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Síntomas mórbidos

«El que no quiere hablar de capitalismo —escribió Max Horkheimer en 1939— debería callar en lo que al fascismo se refiere». La fórmula sigue vigente. Es preciso hablar de capitalismo y, sobre todo, de su crisis. Editorial de «¿No pasarán?», el número 6 de Revista Jacobin.

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«El que no quiere hablar de capitalismo —escribió célebremente Max Horkheimer en 1939— debería callar en lo que al fascismo se refiere». La fórmula también aplica en el caso de la extrema derecha contemporánea. Es preciso hablar de capitalismo y, sobre todo, de su crisis.

Parece cada vez más evidente que el capitalismo atraviesa una crisis general, y que no estamos más que a mitad de camino de un largo periodo de transición. El capitalismo ha mutado luego de todas sus grandes crisis: 1873, 1929, 1973. En cada oportunidad se produjeron transformaciones profundas que no afectaron solamente al terreno económico, sino a la articulación del conjunto del sistema capitalista, incluyendo cambios en el campo institucional, ideológico y geopolítico.

Suele identificarse cada crisis con el año del crack económico que le dio inicio, pero su desarrollo y resolución siempre comprometieron a todo un ciclo histórico. De 1873 hasta entrados los años 1890 transcurrió el periodo conocido como la (primera) Gran Depresión, que enterró al capitalismo de libre competencia consolidado luego de 1848. La crisis de 1929 tuvo su verdadero inicio en la Gran Guerra de 1914-1918 y se extendió hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Eric Hobsbawm denominó este período como «la era de las catástrofes»: las dos guerras mundiales, la mayor depresión económica de la historia del capitalismo, el ascenso del fascismo en Europa, el Holocausto. El capitalismo solo consiguió estabilizarse de nuevo una vez que se concretó toda esa destrucción y por medio de una nueva mutación. En la posguerra emergieron el «pacto fordista» y el Estado de Bienestar, que permitieron una expansión de tres décadas. En este caso, la estabilidad política y social generalizó la ilusión de haber dejado atrás los desequilibrios capitalistas y se multiplicaron las teorías que consideraban que la tendencia a la crisis había sido superada. Sin embargo, el «capitalismo keynesiano» enfrentó su propia crisis sistémica en la década de 1970. Nuevamente, su desarrollo y su resolución comprendieron un periodo de transición largo y convulso: la derrota del ascenso obrero de fines de los años 1960, la «restauración conservadora» de Thatcher y Reagan, las dictaduras latinoamericanas y, como consumación, la caída del «campo socialista» y la restauración capitalista en el Este europeo. Los años 1990 fueron el apogeo del capitalismo neoliberal, que se impuso globalmente con una fortaleza que tiene pocos paralelos en la historia moderna. Pero a partir de la crisis financiera de 2008 y con más fuerza luego de la parálisis de la producción que impuso el COVID-19, entramos en otro periodo de crisis general del capitalismo. Esta situación señala la reaparición de un nuevo ciclo de inestabilidad y desequilibrios a nivel global.

Circula a menudo la frase, acuñada originalmente por el trotskista británico Tony Cliff, que define nuestra etapa como «los años 1930 en cámara lenta». Pero la fórmula tiene muchas limitaciones. Las diferencias con el periodo de entreguerras son al menos tan significativas como las simetrías, empezando por la ausencia de una amenaza revolucionaria surgida de la clase obrera. Sin embargo, si evitamos caer en la tentación de analogías demasiado rápidas, podemos advertir que la sentencia encierra un momento de verdad. Al compás de una nueva crisis histórica del capitalismo estamos asistiendo al lento eclipse de un mundo. A un ritmo menos acelerado que el de los años 1930, estamos viendo cómo se erosiona un cierto equilibrio general, con sus instituciones, sus concepciones ideológicas, su régimen geopolítico. En el espacio que está dejando el declive de los partidos tradicionales, que gestionaron el capitalismo desde la posguerra, están emergiendo movimientos políticos «extremistas», al mismo tiempo que se reduce progresivamente la base de masas del «centro» neoliberal.

La irrupción volcánica de la nueva extrema derecha es inseparable de este paisaje de crisis y transición. El viejo balance se quebró, pero todavía no están dadas las condiciones para establecer un nuevo equilibrio. Estamos transitando entonces el célebre interregno al que refería Gramsci, donde «se observan los más variados síntomas mórbidos».’

El neoliberalismo y su crisis

Como explica David Harvey, el neoliberalismo fue un proyecto de recomposición del poder de las élites económicas que necesitaban volver a inclinar el equilibrio de fuerzas de clase a su favor para resolver el impasse con el que se había topado el capitalismo de posguerra. La emancipación de la competencia mercantil respecto de las restricciones que la habían sujetado en el periodo anterior sirvió para disciplinar a los trabajadores y al capital sobrante. La quiebra de empresas e industrias enteras y el salto en los niveles de desempleo erosionaron el poder de los sindicatos y permitieron recuperar la tasa de ganancia del capital más competitivo.

