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Una mujer cruza un puente destruido mientras los civiles siguen huyendo de Irpin debido a los continuos ataques rusos. (Diego Herrera Carcedo / Agencia Anadolu vía Getty Images)

Debate Ucrania: Gilbert Achcar responde a Kouvelakis

Traducción: Viento Sur

La invasión rusa de Ucrania inspira intensos debates en la izquierda sobre la naturaleza del imperialismo y la posición antiimperialista correcta.

Stathis Kouvélakis (SK) ha publicado una respuesta de51.900 caracteres a mi memorándum de sólo 6.300 caracteres; más bien se trata de una crítica, ya que mi texto no tiene nada que ver con sus posiciones, que yo desconocía, a no ser que quisiera actuar como portavoz de mis detractores neocampistas. En ese texto, SK abre muchas puertas de par en par. El cuestionamiento de la decisión de ampliar la OTAN se expresa hoy en día en todas partes, incluso en los principales medios de comunicación burgueses e imperialistas. Realmente no tiene mucho sentido dedicarle tanto espacio si el objetivo era responderme, sobre todo porque SK sabe muy bien que llevo mucho tiempo denunciando esta decisión y sus desastrosas consecuencias, en particular en mi libro La Nouvelle Guerre froide: Le monde après le Kosovo, publicado en 2000 (estoy preparando una segunda edición muy ampliada), y que incluso cita más de una vez.

SK podría haberse dado cuenta de que mi memorándum pretendía definir de forma inmediata una posición concisa sobre las cuestiones más directamente relacionadas con la invasión rusa, y no recapitular las posiciones de siempre. Y si se hubiera tomado la molestia de escuchar la entrevista que concedí el 2 de marzo a Julien Salingue para el NPA, se habría dado cuenta de que no soy yo quien necesita ser convencido de la necesidad de pronunciarse a favor de la disolución de la OTAN. Dicho esto, analicemos, de todos modos, los argumentos de SK . Sólo comentaré aquello que me parece problemático de lo que dice, no las cosas con las que sólo puedo estar de acuerdo, la mayoría de las cuales he dicho muchas veces. Y pido disculpas por la longitud de este texto, aunque es menos de la mitad del de SK. Esto se debe a que, para restablecer los argumentos, he tenido que citar pasajes enteros de su respuesta, así como de mi memorándum.

Empecemos por el escenario que SK establece antes de desplegar sus argumentos. Cree ver una división Norte-Sur en el hecho de que, como él lo describe:

En cambio, en los países del Sur Global, en América Latina, África, el mundo árabe-musulmán, y en gran parte de Asia el apoyo a Rusia, o al menos cierta benevolencia hacia ella, está mucho más extendido, tanto en la opinión pública como en algunos sectores de la izquierda.

Una tendencia que, según él

se refleja también en las posiciones de un importante número de gobiernos, treinta y cinco de los cuales se abstuvieron en la ONU durante la votación de la resolución de condena de la invasión rusa, entre ellos China, India, Vietnam, Cuba, Venezuela y Bolivia.

Veamos primero los hechos. En la parte del mundo de donde provengo, la zona de habla árabe, los únicos partidos de izquierda que apoyaron la invasión rusa fueron los vinculados al régimen sanguinario de Bashar al-Assad, bajo protectorado ruso. Los dos principales partidos comunistas de la región, el de Irak y el de Sudán, han condenado abiertamente la invasión rusa, al tiempo que han denunciado (convenientemente) la política del imperialismo estadounidense. En su comunicado, el PC de Sudán, tras denunciar los conflictos entre fuerzas imperialistas, «condena la invasión rusa de Ucrania y exige la retirada inmediata de las fuerzas rusas de ese país, al tiempo que condena la continuación, por parte de la alianza imperialista liderada por Estados Unidos, de su política de atizar las tensiones y la guerra, y de amenazar la paz y la seguridad mundiales». Los comunistas sudaneses están bien situados para conocer la verdad sobre el imperialismo ruso, la única de las grandes potencias que apoya abiertamente a los golpistas en su país.

