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Aficionados esperan la llegada de la selección italiana de fútbol el día después de la victoria del partido final de la Eurocopa, el 12 de julio de 2021 en Roma, Italia. (Foto: Antonio Masiello / Getty Images)

La identidad italiana no le pertenece a la extrema derecha

El nacionalismo xenófobo ha asumido un papel central en la vida política italiana en las últimas décadas. Pero los llamamientos a la izquierda del país para que «rechace la identidad italiana» son un callejón sin salida, y corren el riesgo de distanciarse de sus propias tradiciones populares.

El artículo que sigue es una reseña de Contro l’identità italiana («Contra la identidad italiana») de Christian Raimo (Vele, 2019).

En las últimas décadas, Italia ha sido golpeada por una ola de nacionalismo xenófobo. Con lemas como «¡Los italianos primero!» (según la Lega antiinmigrante de Matteo Salvini) o «¡Defendamos Italia!» (un eslogan de los Fratelli d’Italia posfascistas de Giorgia Meloni), las fuerzas de la derecha populista han conseguido repolitizar la pertenencia nacional. La identidad italiana, que ahora se presenta en términos etnoculturales, se blande hoy contra diversos «enemigos externos», desde la Unión Europea hasta los inmigrantes.

Merece la pena subrayar lo novedoso de este debate en Italia. Aunque en las décadas de posguerra el sentimiento compartido de pertenencia a una comunidad nacional sin dudas hacía parte de la conciencia popular, las referencias a esta identidad eran relativamente marginales a la hora de configurar el conflicto político. La religión y la clase social tuvieron mucha más repercusión: es revelador que estas fueran las identidades en las que se basaron los dos partidos más importantes del país desde 1945 hasta principios de la década de 1990, es decir, la Democracia Cristiana (DC) y el Partido Comunista Italiano (PCI).

Los escritores de la izquierda, a su vez, han tratado de abordar este cambio radical en la vida política del país. El reciente volumen de Francesco Filippi titulado Italians First! (Okay, But Which?) es un ejemplo de esta tendencia, que también se basa en los argumentos expuestos en un libro de 2019 del autor romano Christian Raimo, titulado sorprendentemente «Contra la identidad italiana» (Contro l’identità italiana). Este último destaca por su concisa pero eficaz reconstrucción histórica del resurgimiento del nacionalismo italiano, mostrando cómo la «identidad italiana» actual y el patriotismo derivado de ella no son hechos eternos, sino el resultado de elecciones políticas conscientes. Sin embargo, en su empeño por ofrecer una respuesta de izquierdas a este nacionalismo endurecido, Raimo también se topa con algunos problemas.

Nuevos nacionalistas

El ejemplo más llamativo del resurgimiento del nacionalismo italiano —y en el que más se detiene Raimo— no procede de la extrema derecha, sino de la operación identitaria lanzada a finales de los 90 por el presidente Carlo Azeglio Ciampi. Frente al secesionismo antitaliano promovido entonces por la Liga Norte (que pretendía separar las regiones más ricas del norte del país), el exbanquero central Ciampi contraatacó utilizando una comunicación pública muy cargada de patriotismo constitucional.

Esta poderosa iniciativa institucional tuvo consecuencias paradójicas. El esfuerzo por convertir el mito fundacional de la república de posguerra y su constitución —la resistencia antinazi de 1943-45— en patrimonio común de todos los italianos exigía también que se hiciera sustancialmente apolítico. Así, en la búsqueda de moldear la identidad italiana más aceptable, los valores de la Resistencia se abandonaron apresuradamente.

Irónicamente, los gestos de Ciampi hacia un patriotismo renovado acabaron favoreciendo al partido contra el que sus esfuerzos se habían dirigido originalmente. No solo se suavizó la carga antifascista del legado de la Resistencia, sino que el enfoque de Ciampi sobre la nación italiana preparó el terreno para el identitarismo promovido a partir de 2013 por la nueva Lega de Matteo Salvini, un partido nacionalista totalmente italiano que empezó a restar importancia a su chovinismo específicamente nórdico.

