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Muchos relatos convencionales del ascenso de Donald Trump se centran en su atractivo electoral en el Rust Belt, pero se pierde un aspecto clave de su éxito: su apoyo entre sectores importantes del capital. (Win McNamee / Getty Images)

Los intereses capitalistas detrás de Donald Trump

Traducción: Florencia Oroz

El trumpismo suele presentarse como un proyecto personalista que no representa ningún interés capitalista coherente. Pero es resultado de divisiones dentro de la clase dominante y de un nuevo bloque de poder que articula al complejo tecnológico-militar, el capital crypto y el extractivismo.

El artículo que sigue es una reseña de Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, de Paul Heideman (Verso Books, 2025)

El ascenso, la caída y el regreso de Donald Trump representan uno de los acontecimientos políticos más desconcertantes y analizados de la última década. Sin embargo, buena parte de los comentarios al respecto apenas han arañado la superficie.

La atención se centra principalmente en la retórica reaccionaria y la política personalista de Trump. Los analistas más perspicaces identifican procesos más amplios, como la desindustrialización o la captura corporativa del Partido Demócrata, como las causas fundamentales de su popularidad entre la clase trabajadora estadounidense. Pero ahí se detienen.

La interpretación predominante del trumpismo lo ve como una «revuelta desde abajo» de los grupos sociales marginados y rezagados por culpa de la globalización (neo)liberal. Hay más de una pizca de verdad en esto —aunque la proporción de votantes de la clase trabajadora que apoya a Trump a menudo se exagera— pero, ¿es el panorama completo?

Las narrativas centradas en los votantes tienden a ocultar el hecho de que los partidos políticos son vehículos de alianzas entre clases basadas en su base de votantes pero no limitadas ni lideradas por ella. Este es especialmente el caso de la política estadounidense, donde el poder de los donadores ricos es notoriamente insuperable.

Si, como a mí, la interminable serie de relatos sobre cómo Trump se ganó el Rust Belt o se abrió paso entre las minorías étnicas que tradicionalmente votaban a los demócratas no te deja conforme, entonces Rogue Elephant: How Republicans Went from the Party of Business to the Party of Chaos, de Paul Heideman, te resultará un soplo de aire fresco. El libro destaca cómo la relación entre clase y partido se desarrolla más allá de las urnas.

Desunidos

Rogue Elephant expone su argumento central desde el principio. Trump se ha apoderado del Partido Republicano, aparentemente contra todo pronóstico, por dos razones estructurales principales. En primer lugar, debido a una serie de factores históricos e institucionales —entre los que destaca la laxitud de la normativa sobre donaciones políticas—: los dos grandes partidos no son tan cohesionados y centralizados como, por ejemplo, sus homólogos europeos. Esto crea oportunidades para que surjan candidatos insurgentes y sean elegidos independientemente de la cúpula del partido, a veces en abierta oposición a ella. A lo largo de la posguerra, estos candidatos han empujado constantemente al Partido Republicano hacia la derecha, tanto en cuestiones económicas como en las denominadas «culturales», allanando así el camino para el proyecto trumpista de ultraderecha que hemos visto desarrollarse durante la última década.

En segundo lugar, aunque los republicanos son decididamente el «partido de los negocios», la clase capitalista estadounidense rara vez se ha organizado como una clase única unida por la conciencia de sus intereses comunes. Las pocas veces que esto ha ocurrido ha sido en reacción a la organización política de los trabajadores y al recrudecimiento de la lucha de clases. Cuando la unidad de clase es débil en un lado, también lo es en el otro, como ha sido el caso durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos (al menos en comparación con otros países capitalistas avanzados).

La gran excepción se produjo en los años setenta y ochenta, cuando las grandes empresas se movilizaron contra el legado del New Deal y apoyaron con todo su peso el proyecto neoliberal de las administraciones Reagan. Pero esa unidad no duró mucho y fue seguida por crecientes divisiones entre las diferentes fracciones del capital. Karl Marx llamó a los capitalistas «una banda de hermanos en guerra» por una razón, pero pocos relatos de izquierda intentan desentrañar esta lucha dentro de la clase capitalista. En ese sentido, el relato de Heideman se acerca más que la mayoría.

