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Julieta Kirkwood fue una convencida de que igualdad social debía expandirse a todos los ámbitos de la vida de las mujeres.

Feministas y políticas

Julieta Kirkwood fue impulsora del movimiento feminista chileno durante la época de transición. Ahora una nueva generación está redescubriendo la obra de la militante socialista que convocó al movimiento a democratizar todas las esferas de la vida.

Julieta Kirkwood (Santiago, Chile, 1936-1985) fue una socióloga, feminista, activista y militante socialista, fundamental en las luchas por la democracia durante la dictadura en Chile. Investigó, escribió, fundó organizaciones, editó revistas, impartió talleres y cursos desde y para el movimiento. FLACSO, el Círculo de Estudios de la Mujer y la Casa de la Mujer La Morada fueron sus lugares de operación y reflexión sobre el patriarcado, la historia del movimiento sufragista, la tensión entre feministas y partidos, los nudos del saber, el poder. También los nacientes Encuentros Feministas de América Latina y el Caribe, que extendieron la demanda por una «democracia en el país y en la casa». Murió en 1985, cuando se encontraba en plena producción política e intelectual. Los documentos de su escritorio en la Casa de la Mujer La Morada fueron guardados en cinco cajas que permanecieron desconocidas durante toda la transición.

Su obra, publicada póstumamente, ha tenido fuertes resonancias en el movimiento feminista chileno de la última década. Hoy vuelve a circular en una edición publicada por Banda Propia editoras, con un selección y notas de Luna Follegati y Pierina Ferreti, y un prólogo de la escritora Cynthia Rimsky. El libro reúne textos emblemáticos de Julieta Kirkwood con un montaje nuevo, organiza su lectura desde el presente y conecta sus escritos con materiales inéditos de su archivo personal, resguardado en el Archivo de Mujeres y Géneros, del Archivo Nacional de Chile. El texto y los materiales expuestos a continuación son parte de este libro, disponible en Chile y Argentina.

 

Feministas y políticas

Fuera de reconocer algunas evidencias en el plano apariencial y de formular ciertas hipótesis tentativas, no es posible todavía tratar seriamente y en su total magnitud la relación entre la mujer y lo político, razón por la que me permitiré un ensayo simple y personal sobre dos estilos del hacer y el actuar femenino. Me refiero a las mujeres feministas y a las mujeres «políticas» [].

En la última década, es posible constatar la emergencia y la visibilidad creciente de una nueva presencia político-social en la oposición democrática de Chile: los grupos de mujeres []. Con historias, tiempos, vigencias y membrecías variadas; con orígenes superestructurales o de base, con característica interclases o intraclases, pero siempre con formas que traen la gran novedad de estar constituidas y generadas fundamentalmente por mujeres y/o para mujeres, estas organizaciones abarcan las más amplias gamas de actividades y objetivos.

Surgen grupos para la acción y la demanda urbana o rural; grupos para la reflexión y el crecimiento personal; para el estudio de la condición de la mujer; para la solidaridad y/o el autoapoyo; para la formación y acción política; para la acción de base: comités de sin casa, arpilleristas, bolsas de cesantes, comedores populares, ollas comunes; para el apoyo en coyunturas nacionales, para la defensa permanente de los derechos humanos, la defensa y la denuncia de los familiares de los presos políticos, de los desaparecidos, de los exiliados, de los relegados, para el retorno; para la defensa de la salud, para paliar el impacto de las drogas, de la indefensión de niños y jóvenes, etcétera.

Por este rasgo diferencial de estar, los grupos, íntegra o principalmente constituidos por mujeres, pareciera que se está ante una sola, misma y nueva noción de organización en la sociedad civil chilena. Aparentemente.

Sin embargo, una mirada sociológica más perspicaz descubrirá, evidenciará entre unos grupos y otros, sutiles variaciones, pequeños giros tanto en la forma de estructurarse y proceder, como en los contenidos, principios y objetivos que cada uno de ellos se propone.

