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El filósofo y teórico del arte alemán Walter Benjamin, 1928. (Store norske leksikon / dominio público)

La crítica de la violencia de Walter Benjamin

Traducción: Valentín Huarte

A 81 años de la muerte de Walter Benjamin, repasamos su célebre ensayo «Para una crítica de la violencia», testimonio fiel de su temprano compromiso con el marxismo.

El 8 de agosto de 1914, Walter Benjamin tuvo que afrontar una pérdida muy dolorosa. Fritz Heine y Rika Selgson, íntimos amigos del filósofo, se suicidaron en señal de protesta contra la Primera Guerra Mundial. Benjamin reflexionó sobre esas muertes en una carta enviada a Ernst Schoen, amigo de la infancia y futuro compositor. Se refirió entonces a la necesidad de oponer a la catástrofe europea una política radical renovada. «Nadie es capaz de lidiar con una situación como esta», se lamentó. 

La vida intelectual de Benjamin durante el período inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial estuvo signada por una especie de retiro a nivel político y social. Fueron tiempos en los se ocupó de sí mismo con un «radicalismo invisible». En esos escritos tempranos, es palpable la influencia de Gustav Wyneken, docente, filósofo y mentor del joven Benjamin. 

Entonces, siguiendo a su profesor, el discípulo argumentaba que la autotransformación fundada en el cultivo de la «soledad más profunda» era capaz de desembocar en el cambio social. Sin embargo, cuando en noviembre de 1914, Wyneken convocó a la juventud alemana a tomar las armas para defender la «patria», la admiración de Benjamin por su maestro cesó.  

Luego, en 1920, el filósofo adoptó un radicalismo político protomarxista y revolucionario. Testimonio de ese cambio en su pensamiento es el célebre ensayo de 1921, titulado «Para una crítica de la violencia». 

Los críticos suelen desestimar el compromiso marxista de Benjamin a causa del lenguaje teológico que atraviesa sus escritos. Con todo, dicho lenguaje religioso no es una alternativa frente a la teoría política radical: es un medio para articularla. Cien años después de su publicación, el ensayo todavía nos brinda elementos importantes para pensar en términos marxistas la crítica de la violencia implicada en el sostenimiento de la ley.  

Contexto de «Para una crítica de la violencia»

En enero de 1920, la policía de Berlín abrió fuego contra una manifestación comunista frente al Reichstag y mató a cuarenta y dos personas. Fue uno de los múltiples acontecimientos que contribuyeron a debilitar el apoyo de la clase obrera al gobierno de los socialdemócratas (SPD), que habían conquistado el poder luego de la guerra. 

Dos meses después, en marzo de 1920, el general Walther von Lüttwitz envió un grupo de Freikorps de derecha a Berlín. Las fuerzas paramilitares derrocaron al gobierno del SPD y colocaron como canciller a Wolfgang Kapp, viejo empleado público y nacionalista de derecha. Los hechos pasaron a la historia con el rótulo «el golpe de Kapp».

Conscientes de su falta de apoyo en el ejército, las autoridades del SPD abandonaron Berlín. Pero los sindicatos alemanes convocaron a una huelga general que tuvo de rodillas al gobierno de Kapp durante cuatro días. El 17 de marzo, Kapp y Lüttwitz abandonaron la ciudad.

El SPD fue incapaz de reponerse sobreponerse a esta humillante derrota. Por su parte, los comunistas (KPD) no lograron arrebatarle el poder a una socialdemocracia debilitada ni contener la amenaza de la extrema derecha. Como escribió el historiador marxista Arthur Rosenberg: «El golpe de Kapp culminó en la derrota, no del ejército, sino de las clases trabajadoras». 

Como sea, fueron el golpe de la extrema derecha y el fracaso de los partidos de izquierda los que influenciaron el clásico ensayo de Benjamin. Las biografías del autor suelen asumir que su compromiso marxista fue consecuencia de su aventura con Asja Lācis, actriz y activista política letona, o de la lectura de Historia y conciencia de clase de Georg Lukács. Pero eso implica ignorar la clara orientación marxista del análisis que Benjamin nos legó en «Para una crítica de la violencia».

No cabe duda de que el poder de la huelga general para derrocar el corto gobierno de Kapp impresionó a Benjamin, pero no menos cierto es que la incapacidad de la izquierda para capitalizar esa victoria lo dejó muy preocupado. El eje de su ensayo es mostrar que la huelga general hubiese sido capaz de establecer una forma alternativa de autoridad política.

Derecho positivo y derecho natural

A pesar de su pretensión de ser racionales y democráticos, los sistemas legales capitalistas suelen ejercer su autoridad de forma arbitraria. Consideremos, por ejemplo, el juicio instantáneo que debe hacer un oficial de política antes de arrestar a alguien. Fundado en su razonamiento, el oficial decidirá si la sospecha de que se cometió un crimen es fundada y actuará en consecuencia. En la práctica, esto significa que la policía dispone de un poder extrajudicial.

