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David Graeber, fallecido en septiembre de 2020, fue profesor de antropología en la London School of Economics. (Andree / ullstein bild via Getty Images).

Hacia una nueva historia de la humanidad

Traducción: Valentín Huarte

El nuevo libro de David Wengrow y David Graeber rechaza con astucia los mitos fatalistas sobre la historia humana: es una defensa de nuestra capacidad de rehacer el mundo.

Los mitos sobre los orígenes del mundo tienen un efecto psicológico fundamental: sin importar su validez científica, justifican la situación presente y limitan nuestra capacidad de imaginar mundos posibles. La sociedad capitalista moderna está fundada sobre dos variantes de un mito único.

Una historia cuenta que nuestra vida como cazadores-recolectores era «desagradable, brutal y corta», hasta que llegó el Estado y nos permitió prosperar. La otra historia dice que los humanos, mientras vivían en un infantil estado de naturaleza, eran felices y libres, pero luego llegó la civilización y «todos corrieron al encuentro de sus cadenas».

Son dos variantes del mismo mito porque asumen un recorrido histórico unilineal que comienza con igualitarios grupos de cazadores-recolectores y culmina con el desarrollo de la complejidad y la jerarquía sociales. También alimentan la misma perspectiva fatalista sobre el futuro: sea que elijamos a Hobbes (el primero) o a Rousseau (el segundo), nos hacemos a la idea de que lo mejor que podemos hacer para abordar nuestros dilemas actuales es remendar ligeramente el paño de la política. La jerarquía y la desigualdad son el precio inevitable de haber madurado.

Ambas versiones del mito nos presentan el pasado de la humanidad como una sopa primordial de pequeños grupos de cazadores-recolectores, sin ninguna perspectiva ni pensamiento críticos, donde no sucedió prácticamente nada hasta que nos embarcamos en el proceso que, con el advenimiento de la agricultura y el nacimiento de las ciudades, culminó en la Ilustración moderna.

Ahora bien, The Dawn of Everything está llamado a convertirse en un clásico precisamente porque destruye ese mito, bautizado por los autores como «el mito del salvaje estúpido». Ni una mínima porción de toda la evidencia arqueológica disponible prueba la existencia de un pasado semejante al de aquel viejo mito fundacional.

En cambio, todo indica que el recorrido de la historia humana fue mucho más diverso, apasionante y divertido de lo que tendemos a pensar, pues en un sentido no fue en absoluto «un recorrido». Nunca vivimos permanentemente en pequeños grupos de cazadores-recolectores. Tampoco fuimos nunca permanente igualitarios. Si existe un rasgo que define nuestra condición prehistórica es la desconcertante capacidad de desplazamiento, casi constante, en una matriz de sistemas sociales de diversa naturaleza económica, social y política.

Graeber y Wengrow sostienen que la única manera de explicar esta variedad caleidoscópica de formas sociales es postular que nuestros ancestros no eran tan estúpidos, sino que eran agentes políticos conscientes, capaces de configurar sus relaciones sociales de acuerdo a las circunstancias. En ese sentido, sugieren que solían modificar sus identidades sociopolíticas con frecuencia, como un modo de evitar los peligros del poder autoritario.

Entonces, en vez de preguntarnos, «¿Por qué surgió la desigualdad?», tal vez deberíamos preguntar: «¿Por qué nos estancamos en ella?». Esa es solo una de las muchas tesis defendidas en este asombroso libro.

Dar vuelta el relato

El valor del libro depende en buena medida de su enfoque ecléctico. Wengrow es profesor de Arqueología Comparativa en el University College de Londres. Es conocido por sus trabajos sobre la prehistoria política y cultural de África y Eurasia. Graber, reconocido en vida como uno de los individuos más brillantes de su generación y fallecido repentinamente en septiembre de 2020, era profesor de Antropología en la London School of Economics.

Juntos exploran una serie de descubrimientos arqueológicos recientes, que prueban el carácter anómalo del relato tradicional (por ejemplo, testimonian la existencia de antiguas ciudades igualitarias), pero que, hasta ahora, no salieron de un círculo de especialistas que no desarrollan sus consecuencias. En ese sentido, los autores analizan los descubrimientos arqueológicos con ojos de antropólogos. El resultado es un viaje apasionante al pasado, que salta de continente a continente y de una esfera social a la otra, hasta construir una historia que, dependiendo de la familiaridad del lector con el archivo arqueológico, adoptará más o menos la forma de una revelación.

Por ejemplo, contra la idea de que los «primitivos» pasaban todo su tiempo en grupos aislados, aprendemos que la uniformidad de la cultura material de Eurasia durante el Paleolítico superior, indica que nuestros ancestros vivían en una enorme comunidad imaginaria, que abarcaba varios continentes. Contra lo que indicaría la intuición, cuando consideramos la historia de la humanidad, comprobamos que, a medida que las poblaciones empezaron a hacerse más grandes, la magnitud de las sociedades individuales tendió a decrecer.

