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Benito Mussolini pasa revista a las milicias de los camisas negras en Roma en 1936. (Foto: Archivo Bettmann vía Getty Images)

El fascismo fue una contrarrevolución

A pocos días de haberse cumplido un siglo de la marcha sobre Roma, recordar los horrores del régimen de Benito Mussolini sigue siendo fundamental. Pero condenar moralmente al fascismo no alcanza: es preciso pensarlo también como parte de un movimiento contrarrevolucionario europeo.

El artículo que sigue es una reseña de la trilogía M., de Antonio Scurati: M. El hijo del siglo (Alfaguara, 2020), M. El hombre de la providencia  (Alfaguara, 2021) y M. Gli ultimi giorni dell’Europa (Bompiani, 2022).

 

Un siglo después de la Marcha sobre Roma, el «retorno» del pasado fascista de Italia nunca ha parecido tan cercano. Este mes, el Senado ha elegido como nuevo presidente a Ignazio La Russa, cofundador del partido postfascista Fratelli d’Italia, apenas unas semanas después de que declarara que «todos somos herederos del Duce».

En un contexto así, publicar una novela sobre Benito Mussolini —como ha hecho Antonio Scurati con su trilogía del M.— es una enorme responsabilidad. Más que un escrito histórico, la obra de Scurati se ha convertido en un éxito de ventas, traducido a varios idiomas. La responsabilidad es aún mayor porque Scurati pretende «bajar el fascismo a la tierra, dando un conocimiento real de él como solo la literatura sabe hacerlo, cuando se adentra en los detalles de la vida material». M. es, pues, una «novela documental»; juega deliberadamente con la difusa frontera entre la historia y la ficción, con el «entrelazamiento» de ambos géneros en una época que, nos dice Scurati, invita a «cooperar entre el rigor de la erudición histórica y el arte de la narración de ficción».

¿Acaso la escritura histórica no imita a la ficción cuando rellena los espacios en blanco con una narración inteligente, con imaginación, con simpatía? ¿No exige el historiador la capacidad de sumergirse en otros mundos, de hacerlos suyos y de transmitirlos a los demás? Los historiadores profesionales se muestran a menudo incapaces de dirigirse a un público más amplio, y torpes cuando intentan utilizar el arte literario, que es aún más necesario con la biografía o la biografía colectiva. Desde este punto de vista, los tres libros de M. de Scurati son una obra maestra.

Scurati construye una narración cortante y apasionante a partir de fuentes de primera mano. No teme enfrentarse al mito perdurable de Italiani brava gente (los italianos, la gente buena), un mito que disminuye la responsabilidad de los italianos en los crímenes de guerra de la Segunda Guerra Mundial. Cabe destacar su descripción de la política genocida del fascismo en Libia, a la que el segundo volumen dedica muchas páginas y que sigue siendo una parte ignorada de la historia italiana.

Scurati ha querido «dar voz al pensamiento de quienes, con sus acciones, contribuyeron a escribir esa historia». Para ello, afirma que era necesario actuar sin «prejuicios ideológicos». Se trata de una afirmación significativa en un país en el que, durante décadas, el revisionismo historiográfico ha encontrado su fuerza precisamente en la pretensión de producir una historia «desideologizada» y «serena», «sin prejuicios», alejada de las «grandes pasiones políticas» del corto siglo XX. Scurati no es una excepción: afirma que el «prejuicio antifascista» bloquea la capacidad de analizar el fascismo, produciendo una «forma de ceguera».

Esto implica que debemos pasar por alto los cientos de estudios producidos al calor de la lucha antifascista —todavía hoy esenciales para acercarse al fenómeno—, como El nacimiento del fascismo, de Angelo Tasca, publicado en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, del que, sin embargo, Scurati se nutre ampliamente. Esto es tanto más sorprendente cuanto que el autor de M., que se describe a sí mismo como «democrático, libertario y progresista», considera su novela como su «mayor contribución a la refundación del antifascismo», un antifascismo capaz de resistir los nuevos tiempos.

