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(Foto de José Carlos Angulo/AFP vía Getty Images)

¿Existe oposición de izquierda al gobierno de Castillo?

La reciente ruptura entre Pedro Castillo y Perú Libre abrió una serie de interrogantes sobre las fuerzas de izquierda en el país. El primero, sin ir más lejos, es si puede existir una oposición de izquierda al gobierno de Castillo en Perú.

Hace unos días, Jacobin América Latina publicó un artículo de Silvio Rendón en donde se plantea la ruptura de la «alianza» entre un «núcleo chotano» de Pedro Castillo y el partido Perú Libre. La lectura del texto permite identificar las diferencias en las miradas que tenemos en el Perú sobre lo que pasa entre las izquierdas y el gobierno de Castillo, en especial frente al planteo de una «ruptura política» que deriva en la supuesta formación de una «oposición de izquierda» al gobierno de Pedro Castillo.

Primero lo primero: las relaciones entre los parlamentarios afines a Castillo y Vladimir Cerrón, secretario general de Perú Libre, seguirán manteniéndose aunque sea por el rechazo a la ultraderecha que busca interrumpir el gobierno de Castillo. Además, la distancia considerable entre el discurso revolucionario y la agenda real de propuestas políticas del grupo de Cerrón, lo cual quedó demostrado durante la breve gestión de Bellido, tiende a aumentar una ilusión de una ruptura ideológica donde hay más bien disputas por el poder.

A más de cien días de gobierno, lo que tenemos es un escenario casi tan complejo como entonces, un gobierno de izquierdas que aparece abrumado por presiones externas e internas, en una situación de crisis política permanente. Para entender cómo se llegó a esta situación, particularmente en lo que concierne a estas tensiones internas, es necesario repasar algunos puntos que van más allá de la coyuntura. 

La política sin partidos

El argumento de Rendón opone al «partido» Perú Libre con un «núcleo chotano» que describe como los allegados al presidente Castillo. Asumir que se trata de una oposición entre un grupo de amigos frente a un partido político le permite dar mayor fuerza a la supuesta ruptura y aislamiento de Castillo, que pierde así el apoyo de un «partido» y se queda solo con sus allegados.  

¿Pero se trata Perú Libre realmente de un «partido político» en sentido estricto? En el escenario peruano (esto lo aclaro sobre todo para lectores en el exterior) es necesario problematizar estas categorías tanto para no pintar una imagen distorsionada como para entender la base del conflicto.

Como sabemos, existe una amplia literatura en América Latina desde los años 80 acerca del desencanto con la democracia liberal. Luego el tema pasó a llamarse antipolítica y de allí saltó al polifuncional concepto de populismo. Ahora tenemos activos grupos de ultraderecha que se deslizan de posturas populistas hacia lo que bien podríamos llamar neofascistas.

Lo que queda de la reflexión señalada es que el viejo partido de masas —armado de ideología y una intensa vida interna— dejó de ser el canal de politización de la ciudadanía en general y especialmente de los sectores populares, incluida la clase trabajadora. Este es un proceso casi global y el Perú no ha sido ajeno. En nuestro caso, desde mediados de los 80 —con el desastre económico del primer gobierno del APRA— el precario sistema de partidos colapsó y, desde entonces, las formas políticas han adquirido tonos personalistas. Los ismos ya no se aplican a una ideología sino al apellido del caudillo, como en el caso del «cerronismo» (del fundador de Perú Libre, Vladimir Cerrón). 

La tan manida «crisis de los partidos» devino en el auge de outsiders y grupos políticos sin ideario pero con objetivos muy concretos. En el Perú, ni la derecha ni las izquierdas han logrado mantener o reconstruir organizaciones políticas más o menos modernas, más o menos institucionales, más o menos democráticas. Lo cual supone dos cosas: la personalización de la política y el vaciamiento de contenido de la forma partido.

Entonces, extrañarse de la ausencia de una organización partidaria en el caso de Castillo es tan gratuito como es ingenuo considerar al grupo Perú Libre como un partido político. No por repetir el nombre se hace más realidad. Por ejemplo, si uno revisa el estatuto de Perú Libre, publicado en su página web, podrá ver que en su artículo 8 señala:

El máximo órgano deliberativo y de decisión del Partido es la Asamblea Nacional, integrada por la Comisión Política Nacional, Comité Ejecutivo Nacional y los Secretarios Generales de los Comités Ejecutivos Regionales, en representación de todos sus afiliados sin excepción.

