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Roger Blandino Nerio, enero 1992. (Foto: Lety Méndez)

Autobiografía de un revolucionario salvadoreño

Al igual que miles de sus compañeros a lo largo y ancho de América Latina, Roger Blandino, revolucionario, guerrillero y dirigente del FMLN en El Salvador, fue una persona ordinaria impulsada por la conciencia y por la historia hacia acciones extraordinarias.

Con la derrota de los movimientos revolucionarios en la región, el testimonio centroamericano pasó de moda. Ese género de autobiografía militante, a veces mediado de manera estratégica —y polémica— por una figura «intelectual» externa, es mejor ejemplificado por Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, de Guatemala, en el cual la futura Premio Nobel relata la explotación, represión y despojó que enfrentaban las mayorías indígenas de su país.

En El Salvador, las narrativas aterradoras de personajes como la comandante Nidia Díaz —capturada, torturada y detenida como presa política por el Ejército— fueron circuladas para denunciar los abusos del régimen respaldado por Estados Unidos y avanzar la causa insurgente durante la guerra civil. Pero en los años de posguerra se vio una defección regional del género, y las memorias de exrevolucionarios desencantados, como Adiós Muchachos, de Sergio Ramírez en Nicaragua, establecieron un tono más sobrio.

No todos los militantes radicales, empero, siguieron ese camino. En su reciente autobiografía, Roger Blandino Nerio (alias Comandante Jeremías) recuerda con orgullo sus años al frente de las fuerzas guerrilleras en las montañas de El Salvador con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Publicado meses antes de su muerte prematura por COVID-19, el relato de Blandino es un homenaje sin remordimientos al valor de sus compañeros y la justicia de su lucha. Desde las descripciones vívidas del combate hasta las privaciones mundanas de la vida en los campamentos, el libro de Blandino retiene el romance de la revolución a la vez que revela el asombroso costo humano de un conflicto que dejó a más de setenta mil muertos y desaparecidos, la vasta mayoría de ellos en manos de la dictadura respaldada por Estados Unidos.

Al igual que sus vecinos a lo largo y ancho de Latinoamérica, El Salvador era un país de agudas desigualdades, dominado por unas cuantas élites oligárquicas agroexportadoras que mantenían su dominio sobre el trabajo y las tierras nacionales a través del gobierno militar. Después de un auge de organización social durante una apertura política fugaz en la década de 1960, los caminos pacíficos de reforma fueron bloqueados progresivamente por medio del fraude electoral y el terror del Estado. En ese contexto, la población salvadoreña politizada y organizada en agrupaciones estudiantiles, trabajadoras, campesinas y religiosas comenzó a seguir al ejemplo cubano y tomar las armas. Estados Unidos, decidido de impedir otra ruptura exitosa con el imperialismo en la región, asumió un papel expansivo en sostener al régimen cuasifascista y dirigir su sangrienta estrategia contrainsurgente.

Nacido en 1957, Blandino se radicalizó en la secundaria, en medio de la creciente represión de la década de 1970. Al principio, él y sus amigos se identificaron más con Carlos Santana que con el Che Guevara: «no andábamos con el Manifiesto Comunista bajo el brazo y la molotov escondida… no, nosotros éramos inquietos pero tranquilos, de los que fuimos a ver en el cine Woodstock y Jesucristo Superstar más de una vez […] Fue la Guardia Nacional la que me terminó de convencer de que la lucha pacífica se estaba agotando; en dos ocasiones, los llamados rastrillajes de la guardia me interceptaron cuando caminaba tranquilamente de noche para la casa, con su estilo característico: ‘¡parati’ai cabrón! ¡Por qué no te detenés hijueputa!’ Y el primer culatazo en el pecho y el grito de: ‘¡los papeles, pendejo!’».

La impotencia y rabia provocada por estos rituales humillantes de abuso, junto con el golpe de Estado ejecutado con el respaldo norteamericano en contra del presidente Allende en Chile, confirmaron las convicciones del joven Blandino. En 1974 se unió a la lucha urbana clandestina como colaborador del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de las cinco organizaciones político-militares que se unirían para conformar el FMLN en 1980. Por estas actividades, sufrió encarcelamiento y tortura.

