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La teoría del Estado después de Poulantzas

El idioma poulantziano parece entenderse más en suelo latinoamericano que en la propia Europa. La cuestión pasa por cómo sacar provecho de los aportes del autor griego y por cómo traducirlos a nuestro propio terreno, sin que sea ni calco ni copia.

A propósito  de La teoría del Estado después de Poulantzas (Prometeo Editorial, 2021). 

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Nicos Poulantzas ha sido considerado con justa razón como el teórico marxista del Estado más relevante del siglo XX. Influenciado por la obra de Louis Althusser, Poulantzas desarrolló una corta pero intensa tarea de reformulación de los aportes de Marx, Engels y otros marxistas como Antonio Gramsci, sobre el estatuto teórico de Estado en el conjunto de la obra de Marx. Para él, los aportes históricos como el del 18 Brumario o La lucha de clases en Francia, o sus análisis sobre la Comuna de París, eran un invaluable tesoro pero que había que completar desarrollando de manera sistemática una teoría en el sentido de lo que sí había desarrollado Marx en su crítica de la economía política. Es decir, había que desarrollar una suerte de «Crítica de la teoría política», esto es, discutir el estatuto de la política dentro de la teoría marxista.

Porque durante mucho tiempo, la política —no desde el punto de vista de la práctica militante, partidaria, pero sí desde el punto de vista teórico— había quedado relegada a un lugar subordinado por la economía, por las relaciones sociales de producción, en el sentido de la crítica formulada por Marx contra la mitologización estatista de Hegel. Y esta mirada que algunos analistas han definido como sociocéntrica, se despreocupaba de una reflexión sistemática sobre el lugar de la política en la sociedad. 

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Muñido de una concepción regional del poder formulada por el estructuralismo de Althusser, elaboró teoría de la autonomía relativa de las esferas económica, política e ideológica, y esto le permitió introducir el Estado al interior de la teoría marxista sin que se vea subordinada o como un acto reflejo de los movimientos en la infraestructura. Bajo esta teoría, la política podía cumplir un papel de primer orden, porque la «determinación en última instancia» por la economía no operaba de manera constante y en toda oportunidad, puesto que se contraponían también los movimientos de la política y la ideología, que podían llegar a ser dominantes, mejor decir sobredeterminantes, en ciertas coyunturas. Formulada por Poulantzas en su libro de 1968, Poder político y clases sociales, daba un paso adelante al desprenderse de una visión instrumentalista, enfatizando que el Estado es capitalista por la función que cumple al reproducir las relaciones sociales existentes. Y en ese papel reproductor podía incluso chocar y entrar en conflicto con las clases dominantes o fracciones de ella.  

Pero sus aportes tampoco carecían de problemas, puesto que la rigidez del estructuralismo le hacia ver cada movimiento del Estado solo como una función de dominación y reproducción del capital. Así, las instituciones parecían estar diseñadas, cierto que de manera impersonal, por la propia estructura de dominación, para facilitar y mejorar la dominación de clase. El aparato del Estado, por lo tanto, no dejaba de ser algo extraño y alejado de las clases populares. En el cuadro de esta perspectiva los gobiernos nacional populares, de izquierda, híbridos, podían ser entendidos lisa y llanamente como nacionalismos burgueses o reformismos al servicio de la dominación y del engaño de clase. Y a su vez, los mecanismos impersonales de la estructura se volvían omnipotentes y el sujeto era solo un «portador» de las relaciones sociales de dominación provistos por la estructura. 

 

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Desde mediados de los años setenta comienza lo que podríamos caracterizar como un viraje teórico político, desde su teoría regional del poder hacia una teoría relacional, y desde una afinidad maoísta hacia el eurocomunismo de izquierda. Su teoría relacional apuntaba a que el Estado ya no es una entidad fija y funcional, sino que está atravesado de par en par por las contradicciones de clase. Posee dimensiones variables, porque es una relación social igual a la caracterización de Marx sobre el capital. Esto significa que el Estado se vuelve un campo estratégico de lucha y la condensación material de relaciones de fuerza. Esto tiene implicancias fundamentales para la teoría pero también para la estrategia. 

