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El líder bolchevique Vladimir Lenin habla en el Segundo Congreso Internacional en 1920. (Colección Hulton-Deutsch / CORBIS vía Getty Images)

Por qué las tres Internacionales no pudieron ponerse de acuerdo

Traducción: Florencia Oroz

El 2 de abril de 1922, reformistas y revolucionarios de tres Internacionales rivales se reunieron en Berlín en un intento de acordar un programa común. Fue la última vez en décadas que comunistas y socialdemócratas se encontraron como camaradas declarados.

Durante la mayor parte del siglo XX, el movimiento obrero estuvo dividido en dos bandos distintos. Aunque tanto la socialdemocracia como el comunismo tenían sus orígenes en la Asociación Internacional de Trabajadores fundada en Londres en 1864 por Karl Marx y otros radicales, en la década de 1920 las dos corrientes se habían convertido en organizaciones con visiones del mundo rivales. Tras la Segunda Guerra Mundial, representaron lados opuestos de la Guerra Fría. En la década de 1990, el comunismo como movimiento de masas prácticamente había desaparecido, mientras que la socialdemocracia, aunque seguía siendo una fuerza política importante, hacía tiempo que había dejado de ser un movimiento obrero.

Un final tan poco esperanzador era impensable para los socialistas cien años atrás. Ya fueran socialdemócratas reformistas como Tom Shaw, del Partido Laborista británico, marxistas revolucionarios como el bolchevique Karl Radek, o se situaran en un punto intermedio, como el socialista austriaco Friedrich Adler, el socialismo era el único horizonte concebible para el futuro de la humanidad. El movimiento había pasado de círculos conspirativos a partidos con millones de seguidores en el lapso de dos generaciones. La reciente guerra mundial, que había costado a Europa 40 millones de vidas y una destrucción incalculable, había agudizado las contradicciones en todo el continente y había llevado a los socialistas al poder en varios países: en Rusia mediante una revolución violenta, en Alemania y Austria a través de las urnas.

Pero la guerra también había agudizado las tensiones entre reformistas y revolucionarios. Lo que antes había sido un movimiento único se había dividido en varios bandos enfrentados cuya desunión debilitaba a ambas partes y las hacía vulnerables a la cooptación por parte de sus enemigos. En este contexto, el 2 de abril de 1922, tres delegaciones se reunieron en Berlín, en el Reichstag, la sede del Parlamento alemán. En palabras del socialista austriaco Otto Bauer, el objetivo era «reunir a los tres ejércitos en que desgraciadamente se ha dividido el proletariado, para que puedan volver a marchar juntos contra el enemigo común y, unidos, derrotarlo».

Esta empresa infructuosa sería la última de este tipo: nunca más socialdemócratas, socialistas y comunistas se encontrarían cara a cara con el objetivo de desarrollar una estrategia común. Los abismos engendrados por la desconfianza mutua y las presiones de la construcción del Estado en ambos bandos resultaron demasiado grandes para ser superados con resoluciones bienintencionadas.

Las tres internacionales

La reunión se hizo esperar. Los lazos institucionales del socialismo internacional habían dejado de funcionar en gran medida tras el estallido de la guerra en 1914, cuando la mayoría de los partidos de los estados rivales se pusieron del lado de sus propios gobiernos nacionales. Solo una pequeña minoría de socialistas antibelicistas, liderados por figuras como Giacinto Serrati, del Partido Socialista Italiano, y Clara Zetkin, de la socialdemocracia alemana, seguían defendiendo el internacionalismo socialista, y se reunieron en Suiza en septiembre de 1915 para publicar el famoso Manifiesto de Zimmerwald contra la guerra. Estas conexiones se profundizaron en una segunda reunión celebrada en Kienthal en 1916 y una tercera en Estocolmo en septiembre de 1917, apenas unas semanas antes de que la Revolución Rusa ahondara aún más la división en el socialismo internacional.

Tras el armisticio del 11 de noviembre de 1918, los «reformistas», como ahora se autodenominaban abiertamente, intentaron resucitar la internacional de preguerra. Vandervelde, junto con el laborista Arthur Henderson y el diplomático francés Albert Thomas, invitó a los partidos socialistas europeos a reunirse con ellos al margen de la Conferencia de Paz de París en enero de 1919. Finalmente, la reunión tuvo que trasladarse a Berna, Suiza, cuando quedó claro que no se permitiría la entrada en Francia a los delegados de Alemania y Austria.

