De Frente

Su libertad y la nuestra

Cuando Adolf Hitler fue nombrado canciller del Reich el 30 de enero de 1933, la reacción de las principales fuerzas del movimiento obrero alemán osciló entre la incredulidad institucional y la indiferencia sectaria. El Partido Socialdemócrata (SPD), aferrado a una legalidad republicana ya erosionada, convocó manifestaciones «por la Constitución», confiando en que la adhesión popular a la institucionalidad bastaría para contener el avance autoritario. El Partido Comunista (KPD), en cambio, fiel a la doctrina del «tercer período» dictada por una Internacional Comunista estalinizada, llamó a combatir a los «socialfascistas» —es decir, a los propios socialdemócratas—, considerados el principal enemigo de clase. En el interior de esa lógica, Hitler no era sino una figura transitoria, el prólogo agitado de una inminente ofensiva proletaria. «Después de Hitler, nuestro turno», resumió célebremente el KPD bajo dirección de Ernst Thälmann. Ambos partidos calcularon mal.

En el país con el movimiento obrero más instruido, organizado y politizado de su tiempo, la ausencia de una acción coordinada entre sus dos principales corrientes permitió que el fascismo tomara el poder. Casi un siglo después, puede afirmarse con certeza que ni el apego al formalismo constitucional ni el sectarismo que bloquea toda posibilidad de alianza defensiva han sido superados por la izquierda. Por el contrario, ambos errores reaparecen con inquietante persistencia cada vez que una nueva oleada reaccionaria se pone en marcha.

¿Por qué avanza la extrema derecha?

El giro de capas amplias de la población hacia la extrema derecha no se explica, ante todo, por racismo, sexismo o rechazo a la «cultura woke». Responde a una reacción confusa pero, en sus propios términos, coherente frente al derrumbe del tejido social que alguna vez ofreció seguridad, comunidad y propósito. Como señala Meagan Day, muchos votantes de la extrema derecha no añoran tanto las jerarquías rígidas del pasado como la estabilidad laboral y la cohesión colectiva que caracterizaron al capitalismo keynesiano, en el que también predominaban valores culturales conservadores. La masificación de una demanda de orden entre sectores medios y populares, tras décadas de descomposición social neoliberal, encuentra una sensibilidad conservadora afín en el recelo hacia los cambios impulsados por los movimientos feministas, antirracistas y LGBT. Esa sintonía fue hábilmente explotada por la extrema derecha, que logró unificar malestares heterogéneos en un relato común. Sin embargo, no son las disputas culturales en torno a género, raza o sexualidad las que motivan principalmente una reacción como la que observamos a nivel global.

La clave no reside, entonces, en los valores culturales perdidos, sino en las condiciones materiales que sustentaron aquel período que hoy se añora (cuando, por ejemplo, «América fue grande»): altos salarios, sindicatos fuertes, baja desigualdad. Fue ese marco —y no una supuesta armonía basada en valores conservadores— el que permitió un orden social más integrado. El neoliberalismo desmanteló esas condiciones de integración, y la izquierda, al abdicar progresivamente de su programa histórico en nombre de una adaptación al nuevo consenso, dejó vacante el terreno que hoy ocupa la extrema derecha con su llamado a restaurar un orden perdido bajo la égida de un Estado autoritario.

Un mundo poshegemónico

La historia reciente muestra que esas figuras extravagantes y extremistas que es difícil no subestimar instintivamente, —como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Boris Johnson, Geert Wilders o Javier Milei— han logrado convertirse en los verdaderos protagonistas de la política global. No solo imponen su agenda y marcan el pulso del debate público, sino que logran presentarse como portadores de una salida a la crisis. ¿Dónde radica, entonces, su eficacia?