En los unos, de repente, una pequeña variación/mutación en la formalidad del procedimiento: la estructura parece diluir su jerarquía, el orden vertical de dirección-a-base se torna difuso, la audiencia inicia y cierra un movimiento circular, horizontal, de sillas dispuestas en redondo; la directiva se pierde, se confunde en esa ronda ahora equivalente de responsabilidades y tareas. No hay oradoras recurrentes y separadas de las pasivas-escuchas; las iniciativas, las propuestas y las críticas se hacen, simplemente, base.

Idéntico giro en el lenguaje: los temas de pasillo se tornan temáticas de la asamblea; lo privado, la mujer misma, se hacen punto de la tabla y del debate social. Se realiza una nueva mezcla de política y vida cotidiana. Se ha producido una desclasificación de los códigos, una inversión de los términos de lo importante. La participación se ha hecho acto social, real y concreto. De las miembras de estos grupos se afirma que son o poseen en distintos grados la cualidad de feministas. 

En los grupos organizados —el otro polo—, casi todavía mayoritario y hegemónico en el ascendiente político, la ruptura de fondo y de forma ha demorado más su entrada. Los códigos reconocidos del hacer política se prenden aún fuertemente en sus procedimientos y en sus temas. Nos encontramos con Directivas y Ejecutivos claros y nítidamente señalados por la disposición de «la mesa» (Presídium) versus la audiencia (mujeres de base). Los procesos de movilización, las tácticas, las estrategias, las funciones, se perfilan sin redondas discusiones: se ha resuelto ya el problema de las prioridades. La gran dificultad es el cómo hacer, cómo movilizar, el para qué y el desde dónde no constituyen problemas de mayor envergadura.

Se prioriza la palabra política y allí, dentro de ella, se enfatiza la palabra mujer en una línea clara y definitivamente atada a la situación del país, a la familia y a los hijos. Hay un cierto descarte desdeñoso por la ubicación de presencias y temas considerados «demasiado» feministas. En estos grupos siempre el término mujer aparecerá calificado por la clase, por lo popular, por la crisis, por el sistema familiar. Es un término no independiente. A la mujer no se la concibe sola [].

A pesar de estos aspectos polares, ambos estilos de organización convergen, sin duda, en un amplio espectro de compromiso y de acto político. Trabajan unidas en jornadas y acciones, elaboran y apoyan propuestas y experimentan la unidad política de propósitos democráticos. Se movilizan también unidas y en gran número en actos propios y en las protestas nacionales [].

Tal vez por eso mismo el enfrentamiento ideológico, cuando surge, aparece cargado de recelos, de estereotipos. La discordancia se hace sólido vértice que abre y separa a lado y lado movimientos, bloques, filas cerradas. Se percibe una clausura del debate y del entendimiento.

¿Qué origina esta desarmonía?, ¿proyectos distintos, inconciliables?, ¿cuestión de métodos, de clases, de interpretación del mundo? Frente a este quiebre percibo una intriga bastante más profunda que una mera desinteligencia coyuntural. Con más optimismo que claridad instrumental, intentaré examinar ese discurso y análisis.

Ambas, feministas y políticas, parecieran estar de acuerdo y coincidir en un propósito: lograr el reconocimiento de la posibilidad histórico-civilizatoria de la emancipación de la mujer. En lo que no pareciera haber acuerdo ni pleno ni absoluto, es en los fines, objetivos, métodos, teoría, praxis y prioridades que asume y asumirá la emancipación global de la sociedad. Vale decir, no hay acuerdo en el completo recorrido que habrá de seguir esta emancipación social. Toda explicación se realiza desde una situación valórica singularizada.

