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El candidato presidencial de izquierda Gabriel Boric emite su voto durante las elecciones presidenciales, en Punta Arenas, Chile, el 21 de noviembre de 2021. (Claudio Reyes / AFP vía Getty Images)

«No hay polarización en la sociedad chilena»

UNA ENTREVISTA CON

En conversación con Jacobin, la politóloga Claudia Heiss dice que a pesar de que la ultraderecha emerge como reacción, Chile no está polarizado. Más bien, existe una demanda transversal por derechos sociales, y Boric es el candidato para recoger esas demandas.

Por Tomás Leighton

Cuando los chilenos acudan a las urnas este domingo, una de las consideraciones que tendrán en mente será el día después. Porque, independientemente del ganador de la segunda vuelta entre Gabriel Boric y José Antonio Kast, la Convención Constitucional continuará su marcha hacia adelante, aunque con mayor o menor obstáculo dependiendo de los resultados de la contienda electoral.

Claudia Heiss, politóloga de la New School of Social Research y académica de la Universidad de Chile, es una de las voces más importantes detrás del candidato presidencial chileno, Gabriel Boric, y también una de los expertos máximos en materia del derecho constitucional. Una convicta y confesa izquierdista, su relación con la política ha discurrido por la colaboración con organizaciones, enseñando incansablemente en escuelas de formación para activistas y militantes. Desde mucho antes que partiera el actual proceso constituyente para superar la Constitución de la dictadura, ha puesto su larga trayectoria de investigación al servicio de la causa.

En conversación con Jacobin, Heiss dice que a pesar de que la ultraderecha emerge como efecto rebote, Chile no está polarizado. Más bien, existe una demanda transversal por derechos sociales, y Boric es el candidato para recoger esas demandas.

TL

Chile ha tenido una marcada tendencia de alternar entre gobiernos de derecha y de centroizquierda durante los últimos treinta años. Como bien se sabe, dichos gobiernos compartían cierto consenso en torno al modelo económico y sobre cuestiones políticas más de fondo.

¿Cómo es que pasamos de tener esa tendencia consensual a un balotaje entra la ultraderecha y una izquierda que propone un programa de derechos sociales? ¿Qué pasó entremedio? 

CH

Mi impresión es que no existe polarización en la sociedad chilena. Yo creo que la sociedad chilena sigue siendo bastante moderada y centrista, y, de hecho, creo que la primaria fue un ejemplo de eso: en las primarias presidenciales, de derecha a izquierda, quienes ganaron en ambos casos eran los candidatos más moderados.

Segundo, en las encuestas de autoidentificación política, no hay una autoidentificación muy grande en los extremos. La autoidentificación está mucho más en el centro. Entonces, desde el punto de vista más de política pública yo creo que hay una sociedad más bien centrista, o quizás de centroizquierda.

Mi impresión es que, junto a esa moderación general, hay una demanda innegable por derecho sociales, por reducir la vulnerabilidad social frente a situaciones como la pérdida de empleo o la enfermedad. Esto, que algunos autores han llamado «la politización de la desigualdad», tiene que ver con el hecho de que Chile ha mantenido una desigualdad alta desde el retorno de la democracia, pero la tolerancia a esa desigualdad se ha ido reduciendo. Esto puede tener distintas explicaciones y obviamente es una cosa multicausal. Pero, ¿por qué la gente acepta menos la desigualdad hoy día que hace 20 años?

Yo creo que es porque, primero, Chile ha crecido mucho y después de tantos años uno ya sabe que el hecho de crecer de manera sostenida no va a llevar a redistribución. Está claro que el goteo no funciona, y que la riqueza se sigue concentrando en sectores muy pequeños de la sociedad. Yo creo que eso ha generado una sensación de injusticia que hace que, si muchas personas antes decían que estaba bien –cuando el acceso a la salud, a la educación, dependía de la capacidad de pago en los años 90– hoy día ese número se ha reducido mucho. Entonces, yo creo que hay un país que anda bien por tanto tiempo pero que no distribuye esa bonanza. 

