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Íñigo Errejón, cofundador de Podemos y ahora líder de Más País (Alejandro Martínez Vélez / Europa Press vía Getty Images).

Íñigo Errejón: Podemos perdió su oportunidad

Una década después de que las protestas del 15-M sacudieran España, el país tiene su primer gobierno de coalición de izquierdas desde los años 30. Pero, como dice Íñigo Errejón a Jacobin, hoy es la derecha nacionalista, y no los herederos del 15-M, la que domina la agenda política.

Serie: Dossier España
Por Àngel Ferrero[1]Àngel Ferrero es periodista, traductor y colaborador habitual de Público, El Salto y la revista Catarsi.

Cuando los cofundadores de Podemos se enfrentaron en el congreso de Vistalegre II en febrero de 2017, uno de los principales puntos de desacuerdo fueron las relaciones con los socialistas de centro-izquierda (PSOE) tras el fracaso de su intento de formar un gobierno de coalición en 2016. Para el secretario general, Pablo Iglesias, este pilar de las instituciones españolas estaba demasiado comprometido con el centro neoliberal como para ser un aliado plausible. Pero una minoría liderada por Íñigo Errejón insistió en que Podemos, por encima de todo, necesitaba demostrar al pueblo español que el partido nacido al calor del 15-M estaba preparado para gobernar, si quería llegar más allá de su base joven y urbana.

Avancemos hasta hoy, y no sólo el partido (hoy llamado Unidas Podemos, UP) está debilitado, sino que los roles han cambiado radicalmente. Fue Iglesias quien finalmente llevó al partido a principios de 2020 a una coalición con el PSOE de Pedro Sánchez, pero con su fuerza parlamentaria reducida a la mitad tras cuatro elecciones generales en cuatro años. El primer año de gobierno de coalición trajo consigo algunas leyes importantes, pero también reveses políticos para UP, y hace poco Iglesias dejó el cargo de vicepresidente del Gobierno, antes de retirarse por completo de la política.

Mientras tanto, Errejón había dejado Podemos a principios de 2019. Ahora Errejón es líder de Más País, un pequeño partido verde-progresista cuyos tres diputados trabajan codo a codo con el gobierno PSOE-UP. En una entrevista con Àngel Ferrero, de Jacobin, Errejón repasa el movimiento de protesta del 15-M, su experiencia con Podemos  y su intento fallido de transformar la política española, abriendo el camino a una oleada insurgente de la derecha nacionalista.


Àngel Ferrero

El pasado mes de mayo se celebraron diez años del 15-M. Me gustaría que hiciese un balance de aquel movimiento, no sólo sus aspectos positivos –sobre los que leímos bastante en los artículos publicados meses atrás–, sino también los negativos.

 

Íñigo Errejón

No ha habido ninguna reflexión política seria. Me parece muy relevante que diez años después el aniversario haya pasado sin pena ni gloria. Significativamente, aunque sea muy minoritaria, comienza a haber una especie de lectura reaccionaria: fue una especie de exigencia meritocrática de las clases medias, no sirvió absolutamente para nada, etcétera. Es un estado de ánimo que dice algunas cosas de lo que ha pasado en estos diez años y que se parece un poco a la contraoleada que la derecha francesa lanzó cuando el mayo del 68 estaba derrotado. El péndulo ha ido en dirección contraria y España se encuentra en un proceso de derechización. Las derechas están en la oposición, pero marcan la agenda cultural.

¿Qué balance hago del 15-M? Creo que fue una acumulación de malestares, que movilizó a cientos de miles de personas en España con objetivos muy diversos. Un mínimo común denominador recorría aquella protesta, que era la exigencia de democracia, entendida no sólo como competición entre partidos. También una impugnación a las elites económicas, que aunque no se presentaban a las elecciones, podían gobernar nuestro país saliese lo que saliese de las urnas. Fue una denuncia de que el país oficial se había olvidado del país real.

Esa acumulación de malestares produjo un cambio en el clima político en España. No tuvo una traducción política directa porque no podía tenerla: la amplitud y diversidad de sus reclamaciones era mucho mayor. Según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), hasta un 72% de los españoles estaba de acuerdo con las demandas del 15-M. No fue un movimiento que naciese de los sectores tradicionalmente movilizados y esto lo digo con conocimiento de causa, como militante que he sido desde los 14 años. El 15-M conectó con los anhelos de regeneración democrática y justicia social.

Cuando el 15-M ha tocado techo, pasa de las grandes ocupaciones en las plazas a las asambleas en los barrios, y consigue dominar la agenda mediática. Entonces el 15-M se encuentra con un problema, uno típico de los movimientos sociales: a pesar de su alcance, no quiere plantear la disputa institucional por vías electorales y tampoco tiene la capacidad de producir poder por sí mismo. No es una situación de poder dual, por utilizar una expresión clásica. Ante esta disyuntiva que no se resuelve, el 15-M empieza a tener una crisis de crecimiento. Eso no significa que el clima que ha generado se haya diluido, simplemente que no tiene un catalizador político e institucional.