La refundación de la vieja internacional resultó más fácil de decir que de hacer: los belgas se negaron, alegando la presencia de los alemanes, sus enemigos en la reciente guerra. Los italianos y los rumanos no estaban dispuestos a unirse a partidos favorables a la guerra, y los bolcheviques —que estaban fundando su propia Tercera Internacional— se negaron a reunirse con ninguno de ellos. Sin embargo, los que lograron reunirse en Berna en febrero fundaron oficialmente la Internacional Socialista del Trabajo (IST) como sucesora de la Segunda Internacional. Un mes más tarde, los bolcheviques fundaron la Internacional Comunista, o Comintern, como su homóloga revolucionaria.

La Comintern pretendía expresamente unificar el ala revolucionaria del movimiento obrero internacional y purgarla de reformistas y elementos vacilantes. Mediante esta ruptura limpia, los comunistas rusos esperaban preparar a sus seguidores internacionales para la batalla final en un momento en que —según las veintiún condiciones de afiliación de la Comintern— la lucha de clases estaba «entrando en la fase de guerra civil». Su victoria, a su vez, ayudaría a la lucha de la Rusia soviética para resistir una contrarrevolución ayudada e instigada por las principales potencias capitalistas.

Sin embargo, muchos socialistas rechazaron tanto el reformismo moderado como la línea maximalista de Moscú, ninguna de las cuales se correspondía con sus propias experiencias. Tras una serie de reuniones en Berna y Viena, en abril de 1921 fundaron la Unión de Partidos Socialistas para la Acción Internacional (IWUSP, por sus siglas en inglés), también conocida como la «Internacional dos y medio» o la «Unión de Viena». Dirigida por Friedrich Adler —hijo del fundador del partido socialdemócrata austriaco y más conocido por asesinar al primer ministro austriaco en 1916—, la IWUSP unió fuerzas como los socialdemócratas independientes de Alemania (que seguían siendo un partido de 340.000 personas, incluso después de que la mayoría se marchara a la Comintern), el Partido Laborista Independiente de Gran Bretaña y la mayoría de los partidos socialistas de los Balcanes.

La IWUSP no rechazaba de plano una vía revolucionaria al socialismo, pero hacía hincapié en la necesidad de flexibilidad estratégica de un país a otro: lo que había funcionado en Rusia no funcionaría necesariamente en Gran Bretaña o Italia. No obstante, veían la escisión del movimiento obrero como un trágico revés que había que superar lo antes posible. «No es posible hablar de una Internacional», explicó Adler en la reunión de Viena, «si, por un lado, como en la Segunda Internacional, la mayor parte del movimiento ruso está ausente, o si, por otro lado, como en la Tercera Internacional, la mayoría de los trabajadores británicos no están representados». Su Internacional serviría de puente entre las dos alas hasta que fuera posible la reunificación.

El camino a Berlín

Las perspectivas de una reunión de este tipo parecían mejorar a principios de la década de 1920. Una serie de levantamientos de inspiración bolchevique habían fracasado en Alemania, Hungría y otros países, y la posición internacional del movimiento comunista era cada vez más desesperada. Aunque los seguidores de Vladimir Lenin habían ganado la guerra civil y se habían mantenido en el poder, el conflicto costó millones de vidas y provocó el colapso de la economía rusa.

En Europa Occidental, los socialistas también estaban a la defensiva. La alianza inicial entre los socialdemócratas y la clase dominante en Alemania había supuesto una violencia brutal contra la minoría revolucionaria del país, pero también supuso importantes concesiones al movimiento obrero. En 1921, sin embargo, el equilibrio de fuerzas estaba cambiando: envalentonados por la derrota de la oleada revolucionaria y el aislamiento de la Rusia soviética, los capitalistas pasaron a la ofensiva, tratando de hacer retroceder las conquistas económicas y recortar las libertades democráticas concedidas tras la guerra.

En este contexto, los partidos comunistas empezaron a buscar cautelosamente cierto grado de acercamiento a otras fuerzas, empezando por una carta abierta publicada por el Partido Comunista de Alemania en enero de 1921 en la que llamaba a la acción conjunta de todas las organizaciones socialistas en defensa del nivel de vida de los trabajadores. Aunque provocó la ira de muchos comunistas por su actitud aparentemente transigente hacia los reformistas, lo que Lenin llamó un «paso político ejemplar» fue respaldado por el Tercer Congreso de la Comintern en junio de 1921, y codificado en una resolución adoptada por su Comité Ejecutivo en diciembre.