La una —en términos generales— se refiere a la necesidad de un hacer política desde las mujeres y a partir de sus propias carencias y alienaciones. La otra, tradicional, sería simplemente la suma y la inserción masificada de las mujeres en una propuesta política anterior al planteo de sus necesidades, en el supuesto que estas serán incorporadas en el futuro. La explicación de esta bifurcación en dos polos se encuentra en nuestra historia reciente. Desde las primeras asambleas políticas de mujeres, en donde concurría toda la multiplicidad de grupos y de intenciones políticas de tinte femenino, independientemente de los temas y coyunturas se perfilan constantemente dos asertos.

Uno, resumido en la frase «No hay feminismo sin democracia», que significa, en otros términos, que la única movilización posible para las mujeres, ahora, es el apoyo o el acto de la lucha opositora al gobierno autoritario; que los problemas singulares de la discriminación de la mujer son secundarios a esta prioridad y pueden ser tratados después o solo si no entorpecen dicha prioridad. Esta afirmación es sostenida por las mujeres políticas.

El segundo aserto, opuesto al anterior, invierte los términos y pasa a afirmar que «No hay democracia sin feminismo». Descartando las prioridades o contradicciones primarias o secundarias, afirma la naturaleza constitutiva de toda opresión que implica la dominación, discriminación y subordinación de las mujeres en el mundo privado y público. A la vez, muestra que la desconsideración del mundo privado, en un proceso de cambio, ha sacralizado y precipitado a las mujeres dentro de una ideología y una práctica política conservadora. Todo esto, apoyado en cifras de participación y en una historia de adhesión y coherencia con el pensamiento más conservador e inmovilista. Este aserto denota la posibilidad de hablar, de señalar, juntas, todas las opresiones en una nueva síntesis no estratificada desde fuera.

Profundizando con el discurso desarrollado a partir de esta segunda propuesta se diría que, en el inicio, la reflexión feminista surge desde la reflexión sobre la democracia —incautada— y desde una revalorización y rescate de sus contenidos. A poco andar, la reflexión lleva a percibir una larga y profunda distancia entre valores y postulados democráticos tales como igualdad, no discriminación, libertad, solidaridad, de una parte, con lo que es vivido y asumido como realidad concreta singular, por la otra.

A partir de la diferencia entre lo postulado y lo vivido, las mujeres reconocemos, constatamos, que nuestra experiencia cotidiana concreta es el autoritarismo. Que las mujeres viven —han vivido siempre— el autoritarismo en el interior de la familia, su ámbito reconocido de trabajo y de experiencia. Que lo que allí se estructura e institucionaliza es precisamente la Autoridad indiscutida del jefe de familia, del padre, la discriminación y subordinación de género, la jerarquía y el disciplinamiento de un orden vertical, impuesto como natural, y que más tarde se verá proyectado en todo el acontecer social.

Esto nos lleva a constatar que hay dos áreas o ámbitos de acción en relación a lo político, tajantemente separados y excluyentes entre sí, en virtud de los géneros sexuales, división «natural» que no es originada por el régimen autoritario que segó la democracia. Por el contrario, es anterior a ella, con rango de civilización. Estos ámbitos, como se ha dicho, son lo público, con su dominio de lo político y su posibilidad de acceder al planteo y la búsqueda de la libertad, y lo privado, sólidamente asentado en lo doméstico y lo necesario []. El hacer de las mujeres, como grupo o categoría cultural, se instaba en el privado. En lo «privado de…», en la marginalidad política.

Desde los partidos políticos, de mayor a menor progresismo, de esbozado o acabado proyecto de cambio social, el hacer político de las mujeres es siempre visto como el problema de los obstáculos a su incorporación o al apoyo a modelos tácticos o estratégicos. Para la tendencia feminista, el planteo se refiere conflictivamente a establecer el sentido y significado del hacer política, como ya mencionábamos, desde una identidad negada, no constituida.

Al plantear lo privado como susceptible de ser visto políticamente —en tanto problema del hacer social— se producen, simultáneamente, dos fenómenos. En primer lugar, la percepción de lo estrecho, por una parte, de la actual dimensión política-pública y, por la otra, de la concepción de quiénes son sujetos y actores políticos virtuales, si enfocamos el tema desde una pretensión de recuperación democrática.