En la votación de la Asamblea General de la ONU sobre la condena de la invasión rusa, como dice SK, treinta y cinco países se abstuvieron. Y todos ellos están en el Sur Global, por la buena razón de que los países del Norte Global votaron a favor (todos los países occidentales y aliados) o en contra (la propia Rusia y Bielorrusia). Sin embargo, no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que entre los 141 países que votaron a favor de la resolución, había mucho más de 35 países del mismo Sur global. Así pues, ¿se trata de una «división Norte-Sur», como afirma SK, o de una división entre amigos y/o clientes del imperialismo occidental, por un lado, y amigos y/o clientes del imperialismo ruso, por otro? Y como la mayoría de estos últimos son también amigos y/o clientes del imperialismo occidental, prefirieron abstenerse antes que sumar sus votos a los de los cinco Estados que votaron en contra de la resolución, que, además de los dos ya nombrados, son Corea del Norte, Siria y Eritrea.

SK comenta «la forma campista en que se percibe a la Rusia de Putin, una potencia imperialista secundaria y regresiva, en la escena mundial», explicando que «esta percepción distorsionada, subproducto de la abrumadora dominación de Estados Unidos, es la que, mediante una especie de ilusión óptica, le atribuye algunas de las características de la URSS de antaño» y la que hace que los Estados «del Sur que pretenden jugar su propia carta (es decir, con algunas excepciones, también los países capitalistas como China o India), lo ven con diversos grados de benevolencia, como un aguafiestas frente a la hiperpotencia estadounidense». Cabe señalar de paso que Rusia tiene el mayor arsenal nuclear del mundo, no el segundo como afirma SK en su texto. Incluso tiene más cabezas nucleares que las tres potencias nucleares de la OTAN -Estados Unidos, Francia y Reino Unido- juntas.

Estaríamos en un mundo aún más terrible de lo que ya es si «los países del Sur que pretenden jugar su propia carta» fuesen todos de la misma calaña que China –de por sí objeto de debate en cuanto a su carácter imperialista, lo que demuestra lo simplista que es el esquema Norte-Sur en política– o la India fascista de Narendra Modi. Pero, ¿por qué la India de Modi iba a “jugar su propia carta” y no, por ejemplo, el México de AMLO, el Afganistán de los talibanes, el Brasil de Bolsonaro (aunque admirador de Putin), el Myanmar de los generales (amparado por Pekín) o la Filipinas de Duterte, todos los cuales votaron a favor de la resolución de la ONU? De hecho, la presentación sesgada de los hechos por parte de SK sólo sirve para poner de relieve su enfoque general del tema.

Esto me lleva a la «nueva Guerra Fría» que, según mi análisis de hace más de veinte años, comenzó con el cambio de siglo, con la guerra de Kosovo (1999) que precipitó una situación que se había estado gestando durante toda la primera década postsoviética. SK no leyó bien lo que escribí en mi memorandúm:

La invasión rusa de Ucrania es el segundo momento decisivo de la nueva Guerra Fría en la que se ha sumido el mundo desde el cambio de siglo, como consecuencia de la decisión de Estados Unidos de ampliar la OTAN. El primer momento definitorio fue la invasión estadounidense de Irak en 2003.

Esto significa, nada más y nada menos, que en esta nueva Guerra Fría que se comenzó «con el cambio de siglo», ha habido hasta ahora dos momentos determinantes: la invasión de Irak en 2003 y la invasión de Ucrania en la actualidad. Desde luego, no he cambiado de opinión sobre cuándo empezó, como puede haber pensado SK.