Eventualmente, Blandino ascendió al rango de comandante, supervisando a tropas insurgentes en una zona montañosa del oriente. Después de la clausura negociada del conflicto en 1992, volvió a sus estudios diferidos y ganó un título en ingeniería agroecológica. Blandino pasó a fungir como diputado del FMLN y alcalde de Mejicanos, el suburbio de clase trabajadora donde vivía con su esposa y compañera del combate, Lety Méndez, junto a sus hijos.Con este libro, escribe,

Me interesaba poner en la memoria de la gente y principalmente de la juventud, los nombres o los seudónimos al menos, y las gestas de esos humildes y quizás desconocidos jefes y combatientes, hombres y mujeres que se decidieron a dejar la vida para que hoy nosotros disfrutemos de este país sin dictadura, sin Guardia Nacional, sin Policía Nacional, ni Policía de Hacienda, sin paramilitares (sin Organización Democrática Nacionalista, ORDEN), sin escuadrones de la muerte, sin estado de sitio y toque de queda. Sin reclutamiento forzoso, sin asesinatos políticos impunes, sin desaparecidos, sin torturadores sicópatas preparados por asesores norte americanos.

Hoy, los movimientos sociales salvadoreños se organizan nuevamente contra un gobierno autoritario que busca revertir esas conquistas. Las palabras de Blandino proporcionan lecciones e inspiración para su lucha. Al igual que miles de sus compañeros, Blandino fue una persona ordinaria impulsada por la conciencia y por la historia hacia acciones extraordinarias. Los fragmentos seleccionados abajo ofrecen una luz de esa historia.

-Hilary Goodfriend

 


 

(La columna guerrillera de Blandino está en marcha, atravesando las montañas del oriente del país [junio de 1984])

La oscuridad era total. Llovía a cántaros de nuevo y la columna marchaba lenta, el suelo estaba liso y todos caminábamos mojados hasta los huesos, ateridos del frío, la bolsa «jardinera» que a modo de capa llevábamos sobre la cabeza y la mochila para protegernos no era suficiente, simplemente llovía a cántaros y nosotros seguíamos avanzando. 

Quizás eran las 3:30 am, cuando alcanzamos el cantón la Loma de la Cruz, ya en jurisdicción de Jucuapa, y aprovechando un breve alto, me acerqué con Mayra, una combatiente, a una casa que mostraba actividad, estaba el fogón encendido y se oía el palmear de las mujeres echando las tortillas, el aroma de las tortillas de maíz enamoraba con semejante caminada que habíamos realizado; pero era el frío lo que nos traía más que complicados y vimos la oportunidad de ir a preguntar por café, mi decepción fue de que no habían cocido café «de palo»; pero nos ofrecieron «café de maíz», ella lo tomó muy contenta, yo realmente no me lo esperaba y me decepcionó un poco, así es que les di las gracias a los habitantes y salí de nuevo para continuar la ruta.

Pasamos por el cantón El Amatón, cantón El Níspero, alcanzamos la bifurcación conocida como la Pata de Gallina, el cantón Tapesquillo Alto hasta llegar a la Finca «La Nena» y de ahí la columna bajó hasta alcanzar el cantón Las Marías. En otras dos ocasiones, pregunté por café de palo y para mi decepción, esa bebida no se consumía en esos hogares campesinos, la tercera vez fue justamente en la finca «La Nena» en una casa de unos colonos en donde no solo no tenían, sino que me explicaron que esa bebida hacía daño a la salud que la gente se enfermaba y hasta algún loco había provocado tomar semejante cosa.

A esas horas, los primeros rayos del sol nos alumbraban y se sentía esa tibieza tan rica; habíamos iniciado la marcha el día anterior en horas de la tarde y ya era de mañana, suficiente para sentirnos cansados, muy cansados, entonces pude apreciar con toda claridad que en la medida que bajábamos por la callecita empedrada todo lo que nos rodeaba a la izquierda y a la derecha, hacia arriba y hacia abajo del cerro, todo lo que se puede entender como todo, es decir todo, todo, todo eran arbustos de café y árboles de sombra, en ninguna casa había «café de palo» y yo empezaba a hablar de esto cuando Rubén Darío, que era el seudónimo de un compañero originario de Chinameca, es decir de esta zona, me interrumpió para decirme «Que no le extrañe compa, en todas estas fincas las cosas son iguales». Y seguimos bajando por la calle de piedra, mientras un niño descalzo nos miraba en silencio recostado en un palo de mango. 