Ignorancia producida culturalmente

La obra escrita es, como todas, parte de la época en la que nació, del contexto sociohistórico en el que se desarrolló y dejó su huella. ¿Qué interés tendría una obra de arte en ser despojada del mundo en el que fue concebida? ¿Acaso el historiador francés Marc Bloch, fusilado por los nazis en 1944, no sostenía que es imposible entender el pasado sin mirar el presente? El lanzamiento de la obra de Scurati coincide con el centenario de la llegada del fascismo al poder, un pasado que parece no querer pasar, en un país en el que el recuerdo de Mussolini aún se cierne como una sombra amenazante, un «fantasma».

La novela también sale a la luz en un momento en que el retorno del fascismo está en boca de todos. La publicación del primer volumen coincidió con el ascenso del líder de la Lega, Matteo Salvini, a las altas esferas (en ese momento era ministro del Interior), con políticas agresivas y vínculos abiertos con grupos neofascistas, alarmando a la opinión pública nacional e internacional. El tercer y último volumen —M. Gli ultimi giorni dell’Europa— salió a la luz pocos días antes de la victoria electoral, este 25 de septiembre, de Giorgia’Meloni y sus Fratelli d’Italia; un partido por cuyas arterias aún circula el fascismo y cuyo logotipo exhibe con orgullo la llama tricolor, que representa el espíritu aún vivo del fascismo. El ambiente nocivo en el que apareció el libro quedó patente con el intimidatorio artículo del 25 de septiembre de Alessandro Sallusti, director del periódico Libero, titulado «el príncipe de los odiadores», en referencia al autor.

En este contexto, hablar del «retorno del fascismo» en Italia puede parecer absurdo, como dijo el historiador Emilio Gentile, ya que el fascismo parece nunca haber desaparecido. Entre otras cosas, Scurati asume abiertamente el papel de revelador del presente al evocar ciertas «analogías sorprendentes y escalofriantes con la actualidad».

El pasado iluminado por el presente forma parte de todo proceso literario-creativo de carácter histórico, atento, como escribió G. W. F. Hegel, a la «verdad histórica» y al mismo tiempo «a las costumbres y a la cultura intelectual de su tiempo». Scurati insiste en que «ninguna persona, acontecimiento, discurso o frase narrados en el libro son inventados arbitrariamente», prestando especial atención a las fuentes, a la manera de un historiador. Esto solo se ve reforzado por la impresión de realismo que produce la inclusión de extractos de documentos de archivo al final de cada capítulo. Sin embargo, su exposición, a menudo truncada, no puede ir más allá de la ilusión de la materialidad del pasado.

La novela de Scurati, dice, «complementa, tal vez, el trabajo analítico de la investigación histórica con la fuerza sintética de la narración» y no pretende sustituirla. Desde este punto de vista, M. desempeña el papel de una síntesis narrativa de los análisis realizados por los historiadores. Sin embargo —y lo será aún más cuando se estrene la película basada en su novela—, lo que Scurati denomina lo ficticio (una mezcla de lo ficticio y lo factual) elabora una nueva forma de pensamiento histórico que rompe con la historia erudita, en gran medida desconocida para la mayoría de la gente. Este nuevo pensamiento histórico está llamado a sustituirla.

Es difícil ignorar el entorno cultural, social y político en el que surgió esta obra. Se trata de un país en el que todavía es posible escuchar que «Mussolini también hizo cosas buenas»; un país en el que la ignorancia del pasado es habitual, ya sea porque su población no lo conoce o porque no quiere saberlo. Una ignorancia en el sentido más fuerte, teñida de indiferencia, que se ha producido culturalmente desde la Segunda Guerra Mundial a través de la prensa convencional y, sobre todo, de la televisión, extraordinario vehículo de identidad y memoria. Italia es un país en el que, a lo largo de los últimos treinta años de hegemonía cultural de la derecha plural, el antifascismo ha sido presentado como siniestro debido a su supuesto carácter antidemocrático y a la supuesta crueldad de la violencia comunista.