El tono de su respuesta sube a medida que avanza el texto. En el memorandúm señalo que, tras su aplastante derrota en Irak, «la propensión del imperialismo estadounidense a invadir otros países se ha reducido mucho, como lo confirma la reciente retirada de sus tropas de Afganistán». Y luego añado:

El destino de la invasión rusa de Ucrania determinará la propensión de todos los demás países a la agresión. Si fracasa, el efecto sobre todas las potencias mundiales y regionales será de una fuerte disuasión. Si tiene éxito, es decir, si las botas de Rusia logran «pacificar» a Ucrania, el efecto será un cambio importante en la situación mundial hacia una ley de la selva sin límites, envalentonando al propio imperialismo estadounidense y a sus aliados para que continúen con su propio comportamiento agresivo.

Este razonamiento es doblemente insostenible”, escribe SK. “En primer lugar”, continúa,

el paralelismo entre la invasión de Ucrania y la de Irak es muy engañoso. Es cierto que ambos fueron actos de agresión y violación de la soberanía e integridad de un Estado. Pero la comparación termina ahí. Porque Irak está a miles de kilómetros de Estados Unidos y no se trataba de que se uniera a una alianza militar hostil a Washington […]. Actualmente, Ucrania cuenta con el apoyo militar, económico y diplomático de todo el campo occidental, encabezado por Estados Unidos, mientras que Irak no contaba con el apoyo de nadie y los talibanes sólo con el de Pakistán.

Aparte de que ya he señalado estas diferencias, más que en ningúna otra web en la web en la que participa SK [Contretemps] ¿en qué la lejanía de Irak y el hecho de que no fue apoyada por nadie hacen que el destino de la invasión rusa de Ucrania no determine «la propensión de todos los demás países a la agresión»? Misterio. SK continúa:

Si, gracias al masivo apoyo occidental, gana militarmente, lo que sería justo en la medida en que defiende la integridad de su territorio contra un invasor, será todo el bloque occidental el que celebre esta victoria como propia. Y, precisamente por esta victoria, podrá borrar las desastrosas imágenes de Kabul y Bagdad, que es sin duda una de las principales razones de la histeria belicista que recorre actualmente las capitales y los medios de comunicación occidentales. Al borrar sus imágenes de derrota, se envalentonará para continuar su marcha hacia el este y seguir imponiendo su dominio a nivel mundial, aunque de forma menos costosa que las expediciones como las de Irak y Afganistán.

En resumen, según SK, una victoria ucraniana sería «justa» pero de consecuencias desastrosas. Uno se pregunta si, por la misma lógica, la justicia no debería sacrificarse a la batalla suprema contra el «bloque occidental», como sostienen algunos en la pseudoizquierda neocampista. Por mi parte, escribí que un éxito ruso –que, por cierto, sigue siendo la hipótesis más probable en el futuro inmediato– envalentonaría “al propio imperialismo estadounidense y a sus aliados para que continúen con su propio comportamiento agresivo”. SK le da la vuelta al mismo término para decir que un fracaso ruso haría lo mismo. No estoy de acuerdo: Estados Unidos ya se ha beneficiado enormemente de las acciones de Putin. Deberían estar muy agradecidos al autócrata ruso.

El éxito de la invasión de Ucrania por parte de Rusia animaría a Estados Unidos a reanudar su camino de conquista mundial por la fuerza en un contexto de exacerbación de la nueva división colonial del mundo y de endurecimiento de los antagonismos globales, mientras que un fracaso ruso –que se sumaría a los fracasos estadounidenses en Irak y Afganistán– reforzaría lo que se conoce en Washington como el síndrome de Vietnam. Además, me parece bastante claro que una victoria rusa reforzaría enormemente el belicismo y la presión para aumentar el gasto militar en los países de la OTAN, mientras que una derrota rusa proporcionaría unas condiciones mucho mejores para librar nuestra batalla por el desarme general y la disolución de la OTAN.

Las siguientes palabras de SK no encajan bien con la coletilla [de la redacción de Contretemps] que precede a su artículo, en la que se afirma que la redacción no transigirá con «nuestro respetuoso marco». Cito:

la posición radical antiimperialista que defiende GA equivale a abogar no por la paz, sino por una victoria militar para Ucrania, que el apoyo logístico occidental debe hacer posible. Esta posición asume su belicismo, de ahí su pretensión de radicalidad, a la que dota de una dimensión antiimperialista, ya que se trata de derrotar al imperialismo ruso, salvo que en este aspecto es Joe Biden quien se convierte en el verdadero campeón del antiimperialismo.

