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Al igual que otras formas de retrowave, el Sovietwave está marcada por sentimientos de inocencia perdida y arrepentimiento, en este caso por la caída del comunismo. (Eugeny Chekhov)

La nostalgia soviética tiene banda sonora

Traducción: Valentín Huarte

Desde el brutalismo hasta Stranger Things, la nostalgia por la estética de la Guerra Fría y los futuros que no fueron no deja de asediar la cultura pop occidental. Los jóvenes de los países exsoviéticos tienen una versión original del mismo fenómeno: el sovietwave, género musical que recupera el espíritu de la era espacial.

Cuando sienten nostalgia, los que fueron niños en la Unión Soviética pueden transportarse al pasado a través de YouTube, SoundCloud y Bandcamp. Las cajas de ritmo programadas cartografían su viaje y la oscilación de los sintetizadores ilumina su memoria. El botón «play» recupera instantáneamente ese mundo que parece haberse evaporado de la noche a la mañana, pero que de alguna manera perdura en el recuerdo.

En el 2020, con el malestar que produjo la primera cuarentena en Alemania, Michal Trávníček, músico stuttgartense, pasaba el tiempo como tantos otros hundiéndose en el agujero de YouTube. El destino —o el guardián del algoritmo— lo condujo a una lista de reproducción de distintos artistas organizada bajo un rótulo curioso: sovietwave.

La música, acompañada de imágenes que mostraban fragmentos de la vieja arquitectura soviética, aguzó la memoria de este artista y convocó el recuerdo de su infancia en una jrushchovka de Bohemia (que en esa época formaba parte de Checoslovaquia). Dejándose llevar a través de esos paisajes sonoros electrónicos, Trávníček llegó a contemplarse sentado en el banco de una plaza viendo pasar clásicos Škodas y Ladas, adolescentes ochentosos pelilargos y mal vestidos y babushkas cargando a duras penas las bolsas de las compras.

«De pronto, ese recuerdo lejano se hizo tan presente» —me dice Trávníček en un mail— «que sentí el impulso de empezar a hacer este tipo de música y colaborar así con una escena cuya existencia ignoraba». Hoy edita música sovietwave bajo el nombre Клет.

Música y melancolía

Hace casi quince años, en las esquinas más misteriosas de internet empezó a tomar consistencia una red de microgéneros de música electrónica, agrupada a veces bajo la categoría «retrowave». Aunque las fronteras entre el synthwave, el vaporwave, el chillwave, etc., tienden a ser borrosas y difíciles de definir, lo que unifica todos esos estilos es la influencia de la cultura pop estadounidense de los años 1980.

El synthwave recupera el osado futuro «tech-noir» de la ciencia ficción de la mano de personajes como John Carpenter, Giorgio Moroder y Vangelis, intensificando la estética retro con imágenes de autos convertibles que atraviesan calles bordeadas de palmeras con rumbo a atardeceres de neón dibujados sobre cuadrículas de perspectiva. El vaporware se sirve de la música ambiental reproducida en supermercados y comercios para reírse sarcásticamente de la cultura consumista.

Aunque sea difícil de creer, existe incluso un género denominado simpsonwave, un meme de internet que, añadiéndole sonidos espaciales, deforma las pistas del programa que moldeó la infancia de casi todos los occidentales nacidos después de 1979.

El retrowave está teñido de cierto sentimiento de nostalgia y melancolía por el pasado. Es como una mezcla de recuerdos que el cerebro enlaza hasta formar una imagen perfecta. Y después está el sovietwave, música principal aunque no exclusivamente forjada por artistas de los ex-Estados soviéticos que explota la nostalgia por la URSS.

Muchas veces se caracteriza de forma errada el sovietwave como música electrónica compuesta detrás de la cortina de hierro en los años 1980. Aunque algunos artistas de aquella época, como Eduard Artemyev y su banda Кино (Kino) son efectivamente precursores importantes, el sovietwave es un fenómeno contemporáneo. Existe casi exclusivamente en internet y es creado por bohemios sin rostro que deambulan con alegría por el mundo digital, utilizando distintas plataformas para hacer circular su arte con poca o nula noción de prosperidad comercial.

La música sovietwave y el arte que la acompaña descansan sobre estéticas clásicas: el retrofuturismo, la arquitectura brutalista y la carrera espacial. Con el objetivo de evocar directamente el pasado, los videos que acompañan las composiciones muestran cortes de noticieros viejos, discursos y caricaturas. Pero la mayoría de las canciones no necesita esos símbolos obvios para transmitir el romanticismo de la época.

