Press "Enter" to skip to content
Socialismo de Media Tierra. Un plan para salvar al futuro de la extinción, el cambio climático y las pandemias. (Foto de Wikimedia Commons)

Socialismo de Media Tierra: una utopía ambigua

En su reciente libro, Pendergrass y Vettese ejercitan una saludable imaginación de izquierdas dirigida al futuro, en una propuesta que no apunta a sustituir el marxismo prometeico por el utopismo socialista sino a luchar por una síntesis de ambos.

En los últimos años hemos asistido a cierta renovación de las discusiones de izquierdas sobre el futuro. Desde las protestas de Mark Fisher contra el realismo capitalista hasta las ficciones especulativas de Donna Haraway o Peter Frase, pasando por los debates sobre postcapitalismo y aceleracionismo, pero también en torno al decrecimiento y el colapso ecológico, vemos un retorno de la pregunta por el futuro en contextos tanto teóricos como activistas. Este «retorno del futuro» aparece dualizado, en un principio, por un cisma entre tecnoutópicos y decrecionistas. Los primeros levantan idearios prometeicos, aceleracionistas y ecomodernistas, vindicando la construcción de una modernidad de izquierdas que salga de las retromanía nostálgica y reclame un futuro tecnológicamente complejo para la clase trabajadora. Los segundos vindican una política del límite, que ponga coto al prometeísmo y desacelere el impacto ambiental de la actividad económica.

En América Latina este debate adquiere connotaciones peculiares y se da, por lo general, en términos de neodesarrollismo contra anti-extractivismo. El bando neodesarrollista carece por lo general de la imaginación tecnoutópica de sus contrapartes del Norte global, pero es tecnológicamente afirmativo y modernizador. Los anti-extractivistas, en cambio, enfatizan que los planes de desarrollo periféricos son depredadores de los bienes comunes, destructivos de las comunidades y tienden a reproducir una inserción subalterna de la región en el mercado mundial. Estos debates son interesantes porque conciernen al nervio de nuestra imaginación de alternativas: ¿Qué futuros realistas y viables deseamos? ¿Qué nos gustaría construir en reemplazo del capitalismo neoliberal en crisis?

Half-Earth Socialism de Drew Pendergrass y Troy Vettese pertenece a esa estela de escritos sobre la imaginación de izquierdas dirigida al futuro. Es a la vez un trabajo teórico con momentos político-programáticos y un ejercicio de ficción especulativa de explícito carácter utópico. Se trata de un libro provocador, inteligente y valioso, que aporta razones para la esperenza realista en nuestro temprano ocaso del siglo. La premisa del trabajo es que, para frenar el desastre climático, las pandemias zoonóticas y la sexta extinción de especies en curso, es indispensable construir una economía socialista planificada a nivel planetario. Pero con una condición: solo podemos disponer de la mitad de la Tierra. La otra mitad hay que reservarla para la reforestación y la vida de los animales no humanos. Obviamente, tamaña restricción planetaria exige límites al consumo social, incluyendo cupos energéticos y veganismo obligatorio. Estas restricciones, impopulares a primera vista, son los costos en especie de una economía socialista orientada a la sostenibilidad de la vida, liberada de la dinámica de crecimiento destructivo del capitalismo. Sin embargo, Half-Earth Socialism no propone un decrecionismo austero, ni mucho menos predica el colapso de la sociedad moderna o la complejidad tecnológica. Como intentaré mostrar en esta reseña, es propiamente un trabajo más ambiguo, que combina lo que llamaré momentos modernistas y momentos románticos en una figura compleja. Esta combinación tensa es, desde mi punto de vista, una virtud intelectual y política del libro, que habilita también una productiva lectura latinoamericana. Los propios autores, sin embargo no parecen estar del todo advertidos de estas tensiones productivas, que deben entonces desplegarse en un ejercicio de lectura crítica.

