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Bertrand Russell: el inglés filósofo

Traducción: Valentín Huarte

En mayo de 1970 murió el filósofo Bertrand Russell. En memoria de su vida y obra, publicamos el homenaje de Michael Foot a este «disidente incorregible, el más grande de los escépticos y de los exponentes del libre pensamiento de las últimas seis décadas».

«Era amigo, no solo de la libertad, sino de la libertad inglesa».
Lord John Russell, abuelo de Bertrand Russell, en referencia a su ancestro, William Lord Russell, ejecutado por Carlos II el 21 de julio de 1683

La primera vez que me topé con Bertrand Russell fue cuando un compañero en Oxford me prestó una copia de su libro, La conquista de la felicidad. Pocas semanas después, el filósofo participó de un encuentro organizado por la universidad, en el que desplegó esa combinación especial de ingenio y saber tan característica de todas sus intervenciones y habló rebosante de alegría. ¿Quién podía resistir a un practicante tan refulgente de sus propias teorías?

Hace poco volví a leer el libro exactamente quince años después de su primera publicación, y pienso que, en medio de tanta niebla muggeridgista moderna, es una luz de otro mundo. Bertrand Russell pensaba que la luz de la naturaleza había brillado con más fuerza en una época pasada, y se esforzó por recuperar esa peculiar cualidad translúcida en todo lo que escribió. Con más osadía que nadie, Russell tradujo a los términos del siglo XX el resplandor liberal de la Ilustración del siglo XVIII: ese espíritu que Thomas Jefferson, con la asistencia de Thomas Paine, infundió en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y que hizo que Saint-Just, revolucionario francés de veinticuatro años, declarara: «La felicidad es una idea nueva en Europa». Pero fue Bertrand Russell quien otorgó —y otorga todavía— su distintivo acento inglés a esa palabra. La conquista de la felicidad es poco más que una nota al pie a sus tesis filosóficas. Es un manual práctico que vale la pena, no solo leer, sino aplicar inmediatamente en la vida cotidiana. Y, contra el veredicto de Shakespeare, funciona: por fin encontramos un filósofo capaz de curar un dolor de muelas, o por lo menos esas dolencias menos terribles que los psicoanalistas dicen combatir.

Sin embargo, tanto antes como después de la publicación de ese pequeño texto, la campaña de conquista de Russell se extendió por vastos territorios usando las armas de la burla y de la ocurrencia, los ataques ligeros y los asaltos filosóficos de gran escala. «Los verdaderos moralistas», escribió, «son indiferentes a la felicidad, sobre todo a la de los otros». Y en otra parte: «Si uno desea ser feliz, debe resignarse a que los otros también sean felices». O, en términos más agresivos:

Hubo desgracias macabras promovidas por credos sombríos, que sometieron a los hombres a desavenencias internas profundas y que hicieron fracasar toda prosperidad material. Todas esas desgracias fueron innecesarias. Los medios que permiten superarlas son conocidos. En el mundo moderno, si las sociedades son infelices, es porque así lo quieren. O, más precisamente, porque aprecian más que la felicidad, o incluso que la vida, cierta ignorancia, ciertos hábitos, creencias y pasiones. En esta época peligrosa encuentro muchos hombres que parecen estar enamorados de la miseria y de la muerte, y que se enojan cuando se les insinúa la esperanza.

La cita es un fragmento de Retratos de memoria, publicado casi treinta años después de La conquista de la felicidad. No se trataba —que Dios me perdone por siquiera mencionar el término en este contexto— de la consistencia de una mente débil. Todo se seguía de la generosa doctrina liberal de un hombre que —más que cualquier otro de los grandes espíritus de su siglo— nunca buscó esquivar los hechos que, trágicos, amargos o como fueran, ponían directamente en cuestión sus creencias. Después de todo, no titubeaba cuando tenía que denunciar explosiones de reacción mística como el muggeridgismo, el bookerismo o el levinismo contemporáneos. En Retratos de memoria también escribió:

Por más de dos mil años, los moralistas más serios condenaron la felicidad como una cosa indigna e inferior. Los estoicos, durante siglos, atacaron a Epicuro, que predicaba la felicidad. Decían que la suya era una filosofía de cerdos y pretendieron mostrar que ellos eran superiores inventando mentiras escandalosas sobre él. Uno de ellos, Cleantes, quiso que Aristarco fuera juzgado por defender el sistema astronómico copernicano; otro, Marco Aurelio, persiguió a los cristianos; uno de los más famosos, Séneca, secundó los crímenes de Nerón, amasó una enorme fortuna y prestó dinero a Boudica con una tasa de interés tan exorbitante que terminó forzándola a rebelarse.

