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Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Lula da Silva fueron los principales impulsores de la integración regional latinoamericana en los años de la «Marea Rosa». (Foto: Agencia Brasil / Ricardo Stuckert)

Los nuevos progresismos latinoamericanos

El campo progresista de América Latina difiere mucho de aquel que configuró la «Marea Rosa» de principios de siglo. Ha perdido la impronta integracionista que supo tener y, sin un líder capaz de cohesionarlo políticamente, se inclina más por gestionar lo existente que por proponer algún cambio de fondo.

El año 2021 tuvo un saldo positivo para la izquierda latinoamericana en términos electorales. Pese al traspié en las presidenciales de Ecuador con la derrota de Andrés Arauz en la segunda vuelta, las victorias electorales de Pedro Castillo en Perú, Xiomara Castro en Honduras y Gabriel Boric en Chile abrieron paso a la idea de una nueva etapa de gobiernos progresistas en América Latina, sobre la cual se venían generando hipótesis desde los triunfos de Andrés Manuel López Obrador en 2018, Alberto Fernández en 2019 y Luis Arce en 2020.

En el mismo sentido, Gustavo Petro en Colombia y Lula da Silva en Brasil se preparan para dar pelea en las venideras presidenciales de sus países. Las encuestas indican que ambos candidatos poseen sólidas posibilidades de llegar al gobierno, con lo que podría profundizarse este retorno de los progresismos al poder político en los distintos países de la región.

Sin embargo, por múltiples motivos, las circunstancias actuales son muy distintas a las que transitaron los gobiernos de la llamada «Marea Rosa», así como también hay marcadas diferencias en las formas de gestionar. En general, lo que se observa ahora son administraciones con un mayor nivel de moderación y menor nivel de intensidad política, con liderazgos más administrativos y menos carismáticos. La comparación entre Evo Morales y Luis Arce probablemente sea la más clara respecto a este último punto.

Pero, además, la cuestión de la integración, clave en los primeros años de este siglo, reviste un papel mucho más secundario en la actualidad. Los progresismos latinoamericanos carecen hoy de un liderazgo que cohesione y tome la iniciativa, como en su momento lo hizo Hugo Chávez, acompañado de otros presidentes como Néstor Kirchner o Lula da Silva. Hasta su muerte en 2013, el líder bolivariano supo impulsar las relaciones entre los países latinoamericanos a través de diferentes mecanismos, organizaciones y organismos —como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) o la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA)—. También promovió la creación del Banco del Sur y, en el año 2005, encabezó el rechazo al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que los Estados Unidos pretendían para el continente.

En la actualidad, aunque los resultados electorales vuelven a ser favorables, las cosas son muy distintas. Los mecanismos de integración que se encontraban en auge algunos años atrás hoy están prácticamente desintegrados o han caído en franco desuso, como la UNASUR. Las economías latinoamericanas enfrentan dificultades que, al menos en parte, habían logrado sortearse, y la geopolítica regional exhibe contrastes importantes respecto de la etapa anterior. 

El mandatario de la Venezuela actual es Nicolás Maduro, de quien prácticamente todos los presidentes latinoamericanos buscan desmarcarse. El Brasil de hoy es el del ultraderechista Bolsonaro y, aunque Lula volviera a ganar, probablemente centraría sus energías en la recuperación de las instituciones y en la búsqueda de reconciliar a su pueblo. En Argentina no hay Néstor Kirchner ni Cristina Fernández, sino Alberto Fernández, que aunque supo tener una acertada apuesta en lo regional con el tema Bolivia —dando asilo a Evo Morales tras el golpe de Estado y expresando su apoyo a Luis Arce en las elecciones—, no logra encauzar el rumbo de una convulsionada situación económica, a la que ahora se suma también una crisis política al interior de su coalición de gobierno.

En Perú, Pedro Castillo tiene que lidiar permanentemente con el peligro de ser otro presidente fugaz devorado por el Congreso. En el Chile de Boric todo está por verse, pero en principio hablamos de un presidente que deberá estar a la altura de las grandes expectativas que abrió el período de intensa movilización de los últimos años. Y aunque López Obrador pareciera tener más ordenados los asuntos internos, también ha debido hacer frente a dificultades.

Las dificultades y las derivas de los proyectos políticos de Venezuela y Nicaragua representan un escollo para el campo nacional-popular de la región. No hay un posicionamiento común en este punto por parte de los demás gobiernos, sino más bien un amplio abanico: el de Bolivia mantiene un vínculo, el de Argentina es lejano y a menudo se posiciona de forma contradictoria en los organismos internacionales, el de Chile se desmarca, el de Perú a menudo repite discursos de la derecha regional, etc. Sin dudas, resulta lógico pensar que estas diferencias responden más a la imagen de la que estos presidentes buscan revestirse frente a la opinión pública de sus respectivos países que a las diferencias ideológicas o de diagnóstico que puedan tener sobre la situación de las naciones gobernadas por Maduro y Ortega. Sin embargo, esa falta de acuerdo impide tener una idea clara sobre qué harían con ellos ante, por ejemplo, una hipotética reconstrucción de la UNASUR.

En un mundo multipolar, plagado de dificultades, convulsionado por un conflicto bélico en territorio europeo y con las disputas políticas y económicas que hace años llevan adelante China y Estados Unidos, América Latina precisa la integración para posicionarse de un modo más robusto frente a las potencias, negociando y explotando sus propias virtudes.

En la actualidad, sin embargo, los progresismos de la región no tienen un proyecto —ni un liderazgo claro para conducirlo— que pueda dar respuesta a ese desafío, y no se vislumbra un horizonte esperanzador en lo inmediato en ese sentido.

De todos modos, el rotundo fracaso del Grupo de Lima muestra que la ola conservadora también tuvo sus dificultades para hacer prevalecer sus iniciativas para la región. Para el campo nacional-popular, además de las cuestiones ya mencionadas, seguramente tenga que ver con un momento político: gobiernos progresistas que, en su mayoría, llegan al poder con iniciativas de menor profundidad y sin una visión de futuro prolongada como la que había durante los primeros años del siglo. En eso también puede verse que la coyuntura en América Latina, lejos de reflejar una hegemonía consolidada, se encuentra abiertamente en disputa.

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