Hay otro tema, que es la reducción del tema económico. Cuando en los primeros años de la transición estábamos creciendo al 7 o al 8 por ciento, el modelo, como escribe Moulian, se basó fuertemente en el endeudamiento y en la deuda privada. Tuvimos entonces un sistema de finanzas publicas sana, con poca deuda pública, pero de finanzas privadas desastrosas, con pura deuda privada. Y con una deuda que no se usaba para lo que normalmente se entiende que es el uso del crédito; en los países desarrollados el crédito es para gastos extraordinarios, por ejemplo, para viajar, hacer inversiones o para remodelar la cocina. En Chile se usa para gastos corrientes: se usa para educación, salud, vivienda, ropa, hasta incluso para comida.

Pero yo creo que la reducción del crecimiento económico –que, como te decía, pasó de 7 o 8 puntos del PIB a 2 o 3 puntos del PIB en los últimos años, antes de la pandemia– hizo que hubiera menos plata, que la gente en general tuviera mayor estrechez y dificultad económica, y que aumentara el endeudamiento del 50 al 75 por ciento. O sea, que la familia que estaba endeudada en la mitad de su ingreso va a estar endeudada por un 75 por ciento de su ingreso. Y eso aumenta la presión por derechos sociales, es decir, aumenta la precariedad en el fondo del gasto de la familia y aumenta la demanda por una red de bienestar.

La que ha analizado muy bien el tema de la precariedad de la clase media chilena es Emmanuel Barozet, que habla ampliamente de este tema, de clases medias que logran salir de la pobreza, que logran por primera vez acceder a la educación, pero que ante la menor dificultad vuelven a caer en la pobreza. Entonces, las personas que logran salir de la pobreza e ingresar a la clase media, vuelven a la pobreza cuando se jubilan, vuelven a la pobreza si se enferman. Y esta precariedad creo que fue generando esta politización de la desigualdad, en parte.

TL

¿Y será ese descontento lo que conduce a un escenario electoral que es de alguna manera inusual, donde se enfrenta una fuerza que tiene un programa de transformación de derechos sociales y otro que más bien plantea mantenerse las cosas como están? De alguna manera tú estas explicando un poco las razones del estallido, quizás, pero tal vez hayan cosas importantes que pasaron por medio, ¿no?

CH

Claro, lo que quería decir es que no creo que haya polarización social.  Lo que hay es una demanda de bienestar que no es una demanda de extrema izquierda o una demanda necesariamente de un cambio de modelo en términos de reducir el consumo, la fuerza del mercado, etc., pero que sí tiene que ver con políticas redistributivas, porque el bienestar requiere reestructurar la carga tributaria.

Quería decir que el problema, a mi juicio, es que mantener los gobiernos –este cogobierno de la izquierda y la derecha durante los treinta años de la concertación– generó, junto a esta politización de la desigualdad, el vaciamiento de ese espacio que ocupaban los partidos de centroizquierda, desde los sectores de centroizquierda de la Democracia Cristianahasta el Partido Socialista e incluso los radicales.

Esa confianza en que la centroizquierda iba a llevar adelante un programa de corte socialdemócrata se perdió completamente. No creo que haya cambiado tanto el electorado, sino que cambió la relación del electorado con los partidos que se suponía que representaban a ese electorado. El electorado ya dejó de ver en la centroizquierda a fuerzas que pudieran avanzar hacia un mayor Estado de Bienestar.

TL

Pero aún así, pareciera que las posibilidades de la izquierda son mejores que hace diez años. O sea, quizás la gente no ve en los partidos tradicionales de izquierda una opción, pero, por ejemplo, en 2017, en un articulo tú hablabas de cómo la constitución del ochenta es un sistema de bloqueo de mayorías, de exclusión de las voces de la sociedad. Contra ese sistema justamente ocurrió algo muy inédito que es una Convención Constitucional que está en curso y que eligió a sus miembros con una regla paritaria. Entonces ¿Cómo fue posible que se diera esa oportunidad? 

