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El líder de la coalición France Insoumise y de la izquierda, Jean-Luc Melenchon, posa con miembros de los partidos socialista, verde y comunista en Poitiers, Francia, el 2 de junio de 2022. (YOHAN BONNET / AFP vía Getty Images)

La coalición amplia y radical de Mélenchon

Traducción: Valentín Huarte

La mayoría de los movimientos populistas de la última década no logró crear alternativas duraderas a la socialdemocracia neoliberal. Pero la France Insoumise de Jean-Luc Mélenchon se saltó la tendencia.

Con las elecciones parlamentarias francesas a menos de dos semanas, Jean-Luc Mélenchon parece estar en una posición más fuerte que nunca. Mientras que otros aspirantes populistas de izquierda en Occidente han tenido dificultades para crear una organización duradera, o incluso para repetir sus resultados electorales iniciales, su movimiento France Insoumise se ha establecido como una fuerza clave en la política nacional. En las elecciones presidenciales de abril obtuvo un 22% de apoyo, y de cara a las elecciones a la Asamblea Nacional del 12 y 19 de junio encabeza una coalición amplia de izquierda —la Nouvelle Union Populaire Écologique et Sociale (NUPES)— que reúne hasta un 30% de apoyo.

Si esta evolución era imprevisible hace unos meses, tampoco se trata de la irrupción repentina de una fuerza desconocida. La base ideológica y organizativa en torno a Mélenchon se ha ido construyendo a lo largo de quince años, incluso mediante una fuerte oposición al social-liberalismo establecido. Uno de sus actos fundacionales fue la batalla por el «no» en el referéndum de 2005 sobre el Tratado Constitucional Europeo. Después de que la opinión pública francesa rechazara la Constitución —mostrando la oposición popular a un proyecto respaldado tanto por la centroizquierda como por la centroderecha, pero que luego se aplicó en su mayor parte de todos modos—, las fuerzas se reunieron en torno a Mélenchon, entonces en el ala izquierda del Partido Socialista, para construir una alternativa política.

Desde la creación del Partido de Izquierda (Parti de Gauche) en 2009, pasando por la campaña del Frente de Izquierda en 2012 y la France Insoumise en 2017, estas fuerzas han trabajado con el objetivo de llegar finalmente a las alturas del aparato estatal. Sin embargo, en el camino, se han enfrentado a una dura tarea frente a una fuerza bien establecida y dispuesta a hacer cualquier cosa para mantener su hegemonía: la socialdemocracia neoliberalizada. Representada por el Partido Socialista y la presidencia de François Hollande de 2012 a 2017, siempre ha tratado de retener a los partidos de izquierda como aliados menores y subordinados, como ha hecho con más o menos éxito con los comunistas y los verdes. Especialmente dada su fuerza residual a nivel local, esto limitó las posibilidades de cualquier construcción alternativa de izquierda fuera de esta base social-liberal.

Sin embargo, a partir de las elecciones presidenciales de abril vemos el verdadero logro de Mélenchon. En otros lugares de Europa, los partidos de centroizquierda tradicionales han conseguido, a pesar de todo, rechazar a los aspirantes más radicales, especialmente en España, Portugal y Alemania. Aquí es France Insoumise la que ha creado su propio espacio electoral y ha conseguido construir una fuerza creíble para superar al social-liberalismo. En abril, los resultados de Mélenchon eclipsaron los de los Verdes de Yannick Jadot (4,6%) y los de los otrora poderosos socialistas (1,7% para la alcaldesa de París, Anne Hidalgo), afirmando así su pretensión de liderar la izquierda en las próximas elecciones parlamentarias. Ahora es aceptado por cada uno de estos partidos —que durante mucho tiempo le han sido hostiles— como su candidato a primer ministro.

Esto también hay que contextualizarlo en el fracaso de la propia socialdemocracia neoliberalizada. En esas elecciones, estos partidos fueron incapaces de establecer líneas divisorias políticas que pudieran resonar en la sociedad, incluso cuando muchos sondeos de opinión mostraban que los votantes franceses consideraban que la creciente desigualdad y el coste de la vida eran sus temas prioritarios. Este fue el enfoque sólido de la campaña de Mélenchon —incluso a través de un programa cuidadosamente presupuestado, respaldado por muchas figuras de la sociedad civil— en el que France Insoumise había estado trabajando desde 2016.