Esto es tan lamentable que no merece ser comentado. Sigamos leyendo:

Ignorando el carácter interimperialista del conflicto actual, malinterpreta las consecuencias –por muy previsibles que sean– de una victoria obtenida en estas condiciones; a saber, una Ucrania avasallada, integrada orgánicamente en la OTAN, una Rusia asediada por todos lados por una alianza militar que la trata como un objetivo, un atlantismo triunfando sin oposición sobre Europa y más allá.

Si Ucrania consiguiera deshacerse del yugo ruso, se vería avasallada, argumenta SK, lo que, en efecto, es más que probable. Pero lo que no menciona es que si no lo hiciera, estaría esclavizado a Rusia. Y no hace falta ser medievalista para saber que ser vasallo es incomparablemente mejor que ser siervo. Lo que ocurre es que SK, a pesar de sus esfuerzos, no puede ocultar que lo que quiere es una especie de empate, más que una derrota rusa. Escribe:

Esta sombría posibilidad no hace que la resistencia ucraniana a la invasión rusa sea menos legítima, pero debemos tener claras las implicaciones de la configuración actual y no engañarnos. La dificultad fundamental a la que se enfrenta la izquierda contra la guerra en este momento es que, como en cualquier conflicto interimperialista, la victoria de uno u otro bando tiene consecuencias devastadoras, la peor de las cuales es sin duda una conflagración generalizada en Europa.

Su problema es que es ilusorio esperar un empate en caso de invasión de un país por otro. El cese de los combates con una retirada incondicional del invasor hasta las fronteras antes del 24 de marzo sería una victoria para Ucrania. El cese de los combates con la ocupación de una gran parte del territorio ucraniano, si no el sometimiento de toda Ucrania, sería una victoria para Rusia. Un resultado intermedio sería un éxito moderado para Moscú.

Pasemos ahora a la cuestión del armamento de la resistencia ucraniana. Yo escribí:

Estamos a favor de la entrega incondicional de armas defensivas a las víctimas de la agresión, en este caso, al Estado ucraniano que lucha contra la invasión rusa de su territorio. Ningún antiimperialista responsable le pidió a la URSS o a China que entraran en guerra en Vietnam contra la invasión estadounidense, pero todos los antiimperialistas radicales estaban a favor de un mayor suministro de armas de Moscú y Pekín a la resistencia vietnamita. Darles a los que luchan en una guerra justa los medios para luchar contra un agresor mucho más poderoso es un deber internacionalista elemental. Oponerse en bloque a estas entregas contradice la solidaridad elemental debida a las víctimas.

Comentarios de SK:

Este paralelismo con Vietnam parece, como mínimo, de mal gusto. Zelenski no es el nazi al que se refiere Putin, pero tampoco es Ho Chi Minch… El gobierno ucraniano es un gobierno burgués, al servicio de los intereses de una clase de oligarcas capitalistas, similar al que domina Rusia y en las demás repúblicas de la antigua URSS, y que pretende incorporar al país al campo occidental sin preocuparse de las previsibles consecuencias de semejante opción. Si bien es víctima de una agresión inaceptable, no representa ninguna causa progresista más amplia y sería completamente absurdo que las fuerzas de izquierda dignas de ese nombre defiendan que se arme.

Según esta lógica, sólo se puede apoyar a un pueblo que resiste contra una invasión imperialista sobrearmada si su resistencia está dirigida por comunistas y no por un gobierno burgués. Se trata de una vieja posición ultraizquierdista sobre la cuestión nacional, que Lenin ya criticó en su tiempo. El apoyo a una lucha justa contra la opresión nacional, por no hablar de la ocupación extranjera, debe darse independientemente de la naturaleza de su liderazgo: si se trata de una lucha justa, implica que la población afectada está activamente involucrada y merece apoyo, independientemente de la naturaleza de su liderazgo.

