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El intelectual público Bernard-Henri Lévy asiste al Festival de Cine Judío de Los Ángeles en California el 30 de abril de 2022. (Amanda Edwards / Getty Images)

Bernard-Henri Lévy, principal intelectual del antisocialismo francés

Traducción: Valentín Huarte

Bernard-Henri Lévy se ha hecho un nombre como el filósofo principal de la élite neoliberal de Francia. Así es como un exmaoísta se convirtió en el principal antisocialista de Europa.

Bernard-Henry Lévy, o «BHL», como se lo conoce en Francia, es lo más cercano a un intelectual estrella de rock. Aunque es autor de muchos libros y escribe una columna semanal en Le Point, es más probable cruzarse a Lévy —siempre carismático y fotogénico— que leerlo. En los programas de noticias nocturnos suele aparecer como corresponsal en las zonas de guerra, vestido con un chaleco antibalas y hablando en contra de la última forma de «barbarismo»; en las revistas de moda aparece apoltronado en su casa de vacaciones de Marruecos o estrechando la mano de presidentes;  en este momento, la prensa amarillista está centrada en su complejo divorcio de una importante actriz francesa. Si bien es tentador definir a Lévy como un oportunista sediento de atención, su celebridad revela algo esencial sobre el rol del intelectual en el neoliberalismo. Vale la pena recordar cómo conquistó su fama.

Un antimarxismo con rostro humano

Lévy nació en 1948 en una familia judía sefardí de Orán, Argelia. Los Lévy, una de las familias más ricas de Francia, hicieron su fortuna en la industria maderera después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando el padre de Lévy murió, la empresa se vendió por aproximadamente 750 millones de francos (es decir, más de 100 millones de euros), suma que llegó como un enorme regalo del cielo para Bernard-Henri. Con esa riqueza es capaz, por ejemplo, de alquilar sus propios aviones cada vez que lo necesita. Cuando era joven, Lévy fue a las academias más prestigiosas de Francia y estudió filosofía en la École Nórmale Supérieure, donde asistió a las clases de Louis Althusser y Jacques Derrida. Lévy participó del radicalismo de fines de los años 1960 y aunque nunca se unió a ninguna organización política, simpatizó con las corrientes maoístas que militaban en la ENS y con los movimientos gauchistas en general.

Siendo todavía un estudiante, Lévy conoció a François Miterrand, que había sido elegido hacía poco tiempo como secretario de un PS reconstituido. Percibiendo «el gran escritor que sería» el joven filósofo, Miterrand pidió a Lévy que lo aconsejara en la cuestión de la «autogestión», el movimiento por la democracia en los lugares de trabajo que se desarrolló durante las luchas de 1968 y que se convirtió en uno de los ejes políticos de la generación más joven del PS. Lévy aceptó el puesto pero se aburrió rápido. Cuando un André Malraux entrado en años declaró que quería dirigir una brigada internacional en Bangladesh para ayudar a que todos los luchadores por la libertad conquistaran la independencia de Pakistán, Lévy encontró una oportunidad más tentadora y en 1971 partió con rumbo a Asia del Sur. Dos años después apareció su primer libro, Bangladesh: nationalisme dans la révolution, publicado por la editorial de izquierda más importante de Francia, Maspero. Plagado de análisis maoístas del movimiento nacionalista, bastante vagos, el libro bastó para que Lévy conquistara una posición a la que volvería muchas veces a lo largo de su carrera, la del periodista guerrero. ¿Está cubriendo la guerra o está participando de ella? ¿Es la pluma o la espada?

Sin embargo, fue su segundo libro, La Barbarie à visage humain (1977), el que lo catapultó a la fama. Adoptando la pose de filósofo cansado del mundo, Lévy hizo un giro espectacular que lo enfrentó a sus compañeros socialistas y escribió uno de los textos reaccionarios más importantes del período. Las primeras líneas dejan en claro sus intenciones (y su estilo distintivo): «Soy el hijo bastardo de una alianza profana entre el fascismo y el estalinismo. Soy contemporáneo de un extraño crepúsculo en el que las nubes empiezan a disolverse bajo el golpe de las armas y el llanto de los torturados». Según Lévy, todas las formas de poder eran tiránicas y corruptas; y, por lo tanto, cualquier intento de cambiar el mundo no haría más que acelerar el viaje hacia el totalitarismo. En este sentido, el socialismo era tan malo como el fascismo: «Cuando promete, miente; cuando interpreta, se equivoca; no es y no puede ser la alternativa que dice ser». Los nazis tenían campos de concentración, los soviéticos tenían gulags. Por lo tanto, eran dos caras distintas de la misma «maldad radical».

