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Ilustración de la primera edición de Moby Dick (New York Public Library Digital Collections).

Pesimismo del intelecto, optimismo de la ballena

Traducción: Valentín Huarte



Los socialistas también tienen que leer Moby Dick.

Hace algunos años —no importa exactamente cuántos—asistí junto a cientos de personas a la maratón de Moby Dick del New Bedford Whaling Museum, una lectura colectiva y continua de 25 horas de la obra cumbre de Herman Melville que se celebra todos los años desde 1997. La lectura comenzó en una galería luminosa y de altos techos que albergaba una réplica de un barco ballenero de la mitad del tamaño de uno original. Era un hervidero: la gente se amontonaba en el casco, presionaba contra la cubierta y copaba la terraza para contemplar el panorama a través de la jarcia.

Díganme Ismael. Todo el mundo aplaudió y así empezamos.

«La idea empezó con un docente llamado Irwin Marks», dice Amanda McMullen, directora del Whaling Museum, refiriéndose a los orígenes de la maratón. «Había visto que se estaba haciendo una maratón de lectura de Moby Dick en Mystic Seaport y pensó que New Bedford debía hacer lo propio porque es aquí donde comienza la historia». Hoy la maratón del Whaling Museum es una institución local: el alcalde de New Bedford lee todos los años, y Ed Markey, senador de Massachusetts —y campeón del Green New Deal—, también participó en 2020.

Seguimos a Ismael a través de la calle de adoquines hasta la Seaman’s Bethel. Cenotafios de piedra colgaban de las paredes, tumbas vacías que tenían tallados los nombres de marineros perdidos en el océano. Nos amontonamos en la capilla donde oímos el «grave rumor de pesadas botas marineras entre los bancos, y el arrastrarse todavía más leve de los zapatos femeninos». De pronto entró un cura, nuestro propio padre Mapple. Subió al púlpito remodelado a imitación de la proa de un barco del siglo veinte, que satisfacía las expectativas de los fans de Moby Dick. Un órgano sombrío nos guió a lo largo del himno ballenero de Melville y el sermón del cura sobre Jonás advirtió lo que nos esperaba: un desastre de proporciones bíblicas.

Moby Dick desafía todo reduccionismo. Es a la vez terriblemente seria, hilarantemente exagerada y gravemente existencial. Melville intenta captar los lazos que traman sus aislados, esos personajes provenientes de distintas islas del mundo. Con tensión y ternura los compañeros de tripulación van creando un sentido de pertenencia. Bajo el aguijón de las órdenes y fascinados por el carisma de Ahab, trabajan y viven juntos a bordo del Pequod (y no logran contener el impulso de su capitán, que terminará siendo su condena).

En su época —entre la expansión perturbadora del capitalismo y del imperio, los levantamientos populares y los atrincheramientos reaccionarios en Europa, y el conflicto de la esclavitud y la inminente guerra civil en Estados Unidos— la recepción de Moby Dick fue bastante pobre. Pero su tratamiento de la aniquilación de la naturaleza, su retrato del trabajo y del despotismo patronal y su crítica del supremacismo blanco y del imperio impactan en los lectores contemporáneos y reverberan como una profecía.

«Moby Dick será o bien quemada universalmente, o bien reconocida universalmente en todas las lenguas como la primera declaración literaria de las condiciones y perspectivas de supervivencia de la civilización occidental», predijo en 1953 C. L. R. James, intelectual socialista trinitense. Para los socialistas de hoy, pasmados ante una acumulación de catástrofes que pone en duda el futuro, Moby Dick es una señal de alerta y plantea una pregunta urgente: ¿qué hacer frente al desastre?

En plena acción

Replegándose en el museo, los participantes empezaron a leer por turnos a los pies de una enorme pintura del puerto de New Bedford, en intervalos marcados por el amable «Gracias» de los voluntarios. Algunos leían en lenguas distintas, otros dejaban relucir un definido acento neoinglés. Era fácil identificar a los veteranos por la forma en que pronunciaban palabras como «gunwale» [borda] y «forecastle» [camarotes de proa]. No eran muchas las personas que actuaban realmente la lectura y que ponían magia en las voces de los marineros, pero siempre provocaban el aplauso. 

