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El líder del Partido Socialdemócrata Alemán, August Bebel, hablando en la conferencia del partido en Maguncia, Alemania. El SPD luchó por las libertades liberales a finales del siglo XIX y principios del XX. (Ullstein Bild vía Getty Images)

Conquistamos las libertades individuales a pesar del capitalismo, no gracias a él

Traducción: Valentín Huarte

La izquierda muchas veces subestimó las libertades liberales como si fueran una mera justificación de la dominación capitalista. Es un error. Los pueblos explotados y oprimidos de todo el mundo lucharon por estos derechos en contra de una élite iliberal.

Reseña de Revisiting Marx’s Critique of Liberalism: Rethinking Justice, Legality and Rights de Igor Shoikhebrod (Palgrave Macmillan, 2019).

¿Cómo será el comunismo? El consenso entre grupos de derecha y de izquierda parece apuntar a que será antiliberal o, cuando menos, no liberal. Los primeros temen que los socialistas atenten contra las libertades que conquistaron con esfuerzo; los últimos, amparados en fantasías de violencia revolucionaria inspiradas en las primeras décadas del siglo veinte, no ven en el liberalismo nada más que un obstáculo al cambio político. Esta presentación de lo que está en juego en las luchas por el socialismo terminó desacreditando a la izquierda en la opinión de la gente común, que escuchan en el discurso de romper con el liberalismo una especie de criptoautoritarismo.

¿Tienen razón? En Revisiting Marx’s Critique of Liberalism: Rethinking Justice, Legality and Rights, Igor Shoikhebrod busca dejar atrás la pregunta simplista de si el autor de El capital estaba «a favor o en contra» del liberalismo. Este modo de plantear el problema, además de desorientarnos, tuvo un efecto mucho más pernicioso en nuestra imaginación política.

Marx, ¿a favor o en contra del liberalismo?

El enfoque dominante, según Shoikhebrod, asume que Marx rechazaba las nociones liberales de del derecho porque presuponen el individuo «egoísta» de la sociedad burguesa. Por lo tanto, deberíamos evitar la idea liberal de la justicia porque es «una barrera a una concepción más rica de la libertad humana». Propiamente entendido, el comunismo está más allá de la justicia y de los derechos, que los marxistas antiliberales perciben como una justificación ideológica de la opresión burguesa en favor de los intereses de la clase dominante. Sea lo que sea que resulte del comunismo, implica deshacerse de la naturaleza individualista y partidaria de la ley bajo el liberalismo en favor de una alternativa radicalmente distinta. Una vez abandonada la escasez, la sociedad comunista haría innecesarios los derechos de propiedad privada y la influencia dominante que tienen en el sistema legal.

Shoikhebrod argumenta que, en los hechos, Marx estaba muy interesado en los derechos. Apoyaba activamente la ampliación de libertades civiles como la libertad de expresión y de prensa, los derechos políticos y los derechos de la minorías étnicas y religiosas, y también apoyaba el uso de la ley para imitar el poder del capital e incrementar el de los trabajadores. Todas estas posiciones están claras en sus artículos periodísticos y en sus análisis económico-políticos. La palabra alemana para derechos, Recht, que utiliza Marx, tiene connotaciones morales y legales, pero también evoca nuestros estándares de justicia comunes. Estos, según Marx, nunca pueden ser más elevados que la estructura económica de la sociedad y el desarrollo cultural que esta condiciona.

Marx era bastante más inteligente de lo que parecen pensar sus críticos. Reconocía el valor de los derechos en la protección de las personas de la dominación, pero no pensaba que pudieran eliminar la dependencia del trabajo del capital que es la base material de la dominación bajo el capitalismo. Una transformación del modo de producción, más que la abolición de los derechos, requeriría poner fin a la dominación.