Pero por suerte —siempre según Lévy— estaba el capitalismo, que nunca intentó imponer su voluntad sobre el mundo y que solo estaba interesado en «pacificar la guerra y domesticar la lucha». En ese sentido, Lévy sostenía que el «capitalismo es la primera formación social […] en reconocer que ningún territorio que estuviera fuera de su espacio; el primero en no fantasear con una naturaleza previa a la ley». El genio del capitalismo era su pragmatismo: no tenía ningún mundo mejor que ofrecer y deseaba solo supervisar un mundo mercantil libre de fricciones y de fronteras. El capitalismo, además, no estaba motivado por el imperialismo ni por el poder; simplemente tenía una propensión a expandirse. En este sentido era, para Lévy, el destino natural de Occidente y «el fin de la historia».

Estas ideas estaban lejos de ser originales. En 1960, el sociólogo Daniel Bell había propuesto una versión de la tesis del «fin de la historia», y Hannah Arendt y otros habían argumentado que el fascismo y el comunismo soviético compartían una unidad totalitaria interior desde los años 1950. Sin embargo, lo importante de la intervención de Lévy fue el contexto en el que la hizo. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los dos partidos principales de la izquierda, el PS y el Partido Comunista Francés (PCF), habían dejado de lado sus diferencias y forjado un pacto electoral conocido como la Unión de la Izquierda.

En las elecciones presidenciales de 1974, Miterrand, a la cabeza de la alianza, estuvo a punto de vencer al liberal conservador Valéry Giscard d’Estaing, y su lista obtuvo excelentes resultados en las legislativas de 1978. Lévy, cuyo compromiso con la izquierda tal vez nunca había sido tan fuerte o sincero, sintió la oportunidad: ningún partido de izquierda había conquistado la mayoría parlamentaria desde la fundación de la Quinta República en 1958, y las perspectivas entonces abiertas hicieron temblar a secciones enteras de la burguesía francesa.

Aun así, Lévy tal vez no habría profundizado su ataque si este no hubiera sido anticipado por el misil que André Glucksmann había lanzado contra la izquierda en 1975, La Cuisinière et le mangeur d’hommes, que Lévy reseñó favorablemente en las páginas de Le Nouvel observateur. Glucksmann había sido dirigente de la Gauche prolétarienne, un grupo maoísta surgido en 1968. Pasando por encima de los partidos tradicionales, la organización había enviado a los militantes a las fábricas a que hicieran contacto directo con las masas obreras, y dirigieron muchas acciones ilegales que terminaron actuando en su contra (como asaltar comercios de lujo y redistribuir los productos entre los habitantes de los suburbios).

El grupo siempre tuvo una relación tensa con el marxismo, y en el libro de Glusksmann esa tensión terminó convirtiéndose en una agresión abierta. El subtítulo era revelador: «Essai sur l’Etat, le marxismo, les camps de concentration». Apoyándose en gran medida de Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn (publicado en francés en 1974), Glucksmann argumentaba que el marxismo  era tenía tanta responsabilidad en cuanto a los campos de concentración de la Unión Soviética como el fascismo la tenía por Auschwitz. Aunque el marxismo había sido alguna vez una filosofía de las masas, se había convertido en la ciencia de los intelectuales y de las élites del partido. En Rusia, los hombres estaban obligados a firmar su propia sentencia de muerte en nombre de la revolución.

Pocos días después de la publicación de La Barbarie à visage humain, Glucksmann y Lévy discutieron sus obras juntos en el marco del famoso programa de televisión «Apostrophes». Cuando uno mira ese programa hoy, parece que Gluscksmann es el personaje más agudo y carismático, pero en realidad era Lévy —atractivo y elegante, con una camisa desprendida prácticamente hasta la cintura— el que conquistó al público francés. Con este bautismo televisivo, Lévy se convirtió en «BHL», la voz de una generación y el mensajero de una «Nueva Filosofía», como se la conocía entonces. No solo los espectadores, sino los periodistas y los intelectuales remarcaron la genialidad del filósofo dandy. Roland Barthes, gran crítico literario de su época y estilista meticuloso, pensaba que la prosa de Lévy era «encantadora» y le agradeció, en una carta abierta, por haber escrito La Barbarie