Si los primeros capítulos a veces parecen saturados de detalles intrincados sobre las maquinaciones internas del partido, Heideman muestra lo mejor de sí en los apartados sobre las administraciones de Bill Clinton y George W. Bush. Aporta pruebas concretas y convincentes que corroboran el poder instrumental del capital sobre el Estado. Es el tipo de pruebas de las que a menudo carecen los autores marxistas cuando teorizan sobre el Estado capitalista y que los politólogos convencionales ignoran alegremente en su enfoque exclusivo del comportamiento electoral (que es crucial para mantener la ilusión de la democracia pluralista).

Tomemos, por ejemplo, el fracaso de la reforma sanitaria de Clinton: inicialmente respaldada por los fabricantes, que temían el aumento de los costos de los planes de salud de sus trabajadores, y por las grandes compañías de seguros, que buscaban ampliar su base de clientes, acabó perdiendo el apoyo de las empresas cuando el plan supuso un control permanente de los precios de las primas de los seguros. O tomemos el caso más específico del congresista republicano Tom Tancredo, que retiró su propuesta de gravar el dinero enviado a sus países de origen por los inmigrantes tras la reacción negativa de los bancos de su distrito.

El relato de Heideman tiene el mérito de integrar estos ejemplos en una narrativa coherente sobre la relación entre la clase capitalista estadounidense y su principal partido político. También nos explica cómo las divisiones dentro de esa clase configuran las luchas políticas en torno a la definición de la agenda y la elaboración de políticas.

Aunque el autor no se aventura en los debates teóricos sobre el Estado, su relato muestra con fuerza cómo el capital no solo ejerce como clase una influencia estructural sobre el Estado debido a su mera preeminencia económica, sino también el modo en que sus distintas facciones tratan de ejercer un poder directo e instrumental en la persecución de sus intereses y preferencias políticas, a veces incompatibles.

Al fin y al cabo, podría ser que lo que se ha denominado la «autonomía relativa del Estado» respecto al capital haya sido algo exagerado: como muestran los numerosos ejemplos de Heideman, incluso cuando el principal partido del capital parecía ir en contra de los intereses generales del capital, seguía actuando en interés de una de sus facciones, como en la secuencia en torno a la destitución de Clinton. La mayor parte de las empresas estadounidenses se opusieron a la campaña contra Clinton, pero esta contó con el firme respaldo de la industria tabacalera, a la que él quería someter a una fuerte regulación.

Los capitalistas de Trump

El libro de Heideman explica así cómo los republicanos dejaron de representar la unidad de los intereses capitalistas. Sin embargo, sorprendentemente, en los dos últimos capítulos del libro, que tratan del ascenso de Trump y su primera administración, el análisis del modo en que determinadas facciones del capital compiten por el Partido Republicano y, a través de él, por la política estatal (y los contratos estatales, etc.) es bastante escaso.

Allí el lector vuelve a un territorio familiar, en el que Trump es presentado como un empresario político errático que aprovechó la oportunidad que le brindaron una clase empresarial dividida y un partido descentralizado. Salvo las tensiones entre las industrias basadas en la exportación y la importación en torno al impuesto de ajuste fronterizo (BAT), esas divisiones intracapitalistas nunca se describen adecuadamente.

Se menciona de pasada cómo la política de Trump se alinea con algunas fracciones del capital (por ejemplo, ciertas industrias manufactureras) más que con otras. Sin embargo, los mecanismos que median esa relación —por lo demás bien documentados en los capítulos anteriores sobre Clinton y Bush— apenas se mencionan. También se agradecería un poco más de información acerca de las fracciones del capital que siguen respaldando a los demócratas y sus razones para hacerlo.

El subtítulo del libro sugiere que el Partido Republicano, que ya no es el «partido de los negocios», ha caído en manos de un líder caótico y personalista. Sin embargo, esto es erróneo, ya que repite el mismo punto ciego de la mayoría de los analistas convencionales: confundir el trumpismo con Trump y el conflicto intraclase con el caos.

Es muy posible que Trump solo esté en esto para enriquecerse a sí mismo y a su familia. Es muy posible que carezca de una ideología internamente coherente y de un proyecto de clase completo. Pero el trumpismo es más grande que el propio Trump. Incluye una coalición de fracciones capitalistas así como fracciones de clases subordinadas, tanto de la pequeña burguesía como de clase trabajadora.

