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Teorías de la república y prácticas republicanas brinda un exhaustivo panorama sobre el republicanismo plebeyo, sus principales antecedentes y debates, así como sus meandros y entresijos teóricos y prácticos en América Latina. (Imagen: Herder Editorial)

Republicanismo y democracia

Si la idea republicana de libertad reclama como condición la autonomía y por lo tanto la igualdad, entonces la pregunta por la república solo puede completarse con una pregunta por las condiciones materiales que hacen posible la libertad.

El artículo que sigue es una reseña de Teorías de la república y prácticas republicanas, de Macarena Marey (Herder, Barcelona, 2021).

 

La afirmación de que las corrientes políticas dominantes de los últimos doscientos años han sido aquellas provenientes del liberalismo (portador de las demandas de libertad, democracia y derechos humanos) ha funcionado como un lugar común del pensamiento del mainstream historiográfico y político durante mucho tiempo. Las ideas liberales —primero enfrentadas y luego victoriosas sobre las ideologías políticas conservadoras, más tarde cuestionadas y combatidas por las distintas tendencias socialistas, sobre las que finalmente prevalecieron en un triunfo simbolizado con la caída del Muro de Berlín— representarían entonces el súmmum del progreso humano y la llamada democracia liberal, la única forma legítima de organización política de las sociedades humanas.

En el ámbito teórico, sin embargo, por obra de un grupo de historiadores de la academia anglosajona seguido de una nutrida pléyade del resto del mundo comenzó, a partir de los años 60 del siglo pasado (y con más fuerza a partir del cambio de siglo), lo que se ha llamado el «revival republicano», caracterizado por cuestionar —con rigor histórico y conceptual— aquellas verdades tenidas por incuestionables, a partir del rescate del discurso y los temas del pensamiento político clásico y moderno, y de una nueva lectura de los hechos históricos que los engendraron, despejando las sucesivas capas añadidas durante casi dos siglos de hegemonía liberal.

Ello ha conducido a lo que quizás no sea exagerado considerar una revolución en términos de comprensión de la historia política y socioeconómica, así como de la historia de las ideas. En lugar de las asentadas doctrinas liberales, tanto en el ámbito histórico como en lo teórico y conceptual, numerosos estudiosos y especialistas se han dedicado, con una búsqueda acuciosa en las fuentes originales y pasando el cepillo a contrapelo —como exigió Walter Benjamin— a iluminar hechos y tradiciones populares (además de las reflexiones teóricas generadas por aquellos) que han resistido tenazmente durante siglos y que representan hoy un testimonio de un conjunto de nociones y principios republicanos y democráticos que, originados en la praxis política de los pobres libres en las póleis del Mediterráneo Oriental en la antigüedad (especialmente Atenas) y desarrollados luego en el Renacimiento, la Ilustración y las grandes revoluciones europeas y americanas del siglo XVIII, habían sido luego eclipsadas por la hegemonía del liberalismo.

Sin embargo, semejante revolución no se había hecho sentir aún con toda su fuerza en la academia latinoamericana, si bien un grupo cada vez más numeroso de autores de este lado del mundo comenzó, a inicios de este siglo XXI, a explorar la historia política de nuestro continente empleando las herramientas conceptuales y las contribuciones históricas mencionadas, y con una relectura crítica de las muchas líneas históricas que habían sido parcial o completamente oscurecidas por lecturas elitistas o interesadas. Teorías de la república y prácticas republicanas viene a demostrar la fuerza y la solvencia de estos nuevos acercamientos y rescates de la tradición republicana y su influyente presencia en las luchas y conflictos de nuestra América desde el siglo XVI hasta hoy.

En un excelente estudio, que funciona magníficamente como prólogo de los contenidos que hallaremos en el libro, Macarena Marey, autora de aquel y editora de éste, nos regala un exhaustivo panorama sobre el republicanismo plebeyo, sus principales antecedentes y debates, así como sus meandros y entresijos teóricos y prácticos en América Latina. Asimismo, nos enfrenta a una serie de cuestiones cruciales, que conforman el marco dentro del cual se mueven las muchas y buenas contribuciones que reúne este excelente volumen. Quisiera detenerme, en pro de la brevedad, en tres de esas cuestiones o nodos conceptuales, quizás los más relevantes, a mi entender.

En primer lugar, qué significa histórica y conceptualmente la tradición republicana y cuál ha sido su trascendencia en la historia y la actualidad política de diversas regiones del mundo, tanto en Europa y Norteamérica como en América Latina. Aquí merece destacarse la manera en que Marey aborda ambas cuestiones, con una magnífica perspectiva histórica acompañada de certeras consideraciones conceptuales. Sobre ello, las contribuciones que siguen resultan tan profundas como interesantes, en orden a tratar desde distintas perspectivas de análisis las cuestiones mencionadas y las que se conectan o derivan de ellas.

