En medio de su asalto criminal sobre Gaza, Israel mató a cientos de periodistas palestinos que daban testimonio de su brutalidad y transformó a sus propios medios en vehículos que facilitan el genocidio.
Notas publicadas en Represión
Octubre, con cifras duras, victorias territoriales y el rechazo popular en el horizonte, obliga a decirlo sin adornos: o recuperamos la iniciativa política o naturalizamos la excepción․ Esa elección ya no es ecuatoriana: es latinoamericana.
En las décadas de entreguerras, muchos observadores del ascenso del fascismo no entendieron qué tenía de novedosa esta amenaza. Aferrarse hoy a la palabra «fascismo» para definir el crecimiento de fuerzas reaccionarias puede llevarnos a la misma trampa.
El paro nacional en Ecuador abre una grieta en el muro de miedo que erigió el presidente Daniel Noboa con su retórica de guerra interna. Su potencia reside en haber devuelto al pueblo la capacidad de nombrar la violencia y de politizar la (des)obediencia.
La entrega de la Universidad de California a la administración Trump de los expedientes de 160 personas investigadas por antisemitismo, entre ellas Judith Butler, tiene fuertes ecos del macartismo.
Los primeros meses del segundo gobierno de Trump confirman una profundización de sus aspectos más autoritarios. Esta reconfiguración profunda del orden político bien puede definirse como neofascista.
Rümeysa Öztürk fue acusada de «prestar apoyo al terrorismo» tras haber coescrito una columna en la que instaba a reconocer el genocidio del pueblo palestino. Aquí relata en primera persona los 45 días que pasó en un centro de detención del ICE.

Mientras Los Ángeles se convierte en escenario de redadas, militarización y vigilancia masiva contra inmigrantes, el Partido Demócrata local organiza protestas dóciles para blindar su control y contener la rabia social.
En un país con escasa tradición política de izquierda como Panamá, un movimiento de huelga que dura ya casi dos meses está demostrando el poder de los sindicatos. El gobierno responde con represión, actuando como retaguardia de las grandes multinacionales.
La gravedad de la confirmación de la condena de Cristina Fernández no reside solo en el hecho de proscribir de por vida a la principal dirigente opositora. Reside en su intención de inhibir la reorganización del campo empancipatorio.








