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Philippe Rio, alcalde comunista de Grigny (Francia), fue elegido el mejor alcalde del mundo. (Foto: Jacques Paquier / Flickr)

El mejor alcalde del mundo es un comunista francés

UNA ENTREVISTA CON

Philippe Rio, de Grigny, al sur de París, ha sido elegido el mejor alcalde del mundo. En entrevista con Jacobin, habla de los programas sociales locales que han convertido su administración en un éxito mundial.

Por David Broder

Grigny no suele ser noticia por buenas razones. La ciudad más pobre de Francia, este suburbio al sur de París está marcado por el desempleo masivo y las urbanizaciones abandonadas. Para gran parte de los medios de comunicación franceses, Grigny es la imagen misma de una «zona prohibida»: uno de sus hijos, Amedy Coulibaly, asesinó a cuatro personas en un supermercado Kosher en los atentados terroristas de 2015.

Sin embargo, también están quienes luchan para salvar la ciudad de su situación actual, como el alcalde local, Philippe Rio, que es miembro del Partido Comunista Francés. En 2017, organizó el «Llamamiento de Grigny», firmado por cientos de otros alcaldes que pedían inversiones en los suburbios (banlieues). Sus innovadores programas sociales y una respuesta de COVID-19 basada en vales de comida emitidos localmente le valieron este año el premio bienal al «mejor alcalde del mundo».

Este premio, otorgado por la World Mayor Foundation, no había recaído nunca en un comunista (e incluso esta vez se ha concedido conjuntamente al alcalde de Rotterdam, Ahmed Aboutaleb, miembro del Partido Laborista holandés). Pero la administración de Philippe Rio también ha tenido amplio impacto en su país, especialmente a través de sus programas de educación permanente y su éxito en la producción de energía geotérmica, que ha reducido las facturas de los residentes.

David Broder, de Jacobin, habló con el alcalde sobre la vida en Grigny, su compromiso político y las lecciones del comunismo municipal francés.

 

DB

Usted ha sido nombrado mejor alcalde del mundo tras ser nominado por los habitantes de Grigny y otros funcionarios electos. ¿Qué significa este reconocimiento para usted y para la ciudad que representa?

 

PR

En primer lugar, tuvimos la sorpresa de ser reconocidos entre treinta y dos ciudades, entre las que se encontraban Washington, Milwaukee, Bogotá, Buenos Aires y Nueva Delhi, como una ciudad que había tomado muchas medidas durante el COVID-19 y en la lucha contra la pobreza, ambos temas en los que se centró la fundación londinense. Luego, ser elegidos como la mejor alcaldía del mundo… bueno, eso fue algo que nunca soñamos.

Somos una de esas zonas que algunos llaman erróneamente «zonas prohibidas», pero que en realidad expresan las extremas desigualdades de este país. Francia tiene muchos multimillonarios, pero París también tiene zonas de profunda pobreza y segregación social y espacial. En Grigny, la mitad de la población tiene menos de treinta años y la mitad está por debajo del umbral de la pobreza. Es la ciudad más pobre de Francia.

Durante el encierro, hicimos lo que tenían que hacer todos los ayuntamientos de Francia: reaccionar. Y subrayo el plural, porque un alcalde no es un superhéroe: actuamos colectivamente para servir a los ciudadanos. Durante el inicio de la pandemia, construimos una barrera contra el tsunami que se avecinaba. Aquí la crisis sanitaria supuso inmediatamente una crisis social; siempre que hay contratiempos económicos, somos nosotros los que los sufrimos más rápidamente y los que más tardamos en volver a levantarnos. Lo mismo ocurrió con la crisis de las hipotecas subprime de 2008: nos hemos recuperado un poco, pero todavía no estamos al nivel de antes.

Así que, ante un shock abrupto, nos limitamos a hacer nuestro trabajo: distribuir mascarillas, estar en contacto con la población, hacer frente a la crisis alimentaria.

