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Sea cual sea la coalición que sustituya al Gobierno de Angela Merkel en las elecciones del próximo domingo, lo más probable es que signifique otros cuatro años de merkelismo. (Foto: Omar Marques / Getty Images)

Alemania después de Merkel

Las elecciones alemanas del próximo domingo son de las más imprevisibles en décadas. Pero incluso si los socialdemócratas de Olaf Scholz consiguen una sorprendente victoria, representan la continuidad de las políticas de Angela Merkel y no el cambio que necesitan los trabajadores.

Cuando Angela Merkel termine su cuarto y último mandato como canciller alemana la próxima semana, marcará realmente el fin de una era. Aunque no ha sido la jefa de gobierno más longeva del país (honor reservado al padre fundador Otto von Bismarck), el reinado de Merkel ha sido notable. En sus dieciséis años de mandato se consolidó el poder económico y político de Alemania, estableciéndose firmemente como la principal potencia de la Unión Europea. Este ascenso en la UE estuvo acompañado de un crecimiento económico casi continuo en el país, impulsado por el sector de bajos salarios creado por las reformas neoliberales del anterior canciller Gerhard Schröder.

Mientras gran parte de Europa luchaba por recuperarse de la crisis financiera de 2008, el PIB alemán recuperó sus pérdidas a mediados de 2011 y ha registrado cifras de crecimiento trimestral constantes desde entonces. La desigualdad social también ha aumentado considerablemente —Alemania tiene ahora el doble de multimillonarios que cuando la líder democristiana (CDU) Merkel fue elegida por primera vez en 2005—, pero a muchos votantes no parece importarles. A pocos días de su dimisión, casi dos tercios de los alemanes se declaran «satisfechos» con su gestión. Puede que los salarios estén estancados, pero al menos hay puestos de trabajo estables y un Estado federal que, hasta ahora, parece capaz de hacer frente a las crisis (que han sido muchas). El alquiler se ha vuelto inasequible en muchas zonas urbanas, pero el gobierno sigue subvencionando muchas formas de que las familias se construyan una casa en los suburbios. En resumen: las cosas podrían ser mucho peores.

La explicación del aparente éxito de Merkel es sencilla. Ha dado a los votantes alemanes lo que más valoran: la estabilidad. La CDU siempre ha integrado a algunos trabajadores en su coalición, sobre todo a los procedentes de zonas rurales y de pequeños centros de trabajo sin sindicatos. Pero con Merkel el partido se convirtió en un catch-all por excelencia. Tras obtener un resultado peor de lo esperado en 2005, Merkel pivotó hacia el centro, se apartó de nuevas reformas del mercado laboral y pasó la mayor parte de los últimos dieciséis años gobernando con los socialdemócratas (SPD). Durante su mandato se han llevado a cabo una serie de reformas comparativamente progresistas, como la legalización del matrimonio homosexual y la instauración de un salario mínimo. Aunque su CDU sigue siendo un partido de profesionales de clase media y de capitalistas tanto grandes como pequeños, con Merkel al menos fue capaz de ampliar su coalición para incluir a muchos votantes de clase trabajadora que querían un gobierno y una economía estables.

Sus adversarios políticos se han tomado la lección a pecho y, a medida que se acercan las elecciones para elegir a su sustituto, incluso el candidato del SPD, Olaf Scholz, está haciendo todo lo posible para proyectarse como digno heredero de su estilo moderado. Los números de las encuestas sugieren que otra gran coalición entre la CDU de Merkel y el SPD es casi imposible. Pero sea cual sea la combinación de partidos que acabe firmando el próximo acuerdo de coalición, lo más probable es que sean otros cuatro años de merkelismo, solo que sin Merkel.

Carrera hacia el centro

Hasta hace unos meses, la mayoría de los observadores pensaban que una coalición «negro-verde» entre la CDU y los cada vez más populares Verdes era una apuesta segura para liderar la Alemania posterior a Merkel. Ninguna otra constelación disfrutaba de una mayoría estable en las encuestas, y los políticos de ambos partidos insinuaron la posibilidad en repetidas ocasiones. En muchos sentidos, la coalición tenía sentido: la CDU representaba la estabilidad y la continuidad, mientras que los Verdes prometían ecologizar la economía y tomar las medidas necesarias para cumplir los compromisos de Alemania con el Acuerdo de París. Progreso, pero no tanto ni demasiado rápido.

