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Un grupo de guerrilleros en China, alrededor de 1935. (Colección Hulton-Deutsch / Corbis a través de Getty Images)

Las mujeres que enfrentaron al imperio japonés

Traducción: Florencia Oroz

El colonialismo japonés es tristemente famoso por su brutalidad hacia las mujeres, que fueron secuestradas y obligadas a convertirse en esclavas sexuales. Menos conocido es el papel de las mujeres que combatieron contra el Imperio japonés.

En Capitalists Must Starve, una novela de Park Seolyeon traducida del coreano al inglés por Anton Hur, una militante sindical sube a la azotea de una fábrica de caucho en Pyongyang, Corea, utilizando una cuerda improvisada hecha con algodón japonés retorcido, y organiza una protesta en solitario contra los salarios injustos bajo el dominio colonial japonés. En la primera novela de Emma Pei Yin, When Sleeping Women Wake, una joven líder rebelde dispara una y otra vez a los soldados japoneses que la persiguen desde detrás de unos barriles de madera llenos de pescado mohoso en un muelle de Hong Kong, ganando tiempo para que los civiles puedan escapar en barcos de rescate que los llevarán a costas más seguras.

Es raro encontrar descripciones de la brutal invasión japonesa en Asia Oriental en la literatura en lengua inglesa; las representaciones de la resistencia anticolonial femenina son prácticamente inexistentes. Estas escenas, ambas basadas en hechos reales, se encuentran entre las pocas representaciones de mujeres que luchan contra la ocupación japonesa en la región, una historia rica pero olvidada que permanece en gran medida inexplorada en las narrativas anglófonas populares de la Segunda Guerra Mundial.

Capitalists Must Starve y When Sleeping Women Wake difieren en estilo y contexto. Sin embargo, ambas novelas se sumergen profundamente en las experiencias de género de las mujeres que vivían bajo el yugo japonés a través de una lente no solo de supervivencia, sino también de autorrealización. Bajo las indignidades diarias de la guerra, las protagonistas se atreven a reflexionar sobre otras posibilidades: ¿qué queda del amor, qué queda del empoderamiento?

Miles de camaradas

La novela de Park, una versión ficticia de la vida real de la militante sindical coreana Kang Juryoung, está ambientada a principios del siglo XX en Gando, una región disputada entre la Manchuria china y la península coreana recién colonizada por Japón, unas tres décadas antes de la división de Corea. Corea, que anteriormente era un estado vasallo de China, fue anexionada por Japón en 1910, tras la Primera Guerra Sino-Japonesa. A instancias de sus empobrecidos padres, la enérgica joven Juryoung se embarca en un matrimonio concertado con Jeonbin, un joven culto de la clase mercantil, del que se enamora.

Cuando su patriota marido decide convertirse en luchador por la libertad, Juryoung huye con él para unirse al Ejército de Liberación en Manchuria, un variopinto grupo de soldados nacionalistas y comunistas que formaban parte de la resistencia armada antijaponesa que surgió en las décadas de 1920 y 1930. Kim II-sung, el primer líder de Corea del Norte, fue uno de esos guerrilleros, cuyo papel en el movimiento independentista se ha utilizado desde entonces para asegurar el dominio de su familia sobre el actual Estado paria.

Sin embargo, nada de eso le importa a Juryoung, que se une al movimiento por preocupación por su marido más que por motivos políticos: «¿De qué sirve liberar un país que no me protege ni me cuida? No me importa cómo se llame mi país, siempre y cuando mi familia no pase hambre y no se vea abocada al frío», reflexiona. La prosa, escrita en tercera persona cercana, entra y sale hábilmente de la perspectiva de Juryoung. Su pragmatismo sin complejos, propio de la clase trabajadora, contrasta directamente con el idealismo de los líderes revolucionarios masculinos; su decisión de unirse a la resistencia y asumir un papel organizativo cada vez más destacado desafía activamente las normas de género tradicionales de la época. Esta vena feminista recorre toda la narración, que sigue el renuente despertar político de Juryoung y su transformación en una decidida líder activista.

A diferencia del juvenil y estudioso Jeonbin, Juryoung, una granjera astuta y experimentada, se distingue rápidamente entre los rebeldes, que la ascienden de las tareas de cocina a desempeñar un papel activo en las misiones. Sin embargo, cuando llama la atención del general, un inseguro Jeonbin la rechaza y Juryoung regresa a casa frustrada. Tras la muerte inesperada de su marido, Juryoung y su familia se mudan a Sariwon y trabajan como jornaleros rurales. Sus padres planean casar a Juryoung con su nuevo casero, pero ella no acepta.