La mayoría de los asistentes había traído su propia copia del libro, que seguían con ojos atentos mientras esperaban su turno junto al micrófono. Yo miré por encima del hombro de un amigo para apreciar mejor las deslumbrantes xilografías de su edición ilustrada Rockwell Kent. Un hombre viejo se acomodó a nuestro lado: sobre el mango de su bastón había tallada y pintada una ballena blanca. Definitivamente no era la primera vez que leía a Melville. Pero como bien saben los profesores reales y los ficticios, Moby Dick no deja de atraer a nuevas generaciones de lectores.

«Hace mucho tiempo que los estudiantes ya no se enfocan tanto en las lecturas religiosas de la novela», dice Hester Blum, profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Estatal de Pensilvania y expresidente de la Sociedad Melville. Nos cuenta que, además del ambiente histórico de la novela, a los estudiantes de hoy «les vuela la cabeza que sea tan queer y tan graciosa. No pueden creer la cantidad de chistes sobre pijas y están más comprometidos que los protagonistas con el matrimonio entre Ismael y Queequeg». Moby Dick tal vez sea desordenada y salvaje, pero eso permitió que… ehm… penetrara profundamente en nuestra sociedad.

China Miéville, escritor de ficción especulativa que, entre otras cosas, escribió una aventura para jóvenes adultos inspirada en Moby Dick, me dijo que el «excedente de evasión» que lo atrae al texto «está vinculado a la naturaleza enciclopédica del libro, el hecho de que esté constantemente tensionando su propia forma y las formas literarias en general, con el fin de abarcarlo todo, de ser un libro que no es solo “sobre algo”, sino que abarca la “todidad”. Por supuesto que fracasa, pero lo hace magníficamente». Definiendo a Moby Dick como «una obra de ambición y genio excepcionales», Miéville alienta a los principiantes a que intenten leer la novela a pesar de su intimidante grosor. 

Un buen punto de entrada es la Moby Dick Big Read, un proyecto de audiolibro en el que Tilda Swinton, Benedict Cumberbatch y el mismo Miéville, entre otros, se turnan para leer la novela. Suelen generar una conexión alegre entre los lectores y cada uno de los temas del libro. 

David Attenborough encara el capítulo que reflexiona sobre la caza excesiva y la extinción de las ballenas. Tony Kushner extrae, hasta quedarse sin aliento, todos los sentidos posibles de «Un apretón de manos», capítulo seminal del libro donde Ismael y sus amigos procesan entre sus dedos los glóbulos del esperma de una ballena. John Waters se encarga de «La sotana», el apartado en el que unos cuantos marineros crean unas vestiduras protectoras con la piel del «grandísimo» —es decir, el pene— de una ballena para que el trinchador afeite la grasa hasta dejar el cuero con el grosor de una hoja de biblia. 

Probablemente el trinchador habría sido un buen lector, pues los pedazos cortados caen en un enorme barril debajo de él «veloces como las hojas del atril de un orador arrebatado».

Pez amarrado y pez suelto

Recuperamos fuerza con un café negro y unos boles de almejas gratuitos, cortesía de una pescadería local. Levanté la mirada y vi el esqueleto de una ballena azul que colgaba del techo. El aceite de los huesos punteaba el suelo de la galería, recordándonos esa industria antaño mortífera y en expansión. 

«¡Por el amor de Dios, economiza velas y aceite de lámparas!», implora Ismael, pues «Cada litro de aceite que quemas ha costado por lo menos una gota de sangre humana».

La caza de ballenas llevó a toda una especie al borde de la extinción, y la cantidad de vidas humanas afectadas en el proceso no caben en las paredes de ninguna pequeña capilla. Millones de personas forzaron los límites de la fatiga lubricando máquinas de hilado de algodón y alumbrando las fábricas, acelerando así el ritmo de la producción industrial y extendiendo los límites de la jornada laboral. Y también aumentaron la demanda de algodón que consecuentemente expandió el dominio de la esclavitud y la ocupación de tierras indígenas. La extracción de aceite de ballena preparó el escenario y fundó el patrón expansivo de la industria de los combustibles fósiles, además de prefigurar el lugar que ocupa en el capitalismo contemporáneo. 