Durante toda su vida, nuestro Epicuro inglés estuvo en la mira de difamaciones difícilmente menos escandalosas, pero afortunadamente se armó de un escudo impenetrable. Tradujo la palabra libertad del griego y del latín a un nítido inglés, o, más bien, supo leer las huellas de ese compromiso en la obra de tantos escritores y ciudadanos ingleses anteriores, y no solo aquellos directamente involucrados en la tradición liberal o revolucionaria, ni mucho menos: Francis Bacon, Thomas Hobbes, David Hume, son nombres que también están contenidos en la enorme síntesis de Bertrand Russell y ayudan a que su escudo sea irrefragable.

Una parte de la deuda, de la suya y de la nuestra, remite a un fenómeno típicamente inglés, la aristocracia whig, que de alguna manera tuvo la increíble virtud de que no le importara un carajo nadie. Dura, egoísta, materialista y hedonista, brindó, contra todo pronóstico y en contraste con lo que estaba sucediendo en esa época en casi todos los otros países, una garantía fundamental para el escepticismo y para el pensamiento del futuro. Bertrand Russell nació cuando esa aristocracia estaba floreciendo y, aunque terminó reconociendo sus faltas, nunca pretendió deshonrar su herencia. El impulso a desarrollar un pensamiento osado y excéntrico se remonta a las horas que pasaba en la falda de su intrépida abuela. «No sigas a la mayoría para obrar mal», era su cita favorita. A los dos años, Bertie reaccionó contra Robert Browning: «Me gustaría que ese hombre dejara de hablar». Y el famoso poeta obedeció. Entre sus recuerdos estaban la anécdota de su abuelo, que había visitado a Napoleón durante su exilio en el Elba, y los chocolates que le convidaba la sobrina de Talleyrand. Asistió a misa con Sir Charles Dilke, y muchas veces se preguntó qué pensaba el estadista liberal cuando escuchaba el séptimo mandamiento. Se dio la mano con Parnell y Michael Davitt, y recordaba, todavía con miedo, cómo la mirada de lince del Sr. Gladstone había intimidado incluso a sus abuelos. Sobre su abuelo escribió un ensayo hermoso, que, sin abandonar el espíritu crítico, sirve más que cualquier tratado de historia para comprender por qué Lord John Russell tenía tanto afecto por sus compatriotas:

Mi abuelo pertenecía a un tipo hoy extinto, el reformista aristocrático cuyo entusiasmo deriva, más que de cualquier otra fuente contemporánea, de los clásicos, de Demóstenes y de Tácito. Alababan a una diosa llamada Libertad, pero sus rasgos eran más bien vagos.

Ahora bien, ¿es justa esa crítica en el caso de alguien que, obedeciendo a un verdadero estilo inglés, peleó por tantas libertades particulares? Además, Lord John Russell estaba más fascinado por el nombre y el sobrescrito de su ancestro Lord William Russell que por cualquiera de los romanos a los que se refería Bertrand: «De mis remotos ancestros solo cuento uno que no vivió hasta una edad avanzada, y murió de una enfermedad que hoy es rara, a saber, la decapitación». No hay otra familia que pueda vanagloriarse de haber adorado tanto a la diosa whig y de haberlo hecho tan noblemente, y en ese proceso remodelaron todos sus rasgos para hacerlos coincidir con la época moderna.

Pero, en el caso de Bertie, nada llegó sin pena o dificultad. Probablemente a causa de haber perdido a su madre y a su padre en la infancia, el futuro filósofo siempre fue una persona extremadamente solitaria, tímida y un poco torpe. Recibió la bendición o la condena de un alma puritana, agobiada por el sentimiento del pecado y la maldición del sexo. Liberarse de toda esa oscuridad que lo envolvía fue una tarea hercúlea, y no cabe dudar de que esa es la razón por la que en sus libros tenía tanta facilidad para liberar a los otros de sus cadenas. En su caso particular la proeza llegó con la aplicación de los medios más originales. Descubrir a Euclides —a los once años— fue «uno de los acontecimientos más importantes de mi vida, deslumbrante como un primer amor». Descartó el suicidio «porque quería saber más matemáticas». La historia del joven desastrosamente enamorado de la muchacha cuáquera —que pensaba que el sexo no solo era una maldición, sino que era una práctica bestial—, ambos condenados por la ignorancia general de la época a soportar los terrores victorianos más agobiantes, no debe haber sido menos impactante en la formación del pequeño Russell. El pobre Bertie tuvo que abrir su propio camino en la conquista de cada porción de alegría, hasta en el caso de la bebida:

No me entregué a la bebida hasta que el rey juró no beber más durante la Primera Guerra Mundial. El motivo era facilitar la matanza de alemanes, así que me pareció que había alguna conexión entre el pacifismo y el alcohol.

Como siempre, percibió el costado cómico de la situación, pero también era capaz de una nobleza extraordinaria, sin ningún melodrama. Lytton Strachey es el que mejor describió la importancia que tuvo Bertrand Russell para todos aquellos, jóvenes y viejos, que se negaron a pelear en la guerra de 1914-1918. No pudo haber tenido mejor ejemplo de valentía que la actitud de Lord Russell sobre el cadalso en 1683:

Leer los textos de Bertie hace que uno se sienta bien. Son un consuelo maravilloso y son refrescantes. Uno está pendiente de sus palabras y las espera con ansias cada semana. La idea de perderme una me resulta insoportable. Ayer me arrastré hasta ese espantoso Caxton Hall […]. Es increíble, no está atado a nada: los gobiernos, las religiones, las leyes, la propiedad y hasta los buenos modales, todo se derrumba como los bolos, ¡es un espectáculo encantador! Y después están sus ideas constructivas, que son grandiosas. Uno siente que siempre había pensado algo parecido, pero inconducente y vagamente. En cambio él junta todo y lo hace crecer sobre fundamentos sólidos y brillantes ante el razonamiento propio. No creo que en este momento haya otra persona tan fantástica en la Tierra.

Eso fue en febrero de 1916. Durante la guerra puso todo su frágil cuerpo en la lucha contra las instituciones establecidas hasta que, afortunadamente, el gobierno lo puso a salvo tras las rejas y lo curó de la angustia que le provocaba la sospecha de no estar resistiendo con suficiente fuerza. (La cárcel tiene algunos de los beneficios de la Iglesia católica).

Sin embargo, contra cualquiera que haya pensado que Russell estaba en su mejor momento, uno mejor llegó con presteza. Los meses que marcaron el fin de la guerra, y el año, o los dos años que siguieron, se cuentan entre los más tumultuosos y fértiles en la historia del socialismo moderno. Fueron los años de la Revolución rusa, y los de una oportunidad histórica para Europa y también para Inglaterra. En marzo de 1918, Bertrand Russell, en medio de un mundo agitado, escribió un libro, Caminos de libertad, donde dejó en claro la profundidad de las raíces de su socialismo democrático, su respeto por la tradición marxista y también el miedo y el odio que suscitaban en él sus potencialidades totalitarias. ¿Qué otro socialista de los que escribieron en ese momento podría aceptar con tanta facilidad y calma que republicaran su obra hoy? Y no se trata solo de sus obras publicadas y teóricas. «Todo el tiempo me asedian preguntas fundamentales, esas preguntas irresolubles y terribles que los hombres sabios nunca se plantean», escribió en mayo de 1920 desde Petrogrado. La fecha y el lugar cambiaron muchas veces, pero la misma preocupación se mantuvo. Siempre estaba dispuesto a plantear los dilemas más incómodos, y una y otra vez nadó contra la corriente y arriesgó su reputación y su sustento para actuar en función de opiniones que conquistaba con mucho trabajo. Pocas figuras históricas estuvieron a la altura de su coraje intelectual. Fue el Voltaire del siglo veinte, pero un Voltaire que nunca se arrodilló ante ningún poder ni principado. De nuevo, seleccionando una pequeña muestra entre cientos de observaciones igualmente penetrantes, elegimos sus perspectivas sobre el mundo de 1920, en vísperas de su partida hacia la Rusia revolucionaria. Sus palabras conservan toda su frescura y su historia parece implicar a toda la humanidad:

La razón y la emoción libran una guerra mortal en mi interior, y no me dejan energía para actuar. Sé que nada bueno llega sin luchar, sin crueldad y sin organización y disciplina. Sé que en la acción colectiva el individuo debe convertirse en una máquina. Pero en estos asuntos, aunque mi razón me fuerce a pensar así, no encuentro ninguna inspiración. Yo amo el alma humana individual, en su soledad, sus deseos y sus miedos, sus rápidos impulsos y sus devociones repentinas. Es tan largo el camino que lleva de aquí hasta los ejércitos, los Estados y los oficiales. Y aun así, es solo recorriendo ese camino que podemos evitar el sentimentalismo inútil.

