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Diego Maradona en acción durante un partido de clasificación para la Copa Mundial de la FIFA 1986 contra Perú el 23 de junio de 1985 (David Cannon/Getty Images)

Nápoles amaba a Diego Maradona

Traducción: David Broder y Valentín Huarte

En los barrios obreros de Nápoles, Diego Maradona es mucho más que un astro del fútbol: es un hijo del pueblo que trajo dignidad y redención.

El 16 de septiembre de 1984 fue el día en que Diego Maradona descubrió lo que pensaban de Nápoles otras partes de Italia. En el primer partido de la temporada de 1984-1985, su nuevo club, el Napoli, jugo de visitante en la ciudad nordestina de Verona, tierra de Romeo y Julieta, y centro del «milagro económico» italiano de la posguerra.

En su debut en la Serie A, el Diego comprendió inmediatamente en qué se había metido: «Nos recibieron con una bandera que me hizo entender que la batalla del Napoli no era solo futbolística; ‘‘Bienvenidos a Italia’’, decía la bandera. Era el norte contra el sur, los racistas contra los pobres».

La Lega Nord —el partido que hoy dirige Matteo Salvini, famoso por su racismo antisureño— surgió varios años después. Pero en los estadios del norte de Italia era una tradición recibir a los clubes más grandes del sur con banderas de alabanza al Vesubio y cantos que decían que Nápoles era la ciudad del cólera y que sus habitantes tenían que bañarse.

Nápoles en los años 1980

En efecto, para muchos italianos, Nápoles era la tierra de la enfermedad y de los desastres naturales. Esta fama provenía del brote de cólera de 1973 y del terremoto de 1980. Aunque la epidemia había matado apenas a pocas decenas de personas, y no había sido una epidemia catastrófica, quedó grabada en la memoria de la historia italiana y napolitana.

El brote que azoto la ciudad fue la realización de una pesadilla difícil de imaginar: una enfermedad que casi todos imaginaban que estaba relegada a los rincones más atrasados y pobres del mundo esparciéndose en el corazón del próspero Occidente, de hecho, en una de sus ciudades más densamente pobladas. Esto mostró las contradicciones del crecimiento económico de la Italia de la posguerra, que evidentemente no afectó a todas las regiones por igual.

Pero también arrojó luz en las callecitas de Nápoles y en los bassi, pequeñas habitaciones a nivel de la calle en las que vivían amontonadas familias enteras. En los años 2000, estas cosas empezaron a ser vendidas a los turistas como el encanto de la ciudad; pero en aquella época, simbolizaba las condiciones antihigiénicas en las que vivían la mayoría de los napolitanos. Las calles de Nápoles se parecían tan poco a las de las ricas metrópolis occidentales como las villas miseria de Argentina, como Villa Fiorito, donde el 30 de octubre de 1960 nació el Diego.

Es cierto que Nápoles tenía algunas zonas industriales, pero cuando llegó Maradona, en 1984, estas mostraban signos de crisis. Era el caso de la acerera Italsider en el distrito de Bagnoli, situado en la periferia occidental de la ciudad. Esta enorme fábrica fundada a inicios del siglo veinte terminó cerrando sus puertas para siempre pocos años después de que el número 10 abandonó la ciudad.

Nápoles era, en síntesis, una ciudad azotada por el desempleo, por el comercio ilegal de cigarrillos y por el tráfico de heroína, del que daban cuenta las miles de jeringas que plagaban sus calles. Nápoles era una ciudad donde la camorra mataba sin dudar a los valientes periodistas que se atrevían a develar las intrigas entre mafiosos, políticos y empresarios, asediada por la guerra entre distintas familias y por los homicidios callejeros. Nápoles era percibida por casi todo el mundo como un antro, y miles de trabajadores cruzaban sus fronteras todos los años con la intención de encontrar trabajo en el norte de Italia, en Francia o en Alemania.