En primer lugar, Poulantzas liquidaba la idea de la externalidad del Estado respecto a las clases subalternas. Esto, de alguna manera, seguía la reflexión incipiente de Gramsci en los años treinta sobre la diferencia morfológica del Estado en países de «oriente» dominados por monarquías y donde las clases populares no tenían lugar en el sistema político, y Estados «occidentales» donde se había afianzado la dominación burguesa moderna, muchas veces mediante el sistema democrático de partidos y el compromiso social,  en particular bajo el keynesianismo de posguerra. 

En segundo lugar, tenía implicaciones teóricas sobre los componentes del Estado, puesto que ya no se trataba de un aparato homogéneo sino de un aparato plagado de contradicciones, disfunciones, cortocircuitos, en una palabra era un terreno de lucha y disputa, que variaba de cuerdo a la relación de fuerzas sociales. 

En tercer lugar, los sujetos ya no eran simples portadores de relaciones, marionetas llamadas a cumplir su papel en el gran teatro de la dominación y la explotación. Podían volverse sujetos activos, actuar, modificar circunstancias, en una palabra, hacer la historia. 

Todo esto lo llevó a Poulantzas a replantearse la estrategia política, que a su entender ya no podía —en la Europa de posguerra— sostenerse en la dualidad de poderes tal como se había desarrollado Lenin en Rusia y que seguía siendo la columna vertebral de la estrategia comunista hasta los años setenta, sino que se trataba de reformular la transición, donde la democracia política era vista ahora como conquista popular, como espacio de lucha, y se  proponía la combinación de una estrategia de disputa dentro del Estado y a distancia del Estado, mediante elementos de democracia directa y democracia indirecta de partidos. Esto lo alejó claramente de Althusser, quién siguió sosteniendo una estrategia clásica de doble poder y una denuncia abierta del Estado burgués como radicalmente exterior a los intereses y demandas de las clases subalternas.

Por último, con su teoría relacional, Nicos Poulantzas asumía que el Estado era también productor de relaciones sociales y no un simple reflejo de algo que se producía en el mercado. Al revés, el mercado no podía existir sin la participación activa del Estado en su regulación y sostenimiento. Tenemos entonces una mirada mucho más politicista del Estado como productor de relaciones. 

La idea de que el Estado era expresión de una relación de fuerzas, incluso si se decía que eran una condensación material de esas relaciones, podía arrojarlo fuera de lo que en esa época se consideraba el campo propio del marxismo, puesto que le quitaba a priori el anclaje de clase. Pero Poulantzas, que jamás cruzó ese límite, sostuvo que el Estado era, a pesar de su relacionismo, estructuralmente selectivo, conectado orgánicamente y beneficiando en la práctica a los intereses de la clase capitalista. 

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Es evidente que sus grandes aportes y sugerencias conllevaban contradicciones teóricas. En primer lugar, el reforzamiento de su  politicismo, del papel activo del Estado, chocaba con la idea marxista de la «determinación en última instancia por la economía». No había logrado una síntesis satisfactoria entre la determinación y la sobredeterminación. Poulantzas nunca estuvo dispuesto a poner en duda la credencial marxista de la «última instancia». No se cuestionó como era posible que una tendencia estructural, general se manifieste en la práctica. ¿Cuándo aparece la economía para poner frenos al ímpetu de lo político con su afán de forzar la historia? Incluso Althusser había dicho años después que no había determinación ni en última ni en ninguna instancia. Pero Poulantzas nunca estuvo dispuesto a revisar esa concepción, con lo que volvía a remitir a las determinantes estructurales, limitando lo alcances teóricos de la autonomía política. El Estado, que había adquirido la capacidad de dar forma a clases y relaciones sociales, volvía sobre sus pasos. 

Además, aunque se vio influido por los aportes de Foucault sobre la dimensión pluralista de las relaciones de poder, y su relacionismo se vio influido por sus ideas, nunca abandonó la centralidad del conflicto de clase como el fundamento de su explicación de la sociedad. Intuyó, en los últimos escritos, que los movimientos sociales, estudiantiles, contra la guerra, ecologistas, feministas cumplían un papel importante y debían ser autónomos del partido, aunque nunca dejaron de ser más que «frentes secundarios» como se los llamaba en esa época. Tampoco consideró que otras relaciones de poder, por ejemplo, relaciones políticas de poder, relaciones militares de poder o relaciones de dominación ideológicas, científicas o de status, podían ser rivales de las relaciones de clase para la explicación de lo procesos sociales. Siempre rechazó las interpretaciones weberianas sobre la dominación de las élites políticas. 