Sin embargo, tanto la candidata de los Verdes, Annalena Baerbock, como el sucesor designado de Merkel en la CDU, Armin Laschet, han visto cómo su apoyo caía en picado durante el verano. La CDU no está muy por encima del 20% de apoyo, mientras que los Verdes de Baerbock llevan más de un mes atrapados en la franja de los diez puntos, lo que hace que la mayoría de los dos partidos esté fuera de su alcance y que los comentaristas y los políticos se pongan a especular. ¿Quién tendrá suficientes votos para gobernar, una llamada coalición Deutschland (negro-rojo-amarillo) entre el SPD, la CDU y los neoliberales Demócratas Libres (FDP)? ¿Una variante ligeramente más progresista de la misma, excluyendo a la CDU pero incorporando a los Verdes? ¿O quizás el viejo sueño de los progresistas alemanes de (prácticamente) todas las tendencias, una coalición rojo-rojo-verde que incluya al socialista Die Linke?

Uno quisiera pensar que esta crisis de credibilidad podría atribuirse a las catastróficas inundaciones de hace dos meses en el oeste de Alemania, o al colapso del gobierno afgano solo una semana después de la retirada de las fuerzas respaldadas por la OTAN. Al fin y al cabo, la región de Renania del Norte-Westfalia, que Laschet gobierna desde 2017, se vio especialmente afectada por las inundaciones, y tanto los Verdes como la CDU han sido ardientes defensores de la misión alemana en Afganistán desde el principio. ¿Están los votantes castigando al centro por su incapacidad para afrontar el cambio climático u oponerse al imperialismo estadounidense, y buscando alternativas más audaces?

No del todo. De hecho, parece que las dificultades actuales del centro político se reducen a poco más que unas malas relaciones públicas. Tras una breve luna de miel como candidata favorita de los medios de comunicación liberales, Baerbock, de los Verdes, se vio en apuros a principios de junio cuando un periodista observó varias afirmaciones cuestionables en su currículum oficial, como su supuesta pertenencia al Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (que no tiene miembros individuales). La revelación, varias semanas después, de que su reciente libro, titulado inspiradoramente Jetzt (Ahora), tomaba pasajes de otros autores sin reconocerlo, cimentó aún más su imagen de aficionada, si no directamente deshonesta.

Los defensores de Baerbock se apresuran a culpar de su caída en las encuestas al sexismo, argumentando que un hombre no sería tratado tan duramente por un error semejante. Sin embargo, hace solo diez años, un escándalo de plagio similar llevó al ministro de Defensa de la CDU, Karl-Theodor zu Guttenberg, al destierro efectivo de la vida pública. Mientras tanto, Franziska Giffey —la candidata del SPD a la alcaldía de Berlín, y casi segura vencedora el 26 de septiembre— ha salido indemne de las revelaciones de que su doctorado y su tesis de máster fueron plagios. Dejando a un lado la extraña propensión de los políticos alemanes a falsificar títulos académicos, parece que el problema no es el sexismo, sino que algunos sectores de la clase política y mediática alemana se oponen firmemente a la idea de una canciller verde, y los propios errores de Baerbock les han dado el pretexto necesario para acabar con ella.

Sin embargo, los Verdes no son el único partido con problemas de imagen. Para no ser superado por los neoliberales progresistas de su izquierda, el conservador Laschet pronto subió la apuesta con su propio desastre de relaciones públicas. A mediados de julio, después de que las inundaciones repentinas en su estado natal mataran a cuarenta y siete personas y arrasaran ciudades enteras cerca de la frontera belga, el ministro-presidente de Renania del Norte-Westfalia fue filmado bromeando y riendo con otros colegas de la CDU mientras el presidente de Alemania, Frank Walter-Steinmeier, pronunciaba un solemne discurso en conmemoración de los que habían perdido la vida.

Laschet se disculpó rápidamente por lo que denominó una desafortunada «impresión surgida de una situación de conversación», pero el daño ya estaba hecho: los votantes empezaron a darle la espalda en masa, e incluso algunos dirigentes de su propio partido expresaron abiertamente su decepción por su actuación. A estas alturas, Laschet no parece tener ninguna posibilidad de apuntalar su posición, y lo más probable es que obtenga el resultado más bajo de la historia para un candidato a canciller de la CDU.