AF

¿Buscaba Podemos ser ese catalizador?

 

IE

Efectivamente, la iniciativa del primer Podemos nace para recogerlo, aunque el primer Podemos no es en modo alguno una expresión política del 15-M. No es una iniciativa del movimiento, aunque sí de gente que ha estado en el movimiento. Es el intento de un conjunto de activistas y académicos que permita tener una herramienta para transformar la indignación ciudadana amplia y transversal ideológicamente en una fuerza política electoral.

Desde su inicio, en enero de 2014, hasta las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, en las que Podemos consigue cinco millones de votos, vivimos unos años muy acelerados en la política española, presididos por Podemos. Esto es, presididos por una fuerza política que nació para interpretar el momento populista abierto por el 15-M y para darle una traducción política electoral.

La lectura que hacemos del 15-M quienes lanzamos el primer Podemos es que el 15-M no es un movimiento de la izquierda, que no es una impugnación a los 40 años de democracia liberal en España y que no es una revisión de lo que no se ha hecho bien en el pasado. No es una impugnación a lo que han hecho nuestros padres, por más que nosotros vengamos de culturas políticas que sí que se alinean en ese sentido. El 15-M no es una impugnación al pasado, sino que confronta al régimen político con sus propias promesas. Eso le da un carácter ambivalente. Por una parte, es conservador: no impugna el orden impuesto por los de arriba. Les pone un espejo y confronta al orden en los propios principios del orden, por así decirlo. Esto es muy importante recordarlo porque marca el recorrido: más de carácter regeneracionista que revolucionario, pero que es lo que permite la transversalidad ideológica del 15-M.

El 15-M excede con mucho a la izquierda y sus símbolos. Mezcla elementos anticapitalistas con otros tecnocráticos o meritocráticos. Todos esos contenidos aparentemente contradictorios se mezclan en una propuesta regeneracionista de carácter transversal. La iniciativa de Podemos se plantea explícitamente en esos términos: no somos una formación política de izquierda más, sino una que viene a escuchar la voluntad ciudadana y las ganas de cambio, de radicalidad democrática.

Durante dos años Podemos marca y preside toda la política española, desde las elecciones europeas del 2014 sobre todo. Incluso las elecciones se convocaban con el propósito indisimulado de cogernos a contrapie, de dificultarnos los plazos… Desde el 15-M de 2011 hasta diciembre de 2015 transcurren cuatro años en el que las elites y las derechas están a la defensiva culturalmente, en el que el país hace suyas las razones de los indignados y aunque no estamos en el Congreso de los Diputados, somos una fuerza contrahegemónica que, sin ser mayoritaria, claramente marca el rumbo de las instituciones del país. Conseguimos 5 millones de votos el 20 de diciembre de 2015. Todo esto duró hasta las fallidas negociaciones para formar gobiernos con el PSOE, de marzo a abril de 2016.


AF

¿Qué queda hoy de aquel ciclo?

 

IE

Creo que aquel ciclo está cerrado. Creo que una buena parte de los actuales liderazgos y de la gramática política española no se entiende sin el 15-M, pero que en un cierto sentido el péndulo populista, que tuvo un sentido progresista, regeneracionista y democrático del 2011 al 2015, empezó a girar en un sentido reaccionario. Hoy estamos en un clima antipolítico que los comentaristas identifican vagamente con el 15-M, pero que para mí es del signo contrario. Aunque hay un gobierno progresista, es un gobierno constituido más bien a la defensiva frente a las derechas. Las derechas no sólo lideran las encuestas en este momento, mientras estamos hablando, sino que lideran claramente la conversación pública. Hoy se dicen cosas en España que hace 10 años hubieran sido impensables. No es sólo lo que diga una formación de la derecha neoliberal y autoritaria como Vox, sino que permea a otras formaciones que hace años no se lo habrían permitido decir algo así. Este verano hemos tenido una oleada de agresiones a personas LGTBI que no se ajena a una normalización de los discursos de odio contra los diferentes, los más débiles, una especia de socialización de la crueldad. Mientras el campo progresista está paradójicamente en el gobierno, pero culturalmente a la defensiva y en una especie de intento de recomposición donde todavía sólo tímidamente aparecen las ideas y proyectos nuevos.


AF

El 21 de enero de 2019 renunció a su acta de diputado en el Congreso y un mes más tarde la plataforma Más Madrid (MM) decidía presentarse a las elecciones. En septiembre de ese mismo año cambiaba su nombre a Más País (MP) y pasaba a ser un partido de ámbito estatal. Aunque personalmente no debe ser una cuestión fácil de abordar, por su interés político me veo obligado a preguntarlo: ¿Qué le llevó a romper con Podemos?