En el nuevo escenario político global, la estrategia de la extrema derecha parte de un diagnóstico implícito: el mundo ya no se organiza en torno a grandes consensos estables ni a hegemonías duraderas. Transitamos un tiempo que podemos denominar «poshegemónico», marcado por el descrédito generalizado del sistema político y una crisis profunda de las identidades colectivas. A ello se suma el deterioro de las instituciones populares que, durante más de un siglo, canalizaron el malestar social —partidos obreros, sindicatos e incluso la Iglesia—, hoy gravemente debilitadas. El resultado es un vacío de referencias ideológicas y organizativas, en el que proliferan relaciones sociales cada vez más fragmentadas, inestables y volátiles.

En este marco, la extrema derecha no apuesta a construir mayorías amplias pero inestables, sino minorías fuertes, ideológicamente cohesionadas, capaces de resistir y proyectar su influencia en escenarios de confrontación. El objetivo es galvanizar una base social intensa, leal y movilizada —así no sea mayoritaria— que funcione no solo como sustento electoral, sino como vector de una nueva cultura política: más agresiva, más simple e identitaria. Identificar esta estrategia con un presunto «gramscismo de derecha» es un error; se trata, más bien, de una forma de «guerra cultural» adaptada a un mundo poshegemónico.

Mientras los manuales de sociología electoral y comunicación política aconsejan a los políticos en campaña «centrarse en los que faltan» —es decir, moderar el discurso para atraer votantes del centro—, la nueva derecha invirtió ese principio y, para sorpresa casi de todo el mundo, tuvo éxito. En lugar de suavizar sus posiciones, optó por radicalizar y consolidar su núcleo duro. En un escenario de identidades frágiles y lealtades políticas inestables, ese núcleo se convierte en un activo estratégico. Combinado con el desgaste del sistema político y la crisis hegemónica del neoliberalismo, permite —en determinadas coyunturas— ampliar el alcance, atraer votantes descontentos e incluso conquistar mayorías electorales sin necesidad de persuadirlas plenamente.

Esta lógica no pretende evitar la polarización sino que la adopta plenamente y la convierte en método. Cada enfrentamiento, cada crisis y cada provocación fortalece sus bases, las cohesiona y amplía su radio de influencia. La confrontación, así, deja de ser un obstáculo para gobernar y se convierte en la forma misma de construir poder en un escenario atravesado por la fragmentación y la incertidumbre.

En el ejercicio del poder, la hipótesis de estabilización de estos gobiernos consiste en conservar su propia base de apoyo, en medio de un sistema político que no logra recuperarse de su colapso, mientras la sociedad se hunde en la desmovilización y la apatía. En ese contexto, el autoritarismo puede prosperar. Más que una anomalía, se trata de una innovación político-estratégica que conviene comprender en toda su dimensión, en tanto quizá constituya la mayor novedad del orden político surgido tras la crisis de 2008.

La lógica poshegemónica de la polarización tiene, sin embargo, un doble filo. Al renunciar a la construcción inmediata de una mayoría social, la extrema derecha revela, sin proponérselo, que aún subsisten fuerzas sociales capaces de enfrentársele, por más dispersas, desmoralizadas o residuales que parezcan. En este escenario, la polarización no sólo solidifica el bloque reaccionario: puede, también, catalizar una recomposición del campo opositor. Como lo ilustró, en sentido inverso, el ascenso de la derecha tras el agotamiento del neopopulismo latinoamericano, toda estrategia de confrontación permanentemente tiende a configurar su propio antagonista. La condición para que ese potencial se materialice es la existencia de una dirección política capaz de articularlo y proyectarlo con un horizonte propio.

¿Frente único obrero? ¿Frente popular? ¿Frente democrático?

La comparación entre la extrema derecha actual y el fascismo clásico es tan necesaria como, por momentos, asfixiante. Como suele ocurrir, las analogías históricas pueden ser herramientas útiles para la reflexión, pero también corren el riesgo de sobredimensionar las similitudes con el pasado. Hoy vuelven a cobrar vigencia viejas discusiones sobre la táctica antifascista —como las del frente único, el frente popular o el llamado «tercer período»—, que en el marxismo de los años veinte y treinta involucraron a figuras como León Trotsky, Antonio Gramsci, Daniel Guérin, Palmiro Togliatti, Otto Bauer, Angelo Tasca, Arthur Rosenberg o Gueorgui Dimitrov. Sin embargo, estas referencias reaparecen tanto como fuentes de inspiración como en forma de analogías demasiado rígidas, que puede oscurecer el perfil específico del nuevo ciclo reaccionario.