En sus últimos escritos y en su último libro de 1978 Estado, poder y socialismo, insistió con la categoría de estatismo autoritario, además advirtió sobre la crisis del Estado en relación al agotamiento del Estado de bienestar y el proceso de internacionalización del capital liderado por EEUU al que Europa se subordinaba cada vez más. 

Hasta ahí llegó Nicos Poulantzas. Dejó instrumentos ricos, potentes, por primera vez el marxismo tenía la posibilidad de abrir una discusión seria sobre la política en cuanto categoría teórica. Y también dejó problemáticas abiertas, no resueltos, impasses, contradicciones. Igual que Althusser todos estos tópicos fueron parte del debate sobre la llamada «crisis del marxismo», que luego de su muerte no hizo más que profundizarse. 

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Sobre ellas y sobre su legado, de manera más directa o más indirecta, trabajará toda una generación que no va ser indiferente a sus aportes y a abordajes. 

Lo paradójico del caso es que, cuando pensó que había finalizado su obra, que había encontrado una teoría sistemática del Estado, el ciclo iba a recomenzar. Pero en un ciclo inverso: ahora, su discípulo más ortodoxo, el británico Bob Jessop, sostendría que después de Estado, Poder y Socialismo, ya no se podía hablar de una teoría marxista del Estado. En el sentido de que no era ya posible una teoría omnicomprensiva del Estado. Teoría hay, pero debe ser de alcance intermedio, porque los estados son históricos, de composiciones variables, porque no hay un metafísica del Estado, sino estados históricos, coyunturas, procesos cambiantes, y esto por la misma definición relacional de Poulantzas, porque están atravesados por las luchas y conforman condensaciones diversas e inesperadas. 

Esta definición tendrá repercusiones en el conjunto del andamiaje teórico en el pasaje de Poulantzas a Jessop. En primer lugar, Jessop va a sostener que no hay ni primera ni última instancia para la economía. Que nunca la estructura emerge como coyuntura, que aunque puede limitar históricamente las opciones, siempre estará abierta a la dinámica de los acontecimientos. 

En segundo lugar, el Estado pasa a ser de estructural a estratégicamente selectivo. Aunque el Estado tiende a beneficiar a la clase capitalista, no está asegurado teóricamente. Podría ser que bajo ciertas circunstancias el Estado se vuelva disfuncional para los capitalistas. Porque las opciones no están definidas solo en el campo de las limitantes estrcuturales sino también en las recursividades y acciones disponibles que tienen ante sí los diversos agentes, que al optar por ciertas estrategias y dejar otras de lado, poseen un impacto diferencial sobre esas cristalizaciones institucionales, históricas del Estado y sus instituciones. Así, también tenemos Estados que ya no son capitalistas o no capitalistas, sino que son más o menos capitalistas, más o menos funcionales, y eso depende de relaciones de fuerza, de memorias y formatos institucionales y eventos políticos no inscriptos a priori en la estructura social. 

Además, para Jessop, siguiendo al neoinstitucionalismo histórico, las instituciones importan, tiene capacidad de actual sobre lo social. Y también importan los discursos. Porque hay imágenes, efectos y narrativas de estatidad, antes que estados unitarios. 

El papel de lo discursivo va tomando cada vez más relevancia para Bob Jessop, y aunque rechaza la lógica radical de Laclau que suelta amarras con las determinantes extralingüísticas, asume que el papel de las batallas discursivas es decisivo para definir articulaciones hegemónicas. 