CH

De nuevo, en el campo de la izquierda, en lo que respecta al electorado, no hubo un cambio muy importante; es más bien estable. Sí ha cambiado la relación con los liderazgos y sí ha cambiado la cantidad de gente que vota: en el 90 votaba el 85 por ciento del electorado, mientras que hoy en día vota hemos llegado en algunas instancias al 34 por ciento.

Yo creo que el fenómeno realmente inusual aquí es la gran votación que ha tenido Kast, y también de Parisi, que son dos proyectos políticos que sí son un poco distintos. Yo no creo que Kast sea distinto a lo que ha sido la UDI siempre. La UDI es igual de fascista que Kast en todos los temas que son sus principales agendas: la campaña de terror anticomunista, deque cualquiera que no piense como ellos es un estatista, su incapacidad de ver matices, la incapacidad de ver la gran gama política que existe y ese reduccionismo de que eres o extrema derecha o eres comunista. Todos los temas de la ideología de género, toda esta cosa aislacionista contra EEUU, contra el tema de los derechos, yo creo que eso ha estado siempre en la UDI, pero era siempre bien minoritario, un grupo chico dentro de la derecha.

Con Kast, efectivamente, hay un fenómeno que no se si llamarlo polarización, porque como te decía antes, polarización requiere dos polos y aquí lo que hay es un sólo polo. Lo que yo creo, y creo que sí hay un efecto rebote en ese fenómeno, un efecto rebote de la tremenda agenda de cambios que se desarrolló de una manera muy rápida después del estallido. Yo creo que después del estallido del 2019 se agudizaron algunos discursos de avances de derechos en la agenda política de Chile. Pasamos de un sistema bastante conservador, –de hecho, fuimos de los últimos países de la región en legislar el divorcio– y de repente cambió del discurso público en temas de género, en temas de identidades sexuales, en temas de pueblos originarios y otras minorías.

Pero la reacción conservadora va más allá de la UDI. El voto de Kast básicamente es un voto rural del sur, que es un grupo más conservador. Que tengan un estilo de vida más conservador no significa necesariamente que estén realmente de acuerdo con que bajen los impuestos y se desmantelen programas sociales. Yo creo que sí mucho de lo que quiere esa gente es estabilidad, marcos conocidos, orden público; hay que pensar que esta elección se produjo después de dos años de un nivel de inestabilidad enorme de la vida cotidiana, o sea de quiebre de los suministros de abastecimiento, momentos en los que no teníamos comida, momentos en que los niños no iban al colegio. Primero por el estallido y después por la pandemia, hemos tenido una disrupción de la vida diaria que yo creo que genera tendencias conservadoras, hace que la gente busque orden público, estabilidad, etc.

TL

Quizás también hay triunfos importantes que la izquierda se ha adjudicado en el último tiempo que son también la razón por la cual la derecha se esfuerza en optar por otro discurso y otra estrategia. 

Por ejemplo, el acuerdo del 15 de noviembre, cuando, en medio del estallido social, la mayoría de los partidos firmaron el acuerdo que permitía el plebiscito. Respecto al acuerdo, hay quienes sostienen que la expresión del poder constituyente originario fue hecho a través de normas que limitaban el proceso constituyente posterior. ¿Qué opinas de esa interpretación más crítica? 

CH

Yo entiendo esa perspectiva. Hay una visión soberanista sobre el poder constituyente que sostiene que el acuerdo fue puro gatopardismo y que fue una traición de los partidos políticos al movimiento social; o más bien, que en el fondo los movimientos sociales fueron quienes forzaron la negociación y al final no estuvieron sentados en la mesa donde se firmó el acuerdo del 15 de noviembre.

Justamente, el acuerdo tenía normas especiales que limitaban la acción de la Convención Constitucional, establecían una Convención sometida a reglas institucionales y regulada a través de la propia Constitución del 80. Es decir, no era un quiebre revolucionario. Y en ese sentido entiendo la crítica de quienes querían un quiebre revolucionario, pero no la comparto. Yo creo que la Convención Constitucional no es una Convención soberana en términos de que pueda adjudicarse la representación total del pueblo y ahí yo creo que eso es correcto, porque no hay ningún órgano que pueda adjudicarse la representación total del pueblo.

