de esto es que pueden y van a practicar la extorsión imperial sin enfrentar censura alguna del Congreso ni restricciones políticas internas. Que la Unión Europea y la OTAN, con la notable excepción de España, respaldaran de hecho la operación, junto con lo que queda de la comunidad internacional en la figura del Comité del Premio Nobel de la Paz, no hace más que reforzar esa lección. Por lo tanto, cabe esperar más actos de agresión abierta en América Latina, probablemente contra México, Colombia, Cuba, Nicaragua y otros países. El riesgo aumenta a medida que la aprobación interna de Trump cae, en medio de la ocupación de ciudades por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), la defensa por parte del régimen y sus simpatizantes de una agencia federal que ejecuta a una ciudadana estadounidense y una serie de fuertes aumentos del costo de vida.

Dado este rumbo, probablemente sea solo cuestión de tiempo hasta que Estados Unidos avance sobre Groenlandia, otra expresión de la etapa Los Soprano del imperialismo. La transformación del imperio estadounidense, de una hegemonía capaz de ofrecer protección legítima a sus aliados tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, a un precio tolerable, en una simple red de extorsión que mantiene su posición mediante la fuerza militar en un contexto de declive económico, fue descripta por Giovanni Arrighi en la New Left Review, ya en 2005: «Después de una década de crisis creciente, la administración Reagan inició la transformación de la protección legítima en una red de protección mafiosa».

La debilidad solo alienta a quienes detentan el poder a apretar más fuerte. Pese a su supuesto código de honor, tanto los mafiosos ficticios de Los Soprano —desde Tony asesinando a Chrissy hasta Paulie “Walnuts” Gualtieri filtrándole secretos a Nueva York— como sus contrapartes reales demostraron estar más que dispuestos a traicionar a la primera oportunidad a sus aliados por ganancias de corto plazo, autopreservación y pura soberbia. Al fin y al cabo, ¿qué pueden hacer Dinamarca y Europa al respecto? Hasta ahora, Europa no hizo más que redoblar su aceptación del papel de vasallo extorsionado. Trump fue bastante explícito al respecto cuando se jactó en Fox News: «Tenemos que hacerlo de nuevo. Y podemos hacerlo otra vez. Nadie puede detenernos».

Miami es la capital del futuro

El ataque contra Venezuela también funcionó como la señal más clara hasta hoy del regreso de la Doctrina Monroe, entendida aquí como el derecho exclusivo de Estados Unidos a extorsionar al hemisferio occidental. Al hacerlo, unificó tanto al ala anticomunista frenética de Rubio dentro de MAGA como a la rama nacionalista blanca de «America First» de Miller en una agenda compartida. Como escribió Greg Grandin en el Financial Times:

A menudo se malinterpreta la consigna de America First como aislacionista. Pero nunca fue eso, ya que sus defensores más ruidosos celebraron siempre la proyección del poder estadounidense dentro del hemisferio occidental. Se la describe mejor como antiuniversalista: un nacionalismo tribal que rechaza la carga del tutelaje global mientras se aferra con fiereza a la supremacía regional. La Doctrina Monroe ocupa un lugar especial en esta cosmovisión porque, en la forma que adopta bajo Trump, promete dominación sin enredos. Invocando a Monroe, los funcionarios de Trump delimitaron un área del globo donde Estados Unidos no necesita persuadir, integrar ni universalizar, sino solo mandar, por decreto.

El entusiasmo de Miller por la Doctrina Monroe se explica en gran medida porque 

la guerra contra los narcoterroristas en el exterior servirá cada vez más —y de hecho ya sirve— como justificación para intensificar la represión interna, mientras el ICE y la Guardia Nacional ocupan y aterrorizan grandes ciudades y la administración Trump intenta fabricar una amenaza terrorista de izquierda que le permita usar los poderes del gobierno federal contra toda la izquierda. «En este momento, Venezuela no se trata como un tema de política exterior», dijo Carrie Filipetti, quien estuvo al frente de la política hacia Venezuela en el Departamento de Estado durante la primera administración Trump. «Se la trata como un asunto de seguridad nacional, y con razón».

En este contexto, el futuro inmediato de América Latina aparece sombrío e incierto. Miami, una ciudad construida por narcotraficantes contrarrevolucionarios auspiciados por la CIA (incluida la familia Rubio) y hoy refugio de criptoestafadores, influencers de apuestas deportivas, modelos de OnlyFans, streamers y otros restos diversos de la base MAGA, se convirtió de hecho en la nueva capital del imperio estadounidense. Respaldado por los sectores más reaccionarios de las clases dominantes latinoamericanas, el sur de Florida funciona hoy como un centro de coordinación de la élite reaccionaria hemisférica. Como le dijo a Jacobin el candidato presidencial colombiano de izquierda Iván Cepeda:

Miami y Florida se convirtieron en un centro de la política internacional, coordinando los esfuerzos de la ultraderecha hemisférica. Detrás de eso hay poderosos conglomerados económicos, que recurren a todo tipo de métodos. A diferencia de la política que lleva adelante la izquierda, en la ultraderecha son habituales los métodos sucios de hacer política. Esta ofensiva estratégica en el continente juega un papel clave. También hay un fortalecimiento de la izquierda en ciertos países y movilizaciones sociales en todos ellos.

El sur de Florida también aparece en Los Soprano como un destino de reinvención y escape. Es el lugar adonde Junior Soprano va en busca de romance, donde Little Carmine sueña con una carrera en la industria cinematográfica legítima y donde Tony y Paulie se esconden. Durante casi un siglo, representó la fantasía mafiosa de una vida fácil lejos del frío y la mugre de la Costa Este y Chicago. Adaptarse a la etapa Los Soprano del imperialismo implica reconocer este corrimiento del poder y el hecho bruto de que lo único que respeta un gánster es la fuerza. Como puede atestiguar María Corina Machado, entre otros, los afectos y acuerdos de Trump siempre pueden romperse, a veces a punta de pistola.

Benjamin Fogel

Historiador, colabora habitualmente en Africa is a Country y Jacobin Magazine.

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