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El tercero en discordia

La política uruguaya en tiempos de polarización. Dos años de gobierno de la coalición multicolor han generado una gran masa de desencantados, pero el Frente Amplio aún no consigue reconquistar a su base electoral.

A comienzos del siglo XX, el francés Georges Sorel imaginó un escenario político en el que el antagonismo social quedaría al desnudo, sin los ropajes que en tiempos de normalidad recubren la escisión fundamental entre los productores y los dueños de los medios de producción. En ese escenario tendría lugar la batalla definitiva entre los dos grandes agentes de la historia: el proletariado y la burguesía. Este sería, en definitiva, el teatro de la política pura, sin pompa ni retórica, sin medias tintas ni espacio para la neutralidad.

Algunas décadas más tarde, el jurista alemán Carl Schmitt —desde una posición ideológica muy alejada— condensó en una ya clásica fórmula el sentido político que se desprendía de la argumentación de Sorel: la distinción política específica, afirmaba Schmitt, «es la distinción de amigo y enemigo». Y, algunas líneas después, precisaba: «el enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo […] Simplemente es el otro, el extraño». No es difícil inferir que ese escenario despojado de ornamentos, el de la política pura, coincide exactamente con el de la guerra… que a veces (y solo a veces) es la continuación de la política por otros medios.

La historiografía uruguaya pareciera ratificar esta tesis y dar nombre a los bandos que protagonizaron algunos de los episodios más significativos de nuestra historia: riveristas vs. oribistas, batllistas vs. herreristas y, en nuestros días, frenteamplistas vs coalición multicolor. Pero no nos podemos dejar engañar por cierta querencia homérica de los historiadores: más allá de las etiquetas, el fundamento de la confrontación es, en cada momento, el que se libra entre las clases dominantes y los sectores subalternos. Este es, aun en nuestros días, el conflicto que divide a la sociedad uruguaya.

Nada de esto es ajeno a la acumulación política de las capas populares uruguayas que hicieron del Frente Amplio su instrumento histórico y que en su día abrigaron la esperanza de que, con su llegada al gobierno —que no al poder— en el año 2005, irían desapareciendo progresivamente los fundamentos de las postergaciones y carencias. Tras quince años en el gobierno, el Frente Amplio consiguió atender satisfactoriamente muchas de las demandas de su electorado, razón que explica sus holgadas victorias electorales en tres ocasiones consecutivas (2004, 2009 y 2014), pero no consiguió ofrecer soluciones para aquella porción de la población que había ascendido socialmente y empezaba a exigir medidas que ya no respondían a las clásicas demandas populares, sino a las recurrentes aspiraciones de las clases medias.

Probablemente esta situación no sea atribuible exclusivamente a los gobiernos del Frente Amplio en Uruguay. Más bien, parece señalar la gran paradoja que marcó a la primera oleada de gobiernos progresistas en América Latina: convertir a sectores populares en clases medias y, posteriormente, no ser capaces de atender las demandas de las nuevas subjetividades despertadas y favorecidas por sus propias acciones gubernamentales.

En la otra vereda, análogas fueron las esperanzas de aquellos que, no habiendo conocido más realidad política que la de los gobiernos progresistas, vieron en la figura de Luis Lacalle Pou y en la coalición de partidos a la derecha del Frente Amplio la vía para superar todas las injusticias y acabar con esa redistribución perniciosa que impedía que el país despegara y volviera a ser —como en sus adánicas fantasías— «la Suiza de América». Era el sueño de aquellos que interpretaban los males del país siguiendo las enseñanzas de aquella fábula de Esopo de la cigarra y la hormiga… ese fue el fundamento mítico del relato de los malla oro defendido por el presidente Luis Lacalle Pou.

Hoy, a más de dos años de que diera comienzo el gobierno de la coalición, las cartas están a la vista de todos: lo que separa a los dos polos que han gobernado Uruguay en el siglo XXI no es la condición moral de sus representantes, sino el proyecto de país que promulgan. Agotadas todas las esperanzas de una superación definitiva de los antagonismos, es el tiempo de la política.