Entre la coyuntura de los años treinta y la situación actual media una discontinuidad histórica profunda. Las derrotas acumuladas durante las últimas décadas —desde la ofensiva neoliberal hasta la disolución del «campo socialista»— han dejado a la izquierda en una posición de debilidad estructural, no solo en el plano político sino también en el conjunto de las fuerzas orgánicas (sindicales, asociativas, movimentistas) a las que se asociaba. La crisis actual del orden liberal no encuentra enfrente a partidos comunistas ni a fuerzas reformistas de masas, como ocurría en Europa en el período de entreguerras. A diferencia de entonces, tampoco hay una polarización entre proyectos políticos: la iniciativa y la radicalización pertenecen casi exclusivamente a la extrema derecha.

La izquierda radical, por su parte, sobrevive en estado defensivo, replegada en trincheras locales o núcleos de resistencia social, sin capacidad real de disputar la hegemonía del malestar. En ese marco, suponer que la izquierda anticapitalista puede competir con la extrema derecha por un supuesto espacio común «antisistema» constituye un error estratégico. No existe hoy un «campo antisistema» compartido ni una radicalidad social políticamente neutra o en disponibilidad. Lo que predomina es una metabolización reaccionaria del malestar, que avanza sobre el terreno dejado por la desorganización de las clases populares y el retroceso de la izquierda. Intentar convertirse en el ala izquierda de esa radicalización solo conduce al aislamiento o —peor aún— a la adaptación al discurso derechista (de lo cual no faltan ejemplos, incluso entre corrientes marxistas).

Esto plantea un dilema político de difícil resolución: ¿cómo resistir el avance de la extrema derecha en un escenario tan distinto al de los años treinta, con una izquierda debilitada, desorganizada y a la defensiva? La respuesta sugerida por el sentido común liberal —un desplazamiento hacia el centro con el objetivo de atraer a sectores moderados y aislar a la ultraderecha— reitera una dirección ya ensayada, con resultados conocidos. Más allá de acuerdos tácticos puntuales para impedir victorias electorales de figuras como Trump, Le Pen o Bolsonaro, una alianza estable con el «extremo centro» solo refuerza las condiciones que alimentan el fenómeno que se busca contener. Peor aún, consolida una narrativa funcional al proyecto reaccionario: la extrema derecha como única ruptura real con el sistema, y la izquierda como su apéndice domesticado.

Sin embargo, en casi ningún país atravesado por el ascenso de la extrema derecha resulta plausible suponer que un bloque estrictamente «obrero» pueda contener por sí solo la reacción, sobre todo cuando la vieja socialdemocracia europea o los populismos latinoamericanos difícilmente pueden seguir considerándose expresiones reformistas de la clase trabajadora. En Europa, casi sin excepción, y de forma más matizada en el caso del progresismo latinoamericano, estas fuerzas han tejido vínculos orgánicos con fracciones de las clases dominantes y, aun así, muchas veces resultan también insuficientes para hacer frente al avance reaccionario. Tal es el grado de degradación de las relaciones de fuerza, particularmente en el plano político. Solo asumiendo sin ilusiones la magnitud del retroceso podremos comenzar a enfrentarlo.

Las formulaciones del marxismo de los años veinte y treinta sobre el «frente único obrero» siguen ofreciendo un punto de partida útil, siempre que se asuman a la luz de las profundas transformaciones históricas que nos separan de aquel momento. Esa orientación fue concebida en un escenario en el que los partidos comunistas tenían implantación de masas, disputaban la conducción del movimiento obrero y podían ejercer una presión real sobre las direcciones reformistas en sociedades industriales en las que el proletariado era numéricamente central. Hoy ese marco ha desaparecido: la izquierda ha perdido peso en el mundo del trabajo, el movimiento obrero se ha debilitado notablemente y hasta la propia izquierda reformista atraviesa una de sus fases de mayor fragilidad y desarticulación.