La socialdemocracia vuelve al ruedo

Tal vez sea más sorprendente que el autosabotaje de la coalición negro-verde el espacio que ha abierto para que la maltrecha socialdemocracia emerja de sus cenizas como nuevo líder del centro moderado. La base de apoyo del SPD lleva dos décadas cayendo en picado, y cada elección nacional supone su peor momento, para luego ser superado por la siguiente. Sin embargo, de repente, el declive parece haberse detenido. Dirigido por el actual ministro de Economía, Olaf Scholz, las cifras del partido empezaron a subir desde que la desafortunada «situación conversacional» de Laschet saltó a los titulares, y se han mantenido estables desde entonces. Si las elecciones se celebraran mañana, probablemente se convertiría en el próximo canciller de Alemania.

Puede que Scholz no sea especialmente carismático ni tenga una visión digna de mención para el futuro del país, pero es una cara conocida en la escena política, y como ministro de Economía consiguió asociarse a la financiación de emergencia del Estado para suavizar el golpe de la crisis del COVID-19. Esta combinación de factores, junto con las crisis caseras de Baerbock y Laschet, han propulsado a la socialdemocracia de nuevo al centro de la política alemana, aunque no como fuerza de renovación, sino como administradores de lo conocido y lo fiable. «Sin experimentos», el eslogan informal de la CDU durante los últimos setenta años, se sentiría igual de bien en un gobierno dirigido por Scholz.

Quien espere que el SPD, bajo su nueva dirección izquierdista en torno a los copresidentes Saskia Esken y Norbert Walter-Borjans, aproveche su sorprendente ventaja en las encuestas para impulsar un gobierno rojo-rojo-verde, no encontrará nada que le entusiasme. El SPD ha dejado muy claro que su opción preferida sería una coalición con los Verdes y los halcones neoliberales del FDP, cuya presencia garantizaría que cualquier plan importante para abordar la crisis climática fuera puramente del agrado del capital alemán. El propio Scholz se ha esforzado por presentarse como la próxima Merkel, llegando incluso a copiar su característico gesto de la mano del «triángulo de poder» para las cámaras (hay que reconocer que no es el único que lo hace). En lugar de pivotar hacia la izquierda, el SPD parece pensar que su mejor oportunidad para desbancar a los conservadores es convertirse en ellos.

De hecho, la nominación de Scholz en agosto de 2020, meses antes de que los otros partidos anunciaran sus candidatos, ya fue una clara señal de que el dúo había perdido su batalla por el alma de la socialdemocracia y, si no capituló, al menos llegó a un acuerdo con la derecha. Elegidos a finales de 2019, justo después de que Jeremy Corbyn fuera derrotado en las elecciones generales británicas, Esken y Walter-Borjans criticaron abiertamente la deriva hacia la derecha de los anteriores líderes del SPD, agitaron el término «socialismo democrático» y expresaron su interés en gobernar junto a Die Linke. Su apoyo a Scholz, un notorio halcón de la austeridad denostado durante mucho tiempo por el ala izquierda del partido como la personificación de todo lo malo del SPD, presagiaba el regreso triunfal del partido al centrismo que ahora se está mostrando.

No obstante, algunos defendieron inicialmente la medida como una táctica inteligente para atraer a los votantes moderados, lo que daría al SPD una ventaja para liderar el próximo gobierno, mientras que la dirección de la izquierda se aseguraría de que la administración de Scholz no repitiera los ataques al estado del bienestar llevados a cabo por el último canciller del SPD, Gerhard Schröder. Mientras Scholz tuviera unas encuestas demasiado bajas para que los rojos-rojos-verdes aparecieran como una posibilidad real, este divisor del trabajo funcionó: Scholz se distanció de Die Linke, mientras que Esken y Walter-Borjans resaltaron sus afinidades con la izquierda en un intento de mantener las esperanzas entre los fieles del partido y parte de los sindicatos.

Sin embargo, en el último mes, a medida que el SPD ha ido avanzando en las encuestas, los líderes del partido y los representantes de su ala izquierda, sobre todo el expresidente de las Juventudes Socialistas, Kevin Kühnert, han dejado de hablar de rojo-rojo-verde o han empezado a exigir que Die Linke proclame su fidelidad a la OTAN y a la alianza con Estados Unidos antes de iniciar las conversaciones de coalición. Se trata de un intento descarado y profundamente cínico de cortar de raíz los sueños de rojo-rojo-verde antes de que se les vaya de las manos y obliguen al partido a cumplir una o dos promesas de campaña. Esta semana, Kühnert incluso declaró su intención de votar no en el referéndum sobre la expropiación de la empresa privada de viviendas de Berlín Deutsche Wohnen.