Ese era Bertrand Russell en 1920. Mantenía el equilibrio en medio de las tormentas que lo sacudían. Si se consideran su escepticismo sobre la revolución soviética y la valentía con la que hizo públicas sus dudas, no sería raro pensar que el establishment corrió a abrazarlo. Pero no, Russell siempre fue intocable. Porque durante los años veinte y comienzos de los años treinta también expuso sus ideas sobre el matrimonio y la moral de un modo que escandalizó a la ortodoxia cristiana y a las otras. Acometió esa tarea con decisión feroz. Nada lo enojaba más que el funcionamiento del sistema legal inglés. Los libros sobre sexo que solo podían ser comprendidos por las clases altas o medias no eran censurados; los libros sobre sexo que podían ser comprendidos por los trabajadores, y que tal vez podían liberarlos de una miseria innecesaria y sin fin, eran perseguidos y eliminados por la policía, que no sabía lo que hacía, y por jueces y legisladores que probablemente actuaban conscientemente. Matrimonio y moral, publicado en 1929, contiene páginas de una furia que convendría definir como humana. Está escrito en una lengua en la que cada palabra puede ser comprendida por todo el mundo; es, supongo, el libro que, más que cualquier otro, abrió las puertas a los cambios realmente liberadores de esa época permisiva que vino dos o tres generaciones después. Dijo lo mismo que decían muchos otros, pero lo hizo más alegremente, sin piedad y con más claridad. Una vez, cuando yo era editor de Tribune, le escribí para que reseñara un libro sobre el tema y recibí esta joya como respuesta:

Estimado Michael Foot. Leí el documento sobre Delincuentes sexuales y condena social con gran interés y sorpresiva aprobación. Me pondría muy contento que la homosexualidad entre adultos dejara de ser un crimen y, si pensara que manifestar mi apoyo a este informe alentaría una reforma en este sentido, lo haría sin vacilar. Pero considerando el hecho de que la justicia me condenó como «lujurioso, libidinoso, lascivo y obsceno», temo que mi apoyo termine restando más de lo que suma. El comentario de mi libro Matrimonio y moral que se hace en este informe concierne únicamente a la prostitución sagrada en la Antigüedad y no parece ser suficientemente importante como para requerir una respuesta. Atentamente, Russell.

Pero, además de esta obra maestra, me gustaría traer a colación otra manifestación explosiva de su rigor. Poco tiempo después de la visita a Oxford a la que me referí antes, participé de la organización de una manifestación multipartidista contra el nazismo y recibí el siguiente mensaje, firmado en Gales del Norte el 14 de noviembre de 1933:

Lamento obstaculizar la organización de su encuentro, pero no puedo hablar con Pollitt. Una vez participé de una reunión antifascista en Londres y, después de que Ellen Wilkinson mostrara instrumentos de tortura utilizados por los nazis, Pollitt pronunció un discurso diciendo que «nosotros» haríamos lo mismo con ellos cuando llegara «nuestro» turno. Uno se veía forzado a pensar que si se tomaba las cosas de esa forma terminaría siendo tan malo como ellos. Conozco y admiro a Tolley, y conozco a Pollitt. Atentamente.

Los procesos judiciales aludidos habían sucedido en la corte de Nueva York, donde el fallo del juez fue bastante más elaborado de lo que Russell recuerda en su carta. El juez calificó los escritos del filósofo como un conjunto «lujurioso, libidinoso, concupiscente, erotomaníaco, afrodisíaco, irreverente, de mente estrecha, mentiroso y despojado de toda fibra moral», a lo que Russell replicó que la cosa era bastante más simple. «Es», dijo, «el principio de la libertad de expresión. Parece ser poco conocido. Si alguien precisa más información al respecto, gustosamente remitiría a la Constitución de los Estados Unidos y a las obras de los fundadores que la redactaron». Nadie estaba mejor calificado que él para hacer esa referencia, especialmente tratándose de Thomas Jefferson, lo más cercano a un whig inglés que haya tenido un gobierno ajeno a las costas inglesas, capaz de ocupar un lugar junto a los Russell, y del que Bertrand había tenido la prudencia de escribir un encomio apropiado.