Marx era materialista: pensaba que estamos limitados por los modos dominantes de organizar las relaciones de producción. Por lo tanto, la ley solo puede sedimentar el resultado de los conflictos históricos desarrollados en torno a estas relaciones. La dependencia del mercado, y los límites que impone la competencia capitalista, establecen un techo insuperable a lo que podemos alcanzar por medio de las luchas por derechos. Por estos motivos, la historiadora marxista Ellen Meiksins Wood argumentaba que las relaciones de propiedad social capitalistas hacen más accesibles los derechos políticos, pero también los limitan.

La posición de Marx sobre los derechos obedece a su perspectiva de que las libertades que tenemos a nuestra disposición están limitadas por las formas de dominación que impone una sociedad de clases. Sin embargo, esto no debe confundirse con la negación del derecho. Por lo tanto, la legalidad comunista simplemente reflejaría otra base material sobre la que se alzarían nuestras libertades, no el abandono absoluto de la ley.

Desafortunadamente, la interpretación dominante de Marx obstaculizó la comprensión materialista adecuada del derecho. John Rawls, decano de la teoría política anglosajona, dijo una vez que cualquier cosa que fuera lo que Marx haya tenido en mente, está «más allá de la justicia». En Alemania, Jürgen Habermas planteó que el horizonte normativo de la ley limitara al capital tanto como fuera posible, concediéndoles a los liberales que los mercados son funcionalmente necesarios en la tarea de coordinar cualquier sociedad moderna.

Más recientemente, personajes de la Escuela de Frankfurt como Axel Honneth y Nancy Fraser tampoco han llegado a conceptualizar la libertad más allá del capitalismo. En cambio, argumentaron que sus mercados mantienen la promesa de una libertad histórica que todavía está por desplegarse (tal vez en una evolución hacia el socialismo de mercado) o que las tendencias progresistas de los movimientos sociales contemporáneos deberían unirse para expandir el alcance de la democracia a la economía.

Ninguno de estos enfoques reconoce el hecho de que es necesario transformar las relaciones de producción para superar la dominación. Shoikhebrod nos recuerda que no basta con renegociar los términos de los límites que pone el capitalismo.

El capital no creó el liberalismo

El proyecto de Shoikhebrod juega tanto a nivel filosófico abstracto como a nivel político. Si aceptamos la perspectiva dominante de que el socialismo se opone diametralmente al liberalismo, nos vemos obligados a otorgar el crédito de las libertades individuales, que hicieron más tolerable la vida en sociedad, al capitalismo en vez de a los trabajadores y al movimiento socialista.

La idea de que la transición al capitalismo fue instigada por las «revoluciones burguesas» en Europa y en Estados Unidos tiene una larga historia. Esta historia muestra que los capitalistas son una clase revolucionaria, que terminó con las relaciones de propiedad feudales y con las formas premodernas de dominación fundadas en la raza, el género y otras jerarquías de este tipo. Su lucha por instaurar los derechos de propiedad privada por sobre y en contra la aristocracia terrateniente jugaron un rol esencialmente progresivo en el derrocamiento del Antiguo Régimen.

Por lo tanto, el capitalismo es moralmente progresivo. Muchos comentarios de Marx respaldan esta tesis. Marx pensaba que el capitalismo y la burguesía habían creado oportunidades de emancipación política sin precedente para los pobres, las mujeres y los trabajadores. El derecho burgués, argumentaba, es una herramienta que debe ser utilizada hasta que sea posible reemplazarlo por otra cosa.

Marx fue muy criticado por asumir que el capitalismo es progresivo, perspectiva que, dice la crítica, evidencia su eurocentrismo. Estos críticos argumentan que el capitalismo no desembocó en el liberalismo en todas partes. Sostienen que el teórico comunista habría proyectado falsamente la experiencia europea en todo el mundo, ignorando la compatibilidad del capitalismo con la esclavitud o con la dominación colonial.