 

IE

La interpretación más común en el debate político en los medios es que un grupo de amigos se pelearon. Y eso es lo que ha trascendido más. De tal manera que uno se posiciona en función de quién le caía mejor. Obviamente, teniendo en cuenta quienes entendemos la política no como un oficio, sino como un compromiso y una pasión, las decisiones políticas entre gentes que han hecho una trayectoria juntos, se transforma en rupturas, a veces dolorosas. Pero eso es la consecuencia, no la causa. De los fundadores de Podemos, no queda ni uno en puestos de liderazgo. No lo digo a modo de crítica, sino a modo de intento de contextualización histórica. Y muchos de ellos seguimos activos en política.

La causa es que a mi entender, y el de una buena parte de quienes fundamos Podemos al inicio, a partir de junio de 2016 Podemos empieza a tirar ideológicamente hacia otras partes. La respuesta no quisiera centrarla en qué hago yo, sino en qué pasa. ¿Qué creo que sucede? Una fuerza política que se reclama nacional-popular, de radicalidad democrática y transversal, que pretender subvertir el eje izquierda-derecha, no por algún intento de menospreciar los valores y la ideología de la izquierda, sino porque la construcción de una mayoría popular nueva desborda a la izquierda. Venimos de ahí, pero es necesario construir un movimiento en términos patrióticos, de justicia social y regeneración democrática, como se había hecho en Latinoamérica. Ésas son las señas de identidad del primer Podemos.

En mi opinión, sólo gracias a ese discurso y a esa manera de entender la política el primer Podemos consigue irrumpir electoralmente. Cuando nace el primer Podemos se lo acusa de dividir a la izquierda, pero atrae a gente que se identifica más con otros movimientos del momento, como ‘Occupy’, se identifica más con un discurso populista, en un sentido progresista, de profundización democrática… Ésa es nuestra seña de identidad fundamental. ¿Por qué? Porque en el primer Podemos confluimos, nos encontramos personas que venimos de tradiciones muy diferentes. Nos encontramos la gente de Juventud sin Futuro, mucha gente de militancia estudiantil, que venimos del autonomismo y los movimientos sociales, y a quienes nos ha influido mucho lo que pasa en América Latina, el ciclo populista-progresista en la región, que se enmarca en una hipótesis nacional-popular. Pero pronto entra un conjunto de gente, en torno al secretario general, que viene de una militancia más tradicional en el Partido Comunista de España (PCE) y las juventudes del PCE, que se encuadran en una izquierda más tradicional. Entonces no es un problema. Se nota en los símbolos, en las palabras. Pero pronto comienzan a notarse diferencias sustanciales: en a quién apelamos, en qué tipo de política hacemos. Esto será muy evidente cuando tenemos que negociar un gobierno con el PSOE. Aquel Podemos tiene cinco millones de votos y el PSOE cinco millones trescientos mil. Nos separan una decena de escaños.


AF

¿Qué importancia tuvieron las negociaciones de formación de gobierno?

 

IE

Cuando tuvimos que negociar en 2016 un gobierno, lo hacíamos prácticamente de tú a tú. Lo hacíamos en un país en el que el sentir mayoritario era claramente regeneracionista, progresista, la derecha estaba en muchas dificultades y no había nacido todavía la extrema derecha de Vox. El gobierno que se cerró en invierno de 2019 entre el PSOE y Podemos llevaba siendo posible desde enero del 16, casi cuatro años antes, y se cerró cuando los dos eran más débiles y el país estaba mucho más derechizado. El gobierno que acuerdan PSOE y Unidas Podemos (UP) en diciembre de 2019 es la peor posibilidad que podía haber habido. Llevábamos cuatro años en los que ese gobierno podría haberse cerrado, con muchas mejores condiciones y una correlación de fuerzas en la que Podemos hablaba de tú a tú al PSOE, casi con los mismos votos.

Ese gobierno no se acuerda porque el grueso de la dirección socialista no quiere, pero porque los compañeros que vienen de la tradición de la izquierda tradicional, más comunista, creen que una repetición electoral puede producir un sorpasso al partido socialista. ¿Cómo? Porque Podemos se va a unir con Izquierda Unida (IU). A la repetición electoral Podemos acude con 5 millones de votos, IU con 1 millón de votos. A partir de entonces empieza un proceso acelerado por el cual Podemos comienza a asumir la forma de hablar, los mensajes políticos, la autoubicación en el tablero político de la izquierda tradicional. Abrimos los mítines con banderas cubanas, soviéticas. Yo no tengo ningún problema con esas banderas, pero tengo claro que Podemos no consiguió 5 millones de votos apelando a los seguidores de esas banderas, sino que lo hizo trascendiendo a la izquierda y apelando a cuestiones de sentido común para conseguir un país que tratase mejor a su gente.