La reconstrucción de esta historia es la mejor parte del libro de Raimo, porque transmite una verdad importante: la identidad nacional no es una característica objetiva, como si estuviera predeterminada o fuera inmutable. Más bien, es una construcción política articulada por diversos sujetos políticos en función de sus propias ideologías y objetivos. Al «deconstruir» la identidad nacional italiana que ha tomado forma en los últimos veinte años, Raimo consigue demostrar lo artificial que es.

Rechazar Italia

Sin embargo, este enfoque «no esencialista» tiende a desaparecer tan pronto como el autor comienza a preguntarse cómo puede responder la izquierda a la ola de nacionalismo dominante. Aquí surge una paradoja: la identidad nacional deja de ser algo que el autor considera contingente, artificial y políticamente construido, para convertirse en algo esencialmente de derechas, un fenómeno naturalmente reaccionario que —se puede suponer de antemano— es invariablemente racista y sexista. La identidad italiana debe ser rechazada por completo; constituye algo ante lo que deberíamos estar «en contra» independientemente de su construcción contingente. Así, Raimo llega a insistir en un rechazo tajante de cualquier tipo de identificación con Italia.

Esta posición goza de cierta simpatía en el entorno intelectual y cultural progresista, que suele tener un hinterland político pro Unión Europea y declaradamente «cosmopolita». Esta misma posición la adopta —quizá de forma más radical— Francesco Filippi en ¡ Italians First! (Okay, But Which?), que ridiculiza la identidad italiana como falsa, ahistórica e impuesta desde arriba: algo con lo que solo los ingenuos podrían identificarse. El problema es que, como posición política declarada, el rechazo entusiasta de nuestra propia italianidad no encuentra apoyo entre las clases populares y los más pobres —incluso los más progresistas—, que a menudo combinan su autoidentidad con la nacional italiana.

La parte más débil del libro radica, pues, en la propuesta política de Raimo (que en cierto modo recuerda a ideas hoy muy extendidas en la izquierda alemana), así como en su dudoso uso de las fuentes. Por ejemplo, cita en apoyo de su argumento una conferencia de Eric Hobsbawm sobre la política de identidad y la izquierda, afirmando que el historiador inglés se oponía firmemente a cualquier tipo de identificación «nacional». Sin embargo, al final de ese mismo artículo, Hobsbawm también había discutido la posibilidad de que la izquierda hiciera uso de la identidad nacional, que diferencia de los otros tipos de identidad contra los que se había posicionado en las páginas anteriores. Raimo parece haberse saltado esta parte del texto…

En última instancia, el error aquí radica en considerar que, dado que la identidad nacional italiana es «artificial», es intrínsecamente reaccionaria. Esto significa olvidar la gran intuición de Benedict Anderson de que analizar este problema en términos de «falsedad» y «autenticidad» es siempre engañoso: todas las identidades (nacionales o no) se construyen socialmente. Lo que importa es el «estilo en que se imaginan».

Nacional-Popular

Se trata, en efecto, de una posición política extraña para un intelectual de izquierdas formado en las tradiciones de la izquierda italiana, el país de Antonio Gramsci, que destacó la importancia del factor nacional-popular en la política. Para Gramsci, una de las tareas revolucionarias fundamentales era precisamente construir una «conexión sentimental entre los intelectuales y el pueblo-nación».

Siempre comprometido con el más alto internacionalismo, Gramsci también era muy consciente de que —como escribe el sociólogo marxista Michael Löwy— ser internacionalista no significa despreciar las tradiciones culturales y las raíces nacionales de las clases populares. Gramsci insistía en que no podía haber una lucha efectiva por la emancipación si se desarrollaba un proyecto político «en oposición a los sentimientos espontáneos de las masas».

Esta fue una lección siempre cercana al corazón del Partido Comunista Italiano (PCI). Como cuenta la veterana comunista Luciana Castellina, fue Jean-Paul Sartre quien dio la mejor explicación del éxito de ese partido, durante una de sus visitas a Italia: «Ahora he comprendido [por qué el PCI es tan fuerte]», dijo, porque «¡el PCI es Italia!». Con esto, Sartre quería decir que el partido no era una vanguardia separada, sino un cuerpo moldeado por las mismas emociones, comportamientos y recuerdos que la masa del pueblo italiano.

En este sentido, el PCI se basaba en una larga tradición de «patriotismo de izquierdas», es decir, no un nacionalismo duro sino una combinación de amor a la patria con la necesidad imperiosa de amistad entre todos los pueblos. 