Sin embargo, si esto marca el surgimiento de una alternativa de izquierda radical creíble, la creación de NUPES —que atrae a los partidos socialista, verde y comunista al programa de Mélenchon— también ha encontrado una feroz oposición por parte de los líderes del campo social-liberal derrotado. Figuras como el fallido candidato socialista Hidalgo, el expresidente Hollande y la presidenta de la región de Occitanie, Carole Delga, han denunciado duramente lo que llaman una izquierda irresponsable dirigida por elementos «proislamistas» o «comunalistas» y «antiempresariales». Si algunos elementos del Partido Socialista intentan dar un giro más radical para salvar a este histórico partido obrero de su desaparición, los que lo llevaron a la destrucción intentan ahora sabotear ese giro.

Polarización

Estos cambios también se producen en el contexto de una división tripartita cada vez más fuerte del campo político francés, tanto en la contienda presidencial como en la posterior campaña para las elecciones legislativas. En esencia, la política francesa está dividida entre la izquierda bajo el liderazgo de Jean-Luc Mélenchon, el bloque liberal de centroderecha detrás del presidente Emmanuel Macron, y la extrema derecha, todavía hegemonizada por el Rassemblement National de Marine Le Pen.

Esta división tripartita se confirmó de alguna manera incluso en la segunda vuelta entre Macron y Le Pen: la baja participación a favor de Macron también reflejó el hecho de que una buena mitad de su electorado se movilizó principalmente contra Le Pen en lugar de como un respaldo a su propio programa. Teniendo en cuenta el nivel de abstención —el 26,3% del electorado; de hecho, la opción más popular—, solo alrededor del 20% de los votantes registrados apoyaron activamente al presidente en funciones.

Esto permite albergar la esperanza de una tercera ronda en la que el NUPES pueda disputar la victoria a sus oponentes. No obstante, también hay movimiento en la centroderecha, hoy conocida como Les Républicains, dada la debilidad de la derecha tradicional. Si con su primera candidatura presidencial en 2017, Macron, antiguo ministro de Economía en una administración dirigida por los socialistas, prometió reunir «tanto a la izquierda como a la derecha», en 2022, esta recomposición del centro proélite continúa aún más, reuniendo tanto a antiguos votantes socialdemócratas adheridos al proyecto neoliberal como a una parte importante de la vieja derecha.

Crisis como la guerra de Ucrania, la inflación y los continuos efectos de la pandemia del COVID-19 propician seguramente una mayor polarización del campo político, y cada uno de estos tres campos tiene sus propias divisiones internas. Pero los partidos que llegaron a la cima en cada uno de ellos en abril fueron respuestas claras y naturales para sus respectivos campos, habiendo construido ya las bases de su hegemonía mucho antes de la propia votación.

Modelo para Europa

Ante este caso relativamente raro de un partido de izquierda radical formado en la década de 2010 y que sigue creciendo en el presente, figuras de todo el continente miran a la Francia Insumisa como ejemplo. El cofundador de Podemos, Pablo Iglesias, tuiteó que el resultado de Jean-Luc Mélenchon era «un modelo para Europa». En medio de las grandes dificultades para estas fuerzas en toda la UE, France Insoumise no es solo uno de los principales actores de la recomposición política de la izquierda, sino su pivote central.

Algunas figuras han intentado, ciertamente, matizar la importancia de este éxito. Por ejemplo, durante las negociaciones para las elecciones parlamentarias, algunas figuras de los Verdes y de los comunistas insistieron en que el voto a la Union Populaire de Mélenchon había sido un «voto pragmático» estratégico con la esperanza de evitar otra segunda vuelta Macron-Le Pen más que uno que expresara un apoyo directo al candidato de la izquierda radical.

Sin embargo, los acontecimientos desde la contienda de abril también han mostrado los límites de tales afirmaciones. Mélenchon consiguió, después de todo, 7,6 millones de votos, y aunque esta base puede ser más o menos sólida en sus diferentes partes, NUPES ofrece la posibilidad de consolidarlos en una fuerza más organizada. La campaña de Mélenchon demostró que las ideas de una ruptura limpia con el neoliberalismo y el autoritarismo de Macron tienen una base de apoyo sobre la que se puede construir la campaña parlamentaria a medida que los otros partidos de izquierda se unan detrás de la esencia de su programa.

