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Investigaciones recientes acerca de la orientación política del Partido Comunista de la Argentina en tiempos de la irrupción del peronismo ponen en entredicho la idea de un desencuentro histórico entre ambos.

Los comunistas no fueron antiperonistas

Viejos estereotipos en la política argentina pintan al comunismo como esencialmente antiperonista. Una mirada atenta al pasado nacional muestra que el PCA consideró al peronismo un aliado estratégico, aunque para el peronismo la alianza con los comunistas nunca trascendió lo táctico.

Existen en la actualidad una serie de representaciones acerca de la historia del Partido Comunista de la Argentina (PCA) que contrastan con los resultados de investigaciones recientes acerca de la orientación política del partido en tiempos de la irrupción del peronismo a mediados de siglo pasado.

Entre ellas, destacan en particular tres nociones que tienen como eje el vínculo oblicuo entre comunismo y peronismo. Primero, la idea según la cual el PCA quedó herido de muerte por su desencuentro con la clase obrera en los años de ascenso del peronismo (1945-1946). De ese primer enunciado derivan dos cuestiones más, basadas en el presunto anclaje antiperonista ad aeternum del comunismo argentino: por un lado, que el partido apoyó activamente el golpe de Estado de 1955 que derrocó a Perón; por otro, que a lo largo de su historia careció de influencia en el movimiento obrero.

En los párrafos que siguen buscaré poner en tensión estas ideas estereotipadas, señalando cómo los cambios de escenario y de orientación política posibilitaron la construcción de alianzas entre peronistas y comunistas y mostrando que los términos desiguales de aquellos encuentros condujeron al comunismo a un papel subordinado, limitante para la concreción de sus objetivos.

El desencuentro

El surgimiento del peronismo fue un momento bisagra en la historia nacional que marcó a fuego el vínculo entre el PCA y su sujeto predilecto: la clase obrera en general y el movimiento obrero en particular. La inserción de la organización comunista en el medio social había experimentado un franco ascenso desde su fundación en 1918, abarcando espacios en los lugares de trabajo, en la dirección de sindicatos (metalúrgicos, construcción, textiles, vestido, madera, carne, entre otros), en círculos de artistas e intelectuales, clubes deportivos, organizaciones de mujeres, de derechos humanos, etc. 

Sin embargo, el golpe de 1943 significó un retroceso para el partido, especialmente en la inserción en el movimiento obrero. Esto se debió a las medidas represivas puestas en práctica por el gobierno de facto, que incluyeron, por ejemplo, la detención de dirigentes comunistas o la disolución de la CGT N°2, que el PCA codirigía junto al socialismo. Esta línea se profundizó, ya no solo por coerción sino también por consenso, cuando se estableció la histórica alianza de clases que dio origen al peronismo, consolidando una nueva identificación política y social de la clase trabajadora alejada del ideario comunista.

En la bifurcación de esos caminos fueron determinantes las lecturas comunistas sobre el naciente peronismo y la política electoral que adoptó el partido. El PCA asimiló el liderazgo de Perón con el nazi-fascismo europeo de la época y, en consecuencia, apoyó a la Unión Democrática en las elecciones de 1946, junto a los partidos tradicionales, sectores burgueses e incluso el imperialismo norteamericano. Esta orientación se sustentó en los diagnósticos acerca de la realidad económico-social del país elaborados en 1928 —que postulaban que debía realizarse una revolución democrático-burguesa como etapa previa al socialismo— y en la política de frente popular adoptada por la Internacional Comunista en 1935. Ambas matrices ordenaron la acción partidaria en torno a la oposición democracia/fascismo, desplazando la centralidad de la estrategia insurreccional.

