El «progreso» capitalista, con su lógica de crecimiento sin límites, nos está llevando a una catástrofe sin precedentes en la historia humana.
El artículo de Samuel Farber «En defensa del progreso» es muy sensible y racional. Contiene muchos argumentos que podemos compartir, pero tengo algunos desacuerdos importantes. Trataré de presentarlos de forma breve.
Según Farber, Benjamin «concebía la revolución como un repentino y cataclísmico acontecimiento mesiánico que “frenaría la locomotora de la historia”, evitando nuevos desastres en lugar de abrir un futuro nuevo y más brillante». Ahora bien, lo que caracteriza Benjamin es precisamente una visión dialéctica que inseparablemente unifica estos dos aspectos: evitar los desastres —fruto del progreso histórico bajo el poder de las clases dominantes— y abrir un futuro nuevo.
Así, en una de las variantes de sus tesis Sobre el concepto de historia (1940), apunta como objetivo de la revolución a la realización de una sociedad sin clases («el futuro nuevo» del marxismo); solo que, simplemente, no la ve como resultado del «progreso»: «La sociedad sin clases no es el objetivo final del progreso sino su interrupción, tantas veces fracasada, finalmente cumplida» (Tesis XVIIº).
Bueno, para nosotros lo que caracteriza al romanticismo revolucionario —y esto se aplica también a Jean-Jacques Rousseau— es que no propone una vuelta al pasado (a la «Edad de Oro») sino un rodeo, un desvío por el pasado en dirección al futuro utópico. Rousseau admiraba a los indígenas caraibas, pero no proponía vivir como ellos: soñaba con una nueva sociedad, democrática, en la cual la libertad y la igualdad del pasado de la humanidad resurgiera en forma nueva.
Lo mismo vale para Ernst Bloch: Farber menciona su fascinación por la Edad Media, pero Bloch fue el gran filósofo de la utopía. Sus referencias al pasado le sirven para criticar el «progreso» capitalista, ¡pero jamás propuso volver al Medioevo! Su objetivo era una sociedad futura, comunista en el sentido marxiano. La presentación que hace Farber de E.P. Thompson me parece mucho más acertada: no se trata de restablecer la comunidad perdida sino de crear una nueva, que rompe con la despiadada lógica anticomunitaria del capitalismo.
Según Farber, el más influyente autor del que hablamos en nuestro libro es Ferdinand Tönnies. Pero Tönnies, como lo decimos en el texto y lo menciona Farber, es un «romántico resignado» y, por tanto, no pertenece al universo del romanticismo revolucionario.
Me parece que Farber subestima la gravedad de la crisis ecológica: el «progreso» capitalista, con su lógica de crecimiento sin límites, nos está llevando a una catástrofe sin precedentes en la historia humana: el cambio climático. Se trata de una amenaza a la misma supervivencia de la humanidad. Si queremos evitar este resultado, tendremos que reducir el consumo de energía y la producción material, empezando con las mercancías superfluas e inútiles (que son la mayoría de lo que produce el capitalismo).
Es cierto que, en un modelo de civilización alternativo, que llamamos ecosocialismo, será necesario satisfacer las necesidades sociales fundamentales de la humanidad pero, como lo planteaba Marx, el primer paso para el Reino de la Libertad es la reducción de la jornada de trabajo, el tiempo libre para la autorrealización humana.
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