Zonas como la nuestra están siempre en el centro del debate político francés, y a menudo son maltratadas por los medios de comunicación: Éric Zemmour habla con frecuencia de las banlieues, de la seguridad y de la inmigración. Pero son comunidades como la nuestra las que construyen el futuro de Francia. Por eso, la gente que vive en Grigny sufre los mensajes de esos políticos fascistas que pretenden excluir a sectores enteros de la población.

Cuando hay campeones olímpicos o actores de la banlieue que triunfan en Estados Unidos, la gente aplaude. Pero al resto se nos insulta y se nos maltrata. Así que este premio nos ha levantado el corazón, la gente me ha llamado diciendo que somos los campeones del mundo. La vida es dura aquí. Pero hemos tenido éxito en nuestros esfuerzos y hemos sido reconocidos por ello a nivel internacional. Aunque los medios de comunicación franceses nos presenten negativamente, lo que dicen de nosotros no es cierto. Eso es un homenaje a Grigny como ciudad obrera, pero también a las banlieues en general. Ellas también pueden estar orgullosas de nuestro éxito.

 

DB

Usted es miembro del Partido Comunista Francés (PCF) y, antes de ser alcalde, se dedicó a la defensa de los inquilinos a nivel local, en las urbanizaciones de Grande Borne. ¿Cómo se involucró?

 

PR

Soy miembro del PCF desde 1995, el siglo pasado. A menudo me preguntan qué significa ser comunista. Pero recuerdo por qué me afilié al partido entonces y, mirando a Francia, hoy tendría el doble de razones para unirme a un movimiento cuya estrella guía es la indignación contra la injusticia.

Yo mismo soy un producto del comunismo a nivel municipal. Nunca he estado cerca de lo que ocurre en la «cima» de la sociedad, sino del trabajo de todos esos activistas invisibles —obreros, empleados y funcionarios— que dedican su tiempo libre a ayudar a los demás a vivir mejor. Fueron ellos quienes me formaron en la vida asociativa, primero en el ámbito deportivo, que es el de las personas que dan su tiempo y su dinero para ayudarte a jugar un partido de fútbol.

En este contexto se viven cosas magníficas, incluso si se procede de un entorno pobre como el mío. Mi padre era un obrero en paro, y junto a mi madre vivieron la degradación de la clase obrera francesa… a veces no había ni siquiera para comer. Así que tuve la ayuda alimentaria y el Secours Populaire [N. del E.: una iniciativa de solidaridad de base], incluso del ayuntamiento comunista.

Nosotros mismos estuvimos a punto de ser desalojados. Y en nuestra urbanización, Grande Borne, las personas que se movilizaron para impedir que otros fueran expulsados de sus casas estaban en la Confederación Nacional de la Vivienda y en la Ayuda a los Inquilinos. Eso incluía a los militantes comunistas, aunque no solo a ellos.

Pero comprendí que la acción colectiva de esos militantes invisibles podía cambiar la vida de la gente. Encontré a los militantes comunistas porque eran básicamente los únicos que estaban —están— todavía en los polígonos obreros. No tanto como en el pasado, pero todavía estaban por aquí. Así que aquí estoy, soy un producto de todo eso.

 

DB

Como ha dicho, Grigny tiene una población muy joven, pero también es una zona en la que mucha gente no obtiene cualificaciones. ¿Qué pueden hacer ustedes, como municipio, en materia de educación?

 

PR

Me gusta esa frase de Nelson Mandela: «La educación es el arma más poderosa que podemos utilizar para cambiar el mundo». Lo creo mucho.

Un poco de contexto: en Grigny, el 50% de los alumnos abandona el sistema escolar público sin obtener un diploma. Esto confirma otra realidad: las clasificaciones del PISA [N. del E.: Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos] nos dicen que las escuelas francesas son extremadamente desiguales, y cada estudio sucesivo muestra que la brecha aumenta. La escuela republicana pretende ser igualitaria en nuestra tierra de liberté, égalité, fraternité. Pero eso es una mentira del Estado, ya que en Grigny solo se destina la mitad de los recursos a la escuela, en comparación con la media de Francia en general. Así que el Estado está moldeando la vida de las personas desde las edades más tempranas. Nuestro primer acto, en cuanto a lo que podemos hacer en el ayuntamiento, es denunciar estas desigualdades.

