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Trabajadoras de la fábrica de mantas Early en Witney, Inglaterra, en 1897. Henry Taunt / Heritage Images

El capital, la Divina comedia y Saint-Simon

Un breve comentario sobre el debate entre David Harvey y William Claire Roberts.

Quisiera hacer algunos comentarios sobre las afirmaciones de David Harvey y William C. Roberts en sus artículos en la revista Jacobin América Latina. Me parecen dos textos con propuestas interesantes para entender la teoría de Marx, tanto al tratar el vínculo entre El capital y la Divina comedia, de Dante Alighieri, como las observaciones de Harvey. Pero no puedo dejar de señalar algunas afirmaciones falsas sobre Saint-Simon que hacen ambos, y que no están sostenidas por ninguna cita (al menos en estos textos).

Harvey señala que Saint-Simon distingue entre travailleurs y ouvriers, siendo los primeros dueños de empresas pero no rentistas, es decir que trabajaban a la par de sus obreros, y los segundos sus empleados. Por más que los enuncie en francés, Saint-Simon no establecía esa distinción. Cuando hablaba de «industriales» (y fue el creador de la palabra) se refería a todos aquellos que participaban de la producción de cosas útiles. Esto incluía por igual a los dueños de empresas y a sus obreros, a los campesinos grandes o chicos, a los científicos y a los artistas. Quedaban afuera los ociosos (los nobles, el clero y la clase política, a los que denominó «burgueses»). Pero entre industriales y obreros no había una distinción especial, sino más bien una diferencia de funciones. 

Lo que Harvey llama «facción» sansimoniana, o sea los discípulos inmediatos de Saint-Simon, utilizaron al principio la misma terminología, pero ya después de la revolución de 1830 la oposición entre «burgueses» y «proletarios» estaba en boca de buena parte de la opinión pública y coincidía con la denominación posterior de Marx. Digamos también, al pasar, que Luis Bonaparte no era sansimoniano en absoluto. Su opúsculo La extinción del pauperismo se inscribía en lo que podemos denominar «cristianismo social», en la senda de Eugène Buret, y nunca tuvo vínculos con el sansimonismo.

Industriales y obreros, entonces, en principio no exhibían una grieta fundamental para la dinámica de la economía y de las clases sociales, pero ya desde sus primeras obras Saint-Simon vio que tenía que dirigirse de manera especial para los que llamó alternativamente «proletarios», «los que trabajan con sus brazos», «obreros» y, sobre todo, «la clase más numerosa y más pobre», que se convirtió en un lema fundamental del socialismo originario (la repiten o discuten, entre otros, Flora Tristán y Pierre J. Proudhon). Es decir que no señalo solamente una cuestión de denominación o de traducción: la contradicción fundamental pasaba entre los industriales y los ociosos, y no entre trabajadores y obreros.

También carece de fundamento decir que «Saint-Simon limitó el gobierno a la administración de las cosas y dejó fuera a las personas». La frase confunde una serie de pasos. Saint-Simon afirma en el Catecismo de los industriales que en el sistema industrial se pasará «del sistema gubernamental al sistema administrativo». Esta expresión es retomada por Engels, quien afirma que «el gobierno de las personas es sustituido por la administración de las cosas», sin mencionar el origen. En ambos casos, lo que se quiere decir es que todo gobierno es en algún punto represivo, coercitivo, por eso se gobierna a las personas, en cambio la sociedad futura se limitará a gestionar la producción de cosas, sin oprimir a nadie. Por supuesto, Saint-Simon (y Engels) no «deja afuera a las personas», que gozarán de toda la libertad que permita la producción de cosas útiles.

Roberts, por su parte, dice que «Marx estaba completamente en contra de esta tradición» (la de Proudhon, Fourier, Saint-Simon y Owen), lo cual no tiene sentido, y es el penoso malentendido que provocó Engels con su opúsculo sobre el «socialismo utópico». Si Marx y Engels estaban «completamente en contra» de ellos, no se entiende por qué se los ubica en los orígenes del socialismo. Al contrario, en mi libro De Saint-Simon a Marx. Los orígenes del socialismo en Francia, he tratado de mostrar la enorme cantidad de elementos y conceptos que ya estaban establecidos en el movimiento obrero francés e inglés cuando Marx y Engels se asomaron a la vida política, y que habían sido elaborados por todos esos pensadores. Pero no es solamente Gerald Cohen quien establece esa filiación: también se lo puede ver en parte en marxólogos como Maximilien Rubel o Auguste Cornu, o en sociólogos como Georges Gurvitch y Pierre Ansart.