En la medida en que la extrema derecha no sea derrotada mediante la movilización social, la izquierda se ve compelida a librar la batalla electoral en condiciones adversas. Dos experiencias recientes ofrecen referencias ligeramente orientadoras: la coalición que logró desalojar a Bolsonaro y devolver a Lula al gobierno en Brasil, y el bloque impulsado por La France Insoumise (el Nouveau Front Populaire) que consiguió frenar, al menos provisionalmente, que la extrema derecha accediera al poder en las últimas elecciones parlamentarias francesas. Ninguna de estas experiencias responde al modelo clásico del frente único obrero, al menos si se lo concibe en su versión histórica más estricta. El Partido de los Trabajadores, que hace tiempo dejó de actuar como una fuerza de clase independiente, ha recurrido a alianzas con sectores liberales y fracciones burguesas como parte de su estrategia para desalojar a Bolsonaro. La France Insoumise, por su parte, apeló por imperativos tácticos a una alianza con el Partido Socialista francés, arrastrado desde hace décadas por una deriva neoliberal apenas mitigada por algunos vestigios de su antigua cultura de izquierda.

Sin embargo, ambos procesos lograron algo que no debe subestimarse: no solo desplazaron a la extrema derecha sino que lograron empujar a un lugar secundario a la «burguesía liberal» —la «tercera vía» en Brasil y el bloque macronista en Francia—, que de haber monopolizado el enfrentamiento con la extrema derecha habría condenado a la izquierda, en todas sus variantes, a una condición residual. Al evitar esa deriva hacia un bipartidismo al estilo estadounidense —entre una extrema derecha radicalizada y un «extremo centro» neoliberal—, estos procesos preservaron un terreno político relativamente más abierto, desde el cual resulta más viable disputar la hegemonía y confrontar a la reacción desde posiciones de izquierda.

Aunque la izquierda radical no tiene hoy la fuerza suficiente para imponer un programa de reformas estructurales ni para evitar alianzas con sectores socioliberales, en los casos de Brasil y Francia la conducción de las coaliciones no quedó en manos del ala más conservadora. En Brasil fue Lula quien encabezó la alianza, no los partidos liberales o burgueses; en Francia, Mélenchon, no el Partido Socialista. Esto abrió un doble terreno de disputa: por un lado, contra la extrema derecha, mediante bloques con competitividad electoral real; por otro, al interior de las propias coaliciones, en un intento por evitar que la lucha contra las fuerzas reaccionarias desemboque en gobiernos de gestión socioliberal que desmovilicen y desmoralicen a las clases populares.

Este escenario, sin embargo, no debería generar ilusiones, pues está atravesado por peligros muy serios. Si predominan las fracciones socioliberales, la izquierda corre el riesgo de quedar reducida al ala progresista del statu quo, reforzando así las condiciones sociales que alimentan a la extrema derecha. Si, en cambio, adopta una posición intransigente en materia de alianzas, simplemente no logrará frenar el avance de las fuerzas reaccionarias. A Lenin se le atribuye la fórmula según la cual hacer política es siempre caminar entre precipicios: tal es, en esta coyuntura, el estrecho desfiladero que define el margen real de acción. Bloques electorales transitorios de este tipo —capaces de evitar la subordinación al «extremo centro» y, al mismo tiempo, de frenar a la extrema derecha— pueden funcionar como defensas provisionales, útiles para ganar tiempo, reconstruir fuerzas y reagrupar, en el mediano plazo, un polo radical que recupere el terreno perdido y vuelva a ofrecer una alternativa estratégica frente a la crisis, como lo hicieron las corrientes socialistas y comunistas a comienzos del siglo XX.

Martín Mosquera

Licenciado en Filosofía, docente en la Universidad de Buenos Aires y Editor Principal de Jacobin América Latina.

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