Pero, como he dicho, yo soy producto del comunismo municipal. Y parte de esto son los programas que los comunistas han construido a nivel local, incluso en territorios muy diversos. Eso significa atención sanitaria. Eso significa derecho al ocio, a las vacaciones. Grigny es una de las ciudades progresistas que utilizan los poderes locales para lograr la emancipación social.

La novedad de nuestro enfoque educativo —que también inspira a otras ciudades de Francia— es que para nosotros la educación también significa cultura y deporte. Así que tenemos tres herramientas a nuestra disposición. Debemos hacer más y mejor escuela. Debemos hacer más y mejor cultura. Y debemos hacer más y mejor deporte. Podríamos pensar que estar hiperconectados a través de los smartphones nos permitiría hablar entre nosotros. Pero la pérdida de contacto humano hace que tengamos que volver a tejer los lazos de la comunidad.

El éxito de los niños puede ser académico, deportivo o cultural, pero el mundo de los adultos es el responsable de crear un ambiente propicio para ello. Somos conscientes de que no todos los niños acabarán en las Grandes Écoles [N. del E.: educación superior de élite]. Pero debe haber una plataforma para que sean ciudadanos de pleno derecho. También se trata de ofrecerles un aprendizaje permanente. En Grigny tenemos tres escuelas, una de ellas creada por nosotros, que permite a los jóvenes adultos (de hecho, a todos los adultos) formarse cuando no tienen un diploma. Y los resultados son extraordinarios.

Tenemos la suerte de contar con un gran jefe, Thierry Marx, que ha venido a Grigny para crear escuelas de formación para personas sin diploma. Tenemos un centro de educación para adultos por el que pasan quinientos alumnos al año que aprenden francés, se forman, adquieren conocimientos y pasan a trabajar. Tenemos otro centro de educación para la salud y la asistencia social.

Somos inventivos e innovadores porque no tenemos otra opción. El sistema no está hecho para nosotros, y las respuestas que nos dan desde arriba no se corresponden con nuestras necesidades. Así que, además de pedir más recursos, estamos obligados a crear una vía lateral, alternativa, para cambiar las perspectivas de vida de la gente.

 

DB

Usted menciona este problema de los recursos y, aunque es un alcalde comunista, los gobiernos regional y nacional están en manos de fuerzas políticamente muy diferentes. ¿Qué puede hacer para conseguir financiación de ellos, especialmente cuando se trata de inversiones a largo plazo?

 

PR

En nuestros barrios obreros tenemos que inventar una nueva narrativa política. He mencionado el uso de zonas enteras como chivos expiatorios, diciéndonos que si Francia va mal, es por culpa de lugares como este. Los sucesos de enero de 2015 fueron como un electroshock en Francia es porque los autores de los atentados eran de este país y crecieron en la escuela republicana.

Durante décadas, alcaldes de distinto signo político, pero en contacto con la población, han dado la voz de alarma. Esa es nuestra responsabilidad como representantes electos de la banlieue. Decir «¡Un momento!», recordar que, pase lo que pase, estos distritos no pueden ser ignorados, porque somos la juventud de Francia y vamos a forjar su futuro.

Así, tras la conmoción de los atentados, hubo un momento importante el 16 de octubre de 2017, con el Appel de Grigny para los barrios populares, apoyado por asociaciones y alcaldes de todos los partidos —aunque no con el Frente Nacional, que fue excluido— y con Jean-Louis Borloo, un reconocido estadista en Francia, y dos candidatas actuales a la presidencia, Anne Hidalgo (alcaldesa de París) y Valérie Pécresse (presidenta del consejo regional).

Se reunieron con una reivindicación republicana común, ya que el verano anterior el gobierno de Macron había recortado sin sentido nuestros ya escasos créditos y, lo que es peor, recortó la financiación de las asociaciones de vecinos. Eso significó deshacerse de cuarenta mil contratos subvencionados por el sector público de la noche a la mañana, supuestamente por motivos presupuestarios, aunque no resolvió los problemas presupuestarios de Francia.