Un maoísta reaccionario

La Nueva Filosofía tuvo también sus críticos. En Barbarie…, Lévy apuntó contra Gilles Deleuze, argumentando que su libro El anti-Edipo (conscripto con Félix Guattari) era un alegato del individualismo amoral (y de la búsqueda de satisfacción), y consecuentemente una condición habilitan del fascismo. Deleuze escribió una respuesta afilada, que imprimió y distribuyó gratuitamente en las librerías: «Pienso que su pensamiento no tiene valor […]. Construyeron un espacio opresivo y asfixiante en un lugar donde antes solía pasar un poco de aire. Es la negación de toda política, de toda experimentación». Deleuze sentía que la vida intelectual francesa había entrado en una nueva fase definida por el triunfo de la publicidad por sobre las ideas; del acceso a los medios de comunicación por sobre la razón. El filósofo Régis Debray llegó a una conclusión similar y observó que no era tanto una «nueva filosofía» como una «nueva logística (en el sentido de que no tiene ninguna esencia teórica específica y nunca había necesitado una)».

Sin embargo, sería ingenuo decir que Lévy y los Nuevos Filósofos fueron solo una creación de los medios. Su ascendencia no habría sido tan meteórica si no hubieran teorizado en un sentido que sonaba familiar y legítimo. En gran medida, su éxito derivaba de su capacidad para imitar el pensamiento y el estilo de los intelectuales más importantes de Francia. Hacían una constante referencia a Lacan y jugaban con las ideas derrideanas de deconstrucción, aunque es evidente que nunca leyeron sus textos con atención.

El personaje al que más deben es Michel Foucault. En sus textos de mediados de los setenta,  Lévy y Glucksmann pagaron frecuentes tributos a este filósofo y encontraron mucha utilidad en la idea de Foucault de que el poder es difuso y disciplinario. Esta fue la base de su renuncia del socialismo en todas sus formas: el poder nunca podía ser eliminado de la sociedad y pensar que era posible era una fantasía peligrosa. Cuando Glucksmann postuló que las raíces del gulag estaban en las prisiones y en los asilos del siglo dieciocho, o descartó el marxismo como una ideología revolucionaria atrapada en el siglo diecinueve, utilizó argumentos evidentemente foucaultianos. Lévy, por su parte, nunca dejó de citarlo como un personaje inspirador: el primer capítulo de su libro sobre la pandemia de COVID-19 lleva por título «Vuelve, Michel Foucault. ¡Te necesitamos!».

Por su parte, Foucault se convirtió en uno de los principales defensores de los Nuevos Filósofos y colaboró con la legitimación de su posición ante la mirada pública. El mismo mes que aparecieron en «Apostrophes», Foucault escribió un alegato apasionado del libro de Glucksmann, obra  de «genialidad» y «belleza». Participó de entrevistas con Lévy y Glucksmann donde discutieron colectivamente la importancia de ir más allá de la «revolución» como concepto deseable. Foucault había atravesado por una etapa maoísta radical a comienzos de los años 1970, pero después, como los Nuevos Filósofos, terminó mirando a la socialdemocracia de la izquierda unida con ojos amargados. Su análisis del poder como un mecanismo disciplinario lo llevó a concebir los programas sociales de bienestar dirigidos por el Estado como normativos y coercitivos.

En una entrevista de 1983, Foucault dijo, «Nuestros sistemas de seguridad social imponen un modo de vida particular a la que los individuos están sometidos, y cualquier persona o grupo que, por una razón u otra, no adopte o no esté dispuesto a adoptar ese modo de vida, es marginado por la misma operación de la institución». En cierto nivel, Foucault debe haber reconocido los rasgos poco originales y oportunistas del pensamiento de los Nuevos Filósofos, pero simpatizaba con su crítica del socialismo y de la revolución, y terminó apoyando sus ideas.

Después de su golpe mediático de «Apostrophes», Lévy empezó a tener una gran audiencia a la que  debía satisfacer y en 1979 escribió una breve secuela de Barbarie… titulada Le testamente de Dieu. Aunque la Unión de la Izquierda había fracasado en conquistar una mayoría en las elecciones legislativas de 1978, BHL prolongó su ataque contra el socialismo. No había bastado decir que el marxismo era lo mismo que el fascismo. Ahora también afirmaba que el partido nazi había sido construido por «bolcheviques sentidos» y «admiradores de la Unión Soviética». Su asalto en este caso también estaba dirigido contra las instituciones de la izquierda: los sindicatos eran instrumentos de control; la autogestión obrera no era más que «un sistema generalizado de vigilancia [y de] control»; y el eurocomunismo (la estrategia electoral de los partidos comunistas que apuntaba a participar en el gobierno) era un monstruoso híbrido entre el fascismo y el estalinismo.

