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Tarsila do Amaral, Operario.

El populismo de derecha ya tiene un nombre: fascismo

En su nuevo libro Siete ensayos sobre el populismo, Paula Biglieri y Luciana Cadahia sostienen que solo existe un populismo: el de izquierdas. Deberíamos comenzar a llamar al «otro populismo» por su nombre: fascismo.

El texto Siete ensayos sobre el populismo de Paula Biglieri y Luciana Cadahia constituye una invalorable contribución a la filosofía política y a la práctica militante progresista en al menos tres niveles. Primero, en la urgente y necesaria reflexión sobre el fascismo y en su obligatoria confrontación en la agenda política global; también en la redefinición del populismo como forma de quehacer política que ha ocupado un lugar central en América Latina y, finalmente, en la exposición de algunos de los desafíos estructurales que enfrenta el progresismo continental en la elaboración de agendas políticas y prácticas de gobierno. 

Los siete ensayos —clara evocación al clásico texto de José Carlos Mariátegui— proponen una serie de reflexiones que rompen la consuetudinaria asociación que algunos sectores han hecho entre populismo e irracionalidad. Biglieri y Cadahia no solo desmontan esa vieja asociación sino que colocan al populismo en el centro de la política. 

El trabajo también controvierte la división entre populismos de izquierda y de derecha y argumenta de manera persuasiva que, por el contrario, todo populismo es de izquierda y que lo que se conoce como populismo de derecha es simplemente fascismo. De especial utilidad resulta la asociación entre fascismo y neoliberalismo, ya que permite explorar las nuevas formas de subjetividad que se crean en la era del dominio del mercado y las posibles articulaciones que estas tienen con el fascismo. 

El libro también explora las ricas y complejas conexiones entre populismo, republicanismo y feminismo, lo que le convierte en una herramienta indispensable en los debates de la agenda política progresista latinoamericana, urgida de construir un marco ético-político que dispute las nuevas subjetividades y al fascismo neoliberal.

Resulta pertinente que Biglieri y Cadahia articulen neoliberalismo y fascismo. A pesar de que en América Latina hemos tenido una larga historia de violencia política antes y después del dominio neoliberal, en nuestro continente el fascismo como concepto ha sido utilizado con cierto pudor, porque de una u otra forma nos parece que sigue siendo una experiencia excepcional de un momento del capitalismo central que se expresó en su plenitud en la denominada segunda guerra mundial.

Es importante que el libro haya aparecido cuando revienta de nuevo en el centro de Europa lo que especialistas llaman la «guerra de nuevo tipo», que no es más que la guerra neoliberal en la que se funde la violencia estructural, la lógica corporativa trasnacional y la guerra privatizada. La incorporación oficial del Batallón Azov en el Ejército ucraniano y su reconocimiento y apoyo por parte de la OTAN decanta el largo proceso de incubación en el capitalismo tardío de lo que Ingmar Berman llamaba «el huevo de la serpiente»: el surgimiento y la consolidación del fascismo europeo en el periodo de entreguerras.

Las conexiones entre neoliberalismo y fascismo a través de la guerra privatizada han tenido una importante trayectoria a ambos lados del Atlántico si tomamos en cuenta que los primeros conflictos manejados desde la lógica del capitalismo corporativo se dieron en la antigua Yugoeslavia luego de la disolución soviética y se fueron expandiendo en la invasión imperial a Irak, Libia y Siria, así como en la guerra de Colombia. 

A partir de autores como Jorge Alemán, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Biglieri y Cadahia ofrecen una serie de herramientas que permiten definir al populismo como expresión progresista del campo popular y como condición de la política, su diferencia con el llamado populismo de derechas —o fascismo en sentido estricto— y muestran las importantes conexiones entre subjetividad, populismo y fascismo en el contexto del dominio del mercado. Las diferencias estructurales entre el populismo y el populismo de derechas o fascismo pasan por el reconocimiento de que ambos acentúan lo popular como campo de demandas heterogéneas, pero «Mientras el populismo que hemos dado en llamar emancipador organiza las diferencias mediante la articulación —esto es, no suprime la heterogeneidad constitutiva de las diferencias—, el populismo concebido de derecha, en cambio, las organiza mediante la homogeneidad». 

