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Apoteosis fascista

Con las movilizaciones del 7 de septiembre, Bolsonaro muestra fuerza y amenaza con una radicalización golpista. Es el momento de luchar por el impachment y transformar la mayoría social opositora en una fuerza social para derrocarlo.

La burguesía decadente es incapaz de mantenerse en el poder con los métodos y medios creados por ella misma (el Estado parlamentario)… Pero a la burguesía establecida no le gusta tampoco la forma fascista de resolver sus problemas, pues los choques y disturbios, aunque en interés de la sociedad burguesa, también implican riesgos para ella. Este es el origen del antagonismo entre el fascismo y los partidos tradicionales de la burguesía. 

León Trotsky

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El grito de la Avenida Paulista, en el día del Grito del Ipiranga, fue victoria o la muerte. Al anunciar su estrategia, Bolsonaro dejó claro que no renunciará a la lucha sin cuartel por el poder, cueste lo que cueste. Acumuló fuerzas. Los dos objetivos tácticos inmediatos de la movilización contrarrevolucionaria fueron la advertencia a la oposición liberal de que incendiará el país en caso de peligro de impeachment y la polarización contra los ministros del STF Alexandre de Moraes y Barroso que rodean su corriente y su familia con investigaciones y detenciones. Pero es mucho más grave. Deja en el aire, para la fracción de la clase dirigente que se ha pasado a la oposición en los últimos cuarenta días, la amenaza de que no aceptará el resultado de las elecciones si pierde. No respetará las reglas del régimen liberal-democrático, no habrá transmisión pacífica de la banda presidencial en Brasilia en enero de 2023. El jefe de los neofascistas busca reubicarse para las elecciones de 2022, pero promete que está dispuesto a todo, por lo que agita a su base social también para la posibilidad de una ruptura institucional en algún momento. En otras palabras, todo o nada, o amenaza de guerra civil.

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La contraofensiva ha tenido lugar en el marco de un debilitamiento ininterrumpido, desde el mes de mayo, con el auge de la segunda ola de la pandemia. Pero ha demostrado que no está derrotado. El mayor error de la izquierda en los últimos tres años fue subestimar al bolsonarismo. La posición de Lula en las encuestas, en este momento, no es garantía de nada. Considerar únicamente los grados de aprobación y rechazo que revelan las encuestas es insuficiente para calibrar la relación de fuerzas sociales y políticas. Ante cientos de miles de personas muy motivadas, Bolsonaro se hizo más fuerte. No fue un fiasco. Bolsonaro aún no tiene una sigla electoral, pero demostró que controla un «partido de combate», es decir, la organización de un movimiento contrarrevolucionario que tiene ideología neofascista, estrategia política, potencia social, capacidad financiera de autosustento, iniciativa en las calles y en las redes sociales, relaciones internacionales, fuerte influencia militar y policial y un liderazgo con autoridad mesiánica.

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La táctica de Bolsonaro, en este momento, consiste en ganar tiempo. Apretar los dientes y exhalar. Ocupa los centros de las ciudades, pero no autoriza los disturbios. Fomenta el bloqueo de las carreteras por parte de los camioneros, pero luego les ordena que se retiren. Hace amenazas de golpe, pero lanza una carta de apaciguamiento. Ni la presión por la tutela militar, ni Sergio Moro o Paulo Guedes, ni el acuerdo con el Centrão, ni mucho menos Michel Temer, un cadáver político insepulto, podrán detener a Bolsonaro. Pero, ¿cuál es su estrategia? Garantizar un mejor reposicionamiento para la disputa electoral, y asegurar la reelección? Sí, pero eso no es todo. El gobierno de extrema derecha dirigido por un neofascista no es un gobierno «normal» con una agenda de contrarreformas neoliberales. La estrategia de Bolsonaro es una nueva localización del capitalismo brasileño en el mundo en una alianza estratégica con una fracción del imperialismo estadounidense contra China. El plan de recolonización se basa en la expectativa de que las inversiones extranjeras son la clave para reanudar el crecimiento económico. Pero para ello es necesario imponer una derrota histórica a la clase obrera y al pueblo pobre y oprimido. Un cambio cualitativo en la relación social de fuerzas sólo es posible con la subversión del régimen para poder garantizar la máxima concentración de poder. El proyecto es golpista, bonapartista, contrarrevolucionario. Las formas, los tiempos, los diseños de las iniciativas insurreccionales son tácticos. Pero son imprescindibles.