 

Una utopía científica

Half-Earth Socialism continúa explícitamente una tradición utópica que se remonta al socialismo romántico y bucólico de William Morris, pero también a Platón y Tomás Moro. A fines del siglo XIX, Morris escribió News From Nowhere (1890) enarbolando una visión romántica del socialismo, basada en el trabajo agrícola, la sencillez económica y la restauración ambiental en un contexto de igualdad social. Su visión utópica es una respuesta al ideario levantado por Edward Bellamy en Looking Backward (1888). El trabajo de Bellamy, que gozó de gran popularidad en su momento, imagina un Estados Unidos socialista para el año 2000, basado en el monopolio estatal de la economía, la reducción de la jornada de trabajo y la abundancia material plena. El socialismo aparece allí como resultado de la concentración de capitales, al final resuelta en un solo «gran Trust» mediante la nacionalización de las corporaciones a manos del Estado. Contra la imagen de un socialismo mecanizado, centralizado y tecnocrático, Morris levanta un ideario agrario donde el trabajo manual es inmediatamente placentero, hasta llegar a confundirse con el arte. En ese mundo las personas no poseen hiperabundancia material, pero no sufren grandes privaciones, tienen todo lo que necesitan y gozan de buena salud. En cierta forma, el viejo contrapunto entre Bellamy y Morris se refleja en la izquierda de hoy, en especial con respecto a cuestiones como la valoración de la automatización y la tecnología ahorradora de trabajo, el entusiasmo o no por las transformaciones tecnológicas creadas por la dinámica del capital y la valoración estética y política del prometeísmo.

Pendergrass y Vettese se basan explícitamente en el romanticismo de Morris. El capítulo final del libro es un ejercicio ficcional en el que un socialista de Massachusetts llamado William Guest (como el personaje autobigráfico del propio Morris) se despierta en 2047 para encontrar un socialismo donde la gente es ampliamente vegetariana y se mueve en bicicleta. Un parlamento mundial, con sede en La Paz, Bolivia discute cuestiones como los cupos energéticos para la población o la construcción de infraestructuras energéticas renovables. Mientras tanto, los lobos retornaron ampliamente al territorio norteamericano gracias a la reforestación, se están construyendo amplias redes de transporte eléctrico y se usan los campos para producir, además de alimentos, algunos biocombustibles, vistos como un mal necesario inevitable durante la transición energética.

El utopismo ha sido generalmente despreciado en la tradición marxista. Los utopistas, se dice, proyectan imágenes de un futuro deseable pero sin chequeos de realidad. Se imaginan cómo debería ser el mundo, pero no pueden dar cuenta de qué tendencias en curso en la sociedad presente pueden alumbrar las transformaciones deseadas. El utopismo se quedaría, entonces, en el vacío de la moral abstracta y las buenas intenciones. En este caso, sin embargo, los autores producen una utopía que puede dar cuenta de su viabilidad en términos científicos, o al menos eso pretende. En este punto (esta es la primera tensión productiva del libro), siguen a Otto Neurath, un extraño compañero de ruta para el romanticismo de Morris. Neurath, una de las figuras más importantes del círculo de Viena, era tanto un ferviente positivista como un socialista convencido: Llegó a participar del Soviet de Baviera en 1919. Siguiendo al positivista lógico, los autores defienden un socialismo planetario que abjura fundamentalmente del mercado, planificando la economía directamente en especie, sin señales de precios monetarias.

Con Neurath, los autores proponen construir una serie de utopías científicas que reúnan la imaginación de futuros radicalmente diferentes as nuestro modo de vida presente con el riguroso análisis de su viabilidad social, económica y ambiental. Esta imaginación utópica supone que una gran agencia de planificación económica, un Gosplant planetario, debería producir una serie de modelos de producción, distribución y consumo en los que estaría ausente la medición de la riqueza en términos de valor. Los ingenieros sociales del Gosplant presentarían a la sociedad una serie de planes en términos de administración social directa del valor de uso, que serían votados en un marco democrático-parlamentario de gran escala. Cada posibilidad tendría sus trade-offs, o costos materiales: algunos planes serían ambientalmente más riesgosos pero harían posible un mayor consumo energético, otros serían más sustentables pero implicarían mayores privaciones, etc. La población podría elegir políticamente, con un conocimiento limitado pero realista, sus prioridades para la producción y el consumo. La economía, entonces, se fundiría con la política en un marco transitorio de «politización de todo». La democracia socialista sería entonces una democracia in natura, una politización genralizada de la esfera del valor de uso, en la que las decisiones conscientes de la sociedad de conjunto remiten sobre todo a los problemas de la vida material, y no a las abstracciones del valor y el dinero.