El punto es que dicha actuación se convirtió a partir de entonces en una suerte de «mancha histórica» del comunismo argentino, que cristalizó la imagen de un partido en esencia antiperonista y por esa razón alejado para siempre de los obreros. Esta fijación en base a una imagen tan potente continuó eclipsando las evaluaciones sobre el derrotero de la organización en la vida nacional durante décadas. No obstante, dicho relato entra en jaque a la luz del análisis de una serie de procesos desarrollados en los años subsiguientes, los cuales muestran el carácter erróneo y ahistórico de tal apreciación y, fundamentalmente, el complejo entramado que compone los vínculos entre comunismo y peronismo.

La revisión

Las lecturas comunistas sobre el naciente peronismo fueron revisadas apenas meses después de las elecciones de 1946. En ese mismo año se realizó el XI Congreso del PCA, conocido por su fórmula basada en «apoyar lo positivo y criticar lo negativo» de un gobierno que, se comenzó a considerar, estaba integrado tanto por sectores democrático-progresistas como por reaccionarios.

La idea central consistía en lograr un acercamiento con los sectores progresistas del peronismo y contribuir a su imposición al interior del movimiento. En ese proceso, la caracterización del peronismo en general como nazi-fascismo comenzó a disiparse, dando paso a la identificación de sectores potencialmente aliados para la liberación social. En la militancia obrera, tales directivas se tradujeron en la política de «unidad desde abajo», a partir de la cual los obreros comunistas se integraron a los sindicatos oficiales dirigidos por peronistas con la misión de luchar conjuntamente y «esclarecer» (sic) a las masas acerca del carácter contradictorio del gobierno. Sin embargo, la construcción de la hegemonía peronista fue una avalancha que, a pesar de los esfuerzos del partido, redujo notablemente la influencia del comunismo en la política nacional y, particularmente, en el movimiento obrero.

El cambio de orientación generó tensiones que expusieron la fragilidad en la que se encontraba el partido. El gran dilema pasaba por cómo acomodarse entre el abandono de la inicial oposición tajante y el esbozo de una línea de acercamiento sin integración definitiva, mientras persistía la represión al comunismo. Esto se manifestó en 1953, en un episodio paradigmático conocido como el «caso Real», cuando un dirigente con ese apellido produjo un cimbronazo interno al promover un acercamiento más decidido al peronismo. Finalmente, la cuestión se resolvió con la expulsión del dirigente y el retome del control dirigencial por parte de Victorio Codovilla, sofocándose la interna de modo tal que la dimensión antiperonista del PCA pareció reforzarse.

El hervidero

Indudablemente, una de las principales acusaciones hacia el PCA que sigue resonando aún hoy día es aquella que afirma que el partido apoyó el golpe de Estado de 1955 contra Perón. Un repaso rápido de las fuentes partidarias de entonces permite advertir que todas las declaraciones emitidas al respecto condenaron el golpe, aunque es cierto que algunos elementos contribuyen a complejizar las miradas sobre la actuación del comunismo en los años de la autodenominada Revolución Libertadora.

En primer lugar, las declaraciones se basaron en el principio de oposición a todo golpe de Estado, postulando una línea de continuidad entre los golpes de 1930, 1943 y 1955. El hecho saliente estuvo en que el PCA cargó en ese escenario también contra la dirigencia peronista, atribuyéndole responsabilidades tanto en el incremento de los enfrentamientos previos con la oposición como en la falta de acciones concretas para resistir el golpe. Es decir, se acusó a Perón de haber actuado de espaldas al pueblo y de haberse negado a entregarle armas a civiles para combatir a los sectores golpistas.

Esta agudización discursiva contra el peronismo habilitó que se retomaran por un breve tiempo viejas caracterizaciones que habían quedado en desuso, como la definición del peronismo como un «corporativismo fascista», así como la puntualización sobre el carácter verticalista del ejercicio del liderazgo, la demagogia del líder y la ausencia de libertades políticas durante el gobierno de Perón. Es más, el PCA planteó que existía un hilo conductor entre el gobierno peronista y el flamante gobierno de facto en dos aspectos: por un lado, la política económica de mantenimiento de la estructura social latifundista y de búsqueda de aumento de la productividad; por otro, la política de intervención estatal en el movimiento obrero.