Ciertamente, no son los “oligarcas capitalistas” los que se movilizan en masa con las fuerzas armadas ucranianas en forma de guardia nacional improvisada y de petroleras [referencia a las mujeres que combatieron por la Comuna] de nuevo cuño, sino el pueblo trabajador de Ucrania. Y en su lucha contra el gran imperialismo ruso, dirigido por un gobierno autoritario y oligárquico ultrarreaccionario que preside el destino de uno de los países más desiguales del planeta, el pueblo ucraniano merece todo nuestro apoyo, que no es, sin embargo, acrítico hacia su gobierno.

El problema central de SK es que se equivoca sobre lo que es una guerra interimperialista. Si bastara con que fuera una guerra en la que cada bando fuera apoyado por un rival imperialista, entonces todas las guerras de nuestro tiempo serían interimperialistas, ya que por regla general basta con que un imperialista rival apoye a un bando para que el otro apoye al bando contrario. Una guerra interimperialista no es eso. Se trata de una guerra directa entre dos potencias, no de una guerra por delegación, cada una de las cuales pretende invadir el dominio territorial y (neo)colonial de la otra, como lo fue claramente la Primera Guerra Mundial. Como le gustaba llamarla a Lenin, se trata de una «guerra de saqueo» por ambas partes.

Calificar el actual conflicto en Ucrania, en el que ésta no tiene ninguna ambición, y mucho menos intención, de apoderarse del territorio ruso, y en el que Rusia tiene la intención declarada de subyugar a Ucrania y apoderarse de una gran parte de su territorio, como conflicto interimperialista, en lugar de guerra imperialista de invasión, es una escandalosa distorsión de la realidad.

«Hoy en día», escribe SK, «dada la naturaleza de las fuerzas implicadas, la entrega de armas a Ucrania sólo puede tener un propósito, asegurar su futuro vasallaje y transformación en un puesto avanzado de la OTAN en el flanco oriental de Rusia».

Esto no es cierto. El único objetivo de suministrar armas a Ucrania es ayudarle a oponerse a su esclavitud, aunque también quiera su vasallaje creyendo que es la única garantía de su libertad. Por supuesto, también debemos oponernos a su vasallaje, pero por el momento debemos ocuparnos de los asuntos más urgentes.

SK continúa su carga:

Dados los incalculables riesgos que conllevaría, ¿por qué oponerse, como argumenta el GA, sólo a la intervención militar directa en este conflicto y no a cualquier forma de intervención militar? ¿Es únicamente el innegable riesgo nuclear una razón suficiente para limitar la restricción a la intervención directa?

La respuesta es: sí, por supuesto. Ciertamente, es una condición suficiente, pero no es la única: la razón más directa –la que, a diferencia de la nuclear, no es hipotética (la disuasión mutua obliga), sino cierta– es que la entrada en guerra directa del otro bando imperialista transformaría el conflicto actual en una verdadera guerra interimperialista, en el sentido correcto del concepto, un tipo de guerra al que somos categóricamente hostiles.

«La línea que separa la intervención directa de la indirecta es menos clara de lo que algunos parecen pensar», dice SK. La línea es más clara de lo que piensa. Por eso, los miembros de la OTAN son unánimes (y no solo Emmanuel Macron, cuya sabiduría alaba SK) al declarar que no cruzarán la línea roja de enviar tropas para combatir a las fuerzas armadas rusas en suelo ucraniano, o derribar aviones rusos en el espacio aéreo ucraniano (a pesar de las exhortaciones de Volodimir Zelenski). Esto se debe a que temen, con razón, una espiral fatal, escépticos, como se han vuelto, sobre la racionalidad de Putin, que no dudó en blandir la amenaza nuclear desde el principio.

Si la lucha de los ucranianos contra la invasión rusa es justa, como admite SK a regañadientes, entonces es justo ayudarles a defenderse de un enemigo muy superior en número y armamento. Por eso estamos, sin dudarlo, a favor de entregar armas defensivas a la resistencia ucraniana. ¿Qué significa eso? Aquí también, SK no ve más que fuego.