De los sitios monumentales como Göbekli Tepe en Turquía o Hopewell en Ohio, aprendemos que los seres humanos recorrían periódicamente largas distancias para reunirse en enormes centros de interacción cultural, dedicados a la recreación y al intercambio de conocimientos. Esas travesías, que dependían de la posibilidad de ser bien recibidos en una comunidad ampliada, eran un rasgo típico de la vida de nuestros ancestros.

Después el libro aborda la agricultura. La imagen heredada dice que el nacimiento de la agricultura conllevó la emergencia más o menos automática de sociedades estratificadas. Sin embargo, este supuesto choca con un fenómeno como el «play farming» del Amazonas, que muestra que sociedades acéfalas, como los Nambikwara, a pesar de estar familiarizados con técnicas de domesticación, decidieron conscientemente no convertir a la agricultura en la base de su economía y optar por un enfoque más distendido, que oscilaba entre la recolección y el cultivo (En general, la agricultura surgió en ausencia de alternativas más fáciles).

También aprendemos que las primeras sociedades agrícolas de Oriente Medio surgieron como respuestas igualitarias y pacíficas frente al carácter predatorio de los recolectores de los cerros aledaños. Fueron sobre todo las mujeres las que impulsaron el desarrollo de las ciencias del cultivo. Otra cosa de la que nos enteramos es que las complejas obras de irrigación se hicieron muchas veces sin jefes: incluso en los casos en que existían estructuras jerárquicas, las obras fueron realizadas a pesar de la autoridad, y no a causa de ella. La expansión gradual de la agricultura alrededor del mundo fue mucho menos lineal de lo que hubiésemos imaginado.

En el que tal vez sea el mejor capítulo del libro, los autores analizan la cuestión de las ciudades. Hoy, la existencia de grandes ciudades igualitarias, su mera idea, parecen utopías. Pero Graeber y Wengrow argumentan que es así cuando pensamos las ciudades como la coalescencia, en un espacio físico único, de comunidades imaginarias previamente existentes —que tienen sus propias conductas y normas igualitarias—, primero por temporadas y cada vez más como formas estacionarias, es decir, como experimentos conscientes con las formas urbanas.

Sitios como Çatalhöyük, al sur de Anatolia, aportan evidencia incuestionable de la existencia antigua de ciudades de ese tipo, sin que existan signos de ningún tipo de dominación autoritaria. (En general, cuando estos aparecen, son palacios, templos, fortificaciones, etc.). Otras ciudades antiguas como Cahokia, en Mississippi, o Shimao, en China, evidencian la sucesión temporal de distintos órdenes políticos, que a veces pasaron de ser autoritarios a igualitarios: queda abierta la posibilidad de que los cambios hayan sido el resultado de revoluciones urbanas.

Los últimos capítulos están centrados en el «Estado», o, mejor dicho, en la confusión que conlleva definir sociedades como la incaica o la azteca mediante la categoría de «Estados incipientes», cuando en realidad eran mucho más diversas de lo que ese forzoso término nos hace pensar. Desde las sociedades olmeca y chavín de Mesoamérica hasta los shilluk del sur de Sudán, The Dawn of Everything nos presenta un surtido de estructuras autoritarias que existieron a lo largo de la historia. Hacia el final del libro, encontramos esa gema arqueológica que es la civilización minoica —un «precioso obstáculo»—, donde toda la evidencia apunta a la existencia de un sistema de dominación política femenina, probablemente una teocracia comandada por un grupo de sacerdotisas.

Por supuesto, hay mucho más en el libro. Pero el leitmotiv que recorre todos los capítulos es que, si queremos comprender todos esos fenómenos, estamos obligados a reposicionar la intencionalidad colectiva en el cuadro de la historia humana, como una variable explicativa real, es decir, asumir que nuestros ancestros eran seres creativos, totalmente capaces de organizar de manera consciente sus relaciones sociales.

Los autores no descartan en absoluto la importancia de las determinaciones ecológicas. Pero conciben su programa como un intento de mover el eje hacia una posición más sensible en el marco del continuo agencia-determinismo, que suele quedar anclado en un solo extremo. La conclusión fundamental es que esta nueva imagen de nuestro pasado expande nuestras perspectivas sobre el futuro. Los sentimientos fatalistas sobre la naturaleza humana se evaporan a medida que volteamos cada una de las páginas del libro.

Un futuro más libre

Fieles a la ley de Ostrom —«cualquier cosa que funcione en la práctica debe funcionar en la teoría»—, Graeber y Wengrow establecen un nuevo marco para interpretar la realidad social que nos presentan los descubrimientos empíricos.

En primer lugar, nos convocan a abandonar ciertos términos, como sociedades «simples» y «complejas», por no mencionar «orígenes del Estado» u «orígenes de la complejidad social». Estos términos presuponen el tipo de pensamiento teleológico que los autores cuestionan en el libro. Lo mismo vale para «modos de producción»: saber si una sociedad está fundada en la ganadería o en la pesca es un criterio de clasificación pobre, pues no nos dice prácticamente nada sobre su dinámica social.