Cuando Podemos comenzó a renunciar al camino nacional-popular y transversal y empezó a orientarse a ser una izquierda política tradicional, empezó a tener los resultados electorales de la izquierda tradicional. Desde entonces aquel Podemos no ha dejado de perder votos, las encuestas ya le acercan mucho a lo que fueron los mejores resultados de IU, es decir, una oferta para los votantes poscomunistas tradicional, que hasta ahora vivía de las rentas de tener el que seguramente fuese el mejor candidato de la política española, que era Pablo Iglesias hasta su retirada, y que hoy ha decidido ocupar. Ese espacio no va a desaparecer. La derecha especula con que este espacio va a desaparecer. Esto no es cierto. Existe un lugar cómodo, con un suelo sólido, pero también un techo electoral sólido, para una formación política de convencidos a la izquierda del PSOE, pero regalándoles el papel de líderes del campo progresista.


AF

¿Cómo se produce ese cambio que describe?

 

IE

Yo creo que por tres razones. La primera, yo fundo –en primera persona lo asumo– una formación política muy vertical, de carácter plebiscitario, que legitima sus decisiones en una dirección muy concentrada, muy centrada en la competición electoral, y en la capacidad carismática del secretario general. ¿Por qué hago eso? Porque entiendo que necesitamos una herramienta organizativa que no quede en manos exclusivamente de los militantes. En todas las formaciones políticas hay una brecha entre lo que desea el militante y lo que desea el votante. El militante dedica más tiempo a la actividad política y acaba marcando el rumbo del partido, normalmente hacia posiciones ideológicas más tradicionales de las que el votante querría. Yo entiendo que para ser la fuerza política que recoja el impulso del 15-M tenemos que ser una fuerza política que se abra más allá de los militantes tradicionales de la izquierda, a los que pertenezco. Lo hago con el conocimiento de lo que estoy haciendo. Así se funda lo que llamo “una máquina de guerra electoral”, muy hábil, muy rápida, muy concentrada, pero de difícil autoreforma.

¿Quién tiene el mando en una máquina de guerra electoral caudillista, plebiscitaria? El cabeza de cartel. En un momento dado el cabeza de cartel y secretario general, y los compañeros de dirección que le rodean, empiezan a virar hacia una posición de la izquierda tradicional. Nosotros nos oponemos, defendemos nuestras tesis, vamos a un segundo congreso. Sacamos aproximadamente un tercio del apoyo, un 33%, ellos obtuvieron un 49%, y una tercera familia, de procedencia trotskista, un 9%. Buena parte de la gente que prefiere el rumbo que nosotros defendemos es gente que está dispuesta a votarte en las urnas, pero que no participa en procesos electorales internos. Además, cuando los congresos se vuelven más virulentos –y éste lo fue–, la gente con menos compromiso político se aparta: no le gusta lo que ve y se marcha.


AF

Y aquí es donde comienza el proceso de ruptura.

 

IE

En una formación política educada en el liderazgo carismático, nosotros competimos contra la línea que defiende el secretario general y perdemos. Durante un tiempo creemos que es posible la cohabitación en minoría, defendiendo nuestras posiciones, pero hacia dentro nuestra existencia en Podemos comienza a complicarse cada vez más, de una manera que sólo entiende quien haya militado en política. Los engranajes de un partido pueden hacer que determinadas cosas sean casi imposibles. Desde entonces, la trayectoria política de Podemos es una trayectoria de declive. En cada cita electoral pierde votos, empieza a desaparecer en ciertos territorios en los que ya no tiene representación, y le pasa una cosa que no se mide en números: Podemos deja de liderar la conversación pública española. Podemos era en 2014-2015 un objeto de moda entre analistas e intelectuales. Era prestigioso acercarse a Podemos. Podemos pierde rápidamente eso y se convierte en una formación tradicional, que ocupa el espacio de lo que había sido IU y el PCE. A un porcentaje muy reducido de españoles les gusta mucho, y a un porcentaje considerable de españoles no les dice nada.

Yo había ganado unas primarias para ser el candidato de Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid. La situación con que me encuentro, sin entrar en detalles personales desagradables, es que no tengo ni los medios, ni la ayuda ni la disposición del partido para concurrir en condiciones a esas elecciones. Se toma la decisión política de estrecharme el margen, para apartarme, para asfixiarme políticamente. Así que lanzó una plataforma junto a Manuela Carmena, la entonces alcaldesa de Madrid, que se llama Más Madrid, a la que invitamos a Podemos a sumarse, de forma parecida a lo que Podemos hace en Barcelona, donde participa en una plataforma que se llama Barcelona En Comú, como una fuerza más y no pone ni siquiera el cabeza de lista. Es claramente parte del proyecto, pero la plataforma es más amplia. Yo entiendo que la única manera de mantener el Ayuntamiento de Madrid y ganar la Comunidad de Madrid es con un gesto de apertura, incorporando a los militantes tradicionales de la izquierda, pero también a una parte de la ciudadanía que no habla con nuestros códigos, pero que sí que se puede sentir identificada con un programa de regeneración democrática, de mejora de los servicios públicos, de recuperación de la idea de comunidad, de recuperación del contrato social roto por 30 años de neoliberalismo.