No se trata en absoluto de señalar todos los errores de la novela desde la inexpugnable torre de marfil de los historiadores «profesionales», y de reservar a éstos la producción de conocimiento histórico. Se trata, más bien, de cuestionar la interpretación de M. en el presente, de interrogar la relación entre las formas de producción narrativa que su autor favorece y la autoconciencia de la sociedad italiana. Está en juego «el futuro del pasado», no solo su presente.

El fascismo «desde dentro»

En el primer volumen, titulado M. El hijo del siglo, Antonio Scurati decide relatar el ascenso del fascismo desde la perspectiva del propio Mussolini. Esta elección narrativa ha suscitado numerosos interrogantes y críticas —algunas de ellas injustificadas— sobre la «cercanía» a su «personaje» o sobre una latente «rehabilitación» de Mussolini. El objetivo de Scurati, al adoptar el punto de vista del líder fascista, es contar esta historia desde dentro. Para ello, Scurati se basa en los historiadores Renzo de Felice, George L. Mosse, Zeev Sternhell y Emilio Gentile, que defendieron la necesidad de un análisis del fascismo «desde dentro», tomando en serio su lenguaje y sus mitos.

Scurati argumenta que el hecho de pertenecer a una generación «nacida justo después del final de todo esto y justo antes del comienzo de todo lo demás» le permite «reapropiarse del explosivo material narrativo del siglo XX, sobre la base de [su propia] no pertenencia a él». Nacido en 1969, sería así una encarnación de lo que él llama la «literatura de la inexperiencia», representada en esta «novela poshistórica». El autor se vería así finalmente liberado de cualquier dogmatismo ideológico con respecto a la generación que le precedió, libre de encontrar la verdad o al menos de elaborar una verdad: «La equidistancia (ciertamente no la equivalencia) del autor poshistórico», escribe, «con respecto al punto de vista de las víctimas y de los verdugos, por lo tanto su libre elección en el enfoque narrativo, desciende directamente de lo trascendental de la inexperiencia».

El planteamiento de Scurati sobre la literatura de la inexperiencia parece característico de lo que Eric Hobsbawm había llamado «la destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la propia experiencia contemporánea con la de las generaciones anteriores», liberando efectivamente a la generación más joven del imperativo categórico de recordar a los vencidos, es decir, de asumir sus derrotas para transformarlas en una fuerza «revolucionaria» en el presente. Sin embargo, la distinción, ciertamente importante, que hace el autor entre «equidistancia» y «equivalencia» no puede resolver por sí sola la cuestión de su relación con sus personajes, con el lector al que se dirige y con lo que su texto le «postula».

El lector de M., expuesto sin mediación al relato de Mussolini en el primer volumen, es llevado a experimentar el ascenso del fascismo desde las entrañas de la bestia. La fuerza innegable de la escritura de Scurati radica en la descripción «desde abajo» de los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial; un período particularmente intenso que debe ser analizado hora por hora, región por región, ciudad por ciudad, barrio por barrio en el intento de «comprender» el fascismo a través de sus «desarrollos». La narración es indudablemente eficaz. Utilizando la estética del «horror», Scurati provoca el arrepentimiento, no la responsabilidad. Consigue cautivar a un amplio público sumergiéndolo en la vida cotidiana del fascismo. Sin embargo, la narración del ascenso al poder del fascismo deja poco espacio a la perspectiva necesaria para comprender un fenómeno complejo y vivo en la memoria colectiva de Italia, Europa y el mundo.

Su desarrollo cotidiano, visto a través del prisma necesariamente miope de una «fascinación por la catástrofe», adscribe la definición del fascismo al plano contingente y efímero de las circunstancias y a los efectos recíprocos de la violencia y el miedo. ¿Qué es el fascismo? La respuesta, según Scurati, se encuentra en su carácter moral y psicológico, que no puede separarse de los «estados de ánimo» de las barriadas. Los fascistas se apegan constantemente a sus orígenes sociales plebeyos —Roberto Farinacci, «hijo del ferroviario», y Mussolini, «hijo del herrero», se repiten obstinadamente, como si estas indicaciones fueran la mejor manera de captar el fenómeno—. El carácter plebeyo de los «fascistas» refuerza la idea de un fascismo «revolucionario»: «la revolución no la harán los comunistas, la harán los propietarios de dos habitaciones y una cocina en un bloque de apartamentos de las afueras». Un punto de vista desde dentro que nunca se cuestiona en los tres volúmenes de Scurati.

