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«Me llamo Gustavo Petro y voy a ser su presidente». Así comienzan los videos de campaña del exguerrillero, senador y alcalde de Bogotá. (Foto: Getty)

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¿Podrá Petro liderar el primer gobierno de cambio pacífico, transparente y democrático en Colombia? Estamos en la tierra del realismo mágico de García Márquez. Todo es posible.

«Me llamo Gustavo Petro y voy a ser su presidente». Así comienzan los videos de campaña del exguerrillero, senador y alcalde de Bogotá. Cada uno de sus discursos representa un clavo más en el ataúd donde pretendía enterrar al uribismo en primera vuelta. Hasta el domingo pasado. Esa noche comenzó una campaña totalmente nueva contra la metamorfosis de la derecha colombiana: Rodolfo Hernández, una especie de Donald Trump made in Colombia.

Desde el búnker de Pacto Histórico en Bogotá y en exclusiva para Jacobin, Julián Reingold nos trae esta crónica electoral del país donde décadas de conflicto armado, un (des)acuerdo de paz y un descontento social cada vez más incontenible pondrán contra las cuerdas al presidente que resulte electo en la segunda vuelta el próximo 19 de junio.

«Conserve su derecha»

Basta con aterrizar en el aeropuerto de Bogotá, tomarse un taxi y mencionar la palabra «Petro» para que se desate la polémica. Camino hacia el barrio de Chapinero la noche anterior a la elección, un conductor me explica que su voto irá para Federico «Fico» Gutiérrez por la estabilidad que le dio el uribismo al país tras el fiasco del gobierno de Pastrana, donde los secuestros y la inestabilidad económica eran moneda corriente para la población colombiana.

Dice que Petro es un soberbio y que si no fue capaz de gestionar el manejo de la recolección de residuos en la capital, mucho menos podrá hacerse cargo de la administración del país. Además menciona el riesgo de que se espante a los inversores extranjeros. Me voy a dormir pensando en la petrofobia y en cómo impactará eso en los comicios que arrancan en unas pocas horas.

La jornada electoral comienza con lluvia matutina y la lectura de Semana, donde a través de distintos editoriales ponen en duda la posibilidad de una victoria en primera vuelta y remarcan la posibilidad de un escenario de segunda vuelta entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández, un millonario de 77 años y exalcalde de la ciudad de Bucaramanga.

Hacia el mediodía acompaño a unos amigos bogotanos a votar en el centro comercial Hacienda Santa Bárbara, donde las filas de votación se pierden entre las tiendas del shopping, y frente a una farmacia una señora con cadena de oro acaba de votar por Fajardo, pero dice que votaría por Petro en segunda vuelta.

Las filas para transitar por el mall convertido en centro de votación se guían por carteles en el suelo que le piden al transeúnte que «Conserve su derecha», un mensaje peculiar justamente en el día donde la izquierda colombiana llega por primera vez como favorita a los comicios presidenciales.

En las calles y en las redes sociales

La disputa por el segundo lugar se vuelve decisoria para contener una eventual presidencia del Pacto Histórico. Almorzando en La Providencia, mi amigo bogotano me cuenta desilusionado que su madre, uribista de pura cepa, le ha dicho que votaría a Rodolfo en lugar de Fico con tal de disminuir las chances de que Petro se convierta en presidente. Son esas artimañas secretas del electorado las que muchas veces escapan al análisis de las consultoras y terminan produciendo encuestas que no reflejan del todo la realidad.

Ya en el salón rojo del Hotel Tequendama, en el centro de Bogotá, los boletines con los resultados no tardan en demostrar la tendencia de que Petro se clava en un 40% de los votos, mientras que se da un cambio en torno a quién quedará segundo: Rodolfo le saca casi 5% de diferencia a Fico. El silencio empieza a adueñarse de la sala y la tensión se apodera del ambiente.

David Racero, representante a la cámara por Pacto Histórico, se acerca hasta la valla del sector de prensa en el bunker y me explica los desafíos comunicacionales de cara a la segunda vuelta: el 40% de los votos demuestra que Petro es el candidato de la gente y la victoria es de él, aunque algunos medios intenten mostrarla como un triunfo de Rodolfo… con una diferencia de 13% puntos entre el primero y el segundo. La similitud con la campaña de Boric en Chile hace pensar en cómo trabajar para desmitificar al candidato y las fake news, construyendo una mayoría más amplia de reconciliación para el país.

El Pacto Histórico ganó en Bogotá, en la costa del Pacífico y la caribeña, pero falta revisar cómo llegar a los que no los votaron. «Han construido una matriz mediática en torno al mito de que Petro es un caudillo autoritario, siendo que él más bien es reflexivo. Ahora se trata de contraponer la reflexividad de Petro contra los TikToks de Rodolfo Hernández, ya que él solo aplicó los principios de la mercadotecnia hablando de la corrupción y chau. En Rodolfo no hay proyecto de país, es un cheque en blanco. Es nuestro trabajo hacer esa convergencia nacional», concluye Racero antes de excusarse para volver al palco.

Luego pasa la concejala por Bogotá Susana Muhamad, y con una sonrisa y espíritu alegre me señala que «les toca volver a las calles para explicar cómo quedó el tablero, cuáles son las opciones y cuáles las consecuencias para que la gente logre confiar en Petro y Francia». Las maquinarias políticas tradicionales no representan al sentimiento ciudadano en las calles. Democracia vs. autoritarismo es la pelea que se viene de cara a la segunda vuelta, y la lucha por la igualdad de las mujeres va a ser muy importante.