El pueblo estaba en la calle el 25 de octubre cuando salieron tres millones de personas, pero el pueblo también estaba en la calle quemando los coches a las guaguas de los inmigrantes en el norte, y eso es también el pueblo. No son los mismos números, pero tampoco los números definen todo; es decir, tampoco en los tres millones de manifestantes está todo el electorado chileno. Son 15 millones los electores en Chile.

La Convención Constitucional tuvo un cierto resultado pero eso no agota la representación del pueblo. Yo creo que esa pretensión de que “nosotros somos el pueblo y los que no están de acuerdo con nosotros no son el pueblo”, es equivocada, es una visión poca democrática. Por eso digo que entiendo la molestia, pero sigo defendiendo la representación política, las instituciones y que la democracia tiene que tener canales de mediación.

TL

El plebiscito de hecho tuvo respaldo masivo y subió la participación electoral. Algunos dicen que ahí sí hubo un proceso de legitimación de lo que institucionalmente ya se había definido.

En tu trabajo académico has sostenido la necesidad de repensar la dicotomía entre la representación y la participación, argumentando que la representación ya no es solamente el voto, no es solamente autorizar formalmente la representación, sino que es recrear la soberanía. ¿Tú crees que la Convención es un espacio que puede permitir esa nueva concepción de la representación?

CH

Creo que la Convención ha asumido el rol que le corresponde como órgano representativo y además creo que es el órgano político más representativo que hemos tenido desde que retornó la democracia. No hay ningún otro órgano que represente mejor a la sociedad chilena que la convención constitucional. Y justamente el problema ha sido que las instituciones de la representación política han sido poco representativas y hay gente que entiende la representación justamente como exclusión del pueblo. Es una concepción madisoniana, podríamos decir: que el pueblo es irracional, incapaz de orientarse al bien común, y por lo tanto tienen que ser personas electas, ilustradas, personas que depuren en el fondo la voluntad popular a través del representante en estos cuerpos electos que buscan justamente reducir el rol democrático de la decisión política.

No tiene por qué entenderse así la representación. La representación no tiene por qué ser vista como exclusión del pueblo, al contrario, la representación es necesaria para la democracia y el problema que hemos tenido no es un exceso de representación sino una falta de representación. Ahora, la representación no puede entenderse sin participación. Lo contrario de la representación es la exclusión, y lo contrario de la participación es la abstención, o sea, cuando alguien no participa es porque se abstiene de participar, y cuando alguien no es representado es porque está excluido. Entonces, esta dicotomía entre participación y representación en el fondo es una manera equivocada de entender los problemas de la representación contemporánea. Es como si todos participando pudiéramos reemplazar la representación y yo creo que está demostrado que eso no funciona; o sea, no existe autogobierno directo que mantenga el pluralismo, que no acalle otras voces, porque la representación es compleja.

TL

De alguna manera eso también conecta con que uno podría preguntarse si basta con una Convención Constitucional para los desafíos del progresismo o si también tiene que existir una fuerza política que mantenga un programa a través del Poder Ejecutivo. ¿Cómo dialoga entonces la Convención Constitucional con un eventual gobierno de Boric? 

CH

Yo creo que es un error pensar que el proyecto de transformación política lo va a realizar la Constitución; ese no es el rol de una constitución. Pedirle eso a la Constitución es absurdo. Yo creo que lo que tiene que llevar a cabo ese proyecto de transformación es la política, con elecciones, gobiernos, congresos y el cambio legislativo.

¿Cómo se empieza a reducir la desigualdad? Bueno, con cambios en la estructura tributaria. Eso hay que hacerlo por ley en el Congreso, y para eso hay que ganar los votos. El problema es que tenemos un sistema político amparado en la Constitución y que, entre otras cosas, ha estado protegidos por la Constitución. Como ejemplo está la Ley electoral, que no permite un proceso político equitativo. Entonces, lo que yo creo que tiene que hacer el cambio constitucional no es llevar adelante un proyecto político transformador sino nivelar la cancha para que los distintos proyectos políticos transformadores puedan competir legítimamente y ganar los votos para hacer esas transformaciones.