En segundo lugar, vemos un fenómeno de ampliación y de complejización del campo de lo político: por una parte, se incorpora a lo político el ámbito de la necesidad y, por otra, a las mujeres como nuevas sujetas o actoras de la política, en tanto objeto sobre el que recaía el mundo de la necesidad []. Se incorporan además nuevos temas, nuevas formas de aproximarse a la problemática social, política y económica.

Se replantea la producción y la reproducción humana, incluyendo la reproducción doméstica; las formas vigentes y sentido de la participación social y la exclusión; la incorporación de demandas no tradicionales a los modelos políticos; la invisibilidad —causas y consecuencias— de ciertos conflictos como la violencia sexual y doméstica, la prostitución, los abusos en la planificación familiar, etcétera, ya que, desde una perspectiva feminista, estos problemas-conflictos son considerados como verdaderas violaciones a los Derechos Humanos de las mujeres.

También se considera el planteo de la mujer como sujeto político de derechos individuales versus el conservantismo inducido cultural y políticamente, visto este último rasgo como el efecto inevitable de un modo de hacer política de tinte autoritario, patriarcal e histórico, y la búsqueda de las posibilidades y condiciones de revertirlo mediante un cambio cultural.

Ahora bien, enfrentar estos últimos dos fenómenos —ampliación y complejización del campo político—, acarrea no menudos problemas al hacer feminista. Señalaré dos de los más intricados nudos o problemas recurrentes y difíciles de abordar y solucionar para el feminismo, asumido este como el hacer política desde las mujeres. La selección arbitraria de estas dos categorías de problemas, entre tantos otros, obedece a su mayor capacidad potencial, asignada, de otorgar sentido a las orientaciones y prácticas políticas de los grupos de mujeres.

Se trata, en síntesis, del nudo del saber seguido del nudo del poder. Estos nudos son parte de un movimiento vivo, por esa exigencia de revolución transformadora e insoslayable —si no se recurre a la destrucción— que indudablemente también poseen.

El nudo del conocimiento es harto viejo y debatido, sobre todo cuando se le contrapone al privilegio de la riqueza, a la inocencia de la pobreza social o a la urgente responsabilidad de actuar y no más interpretar. Hemos elegido mirar el nudo del conocimiento desde la perspectiva de Foucault. El afirma que hablar del conocimiento desde la marginalidad es hablar, simultáneamente, de una voluntad de saber, de un querer-saber. Este querer saber lo contrapone a la violencia de las ideas admitidas, del partido tomado que se apropia de la verdad y que desplaza a su contrario al error, dejándolo allí instalado (violencia idealista, la llamó Sartre).

Hay, entonces, una necesidad de elaborar o recuperar el saber para sí, desde el feminismo. El querer-saber surge cuando se constata la no correspondencia entre los valores postulados por el sistema y las experiencias concretas reales humanas. Para las mujeres, los valores de Igualdad, Fraternidad, Democracia, son vividos como desigualdad, opresión y discriminación. El querer saber se parece a la rebeldía.

Obviamente, esto no lo sabemos de inmediato. Hay un largo y dificultoso camino por hacer, antes de reconocerlo en la propia conciencia. Fundamentalmente, porque el saber oficial trasmitido adopta siempre una apariencia buena, positiva, pero que en la realidad de las cosas funciona de acuerdo a todo un juego de represión y exclusión: exclusión de aquéllos que no tienen derecho a saber. Y cuando estos últimos, desde el mundo privado, desde el trabajo, desde la necesidad, acceden al saber, lo hacen por la vía del conformismo. Por un puro conformismo político se acepta saber solo un determinado número de cosas y no otras. Por ejemplo, ¿quiénes de nosotras no hemos dicho u oído: «A nosotras no nos interesa el poder»? Neto conformismo político.

No se acepta como verdadero que las mujeres luchen por el poder. «Es un error» —se nos dice en todos los tonos—, y claro que lo es: en el sentido del saber de «partido-tomado».