De esa búsqueda a la vez utópica y realista científica surge la propuesta de la Media Tierra, tomada de un conservacionista ambiental de derechas, Edward Wilson. Según parece, existe una relación proporcional entre el número de especies que puede soportar un ecosistema y su superficie. Hoy, un 15% de la superficie terrestre se compone de reservas y territorios protegidos. Esto significa que, conforme crezcan la deforestación y la apropiación de tierras para la agricultura, la ganadería y otras actividades humanas, al menos la mitad de las especies del presente podrían ser aniquiladas durante la Sexta Extinción. Y eso solo por la reducción de superficie habitable para los animales, sin contar el calentamiento global y otros factores disruptivos en curso. Si, en cambio, la mitad del planeta se reserva para la naturaleza, es posible salvar a algo como el 84% de la biodiversidad. Dado que los árboles secuestran carbono de la atmósfera, tamaño proyecto de reforestación permitiría estabilizar el clima global. Se trataría, de hecho, de una forma suave de geoingeniería. Al abandonar la ganadería, el socialismo de Media Tierra prevendría también futuras pandemias zoonóticas, mejorando la salud de la población. La reforestación masiva no es solo una consigna ética para frenar la extinción de especies, es también un proyecto político-económico de estabilidad climática y salud interespecies.

Como es obvio, el socialismo de Media Tierra tendría sus costos sociales. La limitación de superficie disponible para los humanos haría casi inviable la ganadería (mucho más demandante en términos de energía y uso de la tierra que algunas prácticas agrícolas). El socialismo vendría, entonces, con veganismo masivo. Descartada la continuidad de las emisiones de CO2, se impondría un estricto control del consumo energético. Pendergrass y Vettese proponen una media de 2.000 kWh anuales per capita. Para que nos figuremos lo que esto significa, EEUU consume algo más de 12.000 kWh, Argentina unos 3.000 y China, unos 3.900. Como es evidente, el socialismo de Media Tierra no sería un mundo de gran abundancia material. En esto se contrapone a algunas propuestas tecnoutopistas de izquierdas, como Fully Automated Luxury Communism de Aaron Bastani (2019).

La escritora de ciencia ficción Ursula K. Le Guin es una de las referencias explícitas del libro. Su novela Los desposeídos lleva por subtítulo Una utopía ambigua. La utopía anarquista de Le Guin es ambigua porque presenta un mundo de igualdad y relativo bienestar, pero que enfrenta varias privaciones materiales, así como conflictos sociales, incluida una incipiente burocratización política e intelectual. Nos presenta una utopía en la que la historia, con su perenne estado de apertura, conflictividad e incertidumbre, no ha terminado.

Como ha señalado Jasper Berns, esta cuota de ambigüedad, esta presencia de conflictos, problemas pendientes de resolución y privaciones materiales parciales, hace a la utopía mucho más interesante y creíble. Le Guin no introduce conflictos y límites para desacreditar la imaginación utópica, sino para darle solvencia y realismo. Lejos de los sueños megalómanos de grandeza humana de otras formas de ciencia ficción, nos enseña que la única utopía deseable es la que renuncia a la idea del fin de los conflictos, la abundancia infinita y la satisfacción inmediata para todas las personas. Al igual que Le Guin, Pendergrass y Vettese combinan imaginación romántica con realismo científico para producir un honest recknoning de lo que significaría el ecosocialismo, donde los costos sociales y materiales de la utopía realizable puedan evaluarse democráticamente lejos del enmascaramiento pseudorracional de la economía de mercado.

 

 

Utopía para armar

Una recurrencia frustrante en la discusión ecológica es el aparente cierre de alternativas que suele imponerse al pensamiento cuando se consideran las barreras planetarias a la actividad humana. Algunas veces, el discurso ambientalista coincide peligrosamente con la forma de pensamiento del thatcherismo: there is no alternative. «Hacen lo que les digo, o se mueren todos». Esta forma de pensamiento que cierra el futuro debe ser rechazada desde las izquierdas. Nuestro modo de pensamiento debería centrarse en cambio en la apertura de las posibilidades. Comprender las varias dinámicas objetivas que enmarcan y constriñen nuestras vidas, desde la lógica del capital hasta el ciclo del carbono, tiene que ser la precondición para ampliar los horizontes de la agencia efectiva posible, no para encuadrarlos en una calle de dirección única. Desarrollar una imaginación realista de lo que podemos hacer con el planeta y nuestras propias vidas no significa imponer a las personas un programa prefabricado inapelable.