La dirección de Podemos reacciona de manera muy virulenta, dicen en un comunicado que yo me he situado –en terminología propia de los partidos comunistas– fuera de la disciplina interna y el secretario de organización me pide que renuncie a mi acta de diputado. Lo hago. Con lástima, porque es una organización que ayudé a fundar y guié como secretario político y director de las campañas electorales, ayudándola a tener 5 millones de votos. Viendo una deriva que en lo interno es sectarizante y en lo externo estrecha el campo político, de hablarle a cada vez menos gente.

Entrego el acta y me dedico a Más Madrid. Vamos a las elecciones y obtenemos un  gran resultado como Más Madrid. Ganamos las elecciones en la ciudad, aunque no es suficiente para conservar el ayuntamiento. Curiosamente, en 2015 se habían perdido las elecciones y ganado el ayuntamiento. En esta se ganan, pero los votos que en 2015 se desperdician porque la extrema derecha no consigue resultados, aquí pasa por la izquierda: hay una candidatura de IU apoyada por Podemos llamada Madrid en Pie, por la que se pide el voto el último día de campaña, que no consigue entrar y se pierde el ayuntamiento ganando las elecciones. Nosotros obtenemos un 15% en la Comunidad de Madrid, triplicando los resultados de Podemos. Desde entonces comenzamos a construir una plataforma propia en Madrid que hoy, después de las elecciones de mayo de 2021, es la segunda fuerza en la Comunidad de Madrid y es la oposición a la derecha del Partido Popular (PP), que ha adelantado al PSOE, algo que no había ocurrido en una comunidad autónoma exclusivamente castellanoparlante.

En las elecciones generales Más Madrid decidió lanzar una plataforma estatal, Más País, por la que soy actualmente diputado en el Congreso de los Diputados. Pero conseguimos una representación muy inferior a lo que decían las encuestas cuando lanzamos la idea, por debajo de nuestras expectativas y nuestros objetivos. Sabíamos que era un proceso lento de construcción. Conseguimos tres diputados: dos por Madrid y el de Valencia en alianza con Compromís. Tiene una visibilidad política muy superior a su peso institucional: somos un grupo al que se ve mucho más que a grupos que tienen 10 ó 20 diputados. Esperamos que sea la semilla del desarrollo de una fuerza política verde, de justicia social y de radicalidad democrática en nuestro país.


AF

¿Cómo definiría a Más País (MP) para alguien que no conozca aún la formación?

 

IE

Venimos de haber sido esa corriente fundadora de Podemos anclada en lo que llamábamos “hipótesis nacional-popular”, destinadas a superar la izquierda, no en sus valores, sino en la forma de dirigirnos a nuestros ciudadanos. Creemos que lo verde, el ecologismo político, es una oportunidad fundamental para reconstruir la economía. Lo verde no es para nosotros algo sectorial: es el mayor desafío que tiene la civilización, y no tiene solución en el modelo de desarrollo actual. El problema del cambio climático no tiene solución en los términos oligárquicos y de mercado depredador actuales. Para tener solución, necesita del fortalecimiento de las comunidades, en primer lugar de las comunidades locales, con un Estado fuerte, pero sobre todo de la capacidad de planificar el futuro, y no dejárselo a las fuerzas de quien más dinero. Por ese camino, no es que hablemos de un modelo que produzca injusticias y dolor social, sino que nos lleva a la extinción de la vida tal y como la conocemos. Este reto nos exige superar el modelo neoliberal y recuperar la idea del bien común. Sólo si reforzamos la capacidad de cooperar podemos hacerlo, dentro de Estados fuertes y democráticos.

Nosotros nos sumamos a la ola verde que recorre Europa, pero nos inscribimos con una especificidad: somos verdes del sur de Europa. Eso significa que en nuestro caso la justicia social y la transición ecológica tienen que ir de la mano. Sin justicia social, las masas no querrán una transición ecológica. Sin transición ecológica será muy difícil llevar a cabo una reindustrialización verde que restablezca el contrato social, que es uno de los mayores retos de nuestra sociedad.


AF

Algunos comentaristas han calificado a MP, en ocasiones despectivamente, de “partido regional”. ¿Cree que es posible consolidar el partido a escala estatal?

 

IE

Esta fuerza arrancó en Madrid, de ahí que tenga más presencia aquí, pero hoy, como reflejan las encuestas, tenemos mucho más peso y aspiramos, lentamente y desde abajo, a que lo que en Madrid ya es la segunda fuerza se consolide en el resto del Estado. Es un camino largo, pero es un camino propio para crear una fuerza verde. Lo verde es una inmensa oportunidad política e ideológica para construir bases amplias para restablecer la democracia en un sentido republicano, en un sentido fuerte.


AF

¿Cómo valora la acción de gobierno del llamado ejecutivo de progreso formado por el PSOE y Unidas Podemos (UP)? ¿Y cómo valora la trayectoria de UP dentro de él? Quizá no esté de más recordar aquí una vez más la ironía que UP rechazó su estrategia, primero, y después de las últimas elecciones la asumió, pero desde una posición de debilidad y no, como cuando usted la proponía, de fuerza, lo que ha conducido a que UP no tenga capacidad de presión sobre el PSOE y sí lo contrario.