Con el recrudecimiento de las tensiones entre la socialdemocracia y las clases dominantes europeas y los comunistas aparentando retroceder del precipicio, la IWUSP vio su oportunidad de sentar a la mesa a las internacionales rivales. Los reformistas, por su parte, también estaban deseosos de salir de su aislamiento de posguerra, y el laborista Arthur se dirigió a Friedrich Adler en el verano de 1921 para intentar reconciliar la Segunda Internacional y la «Internacional dos y medio» sobre la base de «principios democráticos» compartidos, es decir, sin los comunistas.

Adler rechazó de plano esta propuesta; reunirse únicamente con los reformistas habría ido en contra del propio propósito de su Internacional. En su lugar, convocó una reunión de las tres internacionales para planificar un «primer intento de conferencia general» coincidiendo con la Conferencia de Génova, en la que las grandes potencias planeaban resolver las cuestiones económicas y políticas pendientes derivadas de la guerra y normalizar las relaciones con Alemania y Rusia. La conferencia de los socialistas también iba a celebrarse en Génova; su objetivo era presionar a los negociadores para que aliviaran a la clase obrera alemana de las cargas impuestas por el Tratado de Versalles y normalizaran las relaciones con Rusia, un país que, críticas aparte, los socialistas europeos seguían considerando merecedor de su apoyo en la escena internacional.

En aras de la unidad, Adler propuso que la reunión evitara debatir las diferencias de principios de las internacionales y se centrara en cambio en el estado de la economía europea y la actividad de la clase obrera. La Comintern, a pesar de su desprecio por los «socialchovinistas» de la Segunda Internacional, aceptó asistir sin condiciones previas. Los reformistas, por su parte, solo estuvieron dispuestos a comprometerse con la reunión si el orden del día incluía también la «liberación de los presos políticos» (es decir, los mencheviques y socialistas revolucionarios que iban a ser juzgados en Moscú por el intento de asesinato de Lenin en 1918) y el estatus de Georgia, cuyo gobierno independiente dirigido por mencheviques había sido derrocado por bolcheviques locales apoyados por el Ejército Rojo a principios de 1921.

Cita en el Reichstag

Los tres bandos acordaron enviar delegaciones de diez personas a la reunión, elegidas entre sus respectivas direcciones. Los reformistas estaban liderados por el laborista Tom Shaw, junto con Vandervelde y Ramsay MacDonald, un socialista antibélico y futuro renegado infame. La «Internacional dos y medio» estaba representada por Adler y por otras luminarias como el francés Jean Longuet (nieto de Karl Marx) y el alemán Arthur Crispien. En comparación, la delegación de los comunistas era poco espectacular: de sus diez delegados, solo Zetkin, Radek y Bujarin gozaban de estatura internacional. Junto a ellos habló Serrati por los socialistas italianos, a quienes el plan original de Adler encomendaba la organización de la próxima cumbre de Génova.

Adler abrió los debates reconociendo que «las dificultades actuales entre el proletariado hacen imposible una organización común», pero insistió en que «la posición del proletariado mundial es tal que es imperativo, a pesar de todas las diferencias que puedan existir, hacer un intento de unir su fuerza para ciertos fines y acciones concretas». Económicamente, las «terribles condiciones de miseria causadas por la depreciación de la moneda y la necesidad económica, por un lado, y el aumento del desempleo en los países con una moneda fuerte, por otro» solo podían combatirse mediante la acción unida, mientras que políticamente, la próxima Conferencia de Génova, organizada por la «internacional del imperialismo capitalista», acentuaba la necesidad de un «bando unido de partidos proletarios» para oponerse a una mayor división del mundo según las líneas imperialistas.

Enmarcó la división entre las internacionales no como una diferencia fundamental, sino de «perspectiva histórica». Los reformistas consideraban que la transición al socialismo estaba mucho más lejos en el futuro y centraban su actividad en preocupaciones económicas inmediatas, mientras que los revolucionarios trataban de sentar las bases del socialismo hoy. «Pero, por muy diferente que sea nuestra perspectiva del mañana», reafirmó, «aún podemos decir que, aunque los que nos reunimos aquí como camaradas estemos divididos en cuanto a si la lucha ha de ser por hoy o por mañana, tenemos esto en común, que todos queremos luchar». Continuó proponiendo una simple condición para seguir actuando: «Serán admitidos todos los partidos proletarios que se sitúen en el terreno de la lucha de clases, cuyo objetivo sea derrocar al capitalismo y que reconozcan la necesidad de una acción internacional común por parte del proletariado para la consecución de este objetivo».