Desde la perspectiva croceana, el fascismo también es visto como una enfermedad moral degenerativa. El segundo volumen, que se abre con un Mussolini doblado en dos por el dolor de la sangre y la mierda, es el ejemplo más típico. La imagen del virus aparece muchas veces, un virus que «infecta a miles de empleados de correos dispuestos a incendiar las salas de trabajo». El terror que inspira este pueblo armado con palos no solo tiene que ver con la violencia que produce, sino con lo que representa en términos de patología física y psíquica localizada en lo más profundo de la sociedad, en sus entrañas, en sus más bajos instintos.

El miedo a la «multitud» que «avanza instintivamente» se une a la imagen de un Benito Mussolini presentado como un «superhombre engendrado desde el vientre del pueblo y no desde una casta privilegiada». Un Mussolini que «desprecia y teme a sus propios escuadristas [actitud] que es en gran medida recíproca». Un Mussolini que presenta a sus tropas como «mendigos enriquecidos, tropas de asalto convertidas en funcionarios» y a los italianos como «cobardes y débiles». Un Mussolini que duda en dar marcha atrás («pero a estas alturas el círculo de odio se estrecha por todos lados. Tal vez, si pudiera, daría marcha atrás. Pero es demasiado tarde»). Un Mussolini que «está protegido del espectáculo degradante de la miseria humana por una extraña especie de hipermetropía: no ve a su par, a su vecino, a la gente pequeña, o, si los ve, aparecen borrosos, indistintos, insignificantes». Un Mussolini que supuestamente lamentaba la muerte de un hombre como Giacomo Matteotti, el diputado socialista asesinado por los camisas negras 1924.

Un hombre solo ante la locura que puso en marcha: «debería hablar de un jefe de Estado, idolatrado por las multitudes, que se desliza día tras día hacia el destino poco envidiable de la desconfianza más radical hacia cualquiera y hacia la condena aún más escalofriante de tener que cultivar una confianza cada vez mayor, absoluta y anormal en sí mismo». Un hombre cuya estatura se ha reducido tanto como la distancia entre su dedo índice y su pulgar (de ahí la m minúscula estilizada del título del tercer volumen) al acercarse a Hitler y que tiene «miedo». El mismo miedo que «veinte años antes, hábilmente orquestado, le había aupado al poder» se vuelve contra él, impulsándole a la violencia y a «arrojar al pueblo italiano a la carnicería de un nuevo conflicto mundial».

En el tercer volumen, que abarca el periodo que va desde las Leyes Raciales de 1938 hasta la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, el punto de vista de Scurati es cada vez más claro. Presenta a un Mussolini en «éxtasis», fascinado por el miedo, la «más poderosa de las pasiones políticas», inculcado por un Hitler «sanguinario», el «demonio nazi» y su corte formada por una «chusma plebeya, advenediza y maleducada», pero un Mussolini al mismo tiempo súcubo; un líder envejecido, engordado e inquieto, ansioso por el «destino» de «su» pueblo. Scurati se inclina aquí por esa lectura que excusa al fascismo italiano, atrapado en la órbita de la Alemania nazi, un viejo tópico que arroja la alianza con Hitler como algo accidental, un «error fatal» cometido sobre la base de que es «mejor» que Hitler esté «con nosotros que contra nosotros».

Mientras tanto, las leyes raciales se presentan como un «instrumento diplomático», una promesa dada a esta alianza, una «garantía» de la firmeza de un acuerdo duradero. Esta lectura revisionista se ve reforzada por el hecho de que la reconstrucción de Scurati del curso del fascismo deja de lado seis años (de 1932 a 1938), con lo que se pierde la colonización de Etiopía, una importante transición entre el racismo colonial y el antisemitismo interno concebido como instrumento para la «regeneración» de los italianos.