 

IE

Es verdad que Podemos aplica nuestras tesis cuatro años más tarde. Eso no es un problema para nosotros. Esto es un clásico en política: aplicar las propuestas de otro una vez te lo has quitado de en medio. Esto no pasaría de ser un avatar más o menos amargo, una cierta ironía del destino en mi trayectoria política personal, si no fuera porque en esos cuatro años pasan más cosas. El problema es que lo aplican cuando España ha cambiado. En esos más de tres años, ¿cuál es la diferencia entre aplicarla en 2016 o en 2019? La correlación de fuerzas entre Podemos y el PSOE es drásticamente diferente. Podemos lideraba el campo progresista y era la fuerza de la España más pujante, con las alcaldías de muchas de las grandes ciudades: Madrid, Cádiz, Corunha, Bilbao, Zaragoza, Barcelona, Valencia… Era claramente una fuerza que iba con el viento a favor. Parecía claro que éramos la fuerza de futuro, que íbamos a hacernos en algún momento con el gobierno. Además, en España no había nacido aún la extrema derecha, el PP estaba en una crisis brutal como consecuencia de los casos de corrupción y el conflicto nacional entre Cataluña y el Estado español no había estallado en toda su virulencia, lo que desató no sólo la represión del 1 de octubre, sino una ola de anticatalanismo y reaccionaria en el resto de España sin la cual no se entiende Vox.

Nosotros éramos la fuerza pujante, en la que Podemos negociaba prácticamente en igualdad de fuerzas con el PSOE un gobierno ya fuese dentro o desde fuera, condicionando al gobierno desde el Congreso de los Diputados, y que sólo podría sobrevivir con el apoyo de Podemos. El clima cotidiano era todavía de ciclo en ascenso. Parecía todavía que nuestras ideas eran las del conjunto del país. Cuando se llega a ese acuerdo años después, se llega con un notable desgaste de las dos fuerzas que lo firman, sobre todo de Podemos, que ha perdido casi la mitad de los votos que ha conseguido y desde luego su capacidad de liderazgo intelectual, mediático y político, y con la extrema derecha en ascenso, como resultado de la suma de repeticiones electorales y un clima enrarecido, con un cierto auge de la antipolítica: “Para qué ha servido todo esto, ha servido para que algunos vivan mejor, no soluciona nada”, etcétera. Superficialmente puede parecer que se trata del mismo clima en el que nació el 15-M, pero es su contrario.

En esas condiciones es un gobierno que nace con un objetivo táctico: frenar a las derechas. Hay que ponerse de acuerdo porque vienen las derechas. Es comprensible, pero es un objetivo mucho más reformista que el de años atrás. Nuestras voluntad era abrir un proceso constituyente en España. En 2015 se planteaban objetivos muy radicales con palabras muy suaves. El Podemos actual se plantea objetivos muy suaves con palabras muy radicales. El Podemos actual tiene como objetivo frenar a la derecha con una inflamación discursiva y una grandilocuencia retórica e ideológica. Eso en el fondo es el restablecimiento de las categorías políticas del bipartidismo político en España desde los ochenta. El bipartidismo no era sólo el dominio de grandes partidos, sino la existencia de un pequeño partido a la izquierda del PSOE.

¿Cuál es mi análisis de lo que está haciendo el gobierno? El gobierno está en el ecuador de la legislatura y tiene unas buenas condiciones para cambiar el rumbo. Pero si ha de rendir cuentas, tiene más en el debe que en el haber. Es un gobierno que no ha satisfecho ni una mínima parte de las expectativas que despertó, a pesar de haber contado con apoyo social. Nunca como en tiempos de pandemia la ciudadanía española ha comprendido que existe el bien común y que es necesario un Estado fuerte, no sólo para pagar deudas y dar préstamos, sino para intervenir la economía y marcar un horizonte político, y garantizar derechos. Además, cuentan con el importante recurso de los fondos europeos, con una política expansiva de Bruselas, y la posibilidad de orientarlos a un cambio de modelo. Y sobre todo, tienen una mayoría parlamentaria para aprobar lo que quisieran, como derogar las reformas laborales que han precarizado el mercado laboral en España, acabar con la ‘ley mordaza’ que restringe los derechos fundamentales de reunión y expresión, regular el mercado eléctrico frente al oligopolio energético, y así sucesivamente.

