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Los candidatos presidenciales chilenos José Antonio Kast y Gabriel Boric participan en un debate en una emisora de radio de Santiago el 2 de noviembre. Fotógrafo: Marcelo Hernández / Getty Images

Lo que está en juego en Chile

Las elecciones presidenciales del próximo domingo están marcadas por el proceso constituyente que desmanteló el legado pinochetista. Pero la derecha se ha reorganizado para defender el legado neoliberal de la dictadura y podemos tener una polarización radical entre dos candidatos ajenos al "establishment" en la segunda vuelta.

El próximo domingo se celebran las elecciones presidenciales en Chile. El país se ha visto sacudido en los últimos años por una ola de protestas populares que han dado un vuelco a la política chilena y han acabado con la polarización entre neoliberales de centro izquierda y neoliberales de centro derecha. ¿Pero cómo?

El fin de la sangrienta dictadura de Augusto Pinochet (1973-1989) permitió a los chilenos volver a elegir a sus representantes y que los partidos volvieran a funcionar. La victoria del No en el plebiscito de 1989 decidió poner fin al régimen autoritario y reestablecer la democracia.

Sin embargo, la base económica y social del régimen de Pinochet se mantuvo. La Constitución chilena es el producto de los primeros experimentos neoliberales desarrollados bajo el régimen militar por los llamados “Chicago boys”, economistas estadounidenses que utilizaron el país como conejillo de indias para sus teorías económicas. El resultado no puede ser más trágico.

El fin del legado neoliberal de Pinochet

En Chile no hay universidades gratuitas, lo que significa que los estudiantes tienen que endeudarse con los bancos para pagar sus estudios. El sistema de pensiones está basado en fondos privados, con pensiones muy bajas que arrojan a millones de ancianos a su suerte cada año.

Este modelo nunca ha sido cuestionado por la coalición de centroizquierda formada por el Partido Socialista y la Democracia Cristiana. Durante dos décadas la llamada “Concertación” gobernó dentro de las reglas heredadas del régimen militar. La constitución de Pinochet era una realidad, era el “sistema” y punto. Pero entonces llegó la crisis económica mundial de 2008 y las rebeliones estudiantiles de 2011.

Como ocurrió en todos los países, la crisis afectó especialmente a los más pobres. En Chile, los estudiantes -que venían cuestionando el modelo desde principios de los años 2000- fueron la vanguardia de la resistencia. Su lucha repercutió en el sistema político, que tuvo que dar cabida a nuevos partidos. Una reforma electoral en 2014 puso fin al bipartidismo que había marcado la política chilena desde la transición.

Surgieron nuevos partidos formados por líderes estudiantiles originados en las protestas de 2011. Estos partidos cuestionaron el pacto de transición y la constitución vigente de Pinochet. También cuestionaron la centroizquierda y su adaptación al neoliberalismo. Querían más democracia y más derechos. Así, la política chilena, antes dominada por una polarización entre la centrizquierda y la centroderecha, vio surgir nuevos actores procedentes de los movimientos de oposición al neoliberalismo.

En 2019 comienza una nueva ola de protestas, una verdadera rebelión popular contra todas las formas de desigualdad. La lucha estudiantil se encontró con la lucha indígena; el feminismo se unió a los sindicatos; los pensionistas salieron a la calle junto a los mineros. Una energía de cambio se apoderó del país. Miles de personas exigieron el fin de las políticas neoliberales.

De la Constituyente a las elecciones

Ya no era posible que el antiguo sistema se mantuviera en pie. Tras meses de protestas brutalmente reprimidas por el gobierno derechista de Sebastián Piñera, se convocó un plebiscito para que el pueblo decidiera si quería una nueva Constitución. Era la oportunidad de una verdadera transición. En un proceso de movilización constante, la gran mayoría se manifiesta favorable a convocar una asamblea constituyente. Ella finalmente es mayoritariamente conformada por movimientos y partidos progresistas y la nueva izquierda tiene un papel decisivo en las luchas por la nueva constitución.

Las elecciones presidenciales del próximo domingo están profundamente marcadas por este proceso. Es un resultado directo de la agitación social de los últimos años. El líder de las encuestas es Gabriel Boric, dirigente estudiantil en 2011, diputado por la región de Magallanes y uno de los organizadores del movimiento Frente Amplio, una coalición de partidos y movimientos que alcanzó el 20% en las últimas elecciones presidenciales con la candidatura de la periodista Beatriz Sánchez.

Su principal oponente es José Antonio Kast, antiguo diputado de extrema derecha y fanático de Pinochet. Utiliza la crisis del modelo para reclamar un “cambio” y defender la dictadura. Afirma que la crisis que vive el país no tiene nada que ver con el modelo económico heredado de la dictadura, sino con los cambios introducidos por la democracia liberal. En medio de las incertidumbres de una clase media conservadora, Kast gana cada vez más adeptos.

Los candidatos de centro (tanto de izquierda como de derecha) ocupan, según los últimos sondeos, el tercer y cuarto puesto en la carrera presidencial. Esto significa que hay muchas posibilidades de que la segunda vuelta de diciembre se dispute entre dos candidatos ajenos al establishment en una megapolarización que representa perfectamente una respuesta a la crisis de la democracia liberal y sus soluciones tecnocráticas.

Por eso son tan importantes las elecciones en Chile. Una victoria de Kast podría reforzar una salida reaccionaria de la crisis, premiando a América Latina con un nuevo Bolsonaro. Así que no hay lugar para la duda: el candidato que debe apoyar la izquierda en Chile es Gabriel Boric.

 

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