A veces los amigos exigían que el inglés filósofo retomara los estudios académicos de los que había sido excluido por las universidades de ambos lados del Atlántico. «El hecho», respondió una vez, «es que estoy demasiado ocupado como para tener ideas que valgan la pena, igual que la señorita Eddy, que le dijo a un amigo mío que estaba demasiado ocupada como para convertirse en la segunda encarnación». También solía expresar ideas generales sobre los filósofos y su timidez crónica o sus vicios particulares: «Desapruebo a Platón porque quería prohibir toda música con excepción de Rule Britannia y The British Grenadiers. Además, inventó el estilo pecksniffiano que define los artículos principales del Times». En esas declaraciones tal vez se deje oír el murmuro de los ataques contra el pacifista de 1914, contra el emigrado de 1940, contra el padre de nuestra sociedad decadente y permisiva, contra el amigo de todos los países, menos del suyo propio, contra el tipo que se burló de todas las instituciones británicas, por no mencionar conquistas todavía más importantes. A veces es tan fácil manipular sus rasgos para hacerlos coincidir con esa caricatura que se convirtió en el objeto de una furia conservadora xenófoba y «decente». Pero sus respuestas a las calumnias fueron siempre certeras y sorprendentes. «El amor por Inglaterra es probablemente la emoción más fuerte que tengo […]. Llevo en la sangre la historia de los últimos cuatrocientos años de Inglaterra. Simplemente no soporto la idea de que Inglaterra esté entrando en el ocaso de su vida, es demasiado dolorosa». Con ese ánimo volvió a su país después de haber sobrevivido por poco a los largos años de un exilio sofocante en los Estados Unidos. No solo se regocijó en el sentimiento de la patria, o en el contento que provocaba en él no ser más tratado como un delincuente. Los honores no tardaron en llegar y sobre todo uno, el único que valía la pena y probablemente el único que habría aceptado. Tal vez su oposición al comunismo, o tal vez unas palabras poco felices y malinterpretadas sobre tirar la bomba atómica en Rusia, hicieron que el establishment inglés sintiera que había llegado el momento de acoger a su octogenario rebelde. Pero la escena que siguió mostró una combinación de ironía y comedia inigualable. Bertrand Russell asistió al palacio de Buckingham a recibir la Orden de Mérito de un cordial aunque un tanto avergonzado Jorge VI. ¿Cómo debía comportarse el rey con un tipo tan raro, con un exconvicto? El rey dijo: «Algunas veces te comportaste de un modo inapropiado». La respuesta que Russell pensó instantáneamente fue: «Como tu hermano». Pero se contuvo de pronunciar las palabras y nunca se arrepintió de haberlo hecho. En cambio, sabiendo que el rey hacía referencia a temas como su prontuario de objetor de conciencia, y sintiendo que el comentario no debía pasar en silencio, respondió: «El comportamiento adecuado de un hombre depende de su profesión. Un cartero, por ejemplo, debe tocar todas las puertas de la cuadra en la que tiene que entregar sus cartas, pero si otra persona toca las mismas puertas, será considerada una molestia pública». No está claro si el rey entendió el punto, y, en cualquier caso, muchos probablemente pensaron que los días de «molestia pública» de Bertrand Russell habían terminado. Después recibió el premio Nobel y empezó a sentir que se internaba en una incipiente y dulce ortodoxia. «Siempre pensé que nadie puede ser respetable sin ser al mismo tiempo condenado, pero mi sentido moral tenía tan poco filo que no podía ni siquiera percibir en qué sentido había pecado».