Una primera consecuencia de este saber no recuperado respecto del poder es que las mujeres aceptamos, primero, no luchar nunca por el poder, despreciarlo. Segundo, aceptamos organizar, plantear y producir las luchas por algo: la maternidad en función de la salud, de los hijos; el trabajo, para los compañeros, etcétera, no como una lucha para adquirir, re-integrar-nos, hacer nuestro el ejercicio de esos derechos, para nosotras.

Se ha producido con respecto de las mujeres, como con otras categorías marginadas, una expropiación del saber. Y tal vez por eso en ocasiones el saber recreado por las mujeres presenta aires de bricolage: se toman conceptos de otros saberes y contextos, atribuyéndoseles un sentido diferente. La reapropiación —irreverente quizá— no tiene tal vez más sentido que cambiar unas mismas notas en una nueva disposición: una otra clave que resuena mejor en la nueva armonía. No se trata así de una otra verdad instalada.

Sin embargo, son fuertes y cargados los conflictos que esta situación de marginalidad con respecto al saber produce entre las feministas. En cierto modo, no existe un modelo alternativo y eternamente válido para cuestionar el paradigma del saber patriarcal con que se nos ha vestido y engalanado.

Sin embargo, todo lo que hacemos y emprendemos con nuestro paradigma en perpetua revisión, tiene efectos mediatos e inmediatos en muchas otras mujeres, por lo tanto, es aquí donde incorporamos la idea de responsabilidad política.

Una parte considerable de este saber reapropiado —con las dificultades inherentes a lo que significa abrirse espacios, ensanchar conceptos— se ha expresado en muchas investigaciones feministas. Esta investigación ha descubierto, sabe, de abusos flagrantes contra la mujer. Sin embargo, rara vez y dificultosamente estos abusos constituyen la base de demandas concretas del movimiento. Tal vez se las considere poco políticas, como la carga esclava del trabajo doméstico, la sobreexplotación de trabajos informales, la prostitución de adultas e infantes, el aborto con sus siniestras secuelas derivadas del clandestinaje, la incapacidad civil y ciudadana, consideradas la violencia doméstica. O el ser «dependientes» y «no importantes», como toda problemática que excede el ámbito económico o político público.

El hacer feminista muchas veces se separa de lo que su saber descubre y descifra. En todo caso, conviene recordar la extrema ligazón entre ambos. Revisemos el nudo del poder. ¿Qué significados recorren este nudo? ¿Cómo se relacionan con el hacer de las mujeres, con el saber, con su política? Tal vez, lo más significativo del tema del poder dentro del feminismo radique precisamente en su ausencia.

En el problema del poder y en su práctica, las mujeres somos las grandes ausentes. El discurso del poder solo es válido en la esfera Patriarcal y se expresa con una rápida derivación del poder público —poder político—, poder del Estado y, en su dimensión social, poder de grupos, de clases, de sectores. Son los caminos permitidos. Para la esfera privada (las mujeres) se habla del «otro poder», el poder de la casa, del afecto. «Son los más importantes», se nos asegura. Y allí estamos: con serias dificultades para asumirlo cuando nos precipitamos en la esfera pública. Si algo anda mal entre nosotras, es que alguien se está tomando el poder. Lo tachamos de malo, le asignamos una esencia ética negativa y no queremos volver a hablar del asunto.

Pero ¿qué es el poder?, ¿cómo romper los cerrojos y avanzar en este nudo? En primer lugar, el poder no es, el poder se ejerce. Y se ejerce en actos, en verbo. No es una esencia. Nadie puede tomar el poder y guardarlo en una cajita fuerte. Conservar el poder no es tenerlo a cubierto, ni preservarlo de elementos extraños, es ejercerlo continuamente; es transformarlo en actos repetidos o simultáneos de hacer, y de hacer que otros hagan o piensen: tomarse el poder es tomarse la acción —la idea y el acto—, acto frecuentemente afincado en fuerza y violencia. Tal vez de ahí nuestro rechazo y distancia.