No voy a abundar en argumentos que llevarían páginas —y a mí me ha llevado un libro entero—: solo señalaré que Roberts pone en el centro de la teoría de Marx el concepto de libertad. Pero este concepto raras veces fue utilizado por Marx como consigna: en todo caso el «reino de la libertad» sería el socialismo futuro, pero la libertad en sí misma es una abstracción, porque, como bien afirma Engels, todos estamos determinados en mayor o menor medida por nuestras circunstancias. La libertad es la consigna central del liberalismo, y los primeros que impugnan su uso propagandístico son los sansimonianos. 

Para dar ejemplos: las tribus de recolectores y cazadores no necesitan «libertad» para cazar, necesitan organizarse y saber qué deben hacer. Los obreros no necesitan libertad (ya la tienen), lo que necesitan es que se gobierne en su beneficio. La libertad es buena ante las situaciones de opresión: salir de una dictadura, salir de la cárcel, pero no para reorganizar la sociedad y decidir qué es lo que hay que producir y cómo distribuir la riqueza social. La libertad es negativa: nos sabe decir lo que no queremos, pero es inútil para decidir lo que sí tenemos que hacer. La insistencia en la libertad es liberal o, en su mejor versión —pero también utópica—, anarquista. Si en algo coinciden Marx, Engels y los sansimonianos es en el rechazo a poner la libertad en el centro de la escena política.

Dice también Roberts que es «extremadamente escéptico en cuanto a la idea de que el pensamiento de Saint-Simon tiene algún valor para la izquierda». Dice que Saint-Simon era un «racionalista autoritario», pero no aporta ninguna evidencia de esto. En rigor, Roberts coincide con Friedrich von Hayek, teórico del neoliberalismo y de la nueva derecha europea. Es lo que los liberales dijeron de Saint-Simon desde el día que propuso «organizar la sociedad» (propuesta que a Roberts le irrita particularmente) en función de «mejorar la suerte moral y material de la clase más numerosa y más pobre». Y solo en función de ese objetivo. ¿Eso no tiene ningún valor para la izquierda? En ese mismo párrafo, Roberts habla favorablemente de la «acción desordenada» de los movimientos políticos populares, la «democracia mayoritaria» (¿qué sería eso?) o los «gobiernos desde abajo», cuando cualquier marxista sabe que ningún gobierno es «desde abajo». Todo Estado es una dictadura, y si no hay dictadura es que el Estado ha desaparecido. O sea, se impugna a Saint-Simon por motivos falsos, para reivindicar un basismo anómico que tiene poco que ver con la «dictadura del proletariado» que proponía Marx.

En cuanto a la cita de Engels, que está en el tomo III de El capital, es al revés de lo que señala Roberts. Engels dice allí que Marx tenía en gran estima el saber enciclopédico de Saint-Simon. Si Roberts se animara a la lectura del sabio francés lo podría comprobar él mismo. Pero llamativamente Engels no dice que él, Engels, piense lo mismo. Engels no conocía a Saint-Simon y, en todo caso, sabía algunas cuestiones elementales de su obra.

Se lo puede corroborar en todas las observaciones que hace en su juventud sobre los sansimonianos, que son erráticas y confusas. Engels era un gran admirador de Fourier, al que conocía al detalle, y no de Saint-Simon. Obsérvese el Anti-Dühring: allí cita constantemente, en diversos aspectos secundarios, tanto a Owen como a Fourier. Nunca a Saint-Simon, a pesar de que por momentos habla de temas que Saint-Simon había profundizado. Cuando al principio de su obra Del socialismo utópico al socialismo científico tiene que exponer las ideas de Saint-Simon, le dedica un solo párrafo. En la segunda edición, le agrega un párrafo más. Una nimiedad para un pensador que elaboró una doctrina que aprovecharon tres generaciones de reformadores franceses, antes de que Marx llegara a Francia con la idea de formar una alianza «franco-alemana», junto a su amigo Arnold Ruge.

Como se ve, solamente me sentí en la necesidad de aclarar algunas cuestiones referidas a un asunto relativamente secundario de este debate, en tanto se tocaba un tema para mí muy caro. Temas que exigen una exposición más detallada los he reducido para no abusar del espacio. Remito en todo caso a los autores y libros citados, incluyendo mi trabajo reciente. A mi modo de ver, el citado libro de Engels, de enorme éxito en el marxismo, ha tenido un mal resultado al convertirse en una especie de «libro-pantalla»: se da por sentado lo que tres generaciones de socialistas han dicho antes de Marx, sin conocerlos y sin leerlos, solo a partir de lo que dice Engels. 

En todo caso, se puede citar a algún teórico actual, pero como en el juego del teléfono descompuesto, la versión original no llega nunca a las páginas que leemos. Me pareció útil tratar de aclarar algunos puntos, solamente por el hecho de que la discusión sobre Saint-Simon estaba en cierto modo en el centro de ese debate. Por otra parte, vuelvo a reiterar que muchas del resto de afirmaciones de ambos autores me parecieron sugerentes y no juzgo en absoluto al conjunto de sus concepciones.

 

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