El neoliberalismo en auge pudo articularse con formas consensuales de dominación política, hasta el punto de apropiarse casi enteramente del significante flotante «democracia». Ante la caída del muro de Berlín y la desarticulación del «campo socialista», el capitalismo triunfante dio por cerrado el «siglo de los extremos» y se anotó en el campo de los vencedores de la disputa secular entre «democracia y totalitarismo». El matrimonio de la economía de mercado y la democracia liberal se presentó entonces como «fin de la historia». La máxima libertad en el terreno civil y el imperio de la democracia electoral eran el reverso del señoreo sin contrapesos del mercado en la vida económica.

Pero, como señala Adrián Piva, actualmente el capitalismo ya no puede garantizar la dominación política recurriendo solamente a la disciplina de mercado. El capitalismo se «repolitiza»: al mismo tiempo que retornan movimientos enérgicos de intervención estatal en la economía, el Estado se endurece en el plano político. En consecuencia, vemos que el cerrojo hegemónico que conectaba neoliberalismo y democracia empieza a desvanecerse. Ahora bien, el endurecimiento autoritario de los Estados, ¿es solo un síntoma más de la crisis o es también una clave de su resolución, un rasgo del paisaje que nos espera al final del trayecto? El fascismo histórico, al igual que el New Deal estadounidense, anticipó tendencias generales que iban a ser parte de la nueva fisonomía del capitalismo de posguerra: participación masiva del Estado en la economía, encuadramiento estatal de la clase trabajadora, fortalecimiento del capital monopolista. En la actualidad, ¿estamos avanzando hacia una fase del capitalismo donde los mecanismos políticos de disciplinamiento, de los que la extrema derecha es la expresión más evidente, estarán en el centro de la próxima etapa?

Otro fenómeno se añade a esta tendencia. Cuarenta años de ofensiva neoliberal han generalizado un entorno de inestabilidad laboral y anomia social que despierta el deseo de orden y protección en capas significativas de la población. Es decir, la exigencia de orden empieza a ser un reclamo que viene «de abajo». ¿Puede desarrollarse una sintonía temible entre un deseo conservador de protección de sectores de las clases populares y las necesidades autoritarias del capitalismo para estabilizar un nuevo modo de dominación política?

Es visible un cambio demográfico del voto en antiguos bastiones obreros, sobre todo en Europa y EE. UU., como el apoyo a Trump en el cinturón del óxido norteamericano o la penetración de Le Pen en el norte obrero desindustrializado de Francia. La «preferencia nacional» es la consigna dominante de la extrema derecha en los países desarrollados. Este nacionalismo está marcado por una ambigüedad discursiva calculada en cuanto al objeto frente al que se prioriza el propio país: ¿las élites globalistas, las multinacionales, los inmigrantes? La extrema derecha, sobre todas las cosas, trata de capitalizar la exigencia por parte de los ciudadanos originarios de sus respectivos países de los beneficios del Estado del Bienestar residual y el empleo escaso en detrimento de los inmigrantes. Habermas bautizó esta política como «chauvinismo de Bienestar».

Es visible que, hasta cierto punto, la extrema derecha se convirtió en una expresión distorsionada de la indignación de una parte de los sectores populares sometidos a décadas de ofensiva neoliberal. No es exagerado afirmar que, en algunos países y en algunos sectores, el voto a la extrema derecha adquiere la connotación de un gesto de autoafirmación de clase por parte de los trabajadores. Y, es necesario detenerse en este aspecto, el carácter crecientemente plebeyo de la extrema derecha presenta una simetría inquietante con el periodo de entreguerras.

¿Neofascismo?

Ortega y Gasset escribía en los años veinte: «El fascismo tiene un cariz enigmático, porque aparecen en él los contenidos más opuestos. Afirma el autoritarismo y or­ganiza la rebelión. Combate la democracia contemporánea y, por otra parte, no cree en la restauración de nada pretérito. Parece proponerse la forja de un Estado fuerte y emplea los medios más disolventes, como si fuera una facción destructora o una sociedad secreta. Por cualquier parte que tomemos el fascismo hallamos que es una cosa y a la vez la contraria, es A y no A».

Posiblemente estos rasgos paradójicos se reduzcan fundamentalmente a uno: la capacidad de investir con el ropaje de la rebelión una política reaccionaria y hacerla confluir en el mismo acto con un movimiento de masas. Este ropaje le permite capitalizar frustraciones sociales de distinto tipo y adoptar un perfil «liberador». El fascismo —afirmó Hannah Arendt—  es «la alianza temporal de la turba y la élite». Esta peculiar «contrarrevolución desde abajo» que diferencia al fascismo de otros movimientos autoritarios, será percibida por los más lúcidos analistas marxistas contemporáneos al fascismo histórico. Togliatti lo definió como un «régimen reaccionario de masas», al observar la gran movilización de masas que acompaña su ascenso y que asume la forma de una «rebelión plebeya» contra las «élites». Trotski escribió que «en la época de la decadencia de la sociedad burguesa, la burguesía necesita […] una forma “plebeya” de resolver sus problemas». De hecho, el fascismo se consideraba a sí mismo como una «revolución contra la revolución»: una «movilización total de la sociedad», sobre todo de la pequeña burguesía empobrecida por la crisis económica, para evitar la movilización revolucionaria de la clase obrera.