El mundo de la explotación y de la expropiación nunca está ausente de la trama de Moby Dick. Un Ismael sin una moneda decide subir a bordo del Pequod y acepta a cambio una mínima porción de las inciertas ganancias del viaje. «¿Quién no es esclavo?», pregunta retóricamente para justificar su sometimiento ante los jefes del ballenero. 

Más adelante leemos la historia de un grupo de «pobres marineros tostados por el sol», que debieron entregar a un duque la ballena que habían cazado porque —bajo las reglas del derecho marítimo— «Le pertenece». Las mismas reglas (de «Pez amarrado y pez suelto») justifican la invasión inglesa de la India y la ocupación estadounidense de México. 

Estos interludios ilustran bien el argumento presentado por Cornel West en su libro de 2004, Democracy Matters: Melville fundó una tradición de «crítica vituperante» del imperialismo estadounidense, exponiendo «las ideas marciales y los principios monárquicos que se escondían detrás del pacífico lenguaje y la benigna retórica de la democracia».Occidente está montado sobre la vieja idea de Toni Morrison, quien en 1988, en «Unspeakable Things Unspoken», argumentó que Moby Dick ilustra la lucha de Melville contra el espectro de la ideología del supremacismo blanco y contra los efectos distorsivos que tiene sobre el mundo social. «Era, sobre todo, la blancura de la ballena lo que más me aterraba», confiesa Ismael. 

La escena de «Medianoche. Las amuradas del castillo de proa», representadas en el auditorio del museo por una compañía de teatro local, termina con los insultos racistas que un marinero blanco profiere contra Dagoo, el arponero africano; una tormenta violenta se cierne sobre sus cabezas y entre ellos, y Pip, joven ayudante negro, reza por su salvación a un «gran Dios blanco que estás en lo alto, allá, en la oscuridad». Spoiler alert: las plegarias son ignoradas.

La primera guardia nocturna

Mientras el atardecer escapaba hacia la noche, las filas de la maratón empezaron a adelgazar. Algunos forzaban su cuerpo a una atención culposa: el primer ronquido llegó a las 9:43 p. m., cuando un hombre empezó a cabecear bajo la pintura del ojo imperturbable y solitario de una ballena. Intentamos mantenernos despiertos con más café y con el aire frío de enero en la terraza del museo, mientras buscábamos entrever las estrellas sobre las luces del puerto. Recién después de la 1 a. m. pasamos la mitad del libro y una pequeña botella de ron revitalizó el café lavado de nuestras tazas. 

El pasaje que leíamos marca un punto de inflexión en la crítica del supremacismo blanco y de la esclavitud: estamos a cientos de páginas del comienzo y es la primera vez que la tripulación del Pequod mata una ballena. Fatigados después de la caza y de remolcar la ballena hasta el barco, casi todos se duermen. Stubb, el segundo de a bordo, tiene hambre y ordena a dos personajes negros (de los tres que aparecen en el libro) que le preparen un bife de ballena. Dagoo es enviado por la borda a cortar la carne del animal muerto; el cocinero del barco, un viejo negro, llamado Copo de Nieve, que Melville nos cuenta que había sido esclavo, está encargado de preparar la comida nocturna. 

Stubb está insatisfecho con la receta y amonesta a Copo de Nieve, humillándolo con la orden de sermonear a los tiburones. Estos tiburones, dice Ismael, «eternos acompañantes de todas las naves negreras del Atlántico», que se alimentan de la muerte en masa de millones de esclavos africanos durante el Pasaje del medio: los que murieron o fueron muertos a bordo y los que saltaron buscando escapar de su terrible condición. Forzado a obedecer, Copo de Nieve se aleja cojeando y murmura para sí mismo que Stubb es «un tiburón peor que el propio Maese Tiburón…». 