Finalmente, llegamos a la calle que del municipio de Jucuapa lleva a Santa Elena, ya solo nos faltaban unos cuantos centenares de metros para llegar al cantón «Las Marías», la vieja calle, algún día pavimentada mostraba claras señales de abandono de varios años, la carpeta asfáltica prácticamente había desaparecido; pero dejaba ver que, de conjunto desde arriba hasta el pie del cerro, el desarrollo de las vías de comunicación, se correspondían con las claras necesidades de los cafetaleros. 

Un tiempo atrás, no mucho, el Estado había cubierto estas necesidades de los ricos proveyéndoles del mantenimiento de calles principales y secundarias, dándole mantenimiento a las calles internas de las fincas año tras año, en otras palabras, los recursos del Estado, los recursos de todos los salvadoreños estaban sin duda ninguna al servicio de los grandes finqueros. 

Roger Blandino Nerio (extremo derecho) fotografiado en una litera con otros dos compañeros del FMLN. (Foto: Lety Méndez)

Cuando por fin llegamos al cantón Las Marías, la mañana era clara, el sol nos iluminaba y alguien nos orientó «deténganse frente al beneficio que por ahí están con la comida» y claro, eso despierta sonrisas; pero yo quería un poco de café de verdad, fue de nuevo, Rubén Darío, quien me preguntó sí aún deseaba café y le respondí que sí, y me dijo que le siguiera, a pocos metros de donde habíamos hecho el alto para desayunar, entramos a un solar y Rubén se dirigió a una señora en el corredor de la casa, hablaron un par de segundos y tardó más en retirarse hacia el interior de su cocina que en regresar con dos tazones humeantes de café, café de verdad, fuerte, oloroso, caliente. Un placer de dioses. 

Estaba disfrutando la bebida cuando entró a la casa un hombre de mediana edad a quien no costaba reconocer como el señor de ese hogar; se nos acercó, se miraba un hombre tranquilo. Saludándonos se presentó: «Buenos días, soy Pablo Amaya». Imposible imaginar, nuestra guerrilla y para la organización popular en ese cerro, el cerro El Tigre. 

Yo disfrutaba del café, sentía su sabor y era como recuperar una parte de la vida, y él se reía suavemente cuando Rubén le contaba que yo había venido como desesperado —exagerando un poco— preguntando por café desde antes de que el sol saliera y que en ninguna parte encontramos, en todos lados nos ofrecieron café de maíz y hasta de maicillo, en todos lados nos dijeron que esa bebida no les gustaba por el olor, porque era muy amargo o porque era malo para la salud. «¡Es terrible!» nos dijo una viejita, porque provocaba las úlceras del estómago, que los nervios, que algunos se habían hecho locos. 

Entonces fue que ingenuamente, desconocedor de estos mundos le pregunté a Pablito —como le llamábamos después, con el paso del tiempo— «¿y por qué es que la gente de estos lugares no toma café? habiendo plantaciones desde la orilla de la calle hasta la punta del cerro como dicen, y usted bien tranquilo en su casa ofreciéndonos la bebida». La respuesta nos la dio en su tono suave; pero fue brutal en su contenido: «fíjese… es que yo tengo mi parcela y aquí la mayoría son colonos y tienen miedo de que los acusen de ladrones, de robar el café de los patrones».

(Blandino se está recuperando de una herida grave en la pierna en un campamento guerrillero. Su equipo escucha un intercambio de disparos, seguido por el movimiento de un individuo hacia ellos. Tras de un momento de tensión, resulta ser un compañero: «el Chelito» [septiembre de 1984])

Lo recibimos y al preguntarle que hacía por ahí él solo, nos respondió que había habido un enfrentamiento y que se había descoordinado por la cuesta de San Andrés y que no sabía que había pasado con Sánchez y con Maritza, su radista y compañera de vida y con los demás. Le indiqué que se instalara a escuchar las comunicaciones ya que empezaba a oscurecer y pronto pasarían por radio el IDS (Siglas de Informe Diario de Situación que los oficiales del ejército transmitían al final del día a su superior cuando se encontraban en operaciones o en cualquier circunstancia), y que tratara de descifrar el mensaje.