TL

Hablando ya de las elecciones y la competencia política: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos del Frente Amplio, el partido de Gabriel Boric? ¿Qué propone Boric en el gobierno y esta generación nueva de izquierda? 

CH

Primero, en términos de políticas públicas, hay temas comunes importantes con la centroizquierda tradicional. Yo creo que si le preguntas a un socialista, o, por lo menos los socialistas tradicionales, también debieran querer avanzar a proyectos parecidos a los que plantea normativamente el Frente Amplio. Ahora, como llevan treinta años en el poder o han estado en el poder alternadamente en este periodo, como han participado en proyectos de coalición con los sectores más conservadores, no han llevado a cabo ese proyecto transformador. De alguna manera ya sea por consideraciones pragmáticas y por acomodo con la gestión del poder. Pero yo no creo que ideológicamente haya una discrepancia tan grande, al menos con el Partido Socialista.

Sí hay una diferencia enorme en la manera de hacer política; ahí hay sí una distancia sideral entre lo que propuso el Frente amplio y la forma de hacer política que promovió la centroizquierda los últimos treinta años, que fue una manera totalmente cupular, totalmente de arriba a abajo y que de alguna manera incentivó la desafiliación de los partidos y el ninguneo a las bases políticas

Yo creo que ha habido prácticas corruptas de todos los partidos políticos, practicas de manipulación de los padrones electorales, de las elecciones internas, y una falta de conexión con su propia militancia de base que tiene que ver con el uso de los partidos políticos como agencia de empleo. Cuando tú estás en el Estado tantos años, es una fuente de ingreso tener el control de la maquina y los partidos se ocuparon de gestionar el poder y administrar la militancia como agencia de empleo, y no a formar cuadros jóvenes o a desarrollar ideas políticas que tengan que ver con la motivación normativa de una persona cuando entra a militar a un partido.

TL

Pero, aunque hay una coincidencia programática entre el Frente Amplio y algunos sectores del Partido Socialista, aun así el gobierno va a enfrentar una serie de desafíos muy grandes porque existe una inminente situación económica que va a ser diferente y que también existe una elevada expectativa. ¿Cuál crees que son las reformas más importantes o la reforma más importante que debería enfrentar el próximo gobierno, eventualmente el de Gabriel Boric? 

CH

Yo creo que lo más importante es enfrentar los aspectos que tienen que ver con el endeudamiento de las familias para cubrir derechos sociales básicos, y eso tiene que ver principalmente con pensiones, educación, salud y vivienda. Es muy importante el tema de la reforma tributaria y el tema de la universalización del bienestar social. O sea, no lo va a poder hacer en un solo gobierno, pero sí avanzar por lo menos en la discusión. La Concertación nunca dio la discusión sobre la cobertura universal, en parte porque se convencieron de que la focalización de recursos privados era mejor, de que era una manera de inyectar recursos privados. Pero también porque tenían los enclaves: no se puede negar que cuando Lagos quiso con el «Plan Auge» establecer un pilar solidario de contribución, le dijeron que era inconstitucional. O sea, es verdad que todo el sistema estaba orientado a declarar inconstitucional cualquier cosa que pareciera redistributiva entre lo público y lo privado. Pero yo creo que no hubo convicción, y que en eso sí hay una diferencia en el Frente Amplio y la ex centroizquierda, en el nivel de convicción y de fuerza que se le pone a estos cambios. El fin de lucro que se pone a las elecciones en los liceos lo lograron los pingüinos y no el sistema político.

TL

Yo creo que ahí salta a la vista también el problema respecto a los derechos humanos y a la policía ¿cierto? La crisis de derechos humanos del 2019 instaló una idea de reforma de las policías que en cierta medida recoge el programa de Boric. Pero, efectivamente, ¿cómo empujar un control civil y defender los derechos humanos cuando parte de quienes ejercen la fuerza pública se niegan a esos cambios?