Así que hicimos un plan nacional para los suburbios llamado Vivre en grand (vivir juntos, vivir a lo grande en la República). Queremos reconciliar los suburbios con el resto de Francia, porque de lo contrario tendremos una catástrofe. Hicimos diecinueve propuestas. El presidente Emmanuel Macron tiró este informe al cesto de basura pero, durante seis meses, los medios de comunicación nos permitieron explicar nuestra historia. La última vez que habíamos hablado de los suburbios en Francia durante seis meses fue durante los disturbios de 2005. Entonces los alcaldes y las asociaciones locales dieron la voz de alarma sobre un problema que afectaba a todo el país.

Pero entonces, el pasado 14 de noviembre, Francia anunció el plan de recuperación post-COVID. El dinero se distribuyó por todas partes: en las zonas rurales, en los territorios de ultramar, etc. Entonces nosotros nos preguntábamos ¿cuándo le tocará los barrios populares? Parecía que el tren de la recuperación había pasado sin detenerse en nuestra estación. Pero es en zonas como esta donde la crisis sanitaria y social es peor. Así que tuvimos que decir basta. Y la fuerza de este movimiento es que éramos más de doscientos alcaldes escribiendo al presidente, tanto de las banlieues como de ciudades encantadoras que tienen barrios obreros, como Albi, Agen o Cahors.

Luego mantuvimos algunas reuniones con los ministros y los altos cargos de la administración para hacerles propuestas. A fines de enero, el Primer Ministro vino a Grigny y conseguimos que liberaran otros 2 000 millones de euros para la renovación urbana. Así que hemos pasado de dar la voz de alarma a conseguir soluciones. Tenemos un gobierno que a veces se niega obstinadamente a escucharnos. Yo tengo grandes diferencias con Emmanuel Macron. Pero en momentos como éste, tenemos que reconstruir los cimientos de la República.

 

DB

Has mencionado la estigmatización de zonas como Grigny, que también encaja con la obsesión por la identidad y la seguridad en la preparación de las elecciones de 2022. Pero, incluso si no aceptamos que se hable de «zonas prohibidas», es evidente que existe una violencia real y que el Estado llega a ciertas zonas como una fuerza puramente represiva. ¿Qué se puede hacer para cambiar esto?

 

PR

No hay consenso sobre ningún tema en Francia, pero la policía es una causa de profunda división. Hay violencia policial, casos como el de Adama Traoré [N. del E.: un joven de veinticuatro años que murió bajo custodia policial en 2016], acciones policiales reprobables contra ciertos sectores de la sociedad francesa. Y no he olvidado a los policías asesinados en sus propias casas. Pero el debate en los medios de comunicación es histérico porque se polariza solo en términos de violencia contra la policía o de violencia policial, pero no hablan del otro 90% de la cuestión: las políticas públicas, la justicia, la policía de proximidad.

Teníamos una comisaría en 2007, pero en 2009 el presidente Nicolas Sarkozy la cerró en aras de reducir el gasto público. El Sr. Sarkozy se hizo pasar por el hombre de la seguridad pero recortó diez mil puestos de trabajo en la policía, y sus decisiones también quebraron los servicios de inteligencia. Esto también tuvo sus consecuencias en lo que hemos vivido en Francia. Hay testimonios terribles de antiguos responsables de los servicios de inteligencia que explican que tuvieron que dejar de seguir a Mohamed Merah (terrorista islamista que asesinó a siete personas en 2012) porque ya no tenían medios económicos para hacerlo.

Francia es la quinta potencia económica pero tiene el trigésimo o cuadragésimo sistema de justicia del mundo. El sistema de justicia juvenil es un desastre. Desde hace años, existe un debate izquierda-derecha, policía comunitaria frente a policía RoboCop, donde la policía solo interviene para restablecer el orden, pero en la vida real eso no funciona. Y hoy la policía francesa, sin decirlo, está en proceso de rehacer la policía de proximidad, pero tras un retraso de quince o veinte años.