Si quedaba algo de simpatía residual maoísta por las «masas» en Lévy, ahora se había desvanecido por completo: «Masa es el nombre que el panadero otorga a la materia informe con la que trabaja. Es el nombre que el metalúrgico otorga al líquido en ebullición que está a punto de colocar en el molde. Es el término que en física designa eso que en los cuerpos carece de toda cualidad y no es más que simple densidad». El individuo, en cambio, era el representante más confiable del orden político, o, más específicamente, el individuo hacendado.

Para Lévy, «Nunca hubo una rebelión antitotalitaria que no fuera el acto de los «propietarios», luchadores de la intimidad, bandoleros de la soledad, guerrilleros heroicos de las fortalezas de la voluntad personal». Aquí los protagonistas más bien sosos del liberalismo —el individuo que tiende a sus propios intereses materiales— es romantizado hasta el punto de la caricatura, y se convierte en una especie de forajido que salva el mundo del totalitarismo.

En cuanto a la política mundial, Lévy argumentaba que no podíamos depender de las naciones cuando se trataba de mantener un orden internacional pacífico. Por lo tanto, el poder debería quedar en manos de instituciones no gubernamentales, como Amnistía Internacional, «precisamente porque es apolítica y completamente indiferente frente a la transformación del hombre, o del mundo, está satisfecha con salvar los cuerpos, todos los cuerpos, y nada más que los cuerpos». Junto con otros intelectuales franceses destacados, Lévy fundó Action contre la faim (Acción contra el hambre) en 1979, un grupo humanitario que hoy existe en distintos países. Como argumentó Samuel Moyn en The Last Utopia, el discurso de los derechos humanos surgió como una fuerza autónoma en los años 1970 debido a los fracasos de los movimientos sociales utópicos de los años 1960. Si la política era inherentemente corrupta, como pensaba Lévy, entonces era necesario encontrar nuevos marcos que despolitizaran el orden social. Los derechos humanos lo lograron validando los derechos de los individuos contra los Estados. De esa manera, contribuyeron en cierto sentido a la deslegitimación de los movimientos sociales.

Aunque la mayoría de los analistas de izquierda estaban enojados con Lévy y con los Nuevos Filósofos, tenían dificultades para definirlos políticamente. François Aubral y Xavier Delcourt, periodistas que escribieron el primer libro de los Nuevos Filósofos, los veían como un nuevo movimiento conservador con cualidades «fascistas». La teórica literaria Gayatri Chakravorty Spivak pensaba que esto era un error, y argumentó que era mejor definirlos como «izquierdistas libertarios» en función de su desconfianza frente al Estado y a todas las formas de autoridad política. En líneas similares, el teórico político Jacques Rancière y el filósofo inglés Peter Dews llegaron a la conclusión de que los Nuevos Filósofos eran la culminación lógica del activismo maoísta que había surgido en 1968. Había apenas un paso, pensaban, de pensar que todas las instituciones son instrumentos de dominación a pensar que la liberación y la revolución son irresponsables y peligrosos.

Todas estas posiciones eran correctas en la medida de que registraban un giro violento en la vida intelectual, bien definida en este caso por Dews: «Diez años después de los acontecimientos que muchos percibieron como la anticipación de una nueva época de intensificación del conflicto de clase, la intelligentsia francesa está compuesta predominantemente de antimarxistas (Lévy y asociados), no marxistas (Foucault, Deleuze) y exmarxistas». En este sentido, Francia estaba a la cabeza del movimiento y vivió el deshielo de la Guerra Fría diez años antes de la caída del Muro de Berlín, e irónicamente justo cuando un presidente socialista asumía al gobierno.

Lo que estos comentadores no lograban ver sin la ventaja del hecho consumado, era la cualidad prefigurativa del pensamiento de Lévy, la forma en que anticipó la triangulación y las estrategias retóricas de los centristas de la post Guerra Fría: Bill Clinton, Tony Blair, y, más recientemente, Emmanuel Macron. Lévy había descubierto la fórmula infalible: el descrédito de la izquierda de sus instituciones, y la ruptura de su poder colectivo; la defensa del capitalismo y de los intereses de la propiedad; y el apoyo de las intervenciones militares extranjeras en nombre de la política humanitaria.

«Alimentarse de cuerpos»

El primer intento de periodismo político de Lévy fue en Bangladesh, pero fue con su cobertura de la guerra de Bosnia la que fundó su nueva posición de filósofo de las intervenciones militares. Lévy fue un defensor infatigable de los bosnios en su lucha contra la agresión serbia y viajó a Sarajevo en varias ocasiones, organizó conferencias, dirigió un documental y hasta hizo un llamado —que Miterrand ignoró— a intervenir con las armas contra los serbios. Cuando la OTAN lanzó una serie de operaciones en la región, Lévy vitoreó esa política y atacó a todos los que cuestionaron su compromiso.

