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Estatuas de Karl Marx y Friedrich Engels en el parque Marx-Engels-Forum de Berlín, Alemania. (Márcio Cabral de Moura / Flickr)

La ideología alemana es el apogeo del pensamiento filosófico marxista

Traducción: Valentín Huarte

La ideología alemana marca un punto de quiebre fundamental en el desarrollo del pensamiento de Marx y Engels. Hito en la tradición de la filosofía idealista, permitió que sus autores fueran más allá de los sistemas filosóficos y enfrentaran el mundo real con la intención de transformarlo.

¿Qué es La ideología alemana? Es un libro de Karl Marx y Friedrich Engels. Bueno, algo así… En realidad, no lo terminaron ni lo publicaron en vida, y hoy muchos académicos dudan de que los textos que aparecieron bajo ese título hayan sido concebidos como partes de una obra única y coherente.

Entonces, de nuevo, ¿qué es La ideología alemana? Es la obra filosófica más importante de Marx y de Engels… Pero también es decididamente antifilosófica: su objetivo era, como dijo Marx una vez, saldar cuentas con «nuestra antigua conciencia filosófica»

Una vez más, ¿qué es La ideología alemana? Aunque tal vez sea mejor preguntar: ¿Qué es «la ideología alemana» a la que refiere el título de La ideología alemana? En síntesis, la «ideología alemana» es la filosofía hegeliana.

Cuando Marx y Engels eran jóvenes, G. W. F. Hegel, que había sido profesor de filosofía en la Universidad de Berlín desde 1818 hasta su muerte, era por lejos el intelectual más importante de la época. La obra de Hegel es el punto más álgido del «idealismo alemán», surgido en la estela de la publicación de la Crítica de la razón pura (1871) de Kant.

Kant pretendía conservar la metafísica racionalista de filósofos como Gottfried Wilhelm Leibniz a pesar de escepticismo destructivo del empirista David Hume, que en su Tratado de la naturaleza humana (1739) había atacado el uso de la razón con fines especulativos. La estrategia de Kant pasó por anunciar una «revolución» que permitiría que los filósofos enunciaran tesis metafísicas válidas: bastaba fundarlas en las estructuras subjetivas de la conciencia humana sin postular un mundo «objetivo» más allá del sujeto pensante. Su obra tuvo una influencia enorme, pero la distinción entre las «apariencias» —que podemos conocer— y las «cosas en sí» —que no podemos conocer— nunca dejó de generar cierta incomodidad. Por eso, durante el período filosófico que siguió a la publicación de la Crítica…, muchos sucesores brillantes intentaron superar la distinción kantiana.

Suele pensarse que ese período terminó con Hegel y que la época heroica de la filosofía idealista culminó en 1807 con la publicación de su obra más importante, la Fenomenología del espíritu. Sin entrar en detalle, cabe afirmar que la filosofía de Hegel es una forma de «idealismo absoluto» que postula que, en el marco de un proceso de desarrollo histórico, todo lo que la mente llega a experimentar termina identificándose absolutamente con lo que existe en el mundo. En su obra de filosofía política más importante, la Filosofía del derecho (1820), Hegel bosquejó una idea del Estado fundada en su método «reconstructivo», según el cual analiza retrospectivamente el sistema político de su época como si hubiese sido el resultado de un proceso de desarrollo racional. En este sentido, comprendemos la justificación —cuando menos, intrínseca— del propio sistema.

Los jóvenes hegelianos

Después de la muerte de Hegel, sus partidarios se dividieron en dos bandos: los hegelianos «viejos» o «de derecha», que creían que la historia había llegado a su fin con el pensamiento de Hegel y con las instituciones del Estado prusiano que se servían de él, y los hegelianos «jóvenes» o «de izquierda», que pretendían utilizar los recursos legados por su mentor para realizar una crítica radical del mundo existente. Después de todo, cabía pensar que el método reconstructivo contuviera todavía ciertas contradicciones internas y también ciertas justificaciones. El contacto con el hegelianismo de izquierda, especialmente con Ludwig Feuerbach, precipitó la madurez filosófica de Marx y Engels. Feuerbach era un filósofo «humanista» que intentaba enfatizar, contra Hegel, la dimensión material, sensitiva y corpórea de nuestra vida. Desde su punto de vista, la razón era una cosa humana y el hombre, además de ser esencialmente libre y «universal», era la medida de toda realidad. Pero, sobre todo porque su mejor parte estaba alienada, el hombre olvidaba todo eso y se entregaba a su creación más preciada: Dios.