En el personaje de Stubb encontramos una denuncia de las jerarquías de poder y la lógica del capitalismo racial. En un episodio anterior, Ahab había insultado a Stubb tan ardorosamente como para haber puesto en duda su permanencia junto a la tripulación. Sin embargo, Stubb nunca confronta con Ahab, salvo en un sueño donde aprende que es un honor recibir la patada «de un gran hombre, propiciada con una hermosa pierna de marfil». Por eso, durante la vigilia justifica su sometimiento y maltrata en cambio a Copo de Nieve y a los otros. Cuando Pip salta del bote atemorizado después del golpe de la ballena, Stubb amenaza con abandonarlo, recordándole que «En Alabama, una ballena se vendería a un precio treinta veces mayor que el tuyo».

Deshumanizado como una mera propiedad que genera valor, y mucho menos valor que el animal que están cazando o la mercancía que extraerán de su cuerpo, Pip salta de nuevo. Después de pasar largas horas solo en la vasta extensión del océano todas sus amarras psicológicas empiezan a deshacerse.

La trompada universal

El relato había llegado hasta el infierno industrial de los Try-Works que transforman a la ballena cazada en combustible. Nuestras propias energías empezaban a flaquear. Atravesábamos las difíciles horas de la madrugada, confrontando los límites de nuestros cuerpos envejecidos y su encuentro prolongado con unas sillas despiadadas. Nos alejamos del ron y volvimos al café, y cumplimos con nuestros turnos en el micrófono, avanzando a través de los capítulos con una cadencia deliberada: el sentimiento rítmico que surge de trabajar con otros en función de un objetivo común. 

En el libro, el trabajo ballenero, sus reglas y su disciplina son retratados de forma vívida y detallada. Toda emancipación es dudosa; nacen muertos todos los potenciales motines del libro, desde la planificación del asesinato de Ahab a la que se lanza Starbuck hasta la obra dentro de la obra de «Historia del Town-Ho», donde un grupo de «parisienses del mar construyeron una barricada y se refugiaron en ella» antes de que su revuelta sea traicionada y aplastada.

  1. L. R. James examinó el hecho de que la tripulación del barco —protagonista del título de su libro de 1953, Marineros, renegados y náufragos— no solo es incapaz de rebelarse contra Ahab, sino que no tiene ningún interés en hacerlo. En cambio, la misión de este último se convierte en la misión de todos. Siempre fascinado por la dinámica que vincula a líderes y masas, James escribe que la experiencia de Melville como trabajador marítimo le permite observar los modos en que «los hombres racionalizaban su subordinación a la tiranía» y los tiranos los convertían en partidarios de sus objetivos. 

Leyendo Moby Dick en la época de Hitler y de Stalin, James percibe en Ahab «el tipo social más destructivo y peligroso que haya surgido en la civilización occidental». Argumenta que el genio de Melville está en su proceso creativo casi profético, que prefiguró los totalitarismos del siglo veinte percibiendo a la vez las enormes transformaciones que estaba sufriendo el mundo y los desastres a los que estas darían lugar. Para James, el núcleo de Moby Dick gira en torno a una cuestión fundamental: cómo la sociedad del individualismo y de la libertad daría lugar al totalitarismo y sería incapaz de defenderse contra él. 

Por eso critica fulminantemente a los primeros oficiales a bordo del Pequod —que «representan la competencia, la cordura y la tradición»— y sus intentos tímidos, dubitativos y bastante familiares de detener a Ahab. Es como si no comprendieran todo lo que se juega en la situación en la que están. 

«A toda protesta», escribe James, «le sigue una capitulación».

El diluvio de Noé todavía no terminó

Nos retiramos hasta el amanecer. Un lote de dulces malasadas azorianas desapareció tan rápido como había desaparecido frente a un grupo mañanero y bien descansado de lectores listos para la vertiginosa caza final. Me sentía medio dormido y deliraba, un poco como Ahab cuando dice que «El relámpago me atraviesa el cráneo, me duelen las pupilas, todo mi cerebro destruido parece haberse desprendido y rodar por un suelo que lo embota». 

Estábamos sobre la ballena (y ella estaba sobre nosotros).