En 2011, Lévy hizo un truco increíble: viajó por su propia cuenta a Libia, donde la Primavera Árabe había desatado una guerra civil; se reunió con miembros del Consejo Nacional Rebelde de Libia; organizó una reunión entre la organización y el presidente francés, Nicolas Sarkozy; y, a la cabeza de esa reunión, anunció, sin el visto bueno del presidente, que Francia intervendría a favor de los rebeldes. Sarkozy cedió a la presión y una semana después una coalición dirigida por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia abrió fuego en Libia y golpeó el país con ataques aéreos. Son pocos los intelectuales que tienen la distinción de haber colaborado con la orquestación de una guerra.

Tendemos a olvidar que Lévy llegó a la fama como un crítico del «poder» y de la tiranía. La máxima escrita orgullosamente en su sitio web sugiere que vive de acuerdo con una ética diferente: «El arte de la filosofía es valioso solo si es un arte de la guerra». Lévy siempre fue un amigo fiel de Israel y justificó sus operaciones militares contra el pueblo palestino. Después de aceptar un título honorario de la Universidad Hebrea de Jerusalén en 2008, prodigó enormes elogios hacia la Fuerza de Defensa Israelí, ensalzando el código de la «Pureza de las armas». También definió el movimiento BDS como un movimiento «fascista» y postuló que sus orígenes remontan hasta el nazismo; y, en Francia, no tardó en definir a los críticos del sionismo como «antisemitas». Lévy también es un gran admirador de la política extranjera estadounidense y alardea con que «nunca se comprometió con ese pecado contra la razón que es el antiamericanismo. Nunca […] pensé que los Estados Unidos eran una fuerza del mal que trabaja en la construcción de un imperio del tipo que construyeron todos los verdaderos poderes coloniales antes y después de él».

Lévy defiende estas guerras en nombre de un vago humanitarismo y a favor de unas «víctimas» pobremente definidas. Hay que recordar que este fue uno de los componentes claves de la Nueva Filosofía, la idea de que representaba a las víctimas del gulag y el totalitarismo soviético. Pero muchas veces Lévy escribe con crueldad sobre los grupos marginados. Justo después de su juicio sobre el imperio americano que citamos antes, agrega: «Por supuesto, está el crimen fundarte del exterminio de los indios americanos, pero eso fue remedado con seriedad y debidamente lamentado. En el proceso, la famosa «corrección política» que, en otros contextos, causó tanto daño encontró una de sus más nobles aplicaciones. De manera similar, está la sangrienta y duradera sombra proyectada por la práctica de la esclavitud. Pero después vinieron la Proclamación de Emancipación de Lincoln, Rosa Parks, MLK y Barack Obama».

Es difícil imaginar una descripción más despectiva y arrogante de las historias de estos grupos. En su texto de 1977, Deleuze respondió a este acto de cinismo: «Lo que me parece desagradable es simple: los nuevos filósofos inventaron un nuevo martirologio […]. Se alimentan de cuerpos».

Lévy sigue siendo un analista influyente de la política francesa y europea. Es uno de los defensores más firmes del pueblo ucraniano contra la Rusia de Putin. Utilizó su influencia para recaudar dinero y armas para la resistencia ucraniana, y hace poco definió a Zelensky como un nuevo Churchill. En el frente nacional, su antisocialismo no amaina. Después de las buenas elecciones que hizo la coalición de izquierda Nouvelle union populaire écologique et socialiste (NUPES) en la primera ronda de las legislativas de junio, Lévy identificó bien a su enemigo y tituló su columna en Le Point: «Es necesario bloquear a Mélenchon». La justificación de esta posición nos sonará dolorosamente familiar: la izquierda es tan peligrosa como la extrema derecha, y la agenda legislativa de Mélenchon —que llama a incrementar el salario mínimo y a aplicar controles de precios sobre los productos esenciales— no traerá liberación, sino tiranía. En fin, no es más que un alegato del centrismo de Macron.

Este viene siendo el principal recurso de Lévy desde los años 1970, denunciar el «poder» y la «política» con una mano mientras defiende el orden político existente con la otra. Si Lévy fuera simplemente una criatura de la publicidad que hace autobombo de su propia persona, o, como lamentaba Deleuze, un saboteador en el mundo de la filosofía, tal vez sería posible ignorarlo. Pero su función es mucho más perniciosa: legitimar las intervenciones militares de Occidente y dotarlas de una cobertura ideológica, y, por lo tanto, profundizar la propensión del mundo hacia la guerra. Lévy es el verdadero rostro de la barbarie.

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