La crítica básica al fascismo parece así abstractamente moral porque casi solo dominan la violencia y el miedo. En la narración del ascenso al poder del fascismo, como en la de la consolidación de su régimen, Scurati da poco espacio a las condiciones económicas, políticas, sociales y culturales que le sirvieron de base, a su programa político e ideología y al régimen que estableció. La historiadora Giulia Albanese tiene razón al señalar que «las páginas sobre la marcha sobre Roma muestran que el acontecimiento fue reversible». Scurati sugiere, con razón, que el fascismo fue un resultado posible, pero difícilmente automático, del conflicto social contemporáneo y que, por lo tanto, la convergencia entre la clase dirigente y la contrarrevolución —esencial para la llegada del fascismo al poder— no podía tomarse como inevitable.

Sin embargo, el objeto de la atención del autor no es, en palabras del historiador Charles S. Maier, «el capitalismo de crisis armado con una porra», sino más bien, y solo a veces, la insuficiencia de la clase dirigente tradicional, «gente de museo», compuesta por una «burguesía italiana enemiga espiritual del fascismo» frente a la nueva situación que se abrió en marzo de 1919. La descripción del rey como «prisionero de guerra» y del «intento parcial, laborioso y contradictorio de transformar un país antiguo y arcaico en una democracia moderna» del primer ministro liberal Giovanni Giolitti parecen exonerar al Estado liberal, al menos en parte.

El oprimido ausente

Scurati ha sostenido en numerosas entrevistas que «la novela genera un juicio histórico, moral y civil preciso y firme que condena el fascismo. Y lo hace precisamente porque no parte de un prejuicio ideológico». Toda la cuestión que esto plantea es la definición de antifascismo que resulta de la exposición «ajena» pero no «neutral» del novelista. ¿Qué quiere decirnos Scurati sobre el antifascismo en el pasado y, quizá más importante para él, sobre su adaptación a los nuevos tiempos?

La pregunta nos remite al papel político de la novela «histórica». A mediados de los años 30, György Lukács dedicó algunas páginas esclarecedoras a la novela antifascista, una literatura que, según él, marcaba la «ruptura entre el escritor y la vida del pueblo». Escribió que «es sobre todo el prejuicio que vive en el pueblo, en las masas, el principio de la irracionalidad, de lo puramente instintivo, contra la razón. Con tal concepción del pueblo, el humanismo destruye sus mejores armas antifascistas». El filósofo húngaro llamó entonces a «desenmascarar la hostilidad del fascismo» hacia los oprimidos para «proteger las fuerzas creadoras del pueblo» porque «las grandes ideas y acciones que la humanidad ha producido hasta ahora se originaron en la vida popular».

Después de leer los tres volúmenes de M., no hay dudas sobre su condena moral del fascismo, a pesar de las limitaciones y los elementos olvidados que se han destacado anteriormente. Pero para Scurati, la batalla antifascista es esencialmente una lucha entre la razón y la irracionalidad brutal y bárbara: «Hoy nos encontramos en una encrucijada: debemos elegir entre la cultura, la democracia y el progreso, o arrojarnos en brazos del despotismo, la ceguera y la obediencia».

Al reducir la batalla antifascista, esta lucha por la eternidad (como la llamó Carlo Rosselli), a una lucha entre el progreso y la reacción, entre la democracia (¿pero cuál?) y el despotismo, Scurati no deja ningún espacio concreto para la fuerza creativa de los oprimidos. Claramente, los prejuicios de clase antiplebeyos tiñen el fresco de Scurati: los campesinos sin tierra son descritos como «bueyes grises idiotas»; la «multitud» es vista como «dócil, primitiva»; el pueblo parece guiarse por sus instintos, sus estómagos, sus «humores», de los que se dice que Mussolini tiene una «formidable inteligencia»; un pueblo en el mejor de los casos ausente, en el peor, que consiente por pereza. «Sí, la mayoría de los italianos», escribe Scurati, para dar cuenta del ambiente que siguió al asesinato del líder socialista Matteotti, «horrorizados por el crimen, desearían la caída del régimen para recuperar sus hogares infestados de fantasmas. Pero, a la hora de cenar, las exigencias de la vida se imponen. La moral no es una de ellas. El país es opaco, su sentido de la justicia es perezoso, borroso».