La extrema derecha contemporánea también exhibe rasgos de masas, «populistas».  Ahora bien, su penetración en las capas populares es inseparable de la ruptura de una tradición y de una memoria del movimiento obrero, el verdadero «cordón sanitario» antifascista. A este respecto, se ha tornado habitual recordar la frase de Walter Benjamin: «cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fallida». En los años 1930, el fascismo fue, como dijo Angelo Tasca, una «contrarrevolución póstuma y preventiva», que se abrió paso en una situación intermedia en la que habían sido derrotadas las tentativas revolucionarias, pero en la que el movimiento obrero todavía no había quedado fuera de combate. El fascismo no derrotó la revolución directamente, sino que llegó a completar el trabajo cuando las amenazas revolucionarias ya habían fracasado. De nuevo, la pertinencia del paralelo es parcial, pero permite observar una dinámica. En la larga duración, es imposible abstraer el ascenso de la extrema derecha del eclipse de las tradiciones socialistas del movimiento obrero y del giro neoliberal de buena parte de las izquierdas durante los años 1980 y 1990.

En América Latina, por su parte, se desarrolla una peculiaridad que es preciso señalar: la extrema derecha está vinculada a esa excepcionalidad global que fue el «ciclo progresista». Es decir, no emerge como respuesta directa a la crisis del neoliberalismo sino al retroceso de un periodo político que fue precisamente la respuesta a la crisis del neoliberalismo. Por esta razón la extrema derecha regional se asocia tan rápidamente con el ultraliberalismo económico, tiene un perfil más anticomunista y empalma con una base de clase tradicional en los sectores medios. Los gobiernos progresistas generaron una reacción que no esperaban ni estaban dispuestos a enfrentar seriamente. Pusieron en alerta a las clases dominantes sin tomar las medidas radicales que hubiesen permitido sacarlas de combate. Y en su ruptura parcial con el neoliberalismo terminaron por desmoralizar y desorientar a su propia base. No hay Bolsonaro sin las decepciones del PT.

Construir el «partido del nuevo mundo»

Una izquierda que claudica cíclicamente ante las políticas neoliberales no puede más que deshacer progresivamente la alianza histórica entre el movimiento obrero y la tradición socialista. Sin embargo, esta situación tiene un reverso notable. Todo indica que cuando emerge una nueva izquierda radical, sin compromisos neoliberales, los sectores populares responden rápido y favorablemente: Bernie Sanders y Jeremy Corbyn en la socialdemocracia anglosajona, Podemos, Syriza y La France Insoumise en la Europa continental, el bolivarianismo en América Latina. Por el momento, el hilo no se cortó del todo: la extrema derecha se apoya sobre todo en la radicalización de la base social tradicional de la derecha, que siempre incluyó a un sector de la clase trabajadora, aprovechando más que capitalizando la desmoralización de los sectores populares, que pasan a la abstención electoral en el marco de un proceso de desafección política.

De esto se sigue una conclusión estratégica. Si queremos combatir a la extrema derecha no podemos subordinarnos —retomando una expresión acuñada por Keynes en el período de entreguerras— al «partido del viejo mundo»: los Macron, los Clinton, los Alckmin. Ellos son los representantes del statu quo frente al cual se alza la revuelta reaccionaria. No se trata de sellar una alianza entre la izquierda y el centro liberal que emule el Frente Popular de los años 1930. Si la izquierda se muestra como la «extrema izquierda» del statu quo, el descontento popular seguirá encaminándose hacia soluciones autoritarias. Porque como dice Rodrigo Nunes en su análisis del bolsonarismo, la extrema derecha tiene el mérito de reconocer «que las cosas están muy mal». Más allá de apoyos transitorios en torno a objetivos prácticos, como cerrarle el paso a Trump, Le Pen o Bolsonaro en las elecciones, un acuerdo duradero equivale a fortalecer la causa para intentar evitar el efecto.

La insatisfacción social con el neoliberalismo es todavía inestable y no termina de definirse en términos políticos. Como afirmaron los operaistas italianos, si hay crisis capitalista es porque hay luchas. La crisis es síntoma de un potencial político todavía disponible. A diferencia de lo que sucedía en los años 1930, la extrema derecha por el momento no logra estabilizarse cuando llega al gobierno ni consigue dar una salida de conjunto a la crisis. Esto significa que hay un campo abierto para disputar el malestar de época y canalizarlo políticamente en un sentido emancipatorio.

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