Al mismo tiempo retoma a Foucault en el punto en que lo dejó Poulantzas, revalorizando el componente técnico político de los dispositivos de saber-poder y las técnicas de dominación. Y aunque coincide con Poulantzas en la necesidad de dar carnadura social y en jerarquizar la dominación de clase por sobre otras existentes, Jessop asume la importancia de las dominaciones capitales y multifacéticas de la sociedad actual para trazar una estrategia contra la dominación de género, étnica, cultural, intrafamiliar o al interior de las instituciones, lo que le da un papel distintivo a los movimientos sociales. En definitiva, Jessop avanza por la cornisa de algunos de los temas posmarxistas y posestrcuturalistas que se dispararon en Francia y otros países desde la década del setenta. Hacia una mayor pluralidad de fuentes teóricas, hacia la disipación de los efectos de verdad que ofrecían las grandes teorías sistemáticas, y al debilitamiento de los fundamentos sociales de la política, acercándose de este modo a los teóricos posfundacionales. 

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Otro de los autores jerarquizados en este debate es el norteamericano Fred Block. Se trata de uno de los autores más destacados del neoestatismo junto Theda Skocpol. Block insistirá en ir más allá de la autonomía relativa y aceptar la existencia de una élite político burocrática que posee poder e intereses por derecho propio. Desde los años 80 —cuando Theda Skocpol y Block dicen que hay que traer al Estado al primer plano—, estos autores nunca abandonan la centralidad del Estado, ni desde el punto de vista analítico y ni desde el punto de vista de una estrategia política. La élite político-burocrática, aunque suele implementar políticas que benefician a la clase capitalista, pues de ellas extraen sus recursos fiscales y su legitimidad política, puede ocurrir, como de hecho ocurre durante períodos de crisis económica y social, que la burocracia del Estado se recuesta en la clase trabajadora para imponer fuertes restricciones a la libertad y a las ganancias del capital. 

Entonces, esta mirada estadocéntrica pone el acento en la autonomía de lo político, del rol mediador de los gerente políticos y la transforma en un actor más por derecho propio. Pero a diferencia de la versión dura de Skocpol, la versión blanda de Block establece una dialéctica entre Estado y sociedad que esquiva las tentaciones más radicales del análisis estatalista e institucionalista, que centra el núcleo de su explicación social partiendo de las instituciones y sus capacidades. El elitismo institucional de Block plantea un politicismo que va más allá de la autonomía limitada de Poulantzas, y recupera algo de las intuiciones weberianas y de la articulación hegemónica de Laclau. 

No hay «lógica del capital», digamos, que pueda impedir el curso de una lucha anticapitalista en el que la élite política forme parte. Una alianza entre clases subalternas y élite política, incluso puede propiciar procesos radicales de transformación, como lo demuestran movimientos nacional populares impulsados desde arriba y desde abajo en América Latina. 

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Michael Mann es el autor más alejado de la tradición poulantziana. Se alejó por el camino abierto por el empirismo inglés y la sociología histórica. Mann decía que a Poulantzas le interesaba más la crítica marxista que la propia realidad, y algo de eso también le criticó otro británico, Ralph Miliband en su clásica polémica con Poulantzas. Mann, aun autor enrolado en una especie de marxismo weberiano, ha desarrollado una sociología histórica monumental, cinco volúmenes sobre las fuentes del poder en la historia. 

Mann da una explicación alternativa a la de Poulantzas sobre la naturaleza y las relaciones del poder. Asegura, igual que Marx, que la base económica ha sido decisiva para la conformación de la sociedad y del Estado moderno, pero no la única, ni la más relevante en todo momento y lugar. Sostiene la necesidad de ver a lo que llamamos sociedad como una red de relaciones de poder económico, político, militar e ideológico con sus propias lógicas y relaciones que se entrecruzan de manera aleatoria sin que se pueda predecir el papel y la importancia decisiva de cada una, dependiendo de cada coyuntura histórica. Mann se enrola en un neoestatismo relacional. 

Igual que Jessop, Mann asume como propia la definición de Poulantzas de que la autonomía del Estado (y por lo tanto su efecto de unidad) está dado por ser el lugar en el que convergen relaciones de poder. Es decir, no insiste tanto en la autonomía de los gerentes estatales como en la autonomía dada por el lugar en el que convergen las relaciones de poder, lugar de síntesis  y metabolismo del poder. Su interpretación de acontecimientos como la Primera Guerra Mundial o el fascismo difieren de las explicaciones causales basadas en la economía y las disputas interimperialistas por los mercados. El fascismo, además, debería ser explicado, sostiene, desde un lugar distinto al de la determinación económica con el que los marxistas han insistido. 