Esta propuesta directa fue recibida por Zetkin, hablando en nombre de la Comintern. Empezó afirmando la necesidad de «unirse para una lucha defensiva contra la ofensiva del capital mundial» y acogiendo la iniciativa de Adler como un «medio para la unión de las luchas obreras venideras». Sin embargo, introdujo una importante advertencia, característica de la política de alianzas de los comunistas de la época: estas luchas compartidas solo serían necesarias hasta que la clase obrera en su conjunto «aprendiera (…) que el capitalismo solo puede ser vencido cuando la gran mayoría del proletariado tome el poder en una batalla revolucionaria y establezca la dictadura del pueblo trabajador».

Zetkin y los demás comunistas no dudaban de que acabarían consolidando su hegemonía sobre el movimiento obrero y estableciendo dictaduras del proletariado en todo el mundo. Los demás partidos socialistas verían el error de sus métodos y se alinearían tras ellos o, en caso necesario, se enfrentarían a la represión, como los mencheviques y los socialistas revolucionarios, cuya difícil situación conmovió tanto a los reformistas de la Segunda Internacional.

La desconfianza fundamental causada por la insistencia de los comunistas en que solo ellos conducirían al proletariado a la victoria resultó ser el mayor punto de fricción en las negociaciones. Vandervelde y sus camaradas estaban «llenos de sospechas y aprensiones» por las proclamas oficiales de la Comintern, concretamente la resolución de diciembre de 1921 sobre el frente único, una «extraña mezcla de ingenuidad y maquiavelismo» que apelaba a la unidad con los reformistas aunque «no se oculta la intención de sofocarnos y envenenarnos después de abrazarnos». Ramsay MacDonald preguntó mordazmente a los delegados comunistas: «Venimos aquí ansiosos por promover la cooperación, pero les preguntamos, de hombre a hombre, ¿es por eso por lo que ustedes están aquí?».

A pesar de su profeso deseo de unidad, Radek no tuvo paciencia con las preocupaciones de los reformistas, comentando sarcásticamente que «la fuerza de la voz de Vandervelde nos transportó por un momento a aquella época en la que creíamos en el calor de su voz, y olvidamos por un momento que esta voz se había ahogado en el estruendo del cañón». En cuanto a las súplicas de Vandervelde de «un mínimo de confianza, solo un poco», replicó: «¿Confianza en qué? ¿En la guerra?».

Las actas de la reunión revelan un movimiento cuyas divisiones habían cuajado durante mucho tiempo en una profunda desconfianza y resentimiento. Los dos bandos intercambiaron polémicas y se negaron a ceder terreno, mientras Adler y sus hombres intentaban desesperadamente negociar una tregua. Todos estaban de acuerdo en la necesidad de unidad, pero todos, especialmente los comunistas, querían esa unidad en sus propios términos.

Surgió una única voz de la razón en la figura de Giacinto Serrati, cuyo partido los comunistas habían partido en dos el año anterior. Serrati reprendió a ambas partes por moralizar y preguntó si los delegados «estaban aquí para erigirse en jueces unos de otros, o para realizar un trabajo práctico». «Todos hemos cometido muchos errores», continuó, pero quizá «los jueces» —es decir, los reformistas— «han cometido más errores que los acusados, porque los han cometido en alianza con nuestros enemigos. Los acusados cometieron errores por el bien de la revolución y no de la burguesía».

Serrati, el único representante cuyo partido no pertenecía a ninguna de las tres internacionales, instó a todos los asistentes a mirar más allá del pasado y subordinar las prioridades nacionales a corto plazo al objetivo último del socialismo internacional. Consideró que las recientes escisiones no se debían tanto a diferencias fundamentales como a diferentes condiciones de lucha; no era impensable que se resolvieran en los próximos años si los dirigentes del movimiento seguían comprometidos con la unidad. Además, todas las críticas planteadas por los reformistas —la represión de los mencheviques, la invasión soviética de Georgia y la subversión comunista de las organizaciones socialdemócratas— solo empeorarían si las internacionales se distanciaban aún más.

En última instancia, concluía, los enemigos de la socialdemocracia y del comunismo eran los mismos: «El capitalismo está tratando de invadir Rusia y, al mismo tiempo, trepándose a sus hombros, camaradas socialdemócratas». Un acuerdo de unidad, por provisional que fuera, mantendría al menos viva la perspectiva de «la salvación del proletariado internacional». El fracaso en alcanzar un acuerdo, por otra parte, «puede significar una victoria del imperialismo capitalista sobre la internacional obrera, durante quién sabe cuánto tiempo».