Feuerbach fue el héroe más joven que tuvo Marx y abrió una vía de salida del idealismo de Hegel, en todo sentido más abstracto y conservador. Sin embargo, la plena madurez filosófica de Marx llegó con la escritura de La ideología alemana. En gran medida, el objetivo de los estudios de Marx y Engels, de los que surgió La ideología alemana, era fundar el socialismo sobre cimientos científicos (contra toda especulación filosófica, idealista), abandonando sus propias pretensiones feuerbachianas. Ese es el contexto intelectual en el debemos leer el giro hacia el «materialismo histórico»: La ideología alemana es un intento de estudiar el animal humano como una criatura que emergió en y con —no fuera ni encima de— la historia.

El otro personaje fundamental con el que Marx y Engels discutían mientras escribían La ideología alemana era Max Stirner, un conocido de Engels. En realidad, «Max Stirner» era el seudónimo de Johann Kaspar Schmidt, profesor berlinés que trabajaba en una escuela de mujeres. Después de terminar su carrera académica con un fracaso en el examen oral de su tesis de doctorado, Stirner había empezado a asistir a las reuniones de los jóvenes hegelianos de Berlín y se había acercado bastante a Engels. Hoy las únicas representaciones visuales que quedan de Stirner son las caricaturas que Engels dibujó muchos años después a pedido de John Henry Mackay, biógrafo de este ignoto profesor berlinés.

En 1844, este hombre tranquilo, que no parece haber tenido ningún amigo de verdad —hasta su esposa confesó más tarde que no lo apreciaba mucho—, publicó un libro titulado Der Einzige und sein Eigenthum (El único y su propiedad), que pretendía ser, al menos en parte, una crítica general de Feuerbach. En ese libro, Stirner argumenta que básicamente todo lo que pensamos que existe y a lo que nos sometemos —la religión, la moral, el Estado, en fin, nuestro estatuto de miembros de eso que llamamos «la especie humana»— es producto de una mera fantasía, una maquinación en nuestra cabeza: algo que nos es ajeno y que consideramos importante solo porque nos mantiene cautivos. En realidad, lo único que existe es mi yo y todo lo que movilice mis intereses en el presente (es decir, mi «propiedad», en el único sentido coherente que tiene esta palabra). Más allá de eso, no hay nada: «Encontré mi causa», declara Stirner en las primeras líneas de su libro, «en la nada». La nada, por lo tanto, ningún valor «real»: todos deberíamos tener el poder de actuar como egoístas consecuentes, es decir, como nihilistas.

Por supuesto, esta tesis, al menos en principio, parece oponerse tan radicalmente a las perspectivas comunistas de Marx y Engels que estos habrían estado completamente justificados si hubieran decidido pasarla por alto. Pero, de hecho, el libro de Stirner fascinó a Marx y Engels. Engels, sobre todo, quedó muy entusiasmado después de la primera lectura, en parte porque las críticas que Stirner lanzaba contra la tradición de los jóvenes hegelianos eran parecidas a las que él empezaba a desarrollar junto a Marx. En efecto, en una carta a su amigo fechada el 19 de noviembre de 1844, Engels escribió que el egoísmo de Stirner «es tan extremo, tan absurdo y al mismo tiempo tan consecuente, que no logra sostener su unilateralidad ni siquiera un instante, sino que debe transformarse inmediatamente en comunismo».

La primera respuesta de Marx a esta carta se perdió, pero otras cartas sugieren que la obra de Stirner no despertaba tanto interés en él, y que, de hecho, decidió echar paños fríos sobre la efusiva recepción de Engels. Como sea, la influencia de Stirner sobre Marx fue suficiente como para que escribiera más de trescientas páginas detalladas de interpretación y crítica. Aunque hay que decir que el «manuscrito Stirner», si bien preciso, es también poco caritativo con su oponente: Marx escribe con mucho humor, pero en este caso los insultos tienden a un tono escolar, a buscar una risa un poco boba, y parecen no tener mucho sentido a menos que uno conozca a la vez a los jóvenes hegelianos y a «su» Don Quijote. De hecho, el capítulo de Stirner sobre Don Quijote tiene mucho contenido.