Un futuro que nunca fue

Como otras formas de retrowave, el sovietwave está puntuado por cierto sentimiento de inocencia perdida y arrepentimiento, en este caso por la caída del comunismo. Según las palabras de Клет (a veces escrito KLET), «El sovietwave es nostalgia por el pasado y también por un futuro que nunca fue».

Contra el cliché de que el viejo bloque del Este era un espacio infinitamente gris, monótono y sombrío, esta música reconforta el oído. Los temas de la exploración espacial y las conquistas tecnológicas de la humanidad intensifican su belleza. Muchas pistas captan la soledad y el encanto del espacio exterior, con increíbles líneas de sintetizador que representan su naturaleza innumerable y pitidos que nos hacen sentir que miramos la Tierra desde una nave en órbita.

(Danylo Hrechyshkin)

Буран (o Buran), artista de Bielorrusia, tomó su apodo de un programa espacial soviético suspendido en 1988 después de haber efectuado un único vuelo sin tripulación. Priroda toma su nombre de un módulo de la estación espacial Mir. El primer álbum de Клет tiene canciones dedicadas a Yuri Gagarin y al Sputnik.

Después está Наукоград (o Naukograd), nombre bajo el que trabajan dos productores moscovitas: Ilya Orange y Fireya. La expresión se deja traducir como «ciudad científica», término que aplicaba a ciudades construidas por la Unión Soviética con el objetivo específico de albergar una gran cantidad de instituciones de investigación y desarrollo.

Escuchar música sovietwave evoca un sentimiento de asombro por la tecnología que la cultura pop occidental parece haber perdido desde que Michael Bay se las arregló para construir robots autónomos capaces de transformar las cosas menos interesantes del mundo en vehículos de su acción monótona.

Puentes hacia el pasado

Para quienes viven en la burbuja occidental, la nostalgia soviética parece un fenómeno bastante extraño. Eso es natural dado el empeño perdurable de los gobiernos y los medios que apuntan a fortalecer el mito binario y simplista del «buen capitalismo estadounidense» frente al «mal socialismo ruso». Probablemente la extrañeza también responde al hecho de que los logros soviéticos vinieron de la mano de los horrores del estalinismo. Sin embargo, el 66% de los rusos encuestados en 2018 declaró lamentar el fin de la Unión Soviética y la caída del comunismo.

El Dr. Sudha Rajagopalan, profesor de la Universidad de Ámsterdam especializado en cultura soviética, sugiere que deberíamos concebir la difusión de las ideas occidentales tradicionales como una forma de propaganda:

Si el gobierno ruso hiciera lo mismo, diríamos que es propaganda, ¿no? Aunque por algún motivo dudamos a la hora de utilizar el término cuando se trata de gobiernos occidentales, pienso que la definición es correcta. Tal vez es una propaganda más sutil, más suave, pero funciona. Funciona en el sector empresarial y funciona en los medios de comunicación: definitivamente se trata de un tipo de propaganda.

Hace algunas décadas que Rusia intenta revivir la idea de una historia monumental. Vladimir Putin y el nacionalismo que él alimenta promueven la nostalgia por la época en que su país fue una potencia mundial. Pero los jóvenes que hurgan en la cultura soviética obedecen solo a su deseo de experimentar lo que sus padres —o ellos mismos, en algunos casos— recuerdan con cariño.

«Básicamente intentan construir puentes que comuniquen con ese pasado tan descalificado en la actualidad», dice el Dr. Rajagopalan:

En los años 1990, uno sentía que no podía decir nada positivo de la Unión Soviética. Una buena parte de la nostalgia que crece desde entonces es un intento de superar ese obstáculo. Había aspectos de la sociedad soviética que hoy son inimaginables, pero mucha gente recuerda la vida cotidiana con alegría. Recuerdan que era una época en la que reinaba el espíritu de comunidad y en la que las personas hacían cosas creativas.

​​Esta nostalgia tiene muchas capas. Hay muchas películas que describen las conquistas soviéticas en la carrera espacial: por ejemplo, La era de los pioneros, biopic del cosmonauta Alekséi Leónov, el primer humano que caminó en el espacio; o Salyut 7, representación exagerada de una misión de 1985 que por primera vez volvió a poner en funcionamiento una estación espacial averiada. Ambas películas se estrenaron en 2017.

Después está Nostalgiya, canal de televisión ruso que solo emite programas de la época soviética. De hecho, el logo incluye el martillo y la hoz. También está el grupo de Facebook titulado Soviet Posters, del que soy miembro y donde se comparte mucho arte.