En cambio, Juryoung decide independizarse y perseguir su sueño de convertirse en una «chica moderna» en Pyongyang, donde encuentra trabajo en una fábrica de caucho. Es la primera vez en su vida que nadie le dice lo que tiene que hacer, que no tiene que dar prioridad a la supervivencia. Pero, aunque ahora es ella quien toma las decisiones en su nueva vida, Juryoung sigue sintiéndose «atrapada por los límites de su imaginación»; sus anteriores aventuras como combatiente rebelde le parecen un sueño lejano. «Hacer algo solo porque quiere hacerlo es una experiencia muy valiosa para ella», reflexiona durante un tranquilo momento de descanso con Okkie, una joven trabajadora de la fábrica que se convierte en una de sus primeras verdaderas amigas.

Durante la Gran Depresión, Juryoung y otros trabajadores se ven afectados por una serie de recortes salariales. A medida que la lucha se intensifica, Juryoung acaba afiliándose a un sindicato comunista y lidera a sus compañeras trabajadoras para que se declaren en huelga, organizando protestas que galvanizan a los trabajadores y, finalmente, obligan a los propietarios de las fábricas a dar marcha atrás en los recortes salariales. Se convierte en una de las activistas laborales más destacadas que luchan por la clase trabajadora contra la represión japonesa, un papel que la lleva a ser encarcelada por las autoridades coloniales y, finalmente, a su muerte.

En el último capítulo del libro nos quedamos con la imaginación de la autora sobre el discurso que podría haber pronunciado en su infame protesta, en la azotea de la fábrica de caucho Pyongwon: «Si mi cuerpo tuviera que morir para que mis 2300 compañeros sobrevivieran, ¿cómo podría no merecer la pena? La mayor lección que he aprendido es que no hay mayor honor que sacrificar la propia vida por un bien mayor». Juryoung logra la autorrealización, pero se sacrifica en el proceso.

Roles de género

Tanto Capitalists Must Starve como When Sleeping Women Wake pintan un retrato matizado de cómo las condiciones de la guerra empujan a las mujeres a salir de los roles tradicionales en los sistemas patriarcales y, en algunos casos, las impulsan hacia un camino de liberación personal, a menudo a un alto precio. Mientras que el texto de Park se centra en el viaje de Juryoung, la novela de Pei Yin explora estas dinámicas a través de un reparto coral, centrado en la historia de una madre, una hija y una criada que luchan por sobrevivir a la invasión japonesa en Hong Kong.

Mingzhu, la primera esposa de la acaudalada familia Tang, nacida en Shanghái, y su inquieta hija Qiang, viven una vida restringida pero cómoda en la Hong Kong ocupada por los británicos con su querida criada, Biyu. En 1941, el ejército japonés captura la ciudad y las tres mujeres se ven separadas: Mingzhu se ve obligada a trabajar como traductora para los japoneses, mientras que Qiang y Biyu realizan trabajos agotadores en una fábrica textil en los Nuevos Territorios rurales. Allí, la joven y audaz Qiang se cruza con la Columna del Río Este, un grupo rebelde clandestino, y decide unirse a la combativa banda de guerrilleros.

Alineada con el Partido Comunista, la Columna del Río Este real colaboró estrechamente con los nacionalistas chinos y las tropas extranjeras para ayudar a liberar Hong Kong. Escondidos en el campo, lanzaron ataques, sabotearon las líneas de suministro enemigas, recopilaron información y organizaron operaciones de fuga para liberar a prisioneros de guerra e internos de los campos japoneses. En un momento dado, la resistencia se convirtió en una fuerza considerable, con unos tres mil miembros, entre los que se encontraban mujeres y niños locales. Un ejemplo es Fang Gu, una guerrillera culta que ayudó a sacar clandestinamente de la isla de Hong Kong a los eruditos que vivían en la pensión de su madre. Tras unirse a la resistencia, fue ascendiendo hasta convertirse en capitana, una trayectoria paralela a la de la protagonista Qiang en la novela de Pei Yin.