Y agrega: «Francia puede acercarse a las madres solteras cabezas de familia, que quizá votaron a Rodolfo pensando en su seguridad, y dado que viene de esa condición puede generar empatía con ellas y explicarles que el Pacto Histórico les ofrece una alternativa más democrática y segura para su futuro». Hay que avanzar en derrotar el sentido común neoliberal de la sociedad colombiana, y el papel de la gente que votó por Fajardo es importante, por lo que la prioridad pasa por comunicar el proyecto integral que propone Petro.

Ya son las seis y media de la tarde y Petro todavía no aparece por el búnker del hotel, acentuando la ansiedad colectiva por lo que dirá. De a poco se van ocupando los últimos lugares disponibles para el público partidario del Pacto Histórico.

Foto: Julián Reingold.

«Hay cambios que no son cambios, sino suicidios»

Colombia es el único país de la región que nunca vivió un gobierno progresista, y eso se nota en las ansias de un colectivo de minorías marginadas que buscan convertirse en una nueva gran mayoría. Incontables intervenciones de parlamentarios y líderes sociales que conforman el Pacto Histórico señalan que los votos no están solo en Bogotá: están también en el Amazonas, la Guajira o Antioquia.

«Esta es la primera victoria, la segunda será la vencida», señalan algunos con entusiasmo. Una veterana de las luchas populares exclama: «Las mujeres no vamos a votar por un misógino: Rodolfo no quiere a las mujeres en la política, las quiere en la cocina»,  y el publico estalla en aplausos. La consigna de «hasta que la dignidad se haga la costumbre para todas, todos y todes» resuena por todas partes.

Denuncian que hay gente que tiene miedo de decir que es de izquierda y dice que es de centro. «El uribismo cambió de caballo a la mitad del río», señala el Senador Roy Barreras. «Ya le sacamos a la naranja un buen jugo, solamente hace falta exprimirla un poco más». Por eso insisten en que hay que luchar muy fuerte, ir a los barrios y a todas las zonas afectadas por el conflicto.

Poco antes de las siete la batucada Barbukana vuelve a subir al escenario. Los tambores se abren paso entre la multitud y la Guardia Cimarrona, que con sus bastones de madera vigila el acceso al escenario principal. Tras esperar boletín tras boletín, finalmente el número 37, con el 99,87% de las mesas escrutadas, arroja un resultado de un 40,33% (8 524 265 votos) para Petro y un 28,16% (5 951 600) para Rodolfo. Se escucha el grito de «Venceremos y será sabroso!» una vez más, y Petro y Francia salen finalmente a escena.

La demora de casi una hora pareciera deberse a la necesidad del candidato por preparar un discurso que levantase la moral de los militantes y a su vez hiciera balance región por región de lo que se debe ajustar de cara a la segunda vuelta.

Petro comienza a hablar como un boxeador golpeado pero no noqueado, que no se dará por vencido hasta que el referí dictamine knock-out: «hay cambios que no son cambios, sino suicidios. Nosotros queremos un cambio de verdad, avanzar hacia la justicia social y la estabilidad económica, dos caras de una misma moneda. No puede crecer una empresa si una sociedad se empobrece», dice sin que le tiemble ni por un instante la voz.

«La corrupción no se combate con frases de TikTok, sino arriesgando la vida», sentencia Petro antes de soltar una ráfaga de preguntas incómodas: «Hay que decirle con claridad a la sociedad a dónde vamos. ¿Qué consecuencias trajo el cerrarle el camino al progresismo colombiano? Hoy tenemos más violencia, corrupción y hambre. ¿Valía la pena cerrarnos el camino por el miedo de llevarnos a la paz y al camino de una sociedad más democrática y productiva? ¿Queremos más violencia y corrupción? Mi contradictor está imputado por corrupción».

Foto: Julián Reingold.

Un millón de votos más

Salgo del Tequendama y me tomo un taxi de regreso a Chapinero. El taxista está contento porque votó por Hernández. En una de las esquinas de la ciudad algunos simpatizantes de Rodolfo agitan banderas amarillas. En mi cabeza siguen resonando otros fragmentos del discurso de Petro: «¿Podremos llegar a la paz y la convivencia si admiramos a Hitler? Pues entonces ya tenemos un camino que escoger. Hay que subsidiar los fertilizantes y llevar las cosechas a los barrios pobres. ¿El hambre se cura con videos de TikTok? No».

En Colombia la mitad de la población gana 3000 pesos diarios, lo mismo que cuesta un litro de leche. Por eso el líder del Pacto Histórico le pide a la ciudadanía que no se hunda más en la violencia y la corrupción. Para que Colombia sea una potencia de la vida necesitan un millón de votos más. Ganarlos es un objetivo bastante razonable para una segunda vuelta tan corta.

La épica de que llegó la hora de volver a ser comuneros y poner fin al mal gobierno se traduce en tratar de convencer con amor a la familia y amigos para que los voten en segunda vuelta. «Reconstruir moral y democráticamente la República», como decía Gaitán.

Ya es lunes de madrugada. Me tomo un último taxi de vuelta al aeropuerto. El conductor me dice que no hizo a tiempo de ir a votar porque trabaja de noche y duerme de día, pero que en segunda vuelta no dará lugar a la abstención y seguramente votará por el Pacto Histórico.

¿Podrá Petro liderar el primer gobierno de cambio pacífico, transparente y democrático en Colombia? Estamos en la tierra del realismo mágico de García Márquez. Todo es posible.

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