Half-Earth Socialism presenta una imagen sustantiva de la utopía posible. Pero es más un llamado a la proliferación de opciones, que una propuesta cerrada que debamos aceptar como única alternativa a la extinción. Más aún, el libro viene acompañado de un video juego homónimo, en el que podemos probar utopías alternativas a la de los autores. A lo mejor, antes que con energías renovables, queremos construir el socialismo sobre bases nucleares. A lo mejor vemos que no hay alternativa al manejo de la radiación solar, y proponemos un socialismo con geoingenierías más riesgosas, al modo de The Ministry for the Future de Kim Stanley Robinson (2020). A lo mejor aceptamos que es necesario convivir con un porcentaje de extinción de especies mayor para disponer de ganado, o de tierras para producir biocombustibles. O, en cambio, creemos que podemos vivir con cuotas energéticas más pequeñas, digamos de 1500 kWh, por algún tiempo. Podemos probar varias posibilidades, siempre y cuando entendamos que todas tienen costos materiales a balancear: si usamos mucha superficie para nuestra economía, vamos a perder biodiversidad inevitablemente, si optamos por emplear fuentes energéticas más «sucias» y disruptivas, puede que tengamos más abundancia inmediata en algunas formas de consumo, pero pagaremos por ello con un clima más peligroso y propenso a la catástrofe, etc. Podemos soñar muchas cosas, a condición, como decía Lenin, de que pasemos esos sueños por el riguroso rasero del realismo científico. Se puede probar el juego acá (en mi primer intento fracasé escandalosamente).

Half-Earth Socialism | NHBS Academic & Professional Books

 

Planificación económica planetaria

Pendergrass y Vettese desconfían de varias de las soluciones tecnológicas propuestas para la transición energética global, como la biongeniería con secuestro de carbono (BECCS por sus siglas en inglés) o la energía nuclear, que han ganado adeptos en el movimiento contra el cambio climático. Los autores cuestionan estos techno-fixes como «semi-utopías» truncas, que ignoran la complejidad social y ambiental, limitándose a imaginar arreglos discretos y parciales en lugar de planes sociomateriales integrales. Antes que una solución técnica puntual y escalable, Pendergrass y Vettese proponen una articulación sistemática de reforestación, veganismo y cupos energéticos, en un marco de economía planificada capaz de proveer bienestar material, pero no abundancia ilimitada, para la humanidad de conjunto.

La idea de que podemos disponer solo de Media Tierra parece acercarnos a un peligroso «ecologismo austero», que podría tener un parentesco secreto con las políticas neoliberales. Sin embargo, este utopismo científico no es una propuesta de austeridad verde, y mucho menos es localista o bucólico. Rechaza el prometeísmo (algo que en seguida voy a discutir), pero no reniega de la tecnología. La apuesta a una planificación democrática en especie (no en dinero) supone que se emplearían masivos sistemas informáticos para organizar la alocación de recursos, ordenar las prioridades económicas y definir tanto necesidades como capacidades productivas.

En este punto, los autores se alinean con apuestas de la izquierda tecnológicamente afirmativa, que generalmente vindica la planificación económica mediante sistemas computacionales, como podemos ver en las ideas de Benjamin Bratton (La terraformación, 2021), Martín Arboleda (Gobernar la utopía, 2021) o Leigh Phillipps y Michal Rozworski (The People’s Republic of Walmart, 2019). Planificar una economía de gran escala supone instrumentos matemáticos precisos y sistemas informáticos complejos. Los autores vindican algunas tentativas de planificación no realizadas en la ex-URRSS, como la propugnada por el matemático Leonid Kantorovich, que proponía un modelo de optimización basado en un algoritmo de programación lineal capaz de aplicarse en varios niveles, articulando escalas desde lo local hasta o nacional. La programación lineal podría suplementarse con formas de control cibernético, basadas en los descubrimientos de Norbert Wiener. Combinando control cibernético y programación lineal, sería posible organizar una economía planificada abierta, localmente variable y capaz de responder a shocks imprevisibles (que son bastante probables en un planeta sumido en una gran crisis ambiental) con flexibilidad y adaptabilidad.