El trauma causado por la opresión colonial es un poderoso catalizador del cambio, pero las transformaciones de las protagonistas están siempre mediadas por su género, una fuente omnipresente de conflicto y negociación. Capturada por las tropas japonesas, Mingzhu es nombrada traductora de un capitán japonés, que resulta ser un espía de la resistencia anticolonial. Este inesperado papel la salva de convertirse en una «mujer de confort», término que se refiere a las mujeres que fueron obligadas a servir como esclavas sexuales en los campos japoneses.

Investigaciones de Japón y Corea estiman que el ejército japonés obligó a unas doscientas mil mujeres de toda la región a trabajar en esos burdeles. Pero los estudios chinos sostienen que la cifra podría ser aún mayor. Después de todo, las mujeres secuestradas en China, que normalmente no sobrevivían a los centros de confort y rara vez se mencionaban en los registros japoneses, probablemente estén infrarrepresentadas en los datos existentes, según los autores de Chinese Comfort Women: Testimonies from Imperial Japan’s Sex Slaves.

La amenaza de violación, violencia y hambruna es constante a lo largo de la novela, una narración trepidante que no rehúye los horrores físicos de la guerra, sino que los afronta activamente. En una escena tensa, Qiang se embarca en su primera misión para explorar un nuevo centro de confort, solo para ver impotente cómo una mujer embarazada se lanza desde la azotea del edificio para escapar de la tortura. El lugar, Nam Koo Terrace, es ahora una mansión abandonada en la vida real. Algunos lugareños afirman que sigue estando embrujado por los fantasmas de las mujeres de confort que perecieron dentro de sus muros de ladrillo rojo.

Mientras tanto, Biyu, hambrienta, sobrevive a una paliza de los soldados japoneses cuando regresa de su turno en la fábrica, gracias a que su amiga Francine interviene valientemente para defenderla. Sin embargo, en el proceso, Francine es agredida sexualmente y luego asesinada, lo que deja a una angustiada Biyu con la tarea de llevar el cuerpo destrozado de su amiga a su anciano padre, cuya salud mental se derrumba tras el asesinato de su hija.

Al igual que en Capitalists Must Starve, los protagonistas del texto disfrutan de momentos de alivio temporal frente a las brutalidades de la opresión colonial, en forma de tiernas interacciones y conexiones inesperadas. A pesar de sus duras circunstancias, se sienten atraídos por el amor en la medida de sus posibilidades. Además del amor familiar y la amistad, la narración también presenta tramas románticas secundarias, en las que intervienen intereses amorosos extranjeros.

Mingzhu, que está casada, se enamora de Henry Beaumont, un entusiasta de la literatura clásica china y tutor de idiomas de Qiang, poco antes de la invasión. Henry, un prisionero de guerra británico, acaba trabajando para la prensa controlada por los japoneses, donde recopila información secreta para los rebeldes. Antes de que la ciudad caiga, Qiang también conoce a un intrigante joven japonés, Hiroshi Nakamura. Cuando los dos se reencuentran, parecen estar en bandos opuestos del conflicto; solo más tarde Qiang se da cuenta de que Hiroshi también forma parte de la resistencia.

Estas relaciones interraciales, relativamente tabú durante la época, también son posibles gracias a las rupturas causadas por la guerra. Quizás el texto podría haber profundizado más en el colonialismo británico y los colaboradores chinos, dinámicas importantes a las que solo se alude brevemente. No obstante, al crear personajes que complican las representaciones estereotipadas de los británicos, chinos y japoneses de la época, la novela tiene en cuenta un punto de vista a menudo pasado por alto, el de los marginados, y se empeña en llevar sus historias al primer plano.

Por encima de todo, las dos novelas iluminan la diversidad y la complejidad de la vida de las mujeres bajo la ocupación japonesa del este de Asia, que con demasiada frecuencia se describe a través del prisma singular del victimismo. Las rebeldes, las mujeres corrientes que ejercieron su difícilmente ganada capacidad de acción en las condiciones más precarias de la guerra, suelen quedar fuera del relato histórico. Pasarlas por alto representa un fracaso colectivo a la hora de honrar sus contribuciones a la resistencia anticolonial de la región.

Estas narrativas, aunque ficticias, constituyen una oportunidad para rendir homenaje a estas mujeres reales que cayeron en la causa de la liberación. Y son, además, una invitación a reflexionar sobre los aspectos de género de nuestras propias historias culturales, para que no acaben también cayendo en el olvido.

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