Irónicamente, los críticos de Marx que apuntan a la coexistencia del capitalismo y del no liberalismo sostienen que el sistema fue progresivo en Europa, pero no fuera de Europa. Implícita en esta perspectiva está la idea de que los derechos no son solo esencialmente burgueses, sino que son un producto de la burguesía europea en particular. La ironía es que esta creencia es en sí misma eurocéntrica: niega la agencia de la clase obrera e ignora las luchas subalternas por reformas liberales.

Si Marx estaba equivocado es porque suponía que la clase capitalista era siempre progresiva, incluso en Europa. Pero en realidad la clase obrera, los pobres y el campesinado se abrieron paso en la escena política luchando por los derechos políticos más básicos con una combinación de tácticas económicas y políticas, y forzaron a los capitalistas a ceder. Y, en efecto, el capital y la burguesía no eran lo mismo.

Muchos capitalistas eran en realidad los viejos terratenientes que habían hecho la transición hacia una producción agrícola dependiente del mercado. Luchaban agresivamente por eliminar las reformas democráticas y muchas veces eran las fuerzas más activas en esa lucha. No existe nada que lleve a suponer un deseo particular por el derecho burgués y por la justicia como elemento constitutivo de sus intereses de clase o de su concepción moral. De hecho, lo que hace compatible al capitalismo con distintos grados de liberalismo y de autoritarismo en el mundo es que puede carecer de las libertades liberales.

Marx y sus críticos son demasiado generosos con el capitalismo. Otorgan a este sistema el crédito de progresos sociales de los que es responsable el trabajo. La idea de que los derechos burgueses pertenecen a la clase capitalista es lo que explica la perspectiva de izquierda de que los derechos solo existen para justificar la dominación económica.

Esta perspectiva es errónea. Ignora a aquellos para los que los derechos liberales son realmente valiosos: los trabajadores que participaron de las luchas políticas por su ampliación y cuyo compromiso con estos derechos movió al capitalismo en dirección a la democracia. Sus victorias no eran inevitables, y tampoco es imposible un retroceso en sus conquistas.

Más allá del liberalismo

Lo que distingue a los políticos socialistas de los políticos burgueses, es decir, el liberalismo, no es una diferencia de tipo, sino de perspectiva. Los políticos liberales gestionan la dominación; los políticos socialistas buscan eliminarla. En consecuencia, la perspectiva socialista no es intrínsecamente extralegal ni está más allá de la justicia. Más bien, sus estrategias y sus prioridades hacen derivar su legitimidad moral de un ideal de libertad humana más allá de la dominación.

Durante el último siglo, los socialistas gastaron mucha tinta criticando el experimento soviético y argumentando que su problema fue la negación de las libertades civiles y de los derechos constitucionales. Hasta cierto punto, esta crítica tiene sentido. Destacó adecuadamente los problemas del economicismo o del productivismo del comunismo de Estado. Sin embargo, esto llevó a muchos a argumentar que existe demasiada teoría socialista sobre economía y demasiado poca sobre política.

Sin embargo, el argumento de Shoikhebrod sugiere que los socialistas piensan demasiado poco en ambos casos. El futuro socialista contará con una base material de derechos, como el capitalismo ahora, pero estos derechos estarán fundados en la libertad. Los socialistas deberían ponerse a trabajar para averiguar cómo será este mundo.

La fortaleza del libro de Shoikhebrod está en que reconoce la relación entre libertades económicas y las jurídicas mostrando que las primeras imponen límites sobre las últimas. Este cambio de perspectiva nos permite cuestionar la insistencia de los defensores del capitalismo occidental en que el sistema es el garante de las libertades individuales. En Occidente, el anticomunismo tuvo éxito en la provincialización de la libertad mediante la identificación de su telos como capitalista en vez de socialista, prejuicio con el que la izquierda tendió a estar demasiado de acuerdo. Esta es una concesión que no es necesaria, ya que la promesa de libertad bajo el capitalismo es una promesa que el propio capital no hizo. Por esa promesa, los liberales pueden dar las gracias a los socialistas, ya que la libertad ha estado siempre en el centro de nuestro proyecto.

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