De todas maneras hay varios peligros al acecho, incluso para la izquierda. En primer lugar está el problema de la abstención, que lleva años creciendo, mostrando la resignación entre aquellas partes de la población que ya no se identifican con las instituciones democráticas. En este sentido, la campaña de Mélenchon para 2022 puede presumir de haber sido la que mejor ha sabido atraer a los antiguos abstencionistas. Aunque esto también se vio contrarrestado por un cambio opuesto: votantes de Mélenchon de 2017 que no acudieron a las urnas esta vez. Esto refleja la dificultad de solidificar una base de apoyo entre un electorado volátil que no está convencido de que la acción política vaya a funcionar realmente para ellos.

Otro punto débil que le queda a la izquierda radical es su presencia a nivel local. De hecho, mientras que en 2017 Mélenchon venció fácilmente al socialista Benoît Hamon en las elecciones presidenciales, en las posteriores elecciones parlamentarias, así como en las subsiguientes contiendas regionales y de alcaldías, el Partido Socialista ha mostrado su fuerza residual en profundidad, mientras que France Insoumise tuvo problemas para ganar alguna de esas elecciones de nivel intermedio. La diferencia, esta vez, es que la alianza NUPES, que también ha tenido una destacada presencia mediática a lo largo del último mes a caballo de la campaña de Mélenchon, ofrece la esperanza de crear una dinámica nacional sin precedentes, cambiando también el equilibrio de fuerzas dentro de la izquierda. En las 577 circunscripciones, France Insoumise tendrá 326 candidatos, los Verdes 100, el Partido Socialista 69 y el Partido Comunista 50.

Otro indicador preocupante para la izquierda es el continuo aumento de los votos de Le Pen, y la posibilidad de que la extrema derecha logre un avance al menos moderado en las elecciones parlamentarias. Especialmente preocupante es que el voto de la extrema derecha ha reforzado su dimensión «social», como demuestra el apoyo de más del 30% de Le Pen entre los obreros y los empleados de cuello blanco en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, unos resultados más altos que los conseguidos por la izquierda. La geografía del resultado muestra también que el voto de extrema derecha está muy bien implantado en las zonas víctimas de la desindustrialización, especialmente en el norte.

Este es un reto en el que se centra especialmente el diputado de France Insoumise François Ruffin. En una reciente entrevista advirtió al movimiento de que no se basara únicamente en los avances entre los jóvenes y los votantes de clase trabajadora de las grandes ciudades, insistiendo en que los avances en este ámbito deben combinarse con la atención a las ciudades más pequeñas abandonadas. De hecho, la composición social del electorado de France Insoumise es contradictoria: la hace vulnerable en elecciones con altos índices de abstención, incluidas las parlamentarias (con una participación prevista cercana al 50%), pero también la hace relativamente más difícil de comer para otras fuerzas.

El último reto de esta nueva izquierda será construir los cimientos para afrontar otros retos venideros, no solo en el terreno electoral sino también en el de la movilización social. La debilidad del apoyo popular real de Macron, combinada con su todavía anunciada ambición de tomar medidas impopulares para dar un vuelco al modelo social francés —en particular, elevando la edad de jubilación a los sesenta y cinco años— podría desencadenar nuevas turbulencias. Eso sin mencionar las consecuencias de crisis mucho más amplias, incluidas las que ya podemos predecir, como los efectos del cambio climático y el regreso de la restricción presupuestaria ordoliberal a nivel de la UE.

Todos estos acontecimientos pondrán seguramente a prueba la alianza NUPES, dada la heterogeneidad de los partidos implicados, así como de los diferentes electorados que movilizan. El reto para las fuerzas lideradas por Mélenchon es seguir siendo una brújula política estable que pueda orientar una alternativa más organizada tanto al centro derecha liberal como a los gustos de Le Pen. Sabemos que se avecinan nuevas crisis que demostrarán aún más la polarización de la vida política francesa y la incapacidad del neoliberalismo para ofrecer soluciones viables. El movimiento de Mélenchon ofrece una esperanza creíble, al menos, de que las cosas no tienen por qué ser así.

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