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Bristol, Inglaterra. La estatua derribada de Edward Colston exhibida en el museo M Shed el 7 de junio de 2021 (Photo by Polly Thomas/Getty Images)

La historia es un lío

Traducción: Valentín Huarte

Robert Bevan nos habla de su nuevo libro, Monumental Lies, en el que estudia los recientes conflicto surgidos en torno a las estatuas, los monumentos y la herencia arquitectónica.

«Si yo fuese usted, no empezaría por aquí», dice un viejo chiste sobre dar indicaciones. Es la manera en la que Robert Bevan me presenta sus ideas. Intenta así trazar un camino fuera de la encrucijada en la que la identidad contemporánea encuentra su entorno arquitectónico. Desde el movimiento Rhodes debe caer en Sudáfrica, hasta el Foro Humboldt en Berlín, Bevan nos ofrece muchas indicaciones útiles. Exeditor de Building Design, Bevan es una de las voces más progresivas en el mundo de la herencia y los legados, y se autodefine como un «participante reticente» de las guerras culturales. Sirviéndose de su conocimiento matizado, intenta desarmar algunos de los mitos y mentiras descaradas que pululan cada vez que se habla de arquitectura.

«Para mí era importante, no solo quejarme, sino pensar una forma posible de progresar». La investigación de Bevan está apuntalada por los fundamentos de la teoría arquitectónica y política, desde John Ruskin hasta Jos Boys (del Matrix Collective), desde David Graeber hasta Antonio Gramsci. Su leitmotiv es la ciudad alpina de Bolzano-Bozen, una ciudad trilingüe, rebosante de historia italiana, austriaca y alemana. Esta ciudad alberga lo que se conoce como la «obra de arte fascista más grande de Europa», el fresco bajorrelieve del viejo cuartel general. La ciudad es un ejemplo útil para Bevan dada la serie de relatos superpuestos que juegan en sus construcciones.

«Muchos piensan que en la Bolzano italiana, la iconografía fascista simplemente evolucionó hacia los símbolos de una identidad local italiana [en vez de alemana o austriaca] […]. Y la mayoría de los ciudadanos de Bolzano-Bozen […] siguen con su vida sin notarlo», escribe en su libro. Hoy encima del fresco —este tema de las capas es una de las premisas del estudio de Bevan— leemos una cita de Hannah Arendt en alemán, en italiano y en el dialecto local, el ladino: «Nadie tiene derecho a obedecer». «La elección de estas palabras es una respuesta inteligente al lema fascista, gravado en el fresco —«Creer, obedecer, luchar»— […] cuyas nítidas letras siguen siendo visibles debajo de las nuevas», aclara Bevan. «El monumento fue preservado, pero su significado cambió».

En el Reino Unido tenemos una curiosa fijación con las estatuas. Desafiar esta hegemonía es uno de los imperativos de Bevan. «Aunque me siento forzado a participar de estos debates ideológicos, es útil recordar que no son tan importantes como piensa la gente. El núcleo del cambio no es la cultura, es la gente, es la clase, la economía política o las relaciones de producción». Pero entonces, ¿por qué Bevan decide participar de esta guerra cultural? «La arquitectura es siempre expresión de relaciones sociales existentes», dice. «Exponer las relaciones sociales reales podría ayudarnos en la lucha real. Estoy comprometido en una ‘‘guerra de posición’’ gramsciana, pero admito sin problemas que las guerras culturales no ayudan mucho. Suelen ser una batalla perdida para la izquierda, porque la izquierda no tiene las verdaderas palancas de su poder. Todavía peor, cuando logra pequeños triunfos, existe el peligro de que sean una apariencia de progreso y no un progreso real. Sin embargo, no podemos abandonar el campo, no podemos dejar que la derecha domine la ‘‘herencia’’ y tome el control del discurso histórico».

Una de las ideas clave de Monumental Lies es que podemos leer la ciudad como una fuente. El enfoque histórico de Bevan está centrado en la cultura material y en los artefactos, como textos importantes, en la tradición del History Workshop Movement y de autores como el historiador marxista Raphael Samuel. «Estos temas vienen de mi libro anterior, The Destruction of Memory. Muchas cosas cambiaron desde 2006, pero en todo caso, el tema cobró más relevancia y ganó más atención pública. Estas luchas en torno a las estatuas y a la identidad, y las consecuencias de la reconstrucción, son muy actuales y pienso que nos permiten tener una idea bastante clara de lo que está sucediendo en el proceso histórico de construcción de las ciudades, que podría ayudarnos a repudiar ciertas mentiras».