Entre las cuestiones que pueden tomarse para sostener la idea de apoyo al golpe puede señalarse el hecho de que el PCA expresó en los primeros días una posición un tanto expectante respecto de la posibilidad de una salida democrática, alimentada por la visión de la existencia de sectores democráticos en el elenco militar. Esto estuvo presente en los primeros días del golpe, cuando el presidente de facto Eduardo Lonardi buscaba esbozar algún tipo de integración del peronismo apelando a la vieja frase de Urquiza «ni vencedores ni vencidos».

No obstante, el rápido derrocamiento de aquel por parte de Pedro E. Aramburu apenas dos meses después mostró el decidido carácter reaccionario de un golpe que comenzó a evidenciar su plan político, económico y social con mayor coordinación. Con Aramburu al frente, la Libertadora avanzó en el proyecto de desperonización, la flexibilización de las relaciones laborales, la desarticulación del movimiento obrero, la reforma del sistema político y la incorporación plena de la Argentina a la órbita de los Estados Unidos en plena Guerra Fría.

Otro punto controversial reside en la participación del PCA en las elecciones convocadas para elegir convencionales constituyentes en 1957, lo cual contrastó con el llamado a votar en blanco por parte del peronismo proscripto. Aquella votación, recordada por haber sido la primera vez en la historia que «ganó el voto en blanco», puede ser tomada como un indicio adicional del ensanchamiento de la brecha entre comunismo y peronismo. Intentaré calibrar.

A partir de 1955, el PCA promovió una política de Frente Democrático Nacional antioligárquico, antimperialista y en favor de la paz, para establecer un gobierno de coalición que asegurase la convivencia democrática. Es decir, abogó por la construcción democrática en el marco de la dictadura y allí se inscribe su participación en las elecciones para la Asamblea Constituyente.

Esto no debe tomarse como una forma de legitimación de la proscripción al peronismo, especialmente porque el PCA manifestó reiteradamente, durante todo el período, su oposición a la proscripción. Pero, además, el mismo PCA fue el otro de los partidos excluidos por el régimen, aunque con una dinámica distinta a la sufrida por el peronismo. 

En ese sentido, la participación en las elecciones, si bien albergaba cierta expectativa por la modificación del sistema político, debe inscribirse en una lucha más amplia por resguardar las libertades y la posición de un partido que estaba siendo perseguido judicialmente desde 1956 con el objetivo de quitarle su personería electoral y que había sido excluido deliberadamente de la Junta Consultiva Nacional designada a dedo por el gobierno militar (el verdadero órgano de legitimación política de los partidos políticos a la dictadura, en el que se encontraban la UCR, el Partido Socialista, el Partido Demócrata Nacional, la Democracia Progresista, el Partido Demócrata y la Unión Federal Demócrata Cristiana).

Por lo tanto, debe aclararse que el PCA condenó tanto el golpe como la actuación de la dirigencia peronista. En adelante, promovió una política frentista y democrática en alianza con diversos sectores, especialmente con las bases peronistas, siguiendo con la línea establecida después de las elecciones de 1946. A su vez, aún con los elementos señalados arriba, fue un partido que combatió la política económica y laboral del gobierno militar, que resistió judicialmente la proscripción y cuya militancia sufrió innumerables detenciones y represalias en los sitios de trabajo, en tiempos en que las Fuerzas Armadas incorporaron las pautas teóricas y prácticas de la lucha anticomunista de la Guerra Fría.

La concreción

El proceso iniciado en 1955 conocido como «Resistencia peronista» tiene una particularidad: rivales en la disputa por la dirección de la clase obrera y sus organizaciones, por primera vez en la historia peronistas y comunistas compartieron espacio de oposición al régimen y se convirtieron en los blancos de los gobiernos democráticos y dictatoriales del período que desembocó en 1976.