En la primera de ellas, María Julia Bertomeu nos deslumbra con un verdadero despliegue de erudición histórica y capacidad analítica sobre la cuestión de dos nociones capitales de la tradición republicana; libertad y dominación. Asimismo, los trabajos de Pablo Facundo Escalante (sobre república y tradición liberal en la Francia moderna) y de Eugenia Mattei Pawliw y Gabriela Rodríguez Rial (sobre la tradición republicana de la Italia renacentista en el pensamiento de los Founding Fathers de los Estados Unidos) arrojan nueva luz sobre dos temas clásicos. Finalmente, Sergio Ortiz Leroux (sobre el republicanismo, la ley y la noción de buen gobierno) nos brinda un muy necesario recorrido histórico y teórico sobre la cuestión del valor de la ley como seña y signo de la mejor tradición republicana desde Aristóteles, frente a tantos que, desde la derecha y aun desde alguna izquierda trasnochada, insisten en denostarla. 

En segundo lugar, en qué líneas deben verse las tradiciones republicanas de nuestro continente como continuidad de las europeas y norteamericanas y en cuáles se distinguen de aquellas por plantear y buscar respuestas a las especificidades propias del contexto de las luchas se que libraron y libran hoy en nuestro continente. En este sentido, merece especial atención el trabajo de Luciana Cadahia y Valeria Coronel y su magistral caracterización de los llamados estudios coloniales, frente a los que proponen una comprensión republicana de las luchas independentistas de nuestra América. En una línea similar, Julio César Guanche, con su claridad y profundidad de siempre, nos propone una perspectiva republicana, bien anclada en la historia de Cuba, para abordar el tema de la diversidad y los derechos humanos, auténtico centro de grandes debates en la actualidad. Finalmente, Diego Fernández Peychaux, en una magnífica relectura de textos del Padre Las Casas y de Guamán Poma de Ayala, nos ilustra sobre el republicanismo mestizo como una síntesis de la tradición republicana europea y el  pensamiento emancipatorio en nuestro continente.

Por último, pero no menos importante: qué pueden decirnos hoy y en el futuro previsible, tanto en lo teórico como en lo práctico, las corrientes republicanas plebeyas frente a las múltiples expresiones  del liberalismo hegemónico y su triple legado de desigualdad económica, subordinación política y exclusión social, así como el necesario diálogo entre la tradición republicana y otras corrientes del pensamiento crítico y emancipatorio universal. Aquí vale resaltar las excelentes contribuciones de  Ailynn Torres Santana sobre el necesario diálogo entre el republicanismo y los diversos feminismos, Laura Quintana (republicanismo, populismo y emancipación), María Victoria Costa (republicanismo e inmigración), Cristián Sucksdorf (el republicanismo desde una perspectiva marxiana) y Elías Palti (el republicanismo en el debate político contemporáneo).

Un hilo conductor de la tradición republicana, que se remonta a Aristóteles en su Política, es que las instituciones políticas deben ser estudiadas y comprendidas en su relación con las relaciones económicas y de propiedad, y así se mantuvo durante más de dos milenios. Sin embargo, el liberalismo ha separado tan radicalmente ambas realidades, convirtiendo en lugar común la afirmación de que una cosa es «la economía» y otra muy distinta es «la política», que resulta casi una herejía tratarlas como lo que ya sabía Aristóteles que eran: fenómenos sociales entrelazados, expresión de los conflictos entre una minoría de ricos poderosos y una muchedumbre de pobres libres, la clave de cualquier comprensión rigurosa de los diseños institucionales de las sociedades humanas.

Uno de los méritos —y no el menor— de este libro es cuestionar hasta su raíz esta artificial separación entre política y economía. Por un lado, muestra que si la idea republicana de libertad reclama como condición la autonomía y por lo tanto la igualdad, entonces la pregunta por la república solo puede completarse con una pregunta por las condiciones materiales que hacen posible la libertad. Por otro lado, muestra que, dado que la distribución de las condiciones materiales para esa autonomía y esa igualdad revelan a lo largo de la historia una gran desigualdad condicionada por líneas de clase, etnia y género, la tradición republicana debe dialogar con (e incluir en su agenda los reclamos de) las corrientes políticas que han luchado y luchan por la solución de esas injusticias ancestrales (socialismo, anarquismo, feminismo, ecologismo). Por último, deja en claro que si la política es el terreno en que se dirimen las cuestiones sobre la hegemonía en una sociedad y las decisiones de un gobierno favorecen o impiden alcanzar esas condiciones de mayor igualdad y autonomía que exige, para ser real, la libertad republicana, entonces la preferencia y la acción política republicana solo puede ser eficaz si exige y se compromete a fondo con la democratización radical de la gestión del Estado.

La recuperación y puesta al día de la tradición republicana, especialmente en sus expresiones democrático-plebeyas, con los nuevos contenidos nacidos y definidos en las luchas emancipadoras de estos tiempos es, sin duda, una tarea de primer orden en la actualidad de nuestro continente y más allá. Este libro, de lectura y debate imprescindible, la cumple con verdadero rigor sin estar exento de pasión y merece por ello —y así queremos dejarlo sentado— el reconocimiento de todos los que nos sentimos identificados y comprometidos con estas luchas milenarias, las de la tradición política de los pobres libres, que desde hace dos milenios y medio han dado voz y cuerpo a las exigencias de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

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