Block, Mann y Jessop se separan de Poulantzas en un punto crucial: el Estado no puede definirse per se como Estado capitalista, puesto que depende del tipo de orden social en el que el Estado esté enraizado. Mann y Jessop lo llaman Estado polimorfo. Y ambos no definen al Estado según sus funciones como era tradición en el marxismo, sino por la morfología de sus instituciones. 

El israelí, Joel Migdal rescata el concepto de Estado como el resultado dinámico de consecuencias no buscadas, de luchas y cristalizaciones parciales, siempre puestas en duda, siempre fallidas. Una mirada que apunta contra las teorías racionalistas que prescriben cómo deben ser los estados para ser «racionales» (y es evidente que deben ser siempre a imagen y semejanza de Europa y Estados Unidos). Migdal encuentra en las ilegalidades, semilegalidades e informalidades periféricas no una muestra de irracionalidad desviada del estándar esperado, sino otra forma de gestión y otra racionalidad alternativa a los modelos eurocentristas. Proviniendo del pluralismo teórico, su convergencia con Jessop parece notable. 

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El libro recoge textos que, salvo el de García Linera, no son de autores latinoamericanos, pero los temas que se tratan, la perspectiva y las problemáticas que recorren tienen una traductibilidad latinoamericana evidente. Si vemos los aportes de Linera, y en particular el caso boliviano, aun con todas sus particularidades, las categorías que mencionamos apareen en movimiento. 

El proceso boliviano pone en discusión la relación entre sociedad y Estado, entre los movimientos sociales y el Estado como productor también de realidades transformadoras. Pone en discusión el concepto de materialidad e idealidad, y el metabolismo dinámico entre sociedad y Estado, el carácter disputado y no cerrado del Estado, atravesado por conflictos y disputas verticales y horizontales, heterogéneo, cambiante, cristalización de relaciones de fuerza y de múltiples relaciones de poder. Y en particular ha puesto en discusión las formas de la transición socialista, la relación entre la democracia directa y el sufragio electoral, el Estado como lugar de dominación y lugar de emancipación. 

Fuimos testigos de la evolución política e intelectual de Linera, desde una perspectiva catarista más ligada al autonomismo que miraba al Estado desde una concepción externa al movimiento social, a otra en los que conceptos como el de hegemonía o la concepción relacional del Estado se hace cada vez más presente a medida que avanza su propia experiencia como vicepresidente y actor clave de la historia boliviana de las últimas dos décadas. Por eso polemizando con Holloway rechaza que la sociedad y las clases subalternas construyan su historia al margen del Estado. Así, sugiere que la idea de «cambiar el mundo sin tomar el poder» es pensar que el poder es una propiedad y no una relación, que es una cosa externa a lo social y no un vínculo social que nos atraviesa a todos. 

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Cuando Poulantzas sostuvo una línea estratégica de socialismo democrático, basado en el fortalecimiento recíproco de la democracia directa fuera del Estado y la democracia electoral al interior del mismo, ese proyecto, que en Francia pasaba por el triunfo electoral del frente de izquierda, no se dio, su estrategia eurocomunista no se pudo concretar, y poco tiempo después el triunfo del tathcherismo y la reacción conservadora sepultarían las ilusiones puestas en la transición europea. Ese escenario, paradójicamente, se abrió mucho más claramente en América Latina en los 2000 que en la Europa de Poulantzas. 

Con todos los triunfos y derrotas, los errores y los aciertos de los gobiernos posneoliberales, el idioma poulantziano parecía echar más raíces en suelo latinoamericano que en la propia Europa, habla mejor el idioma español que el francés, el inglés o el italiano, se entiende mejor en El Alto de La Paz, el trópico de Cochabamba o las asambleas populares y movimientos feministas en Argentina, que en el barrio latino, la Sorbona o la Renault de Fline. 

Estamos, entonces, en presencia de un problema de traductibilidad: en qué medida estas discusiones abiertas nos interpelan y nos ayudan a pensar nuestra propia realidad, cómo sacamos provecho de los aportes y debates que el autor griego disparó en su momento y cómo los traducimos a nuestro propio terreno sin que sea ni calco ni copia.

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