Así pasaron unos minutos hasta que cayó el tal IDS, él Chelito empezó a descifrarlo y cuando lo tuvo listo me lo llevó, el Chelito se miraba nervioso al entregarme el cuaderno y me dijo: «no sé si me he equivocado», yo empecé a leer, estaban los datos de los hechos ese día y finalizaba como era costumbre con su ubicación para la noche y la solicitud de recursos para el día siguiente. Lo importante era que reportaban la muerte de un D/T (Delta diagonal Tango significaba Delincuente Terrorista, calificación que le daba el ejército a la guerrilla del FMLN por esos días) señalando que posiblemente era muy importante y ese supuesto lo establecían por al arma capturada, un fusil Galil y una mochila con varios cuadernos, aunque no tenían el cuerpo del guerrillero.

Nosotros sabíamos que el único de la fuerza de la BRAZ que en esa zona tenía asignado un fusil Galil era el Comandante Sánchez y sabíamos que Sánchez, era un combatiente de verdad y que sólo muerto dejaría su fusil. Además, nos preocupaba que Maritza hubiera dejado de reportarse y no se sabía nada de ella. Le informamos por radio a Licho de que el Chelito estaba con nosotros y del IDS que habíamos descifrado. Su respuesta fue que no nos moviéramos mientras que él no metiera una exploración para barrer la zona.

Finalmente se realizó la exploración, el enemigo se había retirado y en la búsqueda que realizaron nuestros compas llegaron a la cuesta de San Andrés y bajaron hacia el norte por la cuestona, en esa área hacia el poniente, a unas decenas de metros en medio de los cafetales, estaba escondido el cuerpo del «Comandante» Sánchez y a pocos metros, el cuerpo inerte de «Maritza», apuntando aún con su fusil. «Maritza», en sus minutos finales cuidaba de «Sánchez» y consiente de que la muerte estaba en camino por sus propias heridas, se tomó el tiempo para escribir con sangre en la culata del M-16 «Las mujeres venceremos, viva la revolución».

[…]

La noche fue más fría con la noticia, de verdad era una gran pérdida, Sánchez, era de la generación de jefes legendarios de la BRAZ, que forjó Licho, en la columna móvil y que luego con la concentración de fuerzas en 1982 pasaron a asumir responsabilidades mayores, él junto a Hernán que cayó en la toma de la antena del Cacahuatique (1983); Guadalupe, Jefe de las Fuerzas Especiales, que cayera en el ataque a la Tercera Brigada de Infantería (1984); Walter (Che) que cayó en la calle que de Sesori conduce a Ciudad El Triunfo (1983); Goyo (Negro) y Ángel que cayeran combatiendo durante la ofensiva del 11 de noviembre de 1989, eran los jefes de columna aguerridos nacidos en tierras de Morazán, que con su empuje y ejemplo forjaron el sello de combatividad y eficiencia de las fuerzas de la BRAZ que ya en esos lejanos días habían trascendido nuestras fronteras patrias por su heroísmo. 

A la mañana siguiente, muy temprano nos cayó un mensaje del Comandante Licho, en el que nos ordenaba desplazarnos a todos hasta su campamento que se encontraba ubicado entre la finca Zelaya y el caserío Los Lazo, eso estaba a menos de una hora de camino de nuestra posición. Aunque la pierna me dolía ya deseaba estar entre todos los compas, así es de que con esas ganas no sentí mucha incomodidad. 

Llegamos al campamento a eso de las 10 am y de inmediato me presenté, entonces me llamó para reunión. De entrada, dijo «nos jodieron, la muerte de Sánchez nos jodió los planes, pero ya resolvimos»; mientras hablaba, Licho, mantenía esa especie de sonrisa que casi siempre lleva en la boca, guardó silencio un momento y luego preguntó: «¿y cómo te sentís de la pata?», «pues bastante mejor, hoy caminé toda la ruta, despacio; pero no hice estorbo» contesté. Aquel se puso a reír. «¡Ah, hombre!, eso quiere decir que ya estás bien; le voy a pasar un mensaje a aquellos (La Comandancia del ERP) informándoles de que ya no hay problema».