Pero hasta ahora es un gobierno que no ha dado muchas razones a sus seguidores para que lo defiendan. Es verdad que ha gestionado la pandemia de forma más socialmente sensible de lo que lo hubiera hecho el PP, pero eso no parece razón suficiente para la sociedad española. Al gobierno se le va acabando la gasolina del miedo a la derecha. Eso no basta para mantenerse en la Moncloa. El gobierno necesita producir transformaciones reales y de calado en la vida de los ciudadanos para que éstos vean que hay una diferencia sustancial entre cuando gobiernan las derechas o una coalición progresista. Si no, lo que cunde ya es una sensación de cinismo y apatía. La mayoría de ciudadanos ve las noticias con un inmenso divorcio emocional, desencanto. Cuando hay desencanto, cuando se expande este cinismo que cree que todo es mentira y la única verdad es la de la “naturaleza” del mercado, un mercado dominado por las oligarquías, eso tiene siempre una traducción reaccionaria.


AF

¿Diría que el gobierno está sentenciado?

 

IE

No creo que el gobierno esté sentenciado. Le quedan dos años de legislatura. Puede rectificar el rumbo. Pero tiene que dejar de estar a la defensiva y lanzar una ofensiva porque va a pagar el mismo precio por ser que por hacer. Es un gobierno muy tímido en materia económica y social, y la derecha lo trata como comunista, y eso que prácticamente no ha hecho nada: lo hacen por los partidos que representa. Lo voy a decir con un refrán muy español: este gobierno paga lo mismo por ladrar que por morder. Este gobierno también necesita transformar la sociedad española para que puedan haber futuros gobiernos progresistas y que éstos sean creíbles. Si en la sociedad española se sigue profundizando un rumbo de creciente desigualdad, de destrucción de los servicios públicos, de inseguridad en el empleo y de oligarquización de la estructura general de la sociedad, se naturalizará cada vez más un sentido común neoliberal que hará que la gente vote por nuestro adversario. El PSOE en particular debería entender que para seguir siendo una formación reformista, tiene que ser una formación audaz y antioligárquica. Pero no por las preferencias ideológicas de Íñigo Errejón, sino porque si no transforma al Estado y la sociedad española, restaura un urbanismo que haga que la gente entiende que tenemos un futuro en común, lo que puede pasarnos a los progresistas es que nuestras propuestas suenan mejor, pero nadie tiene ejemplos concretos de que eso funcione. La sanidad pública es otro de esos ejemplos. Un trocito de socialismo en el corazón una sociedad capitalista. Por eso se la ataca tan duramente: porque es una demostración permanente de que la desmercantilización puede funcionar y que la prestación de servicios públicos con fines sociales no sólo es más justa, sino más eficaz. Esos ejemplos servirán para producir una cotidianidad democrática. De lo contrario, cuando comience la campaña electoral el adversario ya va ganando, porque la derecha sólo tiene que pedir a los ciudadanos que se comporten como hace día a día en todas las parcelas de su vida cotidiana bajo el neoliberalismo: que estás solo, que esto es sálvese quien pueda, que o pisas o te pisan. Es imprescindible ampliar los trozos de democracia en estas parcelas de la vida cotidiana. De lo contrario, esta ola de cinismo y apatía irá a más y sólo beneficiará a las derechas.

Nuestro papel en todo esto es humilde y pequeño: el primero, apoyar al gobierno cuando avanza y marcarle el rumbo, y abrir discusiones a la ofensiva. Discusiones no para perder derechos, sino para una nueva generación de derechos, como una nueva jornada laboral, un avance de las políticas de transformación verde, de refuerzo del sistema sanitario. Es fundamental que este gobierno no sólo no esté asediado por las derechas. Con el nivel de agresividad de las derechas, Sánchez puede creerse Salvador Allende sólo por quedarse quieto. El gobierno necesita estímulos para moverse en una dirección que se traduzca en cambios tangibles para las mayorías en España. Si cuando el gobierno convoque elecciones ha conseguido que haya más psicólogos en la sanidad pública, que haya más derechos laborales en los centros de trabajo, que se garantice el derecho a la vivienda, que la energía está regulada y se apuesta por las nuevas energías, abaratando el precio de la electricidad, que los fondos europeos produzcan una revolución industrial verde con justicia social y miles de empleos… Si ha conseguido eso, habrá ejemplos tangibles, concretos, de que tener un gobierno progresista es bueno. Si no lo ha conseguido, vendrá el ‘todos son iguales’, ‘la política no sirve para nada’, y, por tanto, el ‘hay que gestionar España como una empresa’, y que todos los ámbitos sociales de España se rijan por las mismas reglas de mercado.


AF

Entonces hubo, y siguen habiendo, duros ataques y críticas hacia su persona: desde acusaciones de perjudicar a los resultados de UP y dividir a la izquierda hasta insinuaciones malintencionadas de que ha recibido un trato favor de determinados medios de comunicación con ese mismo fin. ¿Qué respondería?