La ley otorga poder al policía para que aprehenda un objetivo, independientemente de su inocencia supuesta. Es decir, los policías son a la vez intérpretes y representantes de la ley. Esa ambigüedad hace que la violencia que cometen sea a la vez legal y extralegal. Según Benjamin, la arbitrariedad que acompaña el ejercicio de la ley significa que la violencia atañe al fundamento mismo de los sistemas legales capitalistas.

Con el fin de explicar esta tesis, Benjamin comienza su ensayo discutiendo dos tradicionales legales supuestamente distintas: el derecho positivo y el derecho natural. Las teorías del derecho natural argumentan que existe un concepto de justicia aplicable a todos los humanos y creen poder derivarlo en última instancia de la naturaleza. Por el contrario, las filosofías del derecho positivo argumentan que la justicia y la ley son creaciones humanas. 

John Locke, filósofo liberal inglés —y defensor de la esclavitud—, tal vez sea el exponente más prestigioso de la tradición del derecho natural. En su Segundo tratado sobre el gobierno civil, argumenta que ni siquiera el gobierno de un monarca es capaz de pasar por encima de la ley natural. Aunque, según Locke, las instituciones legales se encargan de implementar las leyes naturales, estas disponen de una autoridad mayor de la que cualquier sociedad es capaz de conferir.

Por otro lado, las filosofías del derecho positivo, con frecuencia asociadas a David Hume, filósofo conservador escocés, sostienen que las leyes carecen de todo fundamento natural o divino. La autoridad legal es, como mucho, una convención social y un acuerdo. 

Según Benjamin, ambos enfoques justifican la violencia de distintas maneras. El derecho natural justificará la necesidad del derecho de propiedad mediante la afirmación de que la propiedad sobre la tierra, las cosas y hasta las personas es un derecho divino. Apoyándose en ese supuesto, el teórico del derecho natural puede, por ejemplo, sancionar el uso de la pena de muerte contra los ladrones, pues su crimen viola una autoridad que está por encima de toda realidad social. 

Los teóricos del derecho positivo, en cambio, al defender la legitimidad de la ley, argumentan que tiene su origen en una serie de convenciones sociales que todos compartimos. En ese caso, los defensores del derecho positivo acusarán a un infractor de atacar un conjunto de valores compartidos por toda la comunidad. En ese sentido, es justo que el Estado imponga la violencia sobre los criminales pues, a través de sus acciones, ellos atentan contra el tejido social. 

Estas tradiciones, aparentemente opuestas, comparten el hecho de ser intentos legalistas de justificar el uso de una violencia cruel e inhumana. Al destacar ese parentesco, Benjamin pretende iluminar la relación que existen entre la violencia y la ley. 

Las teorías positivas distinguen entre la violencia legítima e ilegítima. El reconocimiento de que le ley es una construcción social hace que los teóricos del derecho positivo estén siempre preocupados por la posibilidad de que la violación de una regla particular termine debilitando la ley en general. Si, por ejemplo, los individuos recurren a la violencia extrajudicial para reparar un daño, se debilita la ley, pues se revela que la gente es capaz de conseguir justicia por sus propios medios. 

Eso significa que, implícitamente, los defensores de la tradición del derecho positivo no justifican el valor último de la autoridad legal en función de su habilidad para promover la justicia o la paz: la ley es un fin en sí mismo. Es decir, el problema de oponerse a la ley es que se debilita el monopolio de la violencia que tienen a disposición sus defensores. Como escribe Benjamin: 

En cambio, podría tal vez considerarse la sorprendente posibilidad de que el interés del derecho, al monopolizar la violencia de manos de la persona particular no exprese la intención de defender los fines de derecho sino, […] al derecho mismo.

Violencia en la fundación y en el sostenimiento del derecho

Esencial en el argumento de Benjamin es la distinción entre la violencia implicada en la fundación del derecho y la implicada en su sostenimiento. La violencia militar es un ejemplo excelente de la primera. Una conquista es capaz de derrocar un orden social y legal y establecer uno nuevo. La fuerza hace al derecho.

Pero también lo sostiene. La violencia implicada en el sostenimiento del derecho es la que se manifiesta en el uso de la violencia con fines legales. El uso que hace la policía de la violencia legítima del Estado, con el fin de garantizar el derecho y la eficacia misma de esa violencia, termina recubriendo el orden legal establecido con un manto de permanencia. 

La violencia implicada en la preservación del derecho es la respuesta inevitable frente a cualquier intento de romper la ley o fundar un nuevo orden legal. No es necesario que esa violencia adopte la forma de un castigo real, pues la amenaza de la violencia pende siempre sobre cualquiera que pretenda atentar contra la ley. A eso se refiere Benjamin cuando habla del poder retributivo del Estado como un destino. 