Resulta curioso, por decirlo ingenuamente, que el órgano máximo del «partido» no sea un Congreso conformado por delegados elegidos por las bases —como en la mayoría de organizaciones de izquierda contemporáneas— sino la suma de dos instancias regulares y los secretarios generales regionales. Una lectura de todo el estatuto muestra una visión más «administrativa» que participativa en la definición de la política partidaria. Más que un partido de izquierdas, Perú Libre parece ser un «aparato» de izquierdas. 

Entonces, no tenemos aquí un conflicto entre un «núcleo chotano» y un partido político. El desencuentro entre el Ejecutivo y una parte de la bancada oficialista es el resultado de pugnas y tensiones entre dos grupos de amistades, afines y paisanos. En otras palabras, la ausencia de organizaciones políticas democráticas y representativas es el elemento principal de la crisis de la izquierda peruana.

No una sino muchas izquierdas

La fuerza propulsora de visiones como la del artículo de Rendón es la de identificar precisamente una «oposición de izquierda». Sin embargo, por más que abunde un lenguaje de antagonismo y polarización, la dinámica real que predomina y que está detrás de la llamada ruptura con Castillo es más bien de una fragmentación generalizada.

Aquí me detengo para incorporar al análisis las limitaciones de la cultura política en las izquierdas del país. En un escenario de extrema polarización política, la derecha construye un enemigo ad hoc al que denomina caviares. Con caviares, más que a una posición política específica, se refiere a un grupo social conformado por voceros mediáticos progresistas de la clase media blanca y profesional de Lima que defienden una variada e imprecisa agenda de libertades y reformas al modelo neoliberal.

En esta narrativa derechista, las fuerzas sociales que cuestionan el ordenamiento neoliberal estarían divididas entre caviares y extremistas. Queda claro que, desde cualquier posición de izquierda, aceptar un encuadre tan maniqueo resultaría un error. Sin embargo, un sector de las izquierdas peruanas también emplea dicha categoría para demonizar a la izquierda liberal. La discusión se reduce a establecer quienes son caviares, por lo que al final, cada grupo de izquierda es el caviar de otro grupo de izquierda en el país (o, en algunas ocasiones de terruqueo, los extremistas de otro grupo).

El otro componente en la cultura política heredada de los años 90 —y que hemos asumido en las izquierdas— es, como señalamos, la personalización de la política en sus dos dimensiones: una primera que adhiere virtudes y bondades al caudillo local, convirtiéndolo en indiscutido e indiscutible de manera automática, y otra que adjudica defectos, traiciones y denuestos al caudillo del otro grupo. La discusión política termina entonces en una sucesión de argumentos ad hominem y revisiones inquisitoriales de la vida personal. Uno de los aspectos más desagradables del populismo se infiltra por aquí. Es como si Twitter fuera nuestra escuela de formación política. 

Lo cierto es que en el Perú predominan numerosos grupos, colectivos y proyectos de partidos que se ubican en un muy amplio espectro de lo que denominamos izquierda. La diversidad no es solo entre los grupos sino al interior de los mismos, pues el vínculo articulador es esta relación entre el líder y una plataforma de demandas/promesas. Resulta una suerte de micropopulismo, pues combina liderazgos —de corto alcance— con promesas clientelares. Resultan así entornos de muy alta precariedad política pues el vínculo se articula en base a demandas y promesas. La lógica política adquiere rasgos personalistas, pero llegar a ser el personaje solo depende de la capacidad de hacer promesas particulares, por lo que aparecen grupos dentro de grupos.

Es un escenario volátil que mayormente no se articula por un programa general sino por reclamos concretos al Estado. Por estas razones, insistir en adscribir planes políticos perversos de largo aliento a grupos heterogéneos y mudables no ayuda a entender la correlación de fuerzas en la escena política y más bien termina confirmando los prejuicios del observador. 

Liberales y conservadores

Las dos últimas décadas la política peruana ha tenido un encuadre general basado en el clivaje fujimorismo-antifujimorismo. Como todo encuadre político supone identidades, discursos, actores y resuelve —a su modo— conflictos y permite alianzas. Una de las consecuencias de este clivaje ha sido el desdibujamiento de las identidades de izquierda en las dos últimas décadas. Asimismo, ha supuesto que categorías como «autoritarismo» y «democracia» a secas pasen a ser incorporadas en los discursos de izquierda sin una mayor mirada crítica. Y eso no está bien.