Para las autoras hay una conexión entre el populismo y la hegemonía que, desde Gramsci y Laclau, sabemos que se organiza como un campo de heterogeneidades e inestabilidades que se reconocen y subsanan de manera provisional a través de la coincidencia entre el líder y el pueblo o a través del reconocimiento de la equivalencia de las demandas particulares formuladas en el campo heterogéneo de lo popular. En contraste, la interpelación política que se hace al pueblo en el fascismo privilegia los intentos totalizadores, buscando crear la imagen del pueblo-uno, libre de antagonismos y fisuras. Sabemos también, desde Carl Schmitt, que esta imagen del pueblo se conforma eliminando los antagonismos y sustituyéndolos con los enemigos, lo que permite que la unificación se dé en torno a valores metafísicos como la patria, la raza, la religión o la nación. 

Biglieri y Cadahia homologan las pretensiones totalitarias del fascismo a los elementos totalizadores constitutivos de la lógica del mercado y conectan las subjetividades del neoliberalismo y del fascismo. Basadas en los trabajos de Jorge Alemán y Wendy Brown, las autoras muestran cómo el neoliberalismo se fundamenta en una lógica que busca eliminar su propia condición sociohistórica al tiempo que pretende convertirse en una ontología con el objeto de eliminar el reconocimiento de proyectos alternativos. 

Recordemos que el neoliberalismo alcanzó su expresión ideológica junto a una retórica posmoderna que declaraba el fin de la historia, de los metarrelatos o del humanismo, mientras imponía la lógica del consumo y construía al mercado como lugar de realización de una subjetividad narcisista. Esta subjetividad se fundamenta en una lógica del individuo como emprendedor que hace del sujeto el objeto del éxito o del fracaso, inmerso en una lógica sacrificial que, en términos de Brown, lo somete al crecimiento económico y lo capacita para sacrificarse por la salud de la economía y la moral del estado. En términos de Alemán, la subjetividad neoliberal buscaría la sustitución de la esfera de la política por la construcción de la subjetividad económica.  

Junto a la diferencia radical que establecen entre populismo y fascismo y la contextualización de esa diferencia en la sociedad neoliberal, Biglieri y Cadahia abren un abanico de reflexiones sobre los desafíos y las posibilidades políticas del campo progresista en un contexto radicalmente novedoso respecto a las formas modernistas precedentes: el neoliberalismo ha construido legados culturales imposibles de dejar de lado en las agendas progresistas. 

En esta línea, las autoras llaman a reconocer el carácter contingente y provisional de la política, lo que constituye un reconocimiento al llamado análogo que habían hecho ya Laclau y Mouffe de abandonar la metafísica que se esconde en la pretensión de la conquista del paraíso; una vez se abandona la metafísica, las autoras evitan caer en cualquier forma de pesimismo que podría derivarse de ese abandono e invitan a explorar y retomar los complejos y ricos encuentros que el populismo ha tenido con las tradiciones inscritas en lo que en términos de Laclau y Mouffe podemos catalogar como la democracia radical: el republicanismo popular, el internacionalismo y el feminismo. 

Las conexiones del populismo y las tradiciones democrático-radicales las establecen teniendo en mente la urgencia de repensar la militancia en un contexto de clara disputa con un fascismo en ascenso a nivel global, al tiempo que les sirven también para elaborar una mirada crítica sobre una serie de sectores que desde el campo del progresismo han abandonado la disputa por el control del estado y de las instituciones  que describen solo como instrumentos de dominación, mientras promueven una mirada mistificada y esencialista de los  movimientos sociales y sus particularidades. La agenda de estos sectores se ha caracterizado por desarrollar una oposición radical a los gobiernos progresistas desde campos como el indigenismo, el feminismo o el ambientalismo. 

Para Biglieri y Cadahia, entre las contribuciones del republicanismo popular sobresalen las confluencias de las luchas por lo institucional y lo cotidiano, lo local y lo universal, así como del conflicto y el consenso en la naturaleza de lo político. Mientras que el internacionalismo populista visibiliza las diferencias entre los nacionalismos fascistas (que apelan a la construcción de la nación como una comunidad que cierra las puertas especialmente a las migraciones provenientes del sur global), los nacionalismos antimperialistas sientan la pauta para nuevas formas de solidaridad entre los países del Sur Global.

Finalmente, las autoras visibilizan algunos desafíos, complejidades y potencialidades en la relación entre populismo y feminismo a partir de la premisa de que «las populistas somos feministas». Al tiempo que formulan una crítica a las miradas esencialistas de los feminismos que se oponen de manera radical al Estado —al que identifican con la abstracción y el patriarcado, mientras reivindican la organización feminista y el cuerpo, a los que definen como categorías inmanentes que representarían la emancipación—, las autoras también interpelan al republicanismo para que incorpore reivindicaciones del feminismo tales como la lógica de los cuidados, que estuvo secuestrada durante mucho tiempo en la instancia privada.

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Publicado en América Latina, Conservadurismo, Europa, homeIzq and Ideas

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