 

IE

Las dos, y esto es muy fácilmente comprobable, son exactamente las mismas críticas que le dirigía IU a Podemos cuando nació. Como por qué les tratan tan bien los medios de comunicación. Hay una cierta izquierda que debe entender aún que los medios de comunicación, en un entorno capitalista, se comportan buscando la maximización del beneficio. Cuando algo les funciona, lo sacan más, porque les da dinero. Precisamente por eso un prácticamente desconocido Pablo Iglesias estaba siempre en prime time cuando ni siquiera tenía el escaño de eurodiputado. IU se quejaba porque sólo existía en el Parlamento Europeo, ni siquiera en el Congreso de los Diputados, y tenían mucha más cuota de pantalla que ellos. Los medios en el mercado no se comportan como una mano negra que planifica cosas, se comportan como una especie de histérico buscador de maximización del beneficio que les reporta la publicidad. Así nació el primer Podemos. Ese primer Podemos es capaz de conectar con preocupaciones que hasta entonces nadie recogía.

Nosotros, cuando hablamos de una semana laboral de cuatro días o de aumentar los recursos de la sanidad pública para la atención psicológica, conectamos con preocupaciones de la España real de las que antes nadie se había preocupado. Eso hace que haya más gente que se interese y que los medios lo traten más. Pasó con Podemos y pasa con nosotros.

La cuestión de la unidad de la izquierda es de mucho peso identitario. Para una poca gente lo es todo. Hay una parte de la izquierda que está convencida de que si la izquierda se uniera, lo ganaría todo. Piensan todavía que las ideas de la izquierda son mayoritarias y que sólo hay que unirse para lograrlo. Este camino conduce directamente al PSOE. Si UP nos lo dice a nosotros, el PSOE se lo dirá a ellos. El problema es que cuando Podemos nació ya había una buena parte de esa izquierda tradicional diciendo que iba a dividir la izquierda. Y provocó un terremoto. Lo fundamental no es contar los votos ya existentes de la izquierda, sino incorporar al campo del progresismo a mucha gente que no se identifica con los símbolos y palabras de esas tradiciones.

En las elecciones a Madrid hemos competido bastante eficazmente con los primeros votantes, que no necesariamente se identifican con los símbolos tradicionales. Esos símbolos y esos discursos están en crisis para la mayoría de la sociedad, no significan nada para ellos. Toda izquierda tiene que buscar el objetivo de trascenderse. Tsipas y Syriza tuvieron muchos problemas después en el gobierno, pero empezaron a ganar las elecciones cuando en sus actos se veían no sólo las banderas de Syriza, sino de Grecia. Había gente que decía: “Mire, yo no soy de izquierdas, pero apoyo a esta gente que defiende la idea de un país digno, donde la gente no pase hambre”. Eso mismo ha sucedido en Uruguay, en Bolivia, en Ecuador, en Venezuela, en Argentina. Han sido capaces de encarnar la promesa de un país más justo, más democrático, que trate mejor a su gente. Han ido a disputar los grandes términos. Eso requiere audacia. El grito de “unidad” es sobre todo aquí para subyugarte.

Nosotros estamos siguiendo un camino propio, un camino verde, con diferencias con muchas fuerzas europeas, porque lo hacemos situados en el Sur de Europa, donde la redistribución de la riqueza y la justicia social son fundamentales. Somos segunda fuerza en Madrid y aspiramos a que sea más fuerte en el resto de España. A las fuerzas del gobierno les decimos que se dejen de preocupar de nosotros, que se ocupen de la gente. Si transforman la vida de los españoles y la hacen más segura, habrá gobierno progresista en la próxima legislatura. Si no hacen los deberes, gobernará la derecha.


AF

La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, ha propuesto recientemente crear un espacio que aglutine a las fuerzas a la izquierda del PSOE. ¿Se siente interpelado?

 

IE

Mantengo una buena relación con Díaz, que no es miembro de UP. No sé si ésta es una tesis suya o la comparte con UP. Dirigentes de Podemos han dicho otras cosas. En cualquier caso, no estamos en ésas. Quedan dos años para las elecciones. No tengo mala opinión en absoluto del trabajo de la ministra de Trabajo. Pero creo que es más importante que el Ministerio de Trabajo derogue la reforma laboral y que devuelva la tranquilidad a los puestos de trabajo. Creo que eso son los pasos que pueden ayudar a recuperar el apoyo al gobierno progresista. Si la ciudadanía nos ve en una especie de mercadeo de ofertas, contraofertas, siglas y coaliciones, vamos a profundizar el divorcio emocional entre la ciudadanía y las fuerzas políticas.

Cuando MP habla en el Congreso, la gente no nos escucha opinando sobre otros partidos, nos escucha hablando sobre la salud mental, de reducir la jornada laboral, de la transformación ecológica, de recuperación de la soberanía popular, de servicios públicos. Eso es lo fundamental. Hay que volver a hablar de la vida cotidiana, politizarla. Es así como recuperaremos el campo político. No sé si estas declaraciones desde UP son una maniobra táctica, un juego político. Los gobiernos hablan por sus leyes más que por sus declaraciones. Yo preferiría que hablase más en ese sentido.

Notas

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1 Àngel Ferrero es periodista, traductor y colaborador habitual de Público, El Salto y la revista Catarsi.
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