El Gosplant planetario delinearía las directrices gruesas de varios planes económicos y los sometería a votación democrática en un órgano planetario. Los niveles inferiores interconectados tomarían las decisiones económicas restantes. Esto daría lugar a importantes cuotas de autonomía local, en el marco de una planificación democrática global. Para estructurar esta combinación de escalas y niveles de planificación los autores rescatan la experiencia de Synco organizada por Stafford Beer durante el gobierno socialista de Salvador Allende en Chile. Este proyecto de planificación permitió al gobierno enfrentar en parte el desabastecimiento durante las huelgas fomentadas por la CIA en 1972. Lo interesante de Synco es que permite la coordinación multiescalar entre niveles micro y macro de la planificación, evitando tanto la anarquía del mercado como la hiper-centralización burocrática.

Al apelar a la cibernética, la programación lineal y la planificación computarizada multinivel, Pendergrass y Vettese introducen un momento tecnoutópico en su imaginario romántico. «El punto, sin embargo, no es simplemente sustituir el marxismo prometeico por el utopismo socialista, sino luchar por una síntesis de los dos para crear un nuevo socialismo epistémicamente humilde». Si reconocer límites planetarios introduce un elemento de realismo en el pensamiento utópico, el manejo de esos límites aparece como susceptible de una planificación racional con aspectos tecnológicamente afirmativos. No se trata simplemente de salir de los males de la acumulación de capital desescalando la economía mediante la apuesta a lo local y lo comunitario, ni de reducir el impacto de la tecnología en nuestras vidas. En este punto, aparece una complicación de imaginarios temporales en el ideario de los autores: de una parte, un ideario romántico que busca inspiración en la comunidad precapitalista; de otra parte, un ideario modernista que no abjura del entusiasmo tecnológico (al menos informático), y que por lo tanto no busca su inspiración en el pasado, sino en el futuro. Desde mi punto de vista, esta complicación de tiempos e idearios es la segunda, y más interesante tensión productiva del texto. También es, me parece, la tensión que permite una conversación latinoamericana.

 

El modernismo romántico latinoamericano

En la vieja discusión entre Edward Bellamy y William Morris se enfrentan lo que llamaré, algo rápidamente, dos estéticas políticas. Se trata de dos regímenes de la sensibilidad que organizan nuestras ideas de lo que es posible y deseable para el futuro. Esa contraposición de imaginarios se estira hasta el presente, y se traduce en los debates interminables entre tecnoutópicos y decrecionistas de izquierdas. Como queda claro a esta altura de la presentación, me parece que la principal tarea de la izquierda en el siglo XXI es superar la dicotomía entre estas dos estéticas políticas, construyendo un imaginario de futuro modernista romántico, capaz de articular un imaginario de lo deseable que articule la tensión entre estas dos maneras de sentir y pensar.

La izquierda es modernista cuando asume el proceso disolvente, prometeico y desquiciante del cambio tecnológico capitalista, y busca reivindicarlo para sí. Como mostró Marshal Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire (1989), la experiencia de la modernidad demanda una estética modernista. El modernismo es el intento por situarnos subjetivamente, con mezcla de pavor y entusiasmo, en un mundo en continua transformación. La experiencia de la modernidad combina la disolución tecnológica de las formas tradicionales de vida, traída a colación por la acumulación, con la evanescencia de las jerarquías antiguas legitimadas por la tradición, disueltas por las formas jurídicas igualitarias abrazadas por la burguesía. El modernismo estético trata de navegar este proceso material y social de disolución de nuestras identidades heredadas, con sus peligros y ambigüedades, pero también con su promesa irrenunciable de autonomía personal y colectiva.

La izquierda es romántica, en términos de Michael Löwy y Robert Sayre (El romanticismo a cotnracorriente de la modernidad, 2008), cuando busca en el pasado los fermentos de sus proyectos de futuro. El romanticismo se enfrenta a la modernidad del capital con melancolía más que con entusiasmo. Esa convencido de que algo se ha perdido con la modernización capitalista, algo que merece un trabajo filosófico y político de restitución. El romanticismo, nos enseña Löwy, no es necesariamente conservador ni reaccionario. Puede ser revolucionario y transformador, asumiendo la forma de un rodeo por el pasado para alumbrar la figura del futuro. Cuando las izquierdas levantan la idea de un retorno a las formas de producción comunales precapitalistas, o vindican una economía del valor de uso contra las abstracciones alienadas de la forma valor, profesan un ideario romántico.