Diego, el redentor

Alemania, justamente, terminó siendo anfitrión del único triunfo internacional del Napoli. El 17 de mayo de 1989, el equipo viajó a Stuttgart para jugar el partido de vuelta de la final de la copa de la UEFA. Los azzurri habían ganado 2 a 1 el partido que habían jugado de locales en el Estadio San Paolo. Los goles del Napoli fueron de Maradona y de Careca. El de los otros fue de Maurizio Gaudino, nativo de Brühl, Alemania Occidental, aunque hijo de inmigrantes de Campania (región donde está ubicada Nápoles) que habían llegado al país del norte en busca de trabajo.

De los 67 000 hinchas que vieron el partido en el Neckarstadion, 30 000 eran italianos. Muchos de ellos eran trabajadores de cuello azul de Porsche, Daimler, Bosch o IBM, que habían decidido abandonar la pobreza y la falta de futuro del sur de Italia y seguir el camino de la esperanza, como los padres de Gaudino.

Cuando el árbitro pitó el silbato y terminó el partido 3 a 3, otorgándole la victoria del campeonato a Napoli, todo el mundo festejó. No era solo un juego, no era un trofeo lo que estaban disputando. Era el orgullo de todos esos trabajadores, que al día siguiente cruzarían las puertas de sus fábricas con la cabeza en alto.

Este orgullo fue un riscatto, una redención, una liberación. Y esa es la palabra que usan los italianos del sur cuando uno pregunta qué representó el 10 para ellos. Los napolitanos dicen ci ha levato gli schiaffi da faccia, nos sacó las bofetadas de la cara. Aunque físicamente es imposible, es eso lo que hizo el Diego: nos liberó de los insultos, nos redimió, nos concedió la venganza sobre aquellos que nos hundieron.

Meter seis goles

En este sentido, no había ningún rival más importante que la Juventus, y no precisamente porque sea el club con más trofeos. La Juve es propiedad de los Agnelli, la familia más importante del capitalismo norteño de Italia, propietaria de la FIAT de Turín (hoy Fiat Chrysler Automobiles). Desde 1950 son miles los calabreses, sicilianos y napolitanos que trabajaron y trabajan en los talleres de la FIAT de Mirafiori.

El 3 de noviembre de 1985, la Juve jugó en el Estadio San Paolo del Napoli. Los locales tuvieron que patear un tiro libre con la barrera del club de Turín a solo cinco metros. Los jugadores del Napoli protestaron, pero el árbitro no hizo nada. Maradona dijo, «Voy a patear igual, la voy a meter». Y lo hizo.

Mientras el Diego jugó en el Napoli, el equipo venció muchas veces a la Juve. Él mismo le dijo a Emir Kusturica lo que esto significaba para Nápoles: «Estaba la sensación de que el sur no le podía ganar al norte. Nosotros fuimos a jugar contra la Juve a Turín y le metimos seis goles. ¿Sabés lo que significa que un equipo del sur le meta seis al cuadro del abogado Agnelli!».

Para muchos napolitanos —para muchos sureños— ganarle a la Juve significaba ganarle al norte, y esto a la vez significaba ganarles a los ricos. Como cuando el Napoli ganó el título de la Serie A en 1989-1990, derrotando al AC Milan, club de una de las estrellas del capitalismo italiano, Silvio Berlusconi. Poco tiempo después apareció una bandera en Nápoles: «Berlusconi, ahora los ricos también lloran», decía.

El que intente comprender todo sumando goles y títulos como un contador no entiende nada de la relación que tenía el Diego con los napolitanos. Y contar es lo que hacía Corrado Ferlaino, presidente del club durante la época Maradona. Cuando el pibe de oro organizó un partido benéfico para ayudar a un niño que tenía que operarse y su familia no tenía dinero para costear la intervención, Ferlaino se opuso con furia a la idea.