Más allá de las opiniones personales del presidente, gracias al «Proyecto 2025», el trumpismo tiene una agenda de política interior y exterior más completa, coherente y, hasta ahora, más rigurosamente aplicada que la de la mayoría de las administraciones de la historia reciente. Como han documentado diversos relatos, en el núcleo de este nuevo bloque de poder encontramos ciertas industrias manufactureras (como la del acero y el aluminio), industrias extractivas, capital privado (en lugar de empresas que cotizan en bolsa), cripto-capitalistas (en lugar de los gigantes bancarios tradicionales) y el nuevo complejo tecnológico-militar (en lugar del establecido complejo industrial-militar).

Esta última fracción, centrada en empresas como OpenAI y Palantir, parece estar al frente del proyecto hegemónico trumpista: autoritarismo neoliberal en el país e imperialismo beligerante en el extranjero, lo que supone más una radicalización que una ruptura con el statu quo estadounidense.

El neoimperialismo de Trump parece ser el elefante en la habitación del que Heideman nunca habla realmente. El marco centrado en Estados Unidos es comprensible por muchas razones. Pero precisamente porque Estados Unidos es tan importante para la economía y la política mundiales, cualquier intento de explicar el trumpismo que solo tenga en cuenta los factores internos es inevitablemente incompleto.

¿Sus guerras comerciales solo tienen como objetivo sembrar el «caos» en todo el mundo, o sirven a fracciones de clase específicas con intereses concretos? ¿El aumento previsto del presupuesto militar en más del 50% es producto de una política «personalista» o está destinado a beneficiar a una determinada industria y, de hecho, a unas pocas empresas selectas? ¿Qué hay de la búsqueda belicista de recursos naturales, ilustrada no solo por el reciente ataque a Venezuela y las amenazas sobre Groenlandia, sino también por el acuerdo alcanzado con Ucrania sobre el acceso a los minerales?

Es cierto que algunos de estos acontecimientos se produjeron después de la publicación del libro, pero todos estos objetivos políticos ya eran evidentes en el primer mandato de Trump, luego en el Proyecto 2025 y en los intereses transparentes de algunos de sus colaboradores y donantes más destacados. El excesivo foco en Estados Unidos que pone el libro también se refleja en la falta de perspectivas comparativas que podrían haber arrojado más luz sobre el nexo entre clase y partido. Se ha argumentado, por ejemplo, que la fragmentación del capital también fue responsable de otros éxitos notables del «populismo» de extrema derecha durante la última década, como el Brexit.

Al igual que el trumpismo, el Brexit triunfó no solo por la débil organización de clase del capital británico para movilizarse en apoyo de la Unión Europea, como ocurrió durante la campaña del referéndum de 1975 (cuando los sindicatos se opusieron acertadamente a la integración en la Comunidad Europea). También se debió a una profunda división dentro de la clase capitalista, como muestran con contundencia Marlène Benquet y Théo Bourgeron en su esclarecedor reciente libro: una división entre el capital financiero tradicional, con sede en la ciudad, que se beneficiaba del acceso al mercado único (grandes bancos, compañías de seguros, fondos de pensiones) y la fracción «alt-finance», para la que la UE no era lo suficientemente neoliberal y que busca aún más desregulación (fondos de cobertura, fondos de capital privado, fondos inmobiliarios).

Este conflicto intraclasista sigue muy presente, con el auge de Reform UK como el principal partido de la derecha británica, financiado en gran medida por fracciones capitalistas similares a las de Trump: combustibles fósiles, fondos de cobertura y criptomonedas. Pero el análisis de Heideman carece de paralelismos tan fructíferos.

En definitiva, en su ambicioso intento de explicar uno de los acontecimientos más significativos de nuestra era política, Rogue Elephant tiene el mérito innegable de desviar nuestra mirada de un enfoque tan difundido como miope sobre el discurso y los votantes y dirigirla hacia el papel de los intereses de clase. Aunque no se lleva a cabo de forma coherente a lo largo del libro, es un valioso ejemplo de cómo podría construirse un relato empírico de la relación entre clase y partido.

Pero la historia completa del trumpismo, que trace y explique su alianza intraclases, su proyecto político-económico distintivo y sus contradicciones internas, aún está por escribirse.

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