En principio, es posible que un delincuente escape a la justicia. Pero es imposible escapar a la amenaza de la justicia. Entonces, el destino de un delincuente es ser puesto ante la ley. Como los héroes de las tragedias griegas, aunque el cuándo y el cómo permanezcan en la indeterminación, el destino es inevitable. 

El golpe de Kapp es un ejemplo perfecto del conflicto entre la violencia implicada en la fundación del derecho y la implicada en su sostenimiento. Aunque atenta contra la ley, la violencia extrajudicial es concomitante a la fundación de cualquier orden legal. El golpe de Kapp puso en jaque el orden legal de la República de Weimar, pero no logró fundar un nuevo orden más represivo, pues fue incapaz de acumular suficiente violencia como para superar la huelga general. En consecuencia, los golpistas sucumbieron a su destino: ser castigados por el Estado. 

Según Benjamin, comparar la violencia legal con el destino contribuye a elucidar el carácter mítico de la ley. Siguiendo con la metáfora, el filósofo argumenta que la pena de muerte es la última expresión del poder de la ley sobre el destino de aquellos que están sometidos a ella. El sentido de la pena de muerte no es, dice Benjamin, 

penalizar la infracción a la ley, sino […] establecer el nuevo derecho. Y es que la utilización de la violencia sobre la vida y la muerte refuerza, más que cualquier otra de sus prácticas, al derecho mismo.

Superar la violencia mítica

A pesar de su apariencia secular, el sistema legal moderno conserva la antigua idea mitológica del destino, visible en su dependencia de la violencia despótica. El objetivo del ensayo de Benjamin no es solo describir esa estructura mítica, sino mostrar formas de superarla. Con ese objetivo el autor analiza la política revolucionaria.

El ejemplo de la huelga general sirve para ilustrar una forma de desafío popular al monopolio de la violencia del que goza el Estado. Puede parecer extraño, pues suele pensarse que las huelgas están definidas por el rechazo pasivo de toda acción. 

Sin embargo, Benjamin nota que, al negarse a trabajar, los obreros ponen en marcha una especie de extorsión. En ese sentido, las huelgas representan una amenaza fundamental al concepto de un orden legal fundado en la producción de mercancías. De hecho, la ley permite exclusivamente un tipo específico de huelgas que deben realizarse bajo condiciones definidas. 

Como sea, en la sección final del ensayo, Benjamin sugiere que la huelga general nos brinda el modelo de una forma de violencia que rompe con el modelo antiguo del destino. La ley nunca autorizará una huelga general porque pone en cuestión todo el sistema y es —a veces implícita, a veces explícitamente— revolucionaria. Al igual que la violencia convencional, las huelgas generales representan una amenaza contra la ley en tanto tal. 

Benjamin denomina esta alternativa «violencia divina». A través de este concepto evidentemente teológico, Benjamin conceptualiza una forma de acción política que no busca reemplazar un sistema de coerción legal injusto por otro: 

En tanto que la violencia mítica es fundadora de derecho, la divina es destructora de derecho. Si la primera establece fronteras, la segunda arrasa con ellas; si la mítica es culpabilizadora y expiatoria, la divina es redentora; cuando aquella amenaza, esta golpea, si aquella es sangrienta, esta otra es letal aunque incruenta.

Cierto es que el lenguaje metafórico y dramático que utiliza Benjamin para elucidar su idea es bastante ambiguo. Pero, aun así, el argumento central está claro. La coerción sirve para mantener los sistemas legales capitalistas y la violencia divina busca transformar ese estado de cosas.

Si se la concibe en términos puramente teológicos, la idea de la violencia divina es difícil de comprender. Pero cuando recordamos que el ensayo de Benjamin es una respuesta a la huelga general contra el golpe de Kapp, se vuelve mucho más fácil descifrar sus conceptos. Aunque la huelga general tuvo suficiente poder como para frenar el golpe, los partidos de la izquierda alemana no confiaron en el poder autónomo de la clase trabajadora para fundar un nuevo orden legal socialista. 

Derrotados solo momentáneamente, la policía y el ejército conservaron el monopolio sobre la violencia legal y restauraron una forma de autoridad fundada en el uso arbitrario de la fuerza. Según Benjamin, la violencia divina de una huelga general hubiese sido la mejor alternativa de la clase obrera frente a la ley de una minoría de propietarios. 

Aunque Benjamin no nos brinda el concepto de una forma de ley que no dependa de la opresión, su ensayo saca a luz la violencia arbitraria que se ejerce en nombre de la justicia y la magnitud de las transformaciones requeridas para superar el orden legal capitalista. Como argumentaron Marx y Engels en el Manifiesto del Partido Comunista, el proletariado tiene el poder de transformar todas las condiciones sociales, y, según Benjamin, es capaz de crear un nuevo orden legal que no esté fundado en la arbitrariedad de la justicia mítica. Entonces, los socialistas de hoy harían bien en confiar en la potencia revolucionaria de la clase obrera.

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