Entonces, es fundamental tener claro que las izquierdas locales no hemos logrado elaborar una crítica real, fundamentada a las categorías del pensamiento demoliberal. Algunos, claro, se han refugiado en una narrativa escolástica del izquierdismo marxista de los años 70. Desde el pasado tratan de entender lo nuevo, con lo cual el análisis más que ideológico se torna endeble. Otros han abrazado valores liberales como si fueran componentes modulares, sin darse cuenta que más que sumar valores al ideario socialista lo están abandonando. 

Y eso pasa precisamente porque detrás del clivaje «fujimorismo-antifujimorismo» reside una vieja discusión irresuelta en la historia política del Perú: la que separa a liberales de conservadores.

Entonces, cuando se evita un procesamiento crítico del encuadre liberal-conservador el análisis en clave de «progresistas», «radicales» o «centristas» convierte estas definiciones en simples etiquetas y más aún en adjetivos. Así, la norma han sido las salidas fáciles. Para el grupo de izquierda, limeño y profesional asumir las demandas liberales le resulta no solo razonable sino necesario y constitutivo; mientras que, para el grupo izquierdista y provinciano de Cerrón, incorporar posiciones conservadoras (en temas de género, por ejemplo) le resulta útil para mantenerse cerca a las subjetividades populares muy marcadas por la religiosidad. No hay una reflexión crítica sobre lo que significa en nuestra sociedad ser liberal o conservador y, sin ello, resulta difícil si no imposible procesar estas diferencias en un sentido que favorece un nuevo consenso de izquierda.

Con estos elementos simplemente queremos señalar que no hay una «ruptura» fundamental en donde no hubo tampoco una «unidad» fundamental. El grupo de Castillo y el grupo de Cerrón van a seguir acercándose y separándose en el Congreso de acuerdo con sus agendas que lamentablemente siguen siendo muy cortoplacistas.

Donde no hay una izquierda real, construirla

Plantear el nacimiento de una «oposición de izquierda» a partir del grupo de Cerrón no solo es apresurado sino erróneo porque, más allá de un discurso que recicla referencias del lenguaje revolucionario de los 70, alusiones al «pueblo» como categoría legitimadora per se y el encono al grupo limeño de clase media liberal, no hay realmente propuestas políticas emancipadoras, disruptivas o tan siquiera reformistas; tampoco existe la voluntad política de organizar a los sectores populares y mucho menos de movilizarlos. No hay, pues, una «oposición de izquierdas», y las travesuras de sus voceros en Twitter solo distraen de una realidad cuya tarea urgente es la de construir un campo de izquierda sólido en Perú.

La actual correlación de fuerzas sigue en clave de transición más que de resolución. La disputa real y fundamental es la que opone al gobierno de Castillo con los grupos pro vacancia. De un lado está el líder carismático e inexperto, del otro grupos derechistas decididos a reducir el mandato de cinco años del actual gobierno. Hace unos días, una congresista ha anunciado que la moción de vacancia ya está redactada y se empieza a recoger firmas de adhesión para que sea presentada al pleno del Congreso.

Las coordenadas políticas se mantienen en la oposición de las fuerzas de izquierda con las fuerzas de la derecha. No hay sitio para malabares. La situación es compleja y de resultados inciertos. Sin embargo, buena parte de la ciudadanía en el campo y la ciudad se encuentra polarizada. Los bien intencionados se preocupan y llaman a la moderación. No ven que hemos llegado aquí por hacer de la moderación la respuesta a la desigualdad. 

Toda polarización supone una politización. La derecha está aprovechando esto para organizar sus grupos de militantes neofascistas. Ya es tiempo que las izquierdas politicen en serio —es decir, que articulen ideología con organización— a las clases populares. 

Una salida es resolver los tres puntos señalados en el presente texto: donde no hay partido, construir uno; donde no hay izquierda, establecer un programa de izquierda para dicho partido y, donde hay confusión de ideas, politizar a la ciudadanía. Discutir ideas y no personas. Debemos traer el tema de la nueva Constituyente, pero también entender que en los últimos veinte años hemos asimilado cambios y reformas profundos sin un real debate político de fondo. 

Desde el tema del aborto, los derechos LGTBI, la educación sexual en la educación básica, la separación de Estado e iglesia hasta la relación Estado-corporaciones extranjeras, el rol del mercado, la descentralización, el modelo productivo, la reforma laboral y muchos otros temas, la tecnocracia neoliberal nos ha impuesto su sentido común como hegemónico, situación que solo resulta sostenible si mantenemos el eje liberal / conservador de manera acrítica.

Lo que plantea el artículo de Rendón sería incluso una situación prometedora para la causa de la izquierda. Pero, lamentablemente, poner los deseos como resultado del análisis no resuelve los problemas de la realidad.

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