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La política de la oposición liberal ha cambiado con el giro, por el momento individual, de Doria y Kassab hacia el impeachment. La clase dirigente está dividida. Bolsonaro es cada vez más disfuncional y disruptivo. La fracción burguesa que se ha desplazado a la oposición es muy poderosa y ha tratado de ejercer presión institucional. Pero duda en avanzar hacia el impeachment. La derecha liberal está mucho más preocupada por la posición de las Fuerzas Armadas que por el Centrão. Y hay una inmensa incertidumbre sobre el papel de Mourão. En cualquier caso, ante el nuevo momento de coyuntura, es necesario un cambio de táctica en la izquierda. La táctica de la unidad en la acción se ha vuelto más importante porque un sector de la oposición liberal se ha pasado finalmente a la defensa del impeachment. Es incierto y delicado, pero necesario luchar, en serio, por actos unitarios por el Fora Bolsonaro. Pero debemos preparar la iniciativa respetando los espacios construidos de Frente Único de Izquierda, y la independencia política en defensa de las reivindicaciones de los trabajadores.

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La decisión de los Frentes Brasil Popular y Povo sem Medo y de la Coalizão Negra por direitos de mantener el Día Nacional de Lucha del 7 de septiembre se demostró correcta. No fueron grandes movilizaciones, pero fueron dignas. Y recibieron el abrazo de un cacerolazo nacional esa misma noche. Era correcto porque el peligro de división y, en consecuencia, de desmoralización de partes de la militancia de todos los movimientos y partidos era real. Es necesario conservar la firmeza, la capacidad de cálculo táctico y la lucidez estratégica. Cinco años de derrotas acumuladas han dejado heridas. Hay inestabilidad en nuestras filas. Debería dejarnos perplejos las oscilaciones «bipolares» en la evaluación de la situación, pasando del desánimo a la euforia en días, incluso en los círculos izquierdistas serios. No tiene sentido que durante una semana haya prevalecido una visión apocalíptica de «peligro real e inmediato» de autogolpe y, a posteriori, la conclusión de que el bolsonarismo habría «fracasado». Tenemos prisa, así que nos movemos con responsabilidad. Volveremos a las calles y seremos mayoría, pero es necesario construir movilizaciones a un nivel más alto que en mayo, junio y julio. No será fácil, pero es posible ir más allá. El impacto de las manifestaciones bolsonaristas no debe dividir a la izquierda. Ya hemos visto que la división de posiciones ante la jornada del 7 de septiembre fue un desastre, y las declaraciones inoportunas desmovilizaron. Un cambio de táctica no debería dividir a la izquierda. La fragmentación es un peligro real. El Frente Único fue el mayor paso adelante en 2021. La cuestión central es que la capacidad de la izquierda para poner en marcha su base social de implantación se ha revelado, por el momento, insuficiente para allanar el camino del impeachment. No fue suficiente la tragedia sanitaria, económica, social y política que nos amarga. Seiscientos mil muertos, una desocupación superior a los 14 millones, 20 millones en inseguridad alimentaria, la inflación en el 10%, el peligro de un apagón eléctrico, los incendios en el Pantanal y en la Amazonia, la invasión de tierras indígenas, la reducción del 30% de las matrículas en el Enem, no fueron suficientes. El dilema central de la estrategia de la izquierda es que la táctica quietista de esperar a las elecciones de 2022 es moral, política y estratégicamente equivocada. Bolsonaro no es el enemigo ideal en 2022.

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