CH

Yo empecé a interesarme por los temas constitucionales a partir de la relación cívico-militar. En los primeros años de la transición el tema cívico-militar era enorme, muchos de nuestros políticos de centroizquierda, incluida la presidenta Bachelet, tuvieron clases en la academia nacional de estudios estratégicos con los militares, se juntaban con los militares y trataban de establecer puentes, porque sabían que ahí había una fractura en la sociedad chilena, una división entre el mundo militar y Carabineros y el resto de la sociedad. Había que incorporar a las fuerzas armadas y Carabineros como parte del Estado, como funcionarios públicos ¿verdad?

Yo creo que a medio camino esa agenda la abandonaron; no quisieron seguirse gastando en esa transformación. Me da la impresión que la PDI es un poco distinto porque justamente la Policía de investigaciones era lo más negro de la dictadura, y fue intervenida de manera súper drástica para darle un cariz democrático. Los Carabineros y las Fuerzas Armadas, en cambio, siguen siendo igual que antes del golpe, digamos. Y eso creo que fue finalmente como una tirada de la toalla.

Yo creo que hay que retomar una agenda que estuvo a inicios de la transición, cuando hubo estudios sobre violencia policial. En cambio, en Argentina, por ejemplo, la violencia policial era parte de lo que se consideraba violación de los derechos humanos en democracia, nosotros dejamos de hablar de los problemas de derechos humanos en democracia hasta muy recientemente ¿no? El mundo de los derechos humanos quedó anclado al tema de las violaciones de derechos humanos en dictadura. Y ahora surgió, más recientemente todavía, la agenda de derechos humanos del Sename, los derechos humanos de los niños que están al cuidado del Estado.

Yo creo que ahí ha habido una mala lectura y una insuficiente intervención del cuidado que tiene que tener el Estado con los derechos humanos, más allá de las víctimas de la dictadura, con los derechos humanos que se violan hoy día. Y eso tiene que ver también con la formación policial, con la formación en derechos humanos, con el tipo de liderazgo. A mí me tocó dar clases en la Escuela Militar una vez, me salí porque no lo soporté. Realmente, tienen un doble discurso espantoso.

TL

Si nos imaginamos marzo del 2022: Boric está en la presidencia y a toda esta serie de desafíos además suma un aliciente más, que es cómo imaginar una ecuación de partidos distintos, que va a exceder a Apruebo Dignidad y va a tener que incorporar a otros para poder hacerse cargo del gobierno ¿Cómo te imaginas esa ecuación? 

CH

Lo que es claro es que ya tenemos una fragmentación creciente del sistema de partidos chileno. Tenemos cada vez más candidatos, cada vez más coaliciones presentando candidatos, y es probable que esa fragmentación continúe. Por supuesto que hace más difícil ponerse de acuerdo, hace más difícil la gobernabilidad, pero es un hecho que no se puede controlar por decreto. Vamos a seguir teniendo gobiernos de coalición como hemos tenido siempre, y yo creo que se pueden hacer coaliciones bastante amplias en torno a consensos programáticos que tienen que ver con la superación del neoliberalismo y con la construcción de un Estado de Bienestar. Yo creo que ese es el horizonte normativo donde caben sectores amplios de la centroizquierda, ahora los de centroizquierda que se han considerado de centroizquierda que no estén de acuerdo con eso, no caben.

Es una buena noticia lo que se ha producido en términos de unidad de la centroizquierda en el apoyo a Boric en la segunda vuelta. La gente no está pidiendo cargos y yo creo que vienen transformaciones en la forma de tomar decisiones políticas de todas maneras por la composición de la Convención. O sea, vamos a tener mecanismos de consulta, nuevas formas de política más democrática. Yo creo, salvo que gane Kast y haga alguna maniobra enorme para bloquear la Convención Constitucional, yo creo que esta Convención va a generar mecanismos más democráticos. Y creo que es posible una construcción amplia en torno a esta idea de construir un Estado de Bienestar.