En este fresco, los antifascistas de abajo aparecen casi exclusivamente en su papel de víctimas, asesinados, golpeados, humillados, como los «dos pobres» condenados por insultar al Duce, que son presentados como «animales mansos e inofensivos». Los círculos de emigrantes antifascistas de Niza en los que se desarrolló Gino Lucetti —que intentó matar a Mussolini— son presentados como: «una corte de los milagros de emigrantes pobres, comunistas, anarquistas, revolucionarios, parias, apaleados, expulsados, hombres que engañaban al hambre ante las mesas de tabernas humildes, entre invertidos, ladrones y putas, en una mezcla loable y, al mismo tiempo, sublime de borracheras, vanas esperanzas de redención, idealismos desesperados y una indigencia crónica y feroz».

Más significativo aún es el hecho de que el antifascismo desaparezca en el tercer volumen, ya que Scurati decide dejar de lado el momento más importante de la lucha antifascista en el extranjero. La década de 1930 resultó ser una prueba decisiva para el antifascismo. Diez años de «academia del exilio» en París solo habían hecho posible una alternativa: la muerte o la «redención». Scurati aborda el final de la parábola, la derrota republicana en la Guerra Civil española, resumida como una «guerra intestina entre republicanos y franquistas». De nuevo, los antifascistas son los ejecutados inmediatamente por orden de Mussolini, pero no los que lucharon con las armas en la mano, «hoy en España y mañana en Italia»; los que pidieron una guerra preventiva y una revolución antifascista; los que necesitaban a España más que España a ellos, como escribió Emilio Lussu.

Todo como si los oprimidos no pudieran desempeñar ningún papel activo en la lucha contra un movimiento y un régimen construidos precisamente en oposición a sus luchas. Scurati ignora a los oprimidos, tal vez en función de este doble miedo: el pueblo que tiene miedo, pero también los miedos espoleados por esta «masa informe, estúpida y apática». Sin embargo, ¿cómo es posible contemplar la lucha antifascista ignorando al subalterno, y viceversa, cómo se puede entender el fascismo sin considerar su dimensión profundamente contrarrevolucionaria? Porque el fascismo, efectivamente, hizo la guerra al subalterno.

Bajo la pluma de Scurati, las luchas emancipadoras del biennio rosso (el «bienio rojo» de huelgas y ocupaciones en 1919 y 1920) aparecen como «delirios revolucionarios» que arruinaron Italia a través de una «furia de huelgas», sugiriendo que los atropellos «revolucionarios» del movimiento obrero de alguna manera hicieron estallar el polvorín. Scurati hace decir a Mussolini que «[los comunistas] no empezaron esta guerra civil, pero la terminarán. Se trata de hacer la violencia cada vez más inteligente, de inventar la violencia quirúrgica».

La esperanza guio los pasos de quienes participaron en las oleadas huelguísticas del inmediato periodo de entreguerras, exigiendo no solo aumentos salariales, reducción de la jornada laboral y el fin de la escasez de alimentos, sino también cambiar el destino del mundo, romper las cadenas. Todo parecía posible cuando, en Rusia, la primera revolución socialista parecía abrir por fin nuevas perspectivas. Scurati no habla de este entusiasmo, pero se detiene en los «millones de italianos [que] habían dejado de esperar el cambio y empezaban a sentirse amenazados por él. El canto de las plazas se ahogó en un coro. Un grito que ya no suplicaba al futuro que redimiera por fin el presente, sino que le imploraba que permaneciera increpado. No una oración, sino un exorcismo».