Como sea, la sección que Marx y Engels dedicaron a Stirner es importante porque ayuda a esclarecer lo que piensan sobre la relación entre los intereses individuales y los intereses de clase, y la conclusión de que, con la creciente proletarización de la población que conlleva el capitalismo, llegará inevitablemente la abolición de la sociedad de clases. En síntesis: si las personas son realmente eso que la sociedad burguesa piensa que son —es decir, individuos egoístas—, tarde o temprano reunirse y derrocar el sistema que atenta contra esos intereses será el interés egoísta de tantos individuos como son necesarios para lograr un objetivo así. Por supuesto, en el proceso también caerá el «individualismo» egoísta tal como lo conocemos. La ventaja de este enfoque es que nos permite comprender el individuo como una categoría histórica, mientras nos muestra al mismo tiempo que es posible pensar el comunismo de modo extramoral, por decirlo de alguna forma, es decir, en línea con los presupuestos conductuales desencantados de los economistas capitalistas: el comunismo será la consecuencia lógica de las acciones de personas egoístas que no hacen más que actuar en función de sus propios intereses.

Transformarlo

Aunque Marx y Engels nunca publicaron ni terminaron La ideología alemana, la obra cumplió un papel fundamental en su desarrollo intelectual. Más tarde, Marx escribió que la preparación de La ideología alemana había servido en cierto sentido para purgar las restricciones a las que había sometido su pensamiento la filosofía académica de su época. Por mi parte, pienso que Marx siguió siendo un filósofo, o que, en todo caso, siguió pensando filosóficamente, es decir, utilizando recursos filosóficos para analizar y criticar el mundo. Pero abandonó —y esto es importante— todo compromiso con la filosofía por sí misma. En cambio, después de La ideología alemana, descubrimos exactamente lo que dice Marx: un pensamiento liberado de su «antigua conciencia filosófica» y capaz de pensar, por lo tanto, en el mundo de formas mucho más variadas, activas y transformadoras, sin ese pedante superego académico que supervisa constantemente toda reflexión, y sin mentores filosóficos a los que rendir reverencia. Los primeros resultados de este proceso son legibles en El manifiesto del Partido Comunista (1848), y adquirieron consistencia plena en el proyecto que consumió toda la vida del autor: su «economía», esa obra que terminó convirtiéndose en El capital (el libro primero, publicado en 1867).

En ese sentido, La ideología alemana fue un proyecto que Marx y Engels emprendieron en un momento de transición: una especie de cuello de botella evolutivo en el que dejaron toda la filosofía con la que se habían formado —la radical y la otra— y que arrojó un resultado completamente distinto, como un rayo de luz que sale transformado del otro lado de un prisma.

Pero La ideología alemana es también un punto final. Desde mi punto de vista, representa la verdadera conclusión —y en ese sentido, creo que es también una superación— de la tradición filosófica del idealismo alemán.

La filosofía materialista de la historia de Marx y Engels hace a un lado a Hegel y se coloca delante de Hume porque nos permite comprender que esta cosa básicamente irracional —la «naturaleza humana», es decir, la suma de nuestros impulsos y nuestros apetitos más crudos— produjo la sociedad como la conocemos y tal vez un día logre abrirle paso a una nueva. Como nos dicen sus creadores, esa filosofía toma a los seres humanos como son —«reales» y «activos»— y muestra que estos seres egoístas, irracionales, dependientes y deseantes tal vez logren construir un mundo en el que puedan poner en práctica un «dominio consciente» y construir relaciones libres. De esa manera, Marx y Engels conservan cierto anhelo de «autonomía» muy distintivo del idealismo alemán. En La ideología alemana, Marx y Engels superan a Hegel poniendo el Espíritu, no tanto de pies a cabeza, sino más bien directamente sobre su estómago.

O, en todo caso, esa es mi lectura del texto. Desde mi punto de vista, La ideología alemana nos permite disolver cierta tendencia histórica de la tradición filosófica que la inclina hacia la construcción de esos «sistemas» tan típicos de la filosofía alemana en la que se formaron Marx y Engels. La tradición idealista plantea soluciones elaboradas a problemas internos de la razón y por eso termina coronando a esta última como soberana. Por el contrario, Marx y Engels consideran que los problemas filosóficos en tanto tales reflejan siempre conflictos materiales del mundo. Por lo tanto, su solución no debe buscarse en la construcción de sistemas abstractos, sino en la práctica del «mundo real»: el pensamiento debe luchar, no solo para comprender el mundo, sino —como dice Marx en sus célebres Tesis sobre Feuerbach (escritas en 1845)— transformarlo.

 

Este texto es un fragmento de la introducción a The German Ideology: A New Abridgement (Repeater, 2022).

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