 

DB

La región que rodea a París tiene una importante historia de comunismo municipal, y Grigny ha estado dirigida por los comunistas durante décadas. Pero el partido también ha sufrido reveses en los últimos años, perdiendo Saint-Denis en 2020. Desde que se ganaron estas alcaldías, allá por los años 30, es evidente que ha habido grandes cambios en el mundo del trabajo y en el perfil social de las banlieues, y Grigny ha crecido mucho desde las décadas de posguerra. Como «mejor alcalde del mundo», ¿qué puede hacer para reconstruir esa presencia arraigada de su partido en la vida de la población local?

 

PR

El Partido Comunista tiene sus victorias y sus derrotas. La vida es así: no hay fortalezas ni victorias electorales garantizadas. Tenemos que levantarnos y reinventarnos continuamente.

Es cierto: hoy la clase obrera ha cambiado. Pero puedo asegurar que los pobres siguen aquí. Cuando la gente me pregunta «¿cuál es la diferencia, Philippe, entre cuando vivías en Grande Borne hace cuarenta años y hoy?», yo digo que es que entonces había un 5% de paro y ahora la cifra es del 50%. Con su renovado afán de captar riqueza, la sociedad liberal también está creando trabajadores pobres.

En Francia, los alcaldes son los políticos más respetados. La gente tiene una imagen más positiva de nosotros que de los diputados, nos voten o no. Así que tenemos una responsabilidad especial como último dique de contención de la República, en un momento en el que la gente ya no cree lo que dicen el presidente o los representantes nacionales. Por eso también estamos trabajando en la propuesta de soluciones nacionales, para responder a las preguntas que la gente me hace cara a cara. Eso significa afrontar el reto de la transición social, pero también el de la transición ecológica. Como dice una bonita frase de Nicolas Hulot, significa conectar el problema del fin del mundo con el problema de cómo la gente puede llegar a fin de mes.

También aquí hemos tenido que asumir la responsabilidad. Al consorcio de viviendas Grigny 2 —con cinco mil viviendas y diecisiete mil habitantes— le cortaron la calefacción y el agua caliente porque había facturas impagadas. Dependía del gas natural, que depende de las fluctuaciones de los precios mundiales, que hoy están subiendo. No podíamos controlar nada. Así que generamos una alternativa, el proyecto geotérmico, que es 100% público. Obtuvimos calor de dos kilómetros bajo nuestros pies. Redujimos las facturas en un 25% y le ahorramos al planeta quince mil toneladas de CO2 en un año. Bueno, soy comunista. Y al mismo tiempo, intento salvar el planeta a mi nivel. Nos gusta bromear con que Grigny ha ratificado el acuerdo de la COP de París.

Romain Rolland decía que incluso en una situación desesperada, luchar ya es una esperanza. Tengo amigos alcaldes que gobiernan poblaciones con dificultades, pero que también son ricos. Es un poco más fácil hacer socialismo en esas condiciones que con una población que sufre como la nuestra. No tenemos precisamente petróleo que aprovechar. Pero sí tenemos energía geotérmica, y tenemos una visión totalmente diferente de cómo debe ser la educación.

Me inspiro mucho en lo que ocurre en otras partes del mundo: en América Latina, en España, pero también en los alcaldes de América del Norte y de otras partes de Europa, y en todos esos activistas invisibles que trabajan por el interés general. Pero como podemos ver con el campo dividido para las elecciones presidenciales francesas, esta familia política —las fuerzas humanistas de la transformación social— tiene que dialogar entre sí. A nivel local, los municipios han vuelto a ser ganados por una unión [de la izquierda] con un programa claro de cambio: en Lyon, en Burdeos, y también en ciudades y suburbios más pequeños.

Así que estoy muy triste por la solución a nivel nacional, y si me preguntan a quién voy a votar, no lo sé. Pero realmente creo que los representantes locales electos tienen un papel que desempeñar en esta situación tan compleja, para mantener un hilo de conexión, para asegurarse de que no se rompa. Porque si nos dejamos llevar, no sé cómo va a recuperarse nuestro país.

 


Sobre el entrevistador:

David Broder es historiador del comunismo francés e italiano y editor en Europa de Jacobin.

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