Como resultado de años y años de cultura patriarcal, en la mujer se ha obstruido totalmente el deseo de poder (recordemos: querer saber / querer hacer). No lo desea para sí, se autoexcluye de la posibilidad de tomarlo; no discute siquiera. Lo considera algo que está fuera (¿fuera de qué o de cuál adentro?). El camino que vislumbraron los estudiantes del Mayo francés para cuestionar en grande al poder (y que haremos nuestro) fue, primero, el des-sometimiento de la propia voluntad, y consistió en deslegitimar aquello que nos está privando, privación que se nos impone desde una situación de privilegio. Esta situación de privilegio es, para nosotras, el patriarcado.

En segundo lugar, se trata de liberar al propio sujeto mediante un ataque cultural, ataque que consiste en la supresión y la negación de los tabúes y las limitaciones sexuales, las separaciones y encasillamientos arbitrarios, para devolver la práctica sexual al ámbito de la libertad de opción.

Por último, poner en vigencia prácticas comunitarias de ruptura de la individualidad normativa. Buen ejemplo de ello es la proliferación de los grupos de mujeres que acometen múltiples tareas con el sentido común de la ruptura de la atomización y la privatización de las relaciones personales y familiares.

Para terminar este punto, recordemos que no se puede hablar del Poder sin mencionar a su contraparte necesaria: la responsabilidad política. Un proyecto puesto en el mundo —un hacer— desde que se hace carne y ya no nos pertenece, seguirá dinámicas propias. Esto produce ciertos efectos. Por una parte, el hacer ya hecho acto adquiere vida propia, se independiza. Por la otra, desde que lo lanzamos somos responsables por él, cualidad inescapable del hacer política.

Otro nudo importante de destacar, es el nudo feminista político, nudo que surge del hecho de que todo lugar, casa, organización o grupo de mujeres, aunque no se lo haya expresado o manifestado previamente, es en sí, casi objetivamente un espacio político de las mujeres, tanto en la acepción más amplia de la palabra, como en el reino de lo que es sentido común. Esto es explícita o implícitamente aceptado más allá del ámbito de las militantes feministas: me refiero en particular a las mujeres que provienen de organizaciones políticas partidarias y que no siempre, ni necesariamente, adhieren a los planteos de la emancipación de la mujer, pero que, sin embargo —digámoslo brevemente— han previsto en la mujer un campo a ser desarrollado o incorporado de las más diversas formas al quehacer político.

Esta cualidad de espacio político atribuido a los grupos de mujeres ha sido captada por las mujeres de partido aún antes de que las mismas feministas lo hiciéramos consciente. Acostumbradas al escaso interés que ellas han demostrado en asistir a los trabajos grupales, a los talleres feministas, tendemos a atribuir su presencia generalizada en los grandes encuentros de mujeres a motivaciones subterráneas de manipulación y control partidario.

La percepción de espacio político, por una parte, y la suspicacia de verse amenazadas, por la otra, transforman inmediatamente a ese espacio en un espacio disputado, peleado con airecillo de botín de vencedoras. Para las mujeres políticas hay una cierta impresión de que ese espacio está lleno de mujeres, pero vacío políticamente. Es natural y fácil, entonces, que sea mirado con la codicia de una cancha por rayar y de estrategias por constituir y administrar según las reglas del juego que se prefiera.

Como no se trata en este momento de dar a los nudos una solución de partido tomado —ni siquiera del nuestro—, trataremos de no caer en la tentación de adjudicarle brutalmente al discurso de las interlocutoras políticas, significaciones inmediatas, objetivas, que pudiesen parecer condenatorias. Busquemos, mejor, saber las posibilidades de desarrollo que están inscritas en esas conductas presentes.