Pero la política no es la guerra. O, al menos, no es solo la guerra. No es cierto que no exista escapatoria entre el amigo y el enemigo. Imaginar que el terreno de la política no es más que un teatro de marionetas, mientras que lo realmente decisorio son las manos que mueven a los muñecos de tela es uno de los tantos espejismos de la razón. Igualmente, soñar con un tiempo en el que la dimensión agonística de la política será superada definitivamente no es más que un reflujo utopista. La política se juega en la tensión inextirpable entre sus dos extremos: la guerra y la pedagogía.

Es una evidencia demoscópica que existen dos grandes bloques ideológicos en nuestro país y las últimas dos citas electorales (las elecciones de 2019 y el referéndum de 2021) parecen haberlo confirmado. La inercia analítica nos podría hacer creer que este es un tiempo schmittiano o —como gustan en llamar los agentes mediáticos de la otra orilla— el tiempo de la «grieta».

Esto es así y, al mismo tiempo, no es exclusivamente así. No es un momento de máxima fluidez, esto es, un periodo en el que grandes masas están dispuestas a cambiar su orientación ideológica, pero tampoco es un momento de antagonismo soreliano. Es un tiempo en el que algunos votantes de la coalición multicolor ya se han desencantado con el rumbo actual de la política nacional debido a la secuencia de promesas electorales que no se materializaron en acciones gubernamentales. Pero también es un tiempo en el que el Frente Amplio aún no ha conseguido reconquistar a su base electoral perdida en las últimas elecciones de 2019. 

En este escenario polarizado se vuelve más imprescindible que nunca que los sectores populares y sus instrumentos políticos vuelvan a pensar y discutir no solo sobre cuestiones tácticas, sino también —y sobre todo— estratégicas.

Seguir haciendo pedagogía es una de las tareas más imperiosas para que el Frente Amplio pueda aspirar a ganar las próximas elecciones. Y al hacer pedagogía es imprescindible asumir que esta exige una labor cotidiana que en ningún caso puede dejarse encarcelar en el marco conceptual bélico: en tiempos de guerra no hay pedagogía, sino propaganda. La labor pedagógica debe reconocer una figura que no se deja clasificar ni como amigo ni como enemigo, pues nada puede ser más pernicioso para esta que identificar al neutral, al indeciso, al dubitativo con el otro, el extraño con el que no puede haber comunicación ni afecto.

Debemos escapar de la tendencia —confesémoslo: mediática— de exacerbar la distinción amigo-enemigo y saber reconocer, en este escenario de creciente polarización, al tercero en discordia.

Nuestros padres, amigos de la infancia, compañeros de trabajo, incluso nuestra pareja, pueden ser ese tercero en discordia. Y, por tanto, deberíamos tener presente que el fin de la acción pedagógica no es congraciarse con los amigos ni ridiculizar a los enemigos. No menos importante es asumir que esta pedagogía ya no puede replicar aquellas formas verticalistas que, identificando al partido con el saber y a las masas con la ignorancia, planteaban una acción unidireccional, de arriba a abajo.

La pedagogía de nuestros días ha de ser necesariamente bidireccional: de escucha atenta, de diálogo horizontal, de interiorización profunda con los problemas cotidianos de los sectores populares y, al mismo tiempo, de «persuasor permanente», según la afortunada formulación de Antonio Gramsci. Para ello, la acción pedagógica debe evitar caer en la caricatura de sí misma y no convertirse en ese pedagogismo que reniega de las mujeres y los hombres de carne y hueso pretendiendo que las transformaciones deben ser verificadas en la inmediatez de la próxima encuesta de opinión pública. 

La pedagogía busca incidir sobre los individuos, pero solo recoge sus frutos en las generaciones. Quizás por esto mismo exige aceptar que los desplazamientos culturales suceden en el subsuelo y no siempre son perceptibles en la superficie. Renunciar a la pedagogía supondría aceptar que únicamente existe la política como guerra, y ahí —reconozcámoslo— tenemos todas las de perder. Pero tampoco podemos engañarnos: reducir toda la política a pedagogía es caer en el error de postular que el antagonismo social no es más que un malentendido corregible mediante la instrucción. 

El arte de la política en tiempos de polarización consiste en encontrar, detrás de la bruma exacerbada de la polémica de bar o de panel televisivo que pretende ocultar el verdadero antagonismo social, el tono adecuado para que el tercero en discordia nos pueda oír y, quizás, acompañar en un proyecto compartido de país. Esa es la tarea ineludible que los sectores populares uruguayos tenemos para la próxima década.

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