Por ejemplo, estamos ciertamente a favor de suministrar misiles antiaéreos, portátiles o no, a la resistencia ucraniana. Oponerse a esto sería decir que las y los ucranianos sólo tienen más opción que ser masacrados y ver sus ciudades destruidas por la aviación rusa, sin tener los medios necesarios para defenderse o huir de su país. Pero, al mismo tiempo, no sólo debemos oponernos a la irresponsable idea de imponer una zona de exclusión aérea sobre Ucrania o parte de su territorio; también debemos oponernos a la entrega de aviones de combate a Ucrania, como prevé Joe Biden. Los cazas no son un arma estrictamente defensiva, y suministrarlos a Ucrania supondría, de hecho, el riesgo de intensificar el bombardeo ruso.

En resumen, estamos a favor de suministrar a Ucrania armas antiaéreas y antitanques, así como todo el armamento necesario para defender un territorio. Negarse a entregar estas armas es simplemente ser culpables de no ayudar a un pueblo en peligro. Pedimos la entrega de esas armas defensivas para la oposición siria. Estados Unidos se negó a hacerlo e incluso impidió que sus aliados locales las entregaran, principalmente por el veto israelí. Sabemos cuáles fueron las consecuencias.

El penúltimo punto: las sanciones. Yo escribí:

Las potencias occidentales decidieron toda una serie de nuevas sanciones contra el Estado ruso por su invasión de Ucrania. Algunas de ellas pueden reducir efectivamente la capacidad del régimen autocrático de Putin para financiar su maquinaria bélica, otras pueden perjudicar a la población rusa sin afectar demasiado al régimen o a sus acólitos oligárquicos. Nuestra oposición a la agresión rusa, combinada con nuestra desconfianza en los gobiernos imperialistas occidentales, significa que no debemos apoyar sus sanciones ni exigir su levantamiento.

Otra forma de traducir esto es decir que apoyamos las sanciones que afectan a la capacidad de Rusia para hacer la guerra y a sus oligarcas, pero no las que afectan a su población. Esta última formulación es correcta en principio, pero debe traducirse en términos concretos. No tenemos los medios para examinar el impacto de toda la gama de sanciones ya impuestas por las potencias occidentales a Rusia.

En cuanto a SK, el cree que

La tarea de la izquierda es denunciar la función política de este dispositivo y mostrar que es sobre todo un instrumento para asfixiar a un país que perturba el orden mundial configurado por la supremacía estadounidense y occidental, un instrumento que, en el fondo, se diferencia poco de un acto de guerra.

Una vez más, no ver que diferentes sanciones pueden desempeñar diferentes papeles es un signo de falta de percepción dialéctica. A diferencia de las posiciones dogmáticas del SK, nosotros definimos nuestra posición a la luz del «análisis concreto de la situación concreta», como bien dijo un gran crítico del dogmatismo de izquierdas. En cuanto a la caracterización del imperialismo ruso como «un país que perturba el orden mundial configurado por la supremacía estadounidense y occidental», esto revela de nuevo la esencia del pensamiento de SK.

Al final del artículo, SK señala un área de acuerdo: «Por otro lado, sólo se puede estar de acuerdo con GA en el último punto que menciona: la acogida incondicional de los refugiados ucranianos». Sin embargo, se apresura a añadir: «Pero no se puede hacer sin señalar que el cuasi-consenso que lo rodea es un ejemplo flagrante del doble rasero del cínico discurso dominante». En mi texto, muy conciso, SK parece no haberse dado cuenta de que ya lo planteo indirectamente al pedir «que se abran todas las fronteras a los refugiados de Ucrania, como debería hacerse con todos los refugiados que huyen de la guerra y la persecución, independientemente de su origen». Para nosotros, esto es evidente, al igual que la hostilidad hacia la OTAN.


Este texto apareció originalmente en Contretemps

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