Pero Diego desafió a Ferlaino: pagó el seguro de su bolsillo y convenció a sus compañeros de que jugaran con él. Tenía sentido. Después de todo, en julio de 1984, recién llegado al club, Maradona había dicho, «Quiero ser el ídolo de los niños pobres de Nápoles porque ellos son como era yo en Villa Fiorito». Finalmente jugaron en el barro, y Maradona calentó en el estacionamiento, entre autos y motos. Recaudaron veinte millones de liras y la familia pudo pagar la operación.

Tal vez sea un episodio menor en la carrera de un deportista, pero no en la vida de un hombre. Y en Nápolis, el cebollita de Villa Fiorito no era solo Maradona, el mejor jugador del mundo. También era el Diego, un hombre frágil, sonriente, muchas veces inconstante, cocainómano, mujeriego y sobre todo altruista.

Diego es pueblo

Diego Armando Maradona, atleta y hombre, siempre tuvo dos caras, siempre fue contradictorio. Y el pueblo de Nápoles se identificó con él como con nadie. Ningún artista ni político fue capaz de generar esta conexión con su pueblo como el Diego.

Lo más interesante es que esta identificación no está fundada solo en el éxito. En 1991, el Diego tuvo que abandonar el país después de que encontraran restos de cocaína en una muestra de su orina. Pero nada de esto afectó la identificación y el amor de Nápoles por Maradona, ni siquiera en los napolitanos que nacieron después.

Hoy podemos apreciar toda su destreza en los videos que circulan por internet. Pero muchos napolitanos que nunca lo vieron jugar, que nunca vieron el gol del siglo ni la mano de Dios, incluso aquellos que no entienden o a los que no les gusta el fútbol, reconocen al Diego como uno de los suyos, como un símbolo.

Durante su vida, como el hombre imperfecto que fue, el Diego encarnó a su pueblo sin nunca pretender «representarlo». Y esta pasión tensiona toda frontera nacional. En el Mundial de 1990, que se jugó en Italia, una ironía de la historia quiso que la final fuera entre Italia y Argentina en el San Paolo, tierra del Diego y de sus hinchas más fieles.

Miles de napolitanos no sabían qué hacer. ¿Por qué país tenían que hinchar? La mayoría eligió la nacionalidad de sus pasaportes. Pero muchos eligieron el otro lado, el del Diego, sin importar si lo manifestaron o lo hicieron en silencio. Antes del partido, Maradona había dicho: «Me disgusta que ahora todos les pidan a los napolitanos que sean italianos y que alienten a la selección… Nápoles fue marginada por el resto de Italia. La han condenado al racismo más injusto». Por eso muchos hicieron primar el amor por aquel que había traído dignidad, orgullo y victoria a Nápoles.

No solo Nápoles

Hoy los pueblos de toda la Patria Grande, de esa Latinoamérica que el Diego defendió y respetó como nadie, piensan en Maradona. A dos años de su muerte siguen apareciendo murales y pintadas en todo el mundo. Todos los pueblos cuentan con la lingua franca de su nombre: una lengua que representa su deporte, su espíritu rebelde y la franqueza con la que el Diego les hablaba a los periodistas y a los poderosos, cualidades que una buena parte de la humanidad anhela en silencio.

Pero ahora que la emoción por el Diego parece unánime, corremos el riesgo de que los poderosos «limpien» su imagen, de que aquellos que fueron siempre sus enemigos terminen idolatrándolo. Este «respeto» aparente pretende borrar todos los rasgos del Diego que incomodaban, apunta a hacer desaparecer al Diego del pueblo, con todas sus contradicciones, y convertirlo en un santo que los capitalistas usan para vendernos cosas.

Como le dijo al periodista Gianni Minà en una fantástica entrevista de 1988, esto es algo con lo que el Diego luchó desde el comienzo de su carrera futbolística: la supresión de sus rasgos imperfectos era privarlo de su alma. Y su alma era la de un hombre del pueblo, poderoso pero falible, como los dioses griegos. Convertirlo en una estatua más es embalsamar lo que fue lo que representó. En cambio, deberíamos mantener viva la dialéctica que siempre lo animó, su llama ardiente de humanidad.

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