Moby Dick tiembla siempre al borde de la catástrofe: Pip oceánicamente abandonado, Tashtego, que casi se ahoga dentro de la cabeza de una ballena, la enfermedad misteriosa que casi mata a Queequeg. El libro amenaza, una y otra vez, con que las cosas siempre pueden empeorar… Hasta que de pronto empeoran. Es probable que Melville haya encontrado en su obra una especie de absolución. Eso parece haberle transmitido a Nathaniel Hawthorne, cuando confesó: «Escribí un libro maldito y me siento limpio como un cordero». Hawthorne contó más tarde que Melville «se había hecho a la idea de terminar completamente destruido».

Pero, ¿qué política puede surgir de la desesperación? Para Ismael, los viajes en búsqueda de los «lejanos misterios con que soñamos» resultan en «laberintos estériles» o en un barco hundido. La meditación inicial sobre el deseo humano de acercarse al agua contrasta con este cierre centrado en Ismael, que flota a la deriva en el océano aferrado al ataúd vacío de su amante ahogado. Escapar —como hizo una vez Melville en las islas Marquesas—, o simplemente sobrevivir, tal vez sea lo mejor cabe esperar en el caso de una persona singular. 

Pero, ¿qué sucede cuando se trata de todas las personas? La catástrofe nos lame los pies: incendios que consumen todo lo que encuentran a su paso y marejadas cada vez más altas, resurgencia de movimientos políticos autoritarios de derecha, que sacaron provecho de una pandemia implacable. Los multimillonarios corren una carrera hacia fuera del planeta con el fin de evitar el destino al que condenan a todo el resto de la población (aunque, como habría notado Melville con cierta alegría, hasta ahora no hicieron más que rozar el espacio). Se avecinan desastres enormes, y nos acomodamos a cada nuevo escenario con miedo a perder el poder en términos literales y figurativos.

Los socialistas saben que un mundo mejor es posible. A veces es reconfortante pensar que también está predestinado. El triunfo de la clase obrera es inevitable, proclamaron Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista. Pero leer Moby Dick es incómodo porque adopta el punto de vista contrario: el arco del universo no siempre se inclina hacia la justicia y el arca parece estar a punto de hundirse. 

En mi fragmento preferido, Ismael describe la línea unida al arpón, que amenaza con arrastrar a todos los tripulantes con sus «complicadas vueltas, que la ciñen en casi todas las direcciones». De hecho, comprendemos que el bote es la condición humana:

no es posible permanecer inmóvil en el corazón de estos peligros —puesto que el bote se mece como una cuna y proyecta a los marineros a uno y otro lado sin el mínimo aviso—; sólo mediante cierto equilibrio personal y cierta simultaneidad de voluntad y acción puede cada uno evitar ser reducido a un Mazeppa y verse arrastrado a donde ni el mismo sol, que todo lo ve, podría distinguirlo.

No todo está perdido, pero Melville nos muestra la facilidad con que podríamos llegar a ese escenario. Sin embargo, este aterrador encuentro también podría ser liberador, pues nos enseña que no podemos quedarnos quietos: necesitamos movimiento

Los socialistas —igual que todo el mundo— deberían leer Moby Dick porque es una obra literaria impresionante. Sus capas reverberan y nos perturban como un espejo que refleja nuestro pasado y nuestro presente. Pero a diferencia del libro, nuestro futuro todavía no está escrito. Sacudidos por las olas y los vientos, todavía tenemos alternativas y capacidad de actuar, mucho más que los aislados, con el fin de encaminarnos y remar hacia un horizonte difícil de contornear y mucho más difícil de atravesar con nuestra mirada. 

Fuerzas que parecen operar más allá del control humano están destruyendo nuestro mundo habitable. Son como monstruos y síntomas mórbidos que debemos reconocer. Pero en vez de extraviarnos en la desesperación, estas advertencias podrían incentivarnos a la acción. Envueltos en la línea, los proverbiales dogales ajustan cada vez más nuestros cuellos, y, sin embargo, todavía queremos respirar. Nos tanteamos en la niebla en busca de un camino, de un sentido, de compañerismo y de comprensión. 

Y, como nos recuerda Ismael mientras contempla el juego del sol con la niebla que deja el chorro de una ballena, «el arcoíris no visita el aire vacío: solo aparece en el vapor».


Salvo ligeras variaciones, los fragmentos de la obra fueron tomados de la traducción de Enrique Pezzoni.

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