Desde mi punto de vista, existe en América Latina una tradición de pensamiento que habita productivamente la tensión entre modernismo y romanticismo, entre el entusiasmo prometeico que aspira a reapropiarse de los cambios técnicos y sociales del capital, y la protesta romántica que vindica los equilibrios ecológicos y comunitarios destruidos por la modernización. Esta tradición se remonta probablemente al marxismo de José Carlos Mariátegui, que puede ser considerado tanto un socialista romántico como un cosmopolita moderno. Actualmente, podemos encontrarla en los trabajos contemporáneos de Martín Arboleda y Andrea Torres Gaxiola, herederos a su vez de figuras como las de Enrique Dussel, Bolívar Echeverría y en parte Álvaro García Linera. Este amplio conjunto de marxistas latinoamericanos rehaza la dicotomía abstracta entre pulsiones futuristas, modernistas, y pulsiones románticas, melancólicas. Esta corriente de pensamiento «mordenista romántica» latinoamericana cabalga sobre las tensiones deseables de una modernidad híbrida, barroca e incluso cyborg. Puede vindicar para sí la modernidad tecnológica y social, sin descuidar un momento comunitario, orientado a la producción para el valor de uso, en sus idearios emancipatorios.

Estos marxistas latinoamericanos rescatan, en parte, una ambigüedad constitutiva en la tradición marxista, que es a la vez modernista y romántica, y que hace de esta tensión un fermento del pensamiento más que una inconsistencia a extirpar. Por decirlo con Andrea Torres Gaxiola: «La obra de Marx por momentos se presenta como una en la que la industrialización que surge del capital es un avance importante de la sociedad, y por momentos, al contrario, sobre todo en el Marx de los primeros años, parece añorar una forma de trabajo que recuerda al feudalismo» (La técnica del capital, 2021).

En resumen, frente a las tesis unilaterales, esta corriente latinoamericana (que aquí apenas he esbozado) levanta un arte del contratiempo y la articulación de ritmos heterogéneos. Integra la noción de límite ecológico con el deseo transgresor, mutante y hedonista que encontramos en las vidas queer, los horizontes tecnoutópicos y los anhelos de lo extraño levantados por corrientes de pensamiento crítico tecnológicamente afirmativas como el xenofemnismo. No se trata, entonces, de «confrontar, refutar y extirpar» el prometeísmo marxista, como pretenden Vettese y Pendergrass. Lo más interesante, en términos de los propios autores, es vindicar un prometeísmo encadenado, que cohabita tensa y contradictoriamente con un ideario romántico de cuidado de la naturaleza y los cuerpos.

 

Coda sobre el litio y el cobre

Arriba propuse un ideario de combinación de temporalidades frente a los momentos más unilaterales de Half-Earth Socialism. Para completar esta amigable crítica inmanente, voy a mencionar un problema adicional: el costo material de las tecnologías informáticas y las energías renovables. Se trate de transicionar a la energía eólica o de construir sistemas informáticos masivos, en ambos casos es preciso contemplar los perfiles geográficos de extracción de materiales necesarios. No olvidemos que Chile expresa el 40% de las exportaciones de cobre del mundo (Arboleda, Planetary Mine, 2020), y que Argentina, Bolivia y Chile tienen la mayor reserva de litio en tierra del planeta (un 68%, según el grupo Geopolítica del litio, Litio en Sudamérica, 2022). La extracción de litio, importante para la fabricación de baterías y por lo tanto indispensable para la construcción de infraestructuras energéticas renovables, acarrea problemas ambientales importantes, entre otras cosas, porque demanda un gran consumo de agua dulce en territorios desérticos.

No existen sistemas informáticos, ni energías renovables, desmaterializados. La extracción de litio y cobre es probablemente una condición material planetaria para un futuro social y tecnológicamente complejo en un contexto de descarbonización de la producción. Articular una transición justa a ese futuro requiere discusiones que no se resuelven con el abandono de la ganadería o la reforestación. Enfrentar estos problemas desde un ideario puramente romántico, que abjure de la tecnología y el prometeísmo, parece imposible en principio. A falta de proyectos de modernidad alternativa en la clave esbozada arriba, probablemente América Latina entrará en la transición energética en los mismos términos en los que ha participado del mercado mundial hasta ahora: como exportadora de materias primas en contextos imperialistas. Construir una forma de modernidad sostenible a nivel planetario, que articule un prometeísmo sensato con un romanticismo que no abjure de la disrupción tecnológica, parece indispensable para que la región participe del proceso como algo más que un territorio de desposesión colonial.