Como sea, solo estaba tomándome un descanso para recuperar el aliento en el estimulante aire de Inglaterra. Todavía lo esperaban una nueva etapa de su vida, un nuevo matrimonio, casi dos décadas de compromiso que lo convirtieron en el gran profeta de la era nuclear, con su góspel de que la vida y el placer son mejores que la muerte polvorienta. Tuve la enorme fortuna de estar presente en el encuentro de Canon Collins donde se tomó la decisión efectiva de iniciar la Campaña por el Desarme Nuclear. Bertrand Russell y J. B. Priestley fueron las dos figuras más importantes que influyeron en el imaginario de este movimiento y colaboraron con ímpetu apasionado y con su fuerza y distinción intelectuales. Russell no había asistido al encuentro preparado para defender el repudio unilateral de Inglaterra contra las armas nucleares. Había escrito hacía poco una declaración potente —Commonsense about Nuclear Weapons— que defendía el desarme nuclear internacional como la única vía segura y adecuada que podía seguir la humanidad en su conjunto, pero también había escrito un artículo bastante más modesto, que condenaba la bomba británica como un «ejercicio frívolo de prestigio nacional». La decisión de denunciar la acción unilateral de Inglaterra otorgó a la campaña su originalidad, su fuerza y su inspiración. Pero de a poco, a medida que transcurría la reunión, se puso de acuerdo con todos los presentes y se convirtió en el defensor más apasionado de la posición de la mayoría. Ese mismo año, mientras empeñaba en esa causa el prestigio de toda su vida, el obispo de Rochester declaró que en Matrimonio y moral, «es imposible disimular la pezuña hendida del libertino; la lujuria siempre fue tu talón de Aquiles». Todo había vuelto a la normalidad.

Por supuesto, el viejo no se desanimó. No se dejó amedrentar por la época de la Guerra Fría, donde la libertad era considerada una debilidad y se pensaba bajo las ropas de la tolerancia estaba la traición. No hizo más que reformular su viejo credo liberal en un nuevo idioma:

Una época necesita ciertas cosas y debe evitar otras. Necesita compasión y la expectativa de que toda la humanidad sea feliz; necesita el deseo de conocimiento y la determinación de romper con todos los mitos reconfortantes; necesita, sobre todo, una esperanza valerosa y el impulso a la creatividad. Las cosas que debe evitar y que la llevaron al borde de la catástrofe son la crueldad, la envidia, la codicia, la competitividad, la búsqueda de una certeza subjetiva irracional y lo que los freudianos denominan la pulsión de muerte.

Algunas veces perdía la esperanza y declaraba la vergüenza que generaba en él el hecho de pertenecer a la especie Homo Sapiens, y, con todo, era sobre todo en esos momentos que su orgullo inglés, su amor por la literatura, la historia, la lengua y la belleza inglesas lo ayudaban a recuperarse. Ese mismo sentimiento lo llevó a escribir, hacia el final de una de las autobiografías más importantes de la historia: «Estas cosas en las que creo, y el mundo, con toda su violencia, me hicieron impasible». Se convirtió en uno de los motivos de orgullo más grandes de nuestro país y de nuestro pueblo, y desafío a cualquiera que ame la lengua y la cultura inglesas a que piense en este personaje sin irradiar un poco de patriotismo. El filósofo mundialmente famoso, el divulgador internacional, el crítico de todos los poderes y de todos los gobiernos, el disidente incorregible, el más grande de los escépticos y de los exponentes del libre pensamiento de las últimas seis décadas, era inglés hasta la médula, tan inglés como la cultura de librepensamiento whig en la que creció y contra cuyas autocomplacencias y limitaciones se rebeló.

Sin embargo, el viejo whig o el joven whig, el que mejor convenga, no debería quedarse con la última palabra. Uno de sus últimos escritos fue un artículo publicado en The Times pocos días antes de que el hombre pisara la Luna. Con su típica justeza y predisposición a considerar las dos caras de la moneda, reflexionó sobre la conveniencia de la carrera espacial. El veredicto final no debería sorprender a nadie, y en el curso del artículo, que lleva el sello indudable de Bertrand Russell en su máxima expresión, aparece esta frase que no podría haber sido escrita por nadie más: «No es el permanente trajinar lo que acrecienta la inteligencia de los hombres. Spinoza estaba contento en La Haya, Kant, que suele ser considerado como el más inteligente de los alemanes, nunca se alejó más de veinte kilómetros de Königsberg». Nuestro filósofo amaba su hogar y su país. Fue un patriota apasionado. A sus noventa años había conquistado la atención del mundo entero y la de sus compatriotas, y creo que el mayor aporte, casi eterno, que habrá hecho al pueblo británico es que, ahora y de aquí en adelante, miles de millones de personas en todo el mundo aprenderán a hablar la lengua internacional en el inglés prístino de Bertrand Russell.

 

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