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La colíder del partido Alternative für Deutschland (AfD), Alice Weidel, da un discurso durante un debate general sobre el presupuesto de la Cancillería en el Bundestag de Berlín, el 9 de julio de 2025. (Odd Andersen / AFP a través de Getty Images)

Alemania: la ultraderecha busca arrastrar a la izquierda a las guerras culturales

Traducción: Natalia López

Según un documento estratégico filtrado, la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) considera al partido socialista Die Linke como un «idiota útil» que puede utilizar para polarizar a la sociedad en torno a temas de guerra cultural. Die Linke no debería prestarse a ese juego.

A principios de este mes, Politico filtró un documento interno de estrategia del partido alemán antiinmigración Alternativa para Alemania (AfD). En una reunión a puertas cerradas, el grupo parlamentario de la AfD recibió una presentación de PowerPoint titulada «Introducción al proceso estratégico», que ofrecía una visión del ajedrez tridimensional que el partido pretende jugar para superar a todos sus adversarios.

La AfD quiere derribar el Brandmauer, o muro de contención: el compromiso informal de los partidos tradicionales de no colaborar con la extrema derecha, y convertir a su líder, Alice Weidel, en la próxima canciller de Alemania. Eso es lo esperable. Lo más interesante es que Die Linke, de entre todos los partidos, está llamada a desempeñar un papel clave en esta estrategia. El documento estratégico plantea como primer punto una «polarización cultural entre la AfD y Die Linke»: la AfD busca provocar una guerra cultural artificial con Die Linke para dividir el espectro político en «conservadores burgueses vs. izquierda radical». De ese modo, la AfD quedaría como el único socio posible para los democristianos en el gobierno. El muro de contención caería, y el camino de la AfD hacia el gobierno —e incluso hacia la cancillería— quedaría despejado. Ese es el plan, por ahora.

Probablemente la AfD sobreestime cuán «radical» es realmente la izquierda de los socialdemócratas bajo el liderazgo de Lars Klingbeil, o de los Verdes bajo Franziska Brantner. Pero el asunto no termina ahí. En cualquier caso, Die Linke puede agradecerle a la AfD por dejar tan claro que la guerra cultural es una trampa. Ahora puede perfilarse con mayor tranquilidad como un partido centrado en la política de clase, como de hecho pretenden hacer sectores importantes de la organización.

El documento no solo revela qué quiere la AfD de Die Linke, sino que también deja implícitamente claro qué tipo de política de izquierda no le resulta funcional a sus fines. Por ejemplo, bajo el título «Dónde somos fuertes», enumera varios sectores sociales a los que planea dirigirse con grupos de trabajo especializados: «alemanes del Este, zonas rurales, trabajadores, rusos-alemanes, votantes jóvenes»; sectores a los que también debería prestar atención una izquierda con visión estrategica.

Es evidente que la izquierda debe reconstruir sus antiguos bastiones en Alemania Oriental. Del mismo modo, debería prestar especial atención al ámbito rural si no quiere convertirse en un partido de «élites urbanas». Y parece de sentido común que una izquierda que se reivindica como partido de los trabajadores debe apelar a los trabajadores. En su exitosa campaña por elección directa en el distrito berlinés de Lichtenberg, la líder de Die Linke, Ines Schwerdtner (exeditora de Jacobin Alemania), demostró que las zonas con una alta población trabajadora ruso-alemana no tienen por qué ser territorio exclusivo de la AfD. El hecho de que ya en las elecciones federales de febrero Die Linke haya logrado posicionarse como la voz más fuerte entre los votantes jóvenes también debe estar generando incomodidad en las filas de la AfD.

Si el plan maestro de la AfD depende realmente de que Die Linke salte obedientemente al ritmo del «gender gaga» (un término despectivo para referirse a la política identitaria de género), entonces impedir su ascenso al poder debería ser relativamente fácil. El peligro mayor es que la extrema derecha logre imponerse incluso sin una buena estrategia —simplemente porque sus adversarios tampoco tienen una.

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