 

Astronautas en una nave alienígena

Half-Earth Socialism es interesante por la intersección de tradiciones discordantes en las que se inserta, entre el socialismo y el veganismo, entre el utopismo socialista y el positivismo científico, entre la tecno-utopía cibernética y el ecologismo romántico. En línea con la dialéctica negativa propugnada por Theodor W. Adorno, no busca un justo medio entre las polaridades, sino una penetración en los extremos. Combina sin síntesis momentos modernistas y románticos en la crítica del capitalismo.

La planificación planetaria se opone por el vértice al neoliberalismo. Después de todo, fue contra Otto Neurath que Mises y Hayek desplegaron sus argumentos originales a favor del mercado. Para la epistemología neoliberal, la sociedad es inherentemente opaca e inmanejable, por lo que debemos delegar su gestión en el mecanismo ciego del mercado. Pero, en cambio, la naturaleza sería objeto posible de dominio exhaustivo. Sería posible insertar sulfatos en la atmósfera, fertilizantes artificiales en los suelos, y crear cuanto híbrido socio-natural se nos ocurra, previendo y controlando exhaustivamente las consecuencias de todo ello. Para los autores, la apuesta ecosocialista es exacamente la inversa: dado que no podemos controlar a fondo la naturaleza, debemos aceptar la necesidad de controlar la vida social. Planificar una economía socialista de escasez relativa o resignarnos a que firmas privadas terminen manejando la radiación solar con tecnologías peligrosas e incontrolables: esa parece ser la encrucijada del presente.

Si la condición del Antropoceno implica una hibridez inevitable de los humanos y la naturaleza, estos ecosocialistas proponen explícitamente una contratendencial política de la retirada. Se trata, para ellos, de acotar el proceso de humanización de la naturaleza al que conduce al fin la modernidad del capital. Literalmente, proponen una des-construcción (unbuilding) de la Tierra socializada. No para clamar la utopía reaccionaria del retorno a la naturaleza, sino para afirmar un prometeísmo encadenado o limitado. No podemos gestionar la Tierra como un sistema cerrado, calculable y susceptible de gobierno consciente. Pero sí podemos gobernar de manera menos estúpida nuestra propia sociedad.

Con esto voy a una última figura del libro, tal vez la más interesante: la Tierra como una nave espacial alienígena. Con Keneth Boulding, los autores proponen que pasemos de una «economía de cowboy», de fronteras abiertas en expansión continua, a una «economía de astronauta», con un sistema de soporte vital limitado, que exige una administración mesurada y racional de los recursos. Solo que no conocemos adecuada y exhaustivamente los sistemas que gobiernan la nave. Se impone, entonces, habitar el planeta contemplando en el cálculo nuestra propia incapacidad para calcularlo todo. «La Tierra es una máquina natural, tanto antigua como alienígena, cuyos sistemas operativos nunca comprenderemos y, por lo tanto, es más inteligente dejar que el fantasma en la máquina controle el circuito, incluso si no siempre lo entendemos nosotros mismos».

Obtenido cierto grado de conquista tecnológica de la escasez natural, nos toca poner coto a nuestro propio prometeísmo, retirarnos parcialmente para dejar estar a la naturaleza. En este proyecto, a la vez modernista y romántico, se esconde la promesa filosófica, estética y política levantada por Adorno hace más de medio siglo: la promesa de una reconciliación sin identidad con la naturaleza, que nos envuelve enteramente, pero a la vez nos es ajena y no se deja conocer, ni gobernar, del todo.

.

Pendergrass, Drew y Vettese, Troy (2022) Half-Earth Socialism. A Plan to Save the Future from Extinction, Climate Change, and Pandemics. Londres y Nueva York: Verso.

Cierre

Archivado como

Publicado en Ambiente, Austeridad, Ciencia y tecnología, homeCentro4, Reseña and Sociedad

       Suscribirse

Jacobin es una voz destacada de la izquierda que ofrece un punto de vista socialista sobre política, economía y cultura.


EN ARGENTINA

ARS$2300

1 Año : 4 Números
Suscripción Impresa + Digital

EN EL RESTO DEL MUNDO

US$ 12

1 Año : 4 Números
Suscripción Digital

J

Todas las pesadillas llegaron hoy/
y parece que están aquí para quedarse.

DAVID BOWIE

Ingresa tu mail para recibir nuestro newsletter

Jacobin Logo Cierre