«La autenticidad es una idea crucial, en parte porque es esencial para garantizar que la evidencia material de la historia esté correctamente preservada», dice apasionadamente Bevan. «Esta evidencia puede ayudarnos a comprender la intención que opera detrás de las acciones arquitectónicas. Si la historia no lucha por la verdad, es mera propaganda». La buena práctica de la historia exige una revaluación constante del pasado, que desafíe las interpretaciones de la evidencia y busque nuevo material para acentuar la verdad.

Ahora bien, si esta es una guerra de posición, ¿Bevan está en la primera línea? «No», dice, «hay otros que son mucho más valientes y que están realmente en la primera línea; son los que protegen a los refugiados o resisten los desalojos. En realidad, en el «frente de la herencia» existe siempre el riesgo de convertirse en cómplice». El ICOMOS [Consejo Internacional de Monumentos y Sitios, por sus siglas en inglés] y el Blue Shield navegaron muchas veces en aguas políticas turbias. La destrucción de la herencia fue usada muchas veces como casus Belli —incluso como justificación de las intervenciones de la OTAN—, pero también como un modo de hacer la guerra, de allanar el camino para las guerras». Aquí el trabajo de Bevan encuentra otras prácticas culturales/políticas inclinadas hacia la arquitectura, como por ejemplo, la arquitectura forense, cuyo análisis de la destrucción de la arquitectura fue usada como evidencia en investigaciones sobre crímenes de guerra y violaciones a los derechos humanos.

¿Por qué es el ambiente arquitectónico un campo de batalla en las guerras culturales? Para Bevan, el mito de la belleza (la idea de que la belleza es fija e inmutable, determinada por Dios o por la naturaleza) y la profunda nostalgia forman la base ideológica de la derecha a la hora de abordar el ambiente construido». La perspectiva del materialismo histórico le brinda a Bevan algunas herramientas para desgarrar el tejido ideológico: «Básicamente, el análisis que hace la derecha de la arquitectura y de las estatuas, el análisis de personas como las de Create Streets y nuestro nuevo rey, es simplemente una proyección de relaciones de poder. El resultado son trabajos seudocientíficos que, por ejemplo, argumentan que Chester es la ciudad más bella del mundo porque tiene más edificios que siguen la proporción áurea. Ahora bien, no tengo nada contra Chester, es una gran ciudad, pero la idea de que la belleza de un lugar se puede definir en términos matemáticos es ridícula. Lo mismo vale en cuanto a la idea de que todo pasado fue mejor». Dominar el ambiente arquitectónico es básicamente un artilugio en la guerra de clases.

Bevan no empatiza con la tendencia nostálgica de la derecha. «Hemos perdido tanto en el Reino Unido, y es doloroso, pero el principal culpable es el automóvil […]. Pienso que conservar la evidencia material de la historia es importante; no podemos dejar esta tarea en manos de una estrecha minoría». Cuando las élites controlan los relatos, terminamos enfrentándonos a una historia editada y destilada. Este es uno de los temas clave del libro de Bevan. «Cuando dejamos de registrar las capas de la memoria, perjudicamos la verdadera complejidad histórica de cualquier lugar. Así que volvemos a la idea de intención. ¿La intención es ocultar o exponer? Es una pregunta que planteo para que la gente reflexione».

Abrir lugar a la duda y mantener la historia como un sitio de lucha son claves en el proyecto de Bevan. «Me simpatiza la posición de Gary Young, que dice que deberíamos tirar todas las estatuas que representan personas. Es una buena provocación. Pero, en realidad, la pregunta fundamental apunta a la agencia: ¿quién decide qué recordar? ¿Quién decide la forma de la ciudad? Prefiero construir más capas en vez de quitar las existentes. Bevan piensa que es inútil ser doctrinario en este tema. «Sostengo un enfoque caso por caso, y existe la posibilidad de conservar y explicar con buena fe; tenemos que aprender de Bolzano-Bozen. Aliento a que la gente acepte la complejidad, que Gran Bretaña siga siendo un lío».

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Publicado en Cultura, Historia, homeIzq and Ideas

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