En ocasiones, Scurati llega a equiparar la violencia (pre)revolucionaria y la contrarrevolución; su crítica ahistórica y abstractamente ética de la violencia le permite confundir los bandos enfrentados: «Las manifestaciones, la devastación, los incendios están por todas partes. En todos los bandos. La escalada culminó en un tranvía de Roma donde, el 12 de septiembre, el policía Giovanni Corvi asesinó al sindicalista fascista Armando Casalini con tres disparos de revólver cuando el niño aún tenía los ojos abiertos». El líder comunista Nicola Bombacci sirve perfectamente a este propósito. El hombre que el autor describe como «el hombre de Moscú», el «confidente italiano» de Lenin (no está claro en qué se basa), que más tarde se convertiría en uno de los ardientes partidarios de Mussolini, sirve de enlace entre los dos lados violentos de la misma «guerra civil europea», de la que, sin embargo, Scurati no dice nada.

Porque la contrarrevolución no solo se organizó en Italia, sino en todas partes después de la Revolución de Octubre rusa. El anticomunismo no solo tenía como objetivo el recién nacido Estado soviético, en el que se centraban todo tipo de fantasías, sino que también se expresaba en la hostilidad hacia los dominados y en una concepción elitista de la democracia, fruto de lo que Peter Gay llamaría la cultura del odio. Las democracias europeas surgidas de la Primera Guerra Mundial apoyaron soluciones reaccionarias para hacer frente a un comunismo que se consideraba un peligro mucho mayor.

En cuanto a los partidos antifascistas, en M. lo único que se percibe es la «ceguera» de sus dirigentes: «Los odios facciosos, la esclavitud a las fórmulas, la ceguera ideológica, el lenguaje que vuelve una y otra vez a las cuestiones formales, a la pura lógica, la eterna rueda de las rivalidades personales, la sordera al estruendo del mundo, a las promesas del amanecer». El Scurati del siglo XXI se olvida de retratar el antifascismo desde dentro, día a día, como un movimiento concreto anclado en su tiempo, con sus errores pero también con sus puntos fuertes. De este modo, se esconde gravemente la complejidad de la situación, incluso en una fase particularmente intensa de la lucha política.

Ciertamente, la oposición antifascista se mostró incapaz de adaptar su lucha a la nueva configuración política. Se trataba de una incapacidad ligada, en el peor de los casos, a una incomprensión radical y, en el mejor, a una concepción estrecha del fascismo como fenómeno. Sin duda, el socialismo italiano demostró ser desastrosamente inadecuado ante la situación de la posguerra en Italia. Pero desestimar la fundación del Partido Comunista en 1921 —resultado de una seria reflexión, una cuidadosa elaboración y una intensa acción política y social— como una «escisión demencial» o reducir la historia del movimiento obrero italiano en vísperas del ascenso de Mussolini a «odios facciosos» apenas permite ir más allá de los juicios de valor, de poca utilidad para una refundación o consolidación del antifascismo.

La ceguera denunciada por Scurati no ayuda a comprender lo que se debería haber hecho, o mejor dicho, lo que se debería hacer (el famoso desvelo del presente) en una situación así. A menos que consideremos que solo el sacrificio de algunos héroes individuales (Matteotti es la única figura totalmente positiva de la historia) puede redimir a toda Italia.

Bajo la pluma de Scurati, los subalternos pasan de ser portadores de la emancipación a «víctimas» voluntarias o héroes sacrificados. Desde esta perspectiva, a pesar de su objetivo declarado, M. no puede ser una base para refundar el antifascismo. Su lectura «victimista» de la oposición de aquellos tiempos no puede servir para el recuerdo y la redención colectiva de las víctimas de las luchas pasadas. Al ignorar la dimensión propiamente revolucionaria del antifascismo (y la dimensión contrarrevolucionaria del fascismo), M. no puede realizar la crítica revolucionaria del presente, que es la única capaz de enfrentarse al nuevo fascismo. M. se esfuerza por perseguir el mundo que fue, sin comprender el mundo que realmente es.

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Publicado en Historia, homeCentro5, Italia, Literatura and Reseña

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