A la hora de la verdad, incluso los izquierdistas más ruidosos del SPD parecen estar más preocupados por asegurar su propia posición en la jerarquía del partido que por formar un gobierno que pueda asegurar el futuro de sus hijos y nietos.

Silencio en el frente occidental

Independientemente de quién acabe dirigiendo la República Federal después de Merkel, parece una apuesta segura que, a diferencia de muchos de sus vecinos europeos, en Alemania el centro político seguirá manteniéndose al menos unos años más. La amplia y comparativamente próspera clase media del país puede cambiar sus colores del negro de la CDU al verde o al rojo del SPD o a alguna combinación de los tres, pero pocos votantes parecen interesados en dar un salto a lo desconocido en materia política cuando hay tanto en juego.

Una CDU desesperada está invocando un tipo de retórica anticomunista que Alemania no ha visto en décadas, tratando de asustar a los potenciales partidarios del SPD y de los Verdes afirmando que un voto por el centro-izquierda es en realidad un voto por una coalición con comunistas no reconstruidos.

De hecho, mientras los Verdes, la CDU y el SPD se pelean por ver quién tiene el candidato más soso y menos amenazante, es sorprendente lo poco que las turbulencias en las encuestas han beneficiado a los partidos de la periferia: la derechista y populista Alternative für Deutschland (AfD) se ha mantenido estable en el 12%, el FDP se encuentra cómodamente en los diez primeros puestos, mientras que Die Linke —el otro «rojo» de una posible coalición rojo-rojo-verde— está boqueando, apenas por encima del umbral del 5% necesario para volver a entrar en el parlamento.

El estancamiento de Die Linke no es nada nuevo. Un cúmulo de cambios demográficos ha fragmentado su base social tradicional, ya que su electorado principal de Alemania del Este muere o se desplaza hacia la derecha. El antiguo sueño del partido de sustituir al SPD en los núcleos industriales occidentales tampoco se ha materializado, y en los últimos años ha cultivado un perfil incoherente como «partido de los movimientos», afirmando ser la auténtica voz de la protesta en el parlamento, al tiempo que está dispuesto a entrar en el gobierno siempre que surja la oportunidad. Esta incoherencia política se vio exacerbada durante nueve años por una dirección del partido ineficaz que se esforzaba por comunicar un mensaje claro a los votantes o por atraer la atención de los medios de comunicación.

Lo nuevo es que una CDU desesperada está invocando un tipo de retórica anticomunista que Alemania no ha visto en décadas, tratando de asustar a los potenciales partidarios del SPD y de los Verdes afirmando que un voto por la centroizquierda es en realidad un voto por una coalición con comunistas no reconstruidos. Esta nueva ronda de campañas anticomunistas de «calcetines rojos» no ha servido de nada a Armin Laschet, ni ha perjudicado al SPD o a los Verdes más que sus propias acciones. Pero ha tenido el efecto involuntario de atraer por fin la atención de los medios de comunicación hacia Die Linke y su nueva líder, Janine Wissler, después de meses de cobertura centrada principalmente en Laschet y Baerbock. Paradójicamente, mientras el apoyo de Die Linke está en su punto más bajo desde la fundación del partido, por primera vez en muchos años, los observadores especulan seriamente sobre la posibilidad de una coalición rojo-rojo-verde.

Aunque estos pronósticos no han mejorado la miserable situación del partido en las encuestas, Wissler ha demostrado ser una oradora hábil y ágil, capaz de enfrentarse a los tertulianos de derechas y a los fanfarrones conservadores como no pudieron hacerlo sus predecesores. Suponiendo que el partido consiga mantener un 5% o 6% en las elecciones de la semana que viene, Wissler entrará en el parlamento como diputada por primera vez y probablemente se convertirá en la nueva cara pública de la oposición. Aunque los límites de los proyectos de izquierda centrados en personalidades carismáticas han quedado demostrados en más de una ocasión en los últimos años, dado el estado actual de la izquierda alemana, su aparición proporciona al menos un rayo de esperanza de que los próximos cuatro años no serán tan grises como los anteriores.

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