Esto da pie para hablar de dos aspectos centrales que permiten cuestionar algunas premisas planteadas al inicio: en primer lugar, que aún en estas condiciones el PCA experimentó un crecimiento en diversos terrenos. En segundo lugar, que el escenario se configuró de modo tal que se habilitaron alianzas y acercamientos entre comunistas y peronistas, tanto en el movimiento obrero como en elecciones.

El lustro que va de 1955 a 1960 registró un resurgimiento del sindicalismo comunista en el movimiento obrero que rompió la tendencia al reflujo que había mostrado la década anterior. Siguiendo una política unitaria y combativa, el comunismo conquistó la dirección de un conjunto de sindicatos industriales y de servicios a nivel nacional y local que lo reposicionó como un actor relevante en el mapa sindical. Este resurgimiento se produjo a partir de la reconquista de organizaciones que dirigía en la etapa preperonista, como las de la construcción, músicos y madera, y de la conquista de nuevas direcciones, como los casos de químicos, prensa, canillitas, gastronómicos de capital, carne de Rosario, petroleros privados, etc.

La clave para interpretar este crecimiento está en ponderar que la coyuntura abierta en 1955 fue propicia para que el PCA engrosara sus filas y reconquistara posiciones perdidas con el ascenso del peronismo. Va de Perogrullo que la proscripción del peronismo es un elemento central, aunque debe tenerse en cuenta que la misma alcanzó al PCA en 1959 y persistió a lo largo de los años con limitadas aperturas, como en el caso del peronismo. A su vez, la idea de «vacancia» no alcanza en sí misma para explicar cómo o por qué un actor conquista posiciones. Para pensar el crecimiento del PCA debe tenerse en cuenta que:

1) El PCA contaba con un diferencial que le permitía sortear con mayor soltura las dificultades del contexto: mientras la mayoría de las organizaciones sufrían la desarticulación e intervención por parte del gobierno militar, el PCA tenía en su haber una estructura celular consolidada y una militancia experimentada en la lucha clandestina.

2) En 1956 lanzó una campaña ambiciosa por alcanzar 100.000 afiliados que permitió que estos se duplicaran en una década, estableciéndose durante años un círculo virtuoso de incorporación de personas, crecimiento de aportes, mayor alcance para recaudar, producir materiales, difundir y continuar sumando afiliaciones.

3) Fueron tiempos de una particular adecuación entre los lineamientos políticos locales y los promovidos por la política exterior soviética: por un lado, el programa etapista tendiente a la realización de una revolución democrático-burguesa previo al socialismo contenía un llamado a conquistar la democracia que era propicio en el marco dictatorial;  por otro, el histórico relegamiento de la insurrección armada para la conquista del poder encontró un aval en la política del flamante líder de la URSS, Nikita Jruschov, que promovió la «coexistencia pacífica» y la «vía parlamentaria al socialismo».

4) Finalmente, como representante local del comunismo internacional, el PCA se referenciaba entonces en una URSS consolidada como potencia mundial, que cubría geopolíticamente alrededor de la mitad del mundo y alcanzaba un desarrollo técnico-productivo que permitía ofrecer desde la esperanza de un futuro próspero e igualitario hasta la conquista del espacio.

Estos elementos permiten interpretar que el PCA estaba en condiciones para afrontar el período y hasta podía ser un actor atractivo para un abanico mayor de personas que en años anteriores. Entre el crecimiento experimentado, la posición combativa y la política frentista que ponía a sectores del peronismo como aliados estratégicos, pueden entenderse las alianzas motorizadas por aquellos años.

La conquista de numerosas direcciones sindicales, muchas de ellas revalidadas aún con el levantamiento de la proscripción al peronismo en el movimiento obrero, reposicionaron al sindicalismo comunista como un sector insoslayable. Esa decena de organizaciones se convirtió en un agrupamiento capaz de atraer a otras y establecer alianzas en tiempos en que la CGT estuvo intervenida (1955-1963).