Roger Alberto Blandino Nerio (derecho), capturado por segunda vez en febrero de 1980. (Lety Méndez)

De pronto, empezó a sacar cosas de la mochila: cartas topográficas, claves en uso, claves de reserva, algunos documentos y dinero en colones y en dólares. «Mirá, guardá bien esas cosas, nunca te despegues la mochila, que si las perdés, sí que la vas a cagar del todo!«, exclamó mientras se reía, y de pronto, soltó: «¡Desde ahora vos sos el jefe! Yo ya me voy, así es de que, hay queda la columna bajo tu mando y también todos los equipos de trabajo, no vayas a desbaratar esto, mira que el Jonás se va a poner bien perro con vos si haces eso», y se reía como con más ánimo, palabras más palabras menos ese fue el diálogo. Yo estaba algo sorprendido y conociendo a Licho no terminaba de creerle, me parecía que estaba bromeando, no era primera vez que me hacía bromas fuertes. 

Recuerdo que, en una ocasión, un par de meses atrás, en la finca la Esperanza o la Infantossi, parados en el corredor de la casa principal y viendo hacia el oriente, hacia el volcán Chaparrastique, una tarde me mencionó: «Tan bonito y tranquilo que se mira, verdad vos, y pensar que en menos de un mes todo lo que ves va a estar de otro modo». Licho, tenía un tono tan serio y misterioso que le pregunté «¿es qué hay algo nuevo que no nos han informado? ¿qué pasa ahora, Licho?». 

Y luego de un silencio espeso dijo: «Los gringos hijos de puta van a meterse en estos días, ya tienen barcos con cañones de 250 mm y de 400 mm con alcance de más de 200 km colocados a poca distancia de la orilla de la costa y tienen concentrados aviones, helicópteros y fuerzas de paracaidistas en Honduras para invadirnos». Estaba serio con una cara de piedra y continuó «¿Qué pensás? ¿Qué hacemos?». Fue tan de sorpresa que me quedé callado, impresionado con la noticia, asimilándola, imaginando ese giro y Licho luego de un silencio insistió «¿Estás cagado?». Y yo seguí en silencio hasta que le dije: «Eso es, sí así nos toca… así nos toca«. 

Me volvió a preguntar «¿y no estás ahuevado?». Solo atiné a decir «¿y qué vamos a hacer Licho? Eso es. Yo creo que mejor hay que informar ya a toda la tropa, nos vamos a quedar más pequeños cuando sepan». Y de pronto Licho se echó a reír diciéndome: «¡Te enganché, cabrón, es paja!». «¡Come mierda Licho! ¡Esas no son bromas, me vas a botar la mollera otra vez gran cabrón!», al final nos reímos juntos un buen rato. 

La verdad era que en esos días y desde meses antes rondaba el rumor de que había la decisión de intervención directa en nuestra tierra con las tropas yanquis. Eran olas de rumores cada cierto tiempo, seguro estimuladas por los movimientos en la proximidad de la base militar gringa en Palmerola, Honduras o por la zona del Canal en Panamá. 

Pero ahora, este mediodía no estaba bromeando, luego de un momento insistió: «mirá, es en serio, vos quedas de jefe. El asunto es que estoy con un problema de salud muy fregado y ya detuve todo lo que pude la salida; pero ya el matasano no me deja estar más; por eso se había decidido que Sánchez pasaba a ser el primer responsable y vos el segundo; pero pasó lo de ayer y ya Sánchez no está, quien está sos vos y te toca asumir; hacete cargo de toda la documentación que te estoy entregando, aquí está una página con las cosas pendientes para que no se te olviden, ya todo el personal está informado de que vos me relevás y después de comer me hecho la mochila al lomo y a saber si nos vemos de nuevo, de seguro que sí». Por último, me volvió a preguntar: «¿De verdad ya estás bien de la pata herida, no me das paja?». 

Así fue mi ascenso a jefe de la zona El Tigre, a responsable político militar de una zona clave y en disputa feroz con el enemigo; era un nido de cafetaleros explotadores enclavados entre las dos principales carreteras que unen al país de oriente a occidente.

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Publicado en América Latina, Categorías, El Salvador, Formato, Fragmento, Historia, homeCentro3, homeIzq, Posición, Revolución and Ubicación

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