En un nuevo aniversario de la Revolución de Octubre, Lars Lih propone un nuevo paradigma para comprender la táctica bolchevique en las revoluciones de 1917.
Notas publicadas en Rusia
La marginación de las historias de los marxistas de las zonas fronterizas del Imperio ruso ha distorsionado nuestra comprensión de la Revolución y de las lecciones estratégicas que esta puede ofrecer.
La historia de la Internacional Comunista suele contarse a partir de las polémicas entre sus dirigentes. Pero estudiar las biografías de militantes menos conocidos da una idea más real de su vida interna.
Georgii Plejánov hizo más que nadie por popularizar las ideas marxistas en la Rusia de fines del siglo XIX. Aunque se enemistó con los bolcheviques y condenó la Revolución de Octubre, ejerció una enorme influencia en el desarrollo del marxismo soviético.
Para la Unión Soviética, el ateísmo se convirtió en algo más que la ausencia de religión. Era una ideología pensada para llenar el vacío que la propia religión dejaba.
El relato de la historia soviética post-1917 que suelen contar los marxistas es equívoco, sobre todo cuando se trata de comprender el significado de la Nueva Política Económica (NEP).
En los años 40, sindicalistas soviéticos y estadounidenses organizaron intercambios entre sus países para promover la buena voluntad y evitar una rivalidad peligrosa. Esta iniciativa olvidada nos recuerda cómo podría haberse evitado la Guerra Fría.
David Ryazanov fue un brillante académico, pionero en el estudio del marxismo, que participó activamente en el movimiento revolucionario ruso. Pero tanto él como el Instituto Marx-Engels que fundó fueron víctimas de las purgas de Stalin.
En febrero, los jueces condenaron al marxista ruso Boris Kagarlitsky a cinco años de prisión bajo cargos falsos de «justificación del terrorismo». Escribió a Jacobin desde su celda sobre las condiciones a las que se enfrentan él y otros miles de presos rusos.
La subordinación de los soviets al partido era parte de la concepción leninista del nuevo Estado. Pero la democracia socialista implica participación y control del aparato de gobierno por los trabajadores.