Para este problema parece oportuna una pequeña premisa sartreana: «Cualquier conducta puede hacer converger dos miradas, la mía y la del prójimo/prójima; la conducta, precisamente, no presentará la misma estructura en un caso y en el otro». Consideremos entonces que habrá, respecto de las políticas, dos conductas —a lo menos— desde las que puede desplazarse el análisis. La suya y la nuestra.

El nudo, mirando a la conducta de nuestro sujeto (las mujeres políticas en los grupos de mujeres de la oposición), comienza por el hecho de que, desde las ideologías de izquierda, la única teoría que se acerca a, o permite enfocar a la mujer en un tono político progresista, es la teoría del proletariado. Se trata, eso sí, del término mujer adjetivado por lo popular, que, paradojalmente, niega a las mujeres proletarias su presente cotidiano de género en virtud de su futuro como clase.

Habría entonces, y desde esta perspectiva, una postergación —por no usar aquello de descalificación teórica y práctica del tema-mujer y de la organización-mujer— que permite y que abre el camino para considerar, mirar, a las concentraciones de mujeres, sean públicas o privadas, grandes o pequeñas, no solo como vacío teórico, sino también como espacio/terreno apto para implantar la semilla política.

Esta forma de expresión de la participación militante no feminista en los espacios feministas plantea a estas últimas el dilema: ¿Se está frente a una pura intromisión indebida, o frente a un expresado intento de diálogo? Y, ¿es posible este último, si las ópticas ya están constituidas previamente? El nudo pareciera inconciliable.

Las reacciones feministas inmediatas no demoran; se bifurcan; algunas optan por defender lo propio: cerrar, cerrarse en encuentros reducidos, exclusivamente feministas, donde pueda avanzar en la elaboración de una política, de estrategias y de unas tácticas; otras prefieren no caer en el grupo cerrado, gueto: amplitud de la convocatoria y llegada de muchas mujeres que conjuguen los verbos dialogar, polemizar, participar; correr los riesgos de toda amplitud (¿acaso no era yo una de «ellas»?).

El debate en este punto puede complicarse aún más o ser fructífero, pero quisiera referirme a otro sentido que se vislumbra detrás del nudo feministas-políticas. Persisto en creer que detrás de todo esto (llámese manipulaciones, intromisión, etcétera) hay un enigma sólidamente estructurado, muy difícil de desagregar.

Siempre me he sentido muy impresionada por las mujeres políticas que exhiben en su modo de ser cultural e ideológico, una marcada satisfacción por los resultados que les es posible obtener al aplicar rigurosamente su metodología de análisis y su teoría explicativa de globalidad. Tampoco creo para nada que lo radicalmente riguroso sea la alternativa exclusiva de una postura crítica feminista. Preferible me parece el camino alegre de la constante puesta a prueba, un ir y venir en la interpretación de los conflictos, de las facetas de los conflictos o de los nudos. Ni el nudo del poder, ni el del saber, ni el del feminismo con la política se agota en los breves punteos que hemos intentado.

Solamente hemos querido ir un poco más allá de la maniobra o del funcionalismo de determinadas concepciones y acciones. Más bien nos inscribimos en la ruta de reflexión que postula que las diversas posiciones ideológicas y las soluciones dadas al problema de la mujer y la política, significan que se ha definido de diferente manera el conflicto que plantea la subordinación de géneros y que, consecuentemente, se han dado diversas soluciones.

Una base positiva de análisis y comparación podría encontrarse precisamente en los mecanismos que los dos grupos o polos han elaborado socialmente para plantear sus problemas y soluciones. Esto evitaría la supervivencia de una situación tipo guerra fría, o guerra de nervios, en que cada polo pareciera ejecutar actos o difundir noticias alarmantes para el adversario, obligándole a estar siempre atento, siempre presente, pensando en la inminencia de la verdadera guerra o enfrentamiento aniquilador.

 

[*] María Yaksic es editora de Banda Propia.

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Publicado en Chile, Feminismo, Fragmento, homeIzq, Política and Sociedad

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