En segundo lugar, nuestros autores acuñan categorías nuevas. Por ejemplo, muestran que es posible descomponer la dominación social en tres elementos —control de la violencia, control del conocimiento y poder carismático— y que sus permutaciones se adecúan a patrones consistentes a lo largo de la historia. Mientras que el Estado nación moderno incorpora los tres, las sociedades más jerárquicas del pasado solo implicaban uno o dos, y eso permitía que quienes vivían bajo su régimen gozaran de grados de libertad prácticamente inimaginables en la actualidad.

Graeber y Wengrow reflexionan mucho sobre este último tema. Más que una obra sobre la historia de la desigualdad, The Dawn of Everything es un tratado sobre la libertad humana. Analizando el archivo antropológico, identifican tres tipos de libertad —libertad de abandonar la comunidad propia (sabiendo que es posible integrarse a otra nueva en tierras distantes), libertad de reorganizar el sistema político (con frecuencia de modo periódico) y libertad de desobedecer a las autoridades sin ninguna consecuencia— que nuestros ancestros parecen haber asumido, pero que nosotros olvidamos por completo (aunque, por supuesto, su conclusión está en las antípodas de la de Rousseau: ¡no hay nada inevitable en esta pérdida!).

El análisis termina invirtiendo la pregunta que deberíamos hacernos cuando pensamos el desarrollo histórico de las jerarquías: «El verdadero misterio no es cuándo aparecieron los jefes por primera vez», nos dicen, «sino cuándo dejó de ser posible reírse de ellos sin tener que responder ante la ley».

La fascinación que provoca el libro obedece en parte a la naturaleza extraña, al menos a ojos contemporáneos, de los fenómenos que describe. Potlach, caza de cabezas y retratos de calaveras; reyes desconocidos, revoluciones, arte chamánico y expediciones visionarias… The Dawn of Everything se deja leer como una novela de ciencia ficción, salvo que la verdadera fantasía está en nuestra visión heredada de la historia humana. La escritura oscila entre lo divertido y lo divertidísimo. Pero, al mismo tiempo, como casi ningún párrafo carece de una intuición importante, la lectura exige paciencia. Difiere de todos los libros sobre la historia de la humanidad a los que estamos acostumbrados.

The Dawn of Everything empequeñece el estilo de Pinker, Jared Diamond o Francis Fukuyama (y también el de Yuval Noah Harari). Cada vez que los no especialistas se meten con la historia humana, terminan reproduciendo inevitablemente los viejos mitos con los que crecimos. Tomemos el caso de Pinker: con toda su charlatanería sobre el progreso científico, sus libros podrían haber sido escritos perfectamente en tiempos de Hobbes, es decir, en el siglo diecisiete, cuando carecíamos de toda la evidencia disponible hoy.

Graeber y Wengrow exponen casualmente la deslumbrante incompetencia de la que dan cuenta estos autores al tratar con el archivo antropológico. Solo un manejo sólido del amplio espectro de posibilidades humanas documentadas históricamente, es capaz de autorizar un lente interpretativo creíble sobre el pasado distante. Pues es así como el investigador se arma de un sentido refinado de los ritmos de la historia humana.

Una de las experiencias que genera la lectura del libro —al menos es mi caso— es el reconocimiento gradual de estar en presencia de una odisea intelectual, difícil de situar en el paisaje actual de la teoría social. Al adoptar nuevamente la posición de los «grandes relatos», el libro establece un corte nítido con las tendencias posestructuralistas y poshumanistas que pueblan el mundo académico contemporáneo. Sabemos que, al menos Graeber, solía definirse como un «prehumanista» que tenía expectativas en realizar plenamente el potencial de la humanidad.

No cabe duda de que esta obra es una contribución en ese sentido. También es posible leer The Dawn of Everything como un capítulo de la Ilustración (sin dejar de considerar que uno de los principales argumentos es que el pensamiento ilustrado surgió, en principio, como una respuesta a las críticas de los intelectuales no europeos). Si se tiene en cuenta la amplitud del ángulo que adopta en el marco de la teoría antropológica y arqueológica, la obra es tan amplia que no admite comparaciones fáciles.

Pero si aun así fuese necesario incurrir en una, habría que decir que su calibre, en otro campo, es similar al de las obras de Darwin o Galileo. Graeber y Wengrow hacen con la historia humana lo mismo que los otros hicieron con la biología y la astronomía. El libro genera el mismo efecto de descentramiento: destronándonos de nuestra autoproclamada posición de pináculo de la evolución social, asesta un golpe a ese pensamiento teleológico que sigue moldeando nuestra comprensión de la historia.

Con la salvedad de que obras como Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo y El origen de las especies apuntaban a la relativa insignificancia del hombre frente al cosmos, mientras que The Dawn of Everything explora todas las posibilidades de acción que tenemos en su interior. Y si Galileo y Darwin agitaron las aguas, Graber y Wengrow no lo hacen menos por ese motivo. En última instancia, una sociedad que acepte la verdadera historia de sus orígenes como la historia oficial —que la enseñe en las escuelas, que infiltre con ella la conciencia pública— será necesariamente una sociedad radicalmente distinta de la sociedad en la que vivimos.

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Publicado en Africa, Artículos, Ciencia y tecnología, Europa, homeCentro3, Ideas and Medio Oriente

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