Por supuesto que hay grupos más conservadores que piensan que el ritmo de los cambios tiene que ser más pausados, y eso va a depender de la correlación de fuerzas y está por verse cómo va a funcionar dentro del Congreso. Ahora, Boric la va a tener súper difícil, yo creo que es evidente, porque tiene un Congreso empatado, tiene una situación económica súper difícil después de un año de nivel de gasto publico insólito. El gobierno de Piñera en el año 2020, cuando empezó la pandemia, no quería soltar nada, pero ahora claramente en un año electoral terminó tirando la casa por la ventana, entregó mucha ayuda social por la pandemia. Además se sumaron a eso los retiros de los fondos previsionales y esa situación no es sostenible, por el calentamiento de la economía, por el endeudamiento público. Y entonces inevitablemente va a tener que haber una contracción del gasto público que es lo contrario de lo que ha prometido el gobierno de Gabriel Boric.

TL

Se ha dicho mucho de que Kast es la versión local de los populismos de derecha, que es un Bolsonaro chileno, etc. ¿Cuáles son las diferencias y semejanzas con ese tipo de figura?

CH

Yo creo que Kast tiene mucho parecido a esta versión de afuera en términos de rechazo a la intelectualidad y sobre todo en esa versión tan dicotómica del mundo y de la política, esa incapacidad de procesar matices, que es una condición para el dialogo. Yo creo que en eso se parece a esa simplificación que uno ve en la derecha populista en el mundo.

Las particularidades chilenas tienen que ver con el pinochetismo: es un pinochetista, católico, que tiene una concepción bien particular de la patria, del rol de las Fuerzas Armadas y una visión, que comparte con Jaime Guzmán, muy hostil a los partidos políticos y al rol de la política en general. Esa visión sostiene que la política es manipulación. La gente no tendría ideas propias, sino que es manipulada por líderes que solamente tienen intereses personales, intereses espurios, no hay consideración del bien común, ni de proyecto colectivo, sino que son líderes comunistas que quieren beneficiarse manipulando a las masas.

Yo creo que esa visión está presente en la constitución del 80, está presente en la concepción gremialista de la política que quiere separar la actividad pública de los partidos políticos y de la ideología, a través de la representación de intereses gremiales. O sea, todo es interés particular, lo único que existe son intereses particulares que pueden ser agregados, por ejemplo a través de los intereses de los gremios; pero no existen concepciones de sociedad o de bien común o de proyectos colectivos en esa visión.

TL

Es complicado que esa visión se imponga justo cuando se está desarrollando quizás la conversación social más importante de los últimos tiempos, como es la Convención Constitucional ¿Crees que la Convención puede ver limitadas sus funciones con el ascenso de Kast? 

CH

Es muy contradictorio estar en un proceso constituyente –donde un 80% votó por hacer una nueva Constitución, y porhacerla con una Convención Constitucional y abierta– con un gobierno que va en un sentido completamente contrarioyha estado abiertamente en contra del proceso constituyente. Creo que sería sumamente complicado. Esta polarización que hemos visto en las elites pero no tanto en la ciudadanía, creo que inevitablemente permearía al resto de la ciudadanía. Creo que los discursos políticos se harían mucho más odiosos, y más difíciles las conversaciones en el país; la deliberación publica sería más difícil con una persona promoviendo desde el gobierno una visión tan ideológica, tan poco dialogante como la que tiene Kast.

Hay personas que han dicho que una sociedad dividida no puede hacer una nueva Constitución. Pero, de nuevo, creo que nosotros no tenemos una sociedad dividida, yo creo que tenemos una sociedad unida en torno al proceso constituyente, pero creo que un gobierno de Kast podría generar mayor división y podría perjudicar de manera muy importante la discusión del proceso constituyente.

Sobre el entrevistador

Tomás Leighton es estudiante del Magister de Comunicación Global en la Universidad de Erfurt y miembro del partido Revolución Democrática en Chile.
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Publicado en Chile, Elecciones, Entrevistas, homeCentro3, homeIzq, Política, Posición and Sociedad

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