Hemos cedido demasiado

Las negociaciones se prolongaron durante los cuatro días siguientes, y Adler comentó que «una y otra vez nuestros intentos estuvieron a punto de naufragar». A pesar de las apelaciones de Serrati al bien mayor, y de la repetida insistencia de todas las partes implicadas en que era necesario un frente unido contra la reacción, la reunión fracasó en su intento de programar una conferencia en Génova.

En su lugar, la reunión acordó establecer un «Comité de Organización de los Nueve», formado por tres representantes de cada internacional, y continuar las deliberaciones sobre la posibilidad de una futura conferencia internacional. También examinaría el destino de Georgia, dando a todas las partes amplia oportunidad de presentar pruebas. Los bolcheviques, por su parte, prometieron que ninguno de los socialrevolucionarios juzgados sería condenado a muerte. Se pidió a todas las partes implicadas que organizaran manifestaciones el Primero de Mayo en señal del nuevo espíritu de unidad.

Sin embargo, poco después de que Adler anunciara la declaración común, el Comité de los Nueve empezó a deshacerse. Solo unos días después de la reunión, Lenin regañó a Zetkin y Radek por sus concesiones, diciéndoles que «cedían demasiado», y denunció a las otras dos internacionales como «chantajistas» que trabajaban «en beneficio de la burguesía». Radek publicó un informe varios días después en el que acusaba a la Segunda Internacional de sabotear el frente único, y días antes de que el Comité de los Nueve se reuniera en Berlín el 23 de mayo, el dirigente de la Comintern Grigori Zinóviev publicó un artículo en el que predecía su colapso inminente.

No se equivocaba. La reunión del 23 de mayo derivó rápidamente en recriminaciones por ambas partes, con la Segunda Internacional y la «Internacional dos y medio» quejándose de que los bolcheviques habían aumentado la represión de los reformistas internos, mientras que en las manifestaciones del Primero de Mayo en Moscú aparecían consignas como «¡Muerte a la burguesía y a los socialdemócratas!». Sus sospechas sobre la naturaleza engañosa de la táctica del frente único parecían confirmarse. Los comunistas, siguiendo instrucciones de Moscú, lanzaron un ultimátum para que la reunión acordara convocar inmediatamente un congreso mundial del proletariado o sus delegados se marcharían. Las conversaciones de unidad pasaron a la historia. Los comunistas seguirían persiguiendo un frente unido, insistieron, pero solo «desde abajo», sin las direcciones de los partidos rivales.

Adler y la IWUSP, exasperados con los comunistas, entablaron rápidamente conversaciones de unidad con la LSI en Londres y, en 1923, la Segunda Internacional estaba más o menos reconstituida, despojada de su minoría revolucionaria. Los comunistas intentaron un último levantamiento en Alemania en 1923, pero en realidad ya llevaban desde 1921 avanzando hacia la aceptación diplomática en la escena internacional. Incluso las conversaciones de unidad, afirmó Radek en retrospectiva, no fueron «más que un intento de utilizar al proletariado internacional durante la Conferencia de Génova para apoyar la diplomacia soviética». En lugar de ello, Rusia normalizó sus relaciones con Alemania firmando el Tratado de Rapallo el 16 de abril de 1922, socavando la Conferencia de Génova más eficazmente de lo que podría haberlo hecho cualquier reunión socialista.

La disolución del Comité de los Nueve marcó el fin del socialismo internacional como movimiento y objetivo común. Los reformistas se volcaron en la construcción de Estados del bienestar dentro de sus propias fronteras nacionales, mientras que los comunistas se dedicaron a la visión de Iósif Stalin del «socialismo en un solo país» dentro de la Unión Soviética. Aunque muchos comunistas lo sintieron entonces como una traición, la devastación de la guerra civil combinada con el aislamiento internacional de los bolcheviques pareció no dejar otra opción. Que no habría espacio para reformistas u otras corrientes socialistas disidentes era ya una conclusión inevitable.

En Occidente, el ascenso del fascismo alimentó nuevas divisiones entre los socialistas, y tanto el movimiento italiano como el alemán se fragmentaron aún más antes de ser ilegalizados por completo. Únicamente la victoria nazi en Alemania proporcionó un enemigo común lo suficientemente fuerte como para reunirlos, aunque solo temporalmente.

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