La música vieja está ganando mucho reconocimiento en internet. En este caso, vale la pena visitar el canal Funked Up East, que postea jazz, funk y música electrónica de países como Bulgaria y la ex-Yugoslavia. Y no hace falta mencionar la enorme cantidad de memes soviéticos que circulan por internet.

Turismo alternativo

La audiencia de todos estos productos no está circunscripta al viejo bloque del Este. Los oyentes de sovietwave se conectan desde otros rincones del planeta y utilizan la música para conocer un mundo del que nunca tendrán ninguna experiencia, buscando tal vez un respiro de la corrosión incesante a la que el capitalismo somete todo lo que ellos aprecian, o simplemente para recrearse en la intoxicación que produce la estética espacial.

En St. Petersburgo, Ivan Pavletsov dirige el sello Soviett Records, que editó a 20 Years y a TELEGIMNASTIKA. Me cuenta que sus mediciones indican que el fenómeno está encontrando cada vez más eco fuera de las fronteras de Rusia: «Estoy seguro de que muchos amantes del estilo llegan a los sellos rusos porque saben que hace un tiempo nuestro país fue parte de la Unión Soviética».

Es un deseo que tiene distintas formas de manifestación. Tomemos por caso el turismo alternativo de esos peregrinos que viajan a conocer los monumentos que sobreviven del comunismo, como Buzludja, un megalito fantasmal de estilo extraterrestre construido en los Balcanes por el Partido Comunista Búlgaro y que todavía descansa en la cima de una montaña. O los spomeniks, monumentos que conmemoran la guerra y están esparcidos por todo el territorio de la ex-Yugoslavia.

«No es solo este monumento [Buzludja]», dice la historiadora Kristen R. Ghodsee en una entrevista con Jacobin:

Son muchos monumentos distintos, símbolos, películas y todo tipo de artefactos culturales los que están volviendo a capturar cierto optimismo y una perspectiva futurista y utópica que nos saca de la morada de lo que suele denominarse capitalismo tardío. Esa gravitación en torno a los símbolos del pasado socialista tiene una causa. No es solo una cosa cursi o irónica. Es un intento de recuperar el espíritu utópico de esas generaciones porque hoy sentimos que es necesario.

Entre dos mundos

Por supuesto, no todos los que comulgan con la nostalgia del sovietwave quieren revivir la Unión Soviética. La verdad admite más matices y es más compleja de lo que puede transmitir una canción de tres minutos o una película de dos horas.

«No son personas que estén absolutamente descontentas con el presente», dice el Dr. Rajagopalan. «Pero tampoco quieren que descartemos todo un período como si no nos hubiese dejado nada bueno porque sus padres tienen muchos buenos recuerdos de haber crecido en la época soviética». Pavletsov lo pone en estos términos: «Para algunos, fue una época de restricciones. Para otros, fue una época de solidaridad social y unidad».

Michal Trávníček, alias Клет, refleja bien esta gradación del sentimiento. «Cuando era niño me sentía completamente alienado saltando constantemente de un mundo a otro». El abuelo de Trávníček fue miembro del Partido Comunista y siempre recordó con orgullo que, cuando murió Leonid Brézhnev, el joven Michal hizo flamear una bandera negra en la guardería («Yo era muy chico, no me acuerdo», admite él). Fue su padre el que convenció a su madre de mudarse a Occidente en los años 1980, donde prometió que tendría una empleada doméstica y la oportunidad de conocer el mundo. El tiempo pasó y nada de eso sucedió.

«No todo lo que brilla es oro, y además tuvimos nuestros propios problemas», dice Trávníček.

Pero lo que más me sorprende de la Unión Soviética es que no importa el país que uno visite, independientemente de sus perspectivas políticas, un alto porcentaje de la generación más vieja está de acuerdo en que bajo el comunismo vivía mejor y con más seguridad. Hoy todos enfrentan muchos problemas y se sienten abandonados, cuando antes había un Estado que proveía a sus ciudadanos. No me dedico a la política, pero cualquiera que haya vivido en una sociedad socialista del bloque del Este reconoce que, en comparación con el presente, teníamos tasas de delincuencia más bajas, había menos diferencias sociales y las familias tenían garantizados ciertos derechos básicos.
Es curioso, tal vez un poco tonto, pero el sovietwave me ayuda a procesar mis recuerdos de infancia. Para mí es una especie de terapia. Todo ese mundo desapareció, pero de alguna manera vive dentro nuestro.
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