Por ejemplo, el primer agrupamiento sindical que reemplazó virtual y temporalmente a la CGT fue la Comisión Intersindical organizada por los comunistas, a la que se le fueron sumando sindicatos peronistas que sellaron una histórica alianza en el fallido Congreso Normalizador de la CGT de 1957. Me refiero en este caso a los orígenes de las 62 Organizaciones, integrada por peronistas y comunistas hasta 1958. Los avatares de esta relación esquiva hicieron que los comunistas abandonaran «las 62» por los acuerdos entre Perón y Frondizi, aunque rápidamente en 1959 volvieron a coincidir en el llamado Movimiento Obrero Unificado junto al sindicalismo combativo del peronismo.

De hecho, este fue el escenario en el que comenzaron a producirse las coincidencias o apoyos electorales que persistieron a lo largo del tiempo. Al calor de las primeras alianzas sindicales, peronistas y comunistas coincidieron en el voto a Frondizi en 1958 y en la impugnación de las elecciones que dieron por ganador a Illia en 1963, así como se inició el camino de apoyo a candidaturas peronistas por parte del PCA, como fue el caso de las elecciones de 1962 que precedieron al golpe, el voto a la Unión Popular de Vandor en 1965, a Perón-Perón en 1973, Luder en 1983 y a las candidaturas kirchneristas en tiempos más recientes.

El declive

Ahora bien, a inicios de los 60 se interrumpió el crecimiento del PCA en el movimiento obrero, lo cual impactó en el vínculo entre comunismo y peronismo. Los elementos determinantes del declive pueden resumirse en tres aspectos: en primer lugar, el desarrollo del plan CONINTES durante la presidencia de Frondizi, que significó la aplicación de un régimen de excepción que reprimió duramente al movimiento de lucha, adoptando las lógicas propias de la lucha anticomunista en los términos de la Guerra Fría. Esto implicó un ataque al PCA que alcanzó la ilegalización del partido, la detención de centenares de militantes y dirigentes y la clausura de toda su estructura (direcciones sindicales, organizaciones de masas, prensa, locales, imprentas, editoriales, etc.).

En segundo lugar, el gobierno desarrolló paralelamente una política de integración que contempló deliberadamente la exclusión del comunismo. En ese proceso, avanzó en los años 1961-1963 en la devolución de la CGT intervenida en 1955 a partir de acuerdos con elementos de la naciente burocracia sindical peronista y dirigentes sindicales del radicalismo y el socialismo. Se impuso así la reconstrucción del sindicalismo peronista que dejó de necesitar acordar tácticamente con el sindicalismo comunista para lograr sus objetivos.

Por último, la clausura de esta etapa puso en evidencia una crisis más amplia en el PCA. Hacia 1963 se selló su retroceso en el movimiento obrero, lo cual fue visto como un nuevo capítulo del desencuentro entre el partido y los trabajadores, trayendo así las rémoras de 1945-1946. Este nuevo traspié abrió el terreno para que crecieran las sangrías partidarias, las disidencias internas y las críticas externas. A todo esto se sumaron los debates en torno a la lucha armada, que en cierta medida condensaron aquella crisis, dejando expuesto a un PCA que —al menos en los papeles— rechazó el camino del fusil que comenzaban a abrazar distintas organizaciones. Este combo terminó por forjar la impugnación del histórico programa en etapas para la revolución y la política frentista.

La forma en que se desarrollaron los procesos en la historia argentina nos muestra que el PCA actuó frente al peronismo considerándolo un aliado estratégico para la realización de su programa, mientras que para el peronismo los comunistas fueron un aliado táctico al que recurrir en situaciones puntuales. Así fue como se aliaron y repelieron alternativamente, evidenciándose un agotamiento de los acercamientos cuando el comunismo disminuyó su relevancia relativa. En ese sentido, el margen de acción del comunismo dentro de una eventual alianza quedó circunscripto a un rol de subordinación a la conducción peronista.

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