En el siglo XIX, Giuseppe Garibaldi era un ferviente patriota y al mismo tiempo un sincero internacionalista: fue él quien calificó a la Primera Internacional como el «sol del futuro», una frase que se convirtió en uno de los lemas más famosos del movimiento obrero italiano. Los partisanos comunistas italianos de la Segunda Guerra Mundial —no por casualidad organizados en las «Brigadas Garibaldi» y los «Grupos de Acción Patriótica»— recurrieron ampliamente a la retórica patriótica, acusando a los fascistas de ser «traidores a nuestra patria». Y no se trataba solo de pragmatismo político: las cartas privadas de los condenados a muerte por el fascismo estaban llenas de conmovedoras palabras de sincero amor a Italia.

Ser realista

Pero la respuesta de Raimo al nacionalismo de derechas no solo está en desacuerdo con la tradición comunista italiana: es demasiado simplista y un callejón sin salida. Al rechazar la identidad italiana en bloque, acaba legitimando el discurso de nuestros enemigos (y les allana el camino en su batalla por definir qué es Italia y qué significa ser italiano). Declararse «en contra de la identidad italiana» deja en manos de la derecha la imposición de su propia visión de esta identidad, centrada en temas étnicos y monoculturales. Se trata de una idea excluyente de la italianidad por la que los inmigrantes y las minorías étnicas pagan el precio cada día, ahora que son etiquetados como no-miembros de la comunidad.

En lugar de tomar esta idea de italianidad como un hecho permanente, deberíamos oponernos a ella con un sentido inclusivo y progresista. No es casualidad que esta sea exactamente la estrategia avanzada por la gran mayoría de las fuerzas de izquierda políticamente significativas en los últimos años. El Partido Laborista liderado por Jeremy Corbyn anunció su ambición de «reconstruir Gran Bretaña para los muchos, no para los pocos», en lugar de decir que estaba «contra Gran Bretaña para los muchos, no para los pocos». Cuando Donald Trump acusó a Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Rashida Tlaib y Ayanna Pressley de no ser realmente estadounidenses, no se limitaron a aceptarlo, sino que dieron la vuelta a las afirmaciones de Trump, insistiendo en que Estados Unidos era su país y que estaba enfadado porque no podía concebir una América que las incluyera.

Cuando los derechistas intentaron interrumpir un mitin de Pablo Iglesias coreando «Viva España», Iglesias no respondió denunciando a España o la españolidad. Por el contrario, insistió en la posición que desde hace tiempo tiene su partido de que la derecha no debe quedarse sin dar lecciones sobre lo que significa ser español. Podemos siempre ha insistido en que los verdaderos antipatriotas son los que privatizan y destruyen los servicios públicos de los que dependen los españoles, mientras que los que verdaderamente tienen los intereses de España en el corazón son las mujeres que se manifiestan en el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, y los estudiantes que se movilizan contra el cambio climático. 

Lo que realmente preocupa a la derecha, sostiene Iglesias, es la aparición de una idea inclusiva de la comunidad nacional en la que los inmigrantes pueden identificarse plenamente, independientemente de su lengua o color de piel, y en la que los enemigos de España son los que mueven sus fondos al extranjero para evadir impuestos. La cuestión, como dijo Michael Harrington en un famoso texto, es que «si la izquierda quiere cambiar este país porque lo odia, entonces el pueblo nunca escuchará a la izquierda y el pueblo tendrá razón».

Pero no necesitamos que las grandes mentes de la nueva izquierda actual nos digan que esta es la respuesta más eficaz al nacionalismo xenófobo de la derecha. Porque en la propia Italia, los movimientos de inmigrantes ya lo están haciendo. La Lega Braccianti —una organización de trabajadores agrícolas africanos en Italia— ha entendido la importancia de la tradición nacional-popular mejor que muchos intelectuales progresistas italianos. Cuando el 8 de marzo de este año protestó contra la explotación de las mujeres inmigrantes en las granjas y campos de Italia, lo hizo bajo la bandera nacional y llevando flores de mimosa, la flor típicamente utilizada en Italia en el Día Internacional de la Mujer. Tommy Kuti, cantante afroitaliano, insiste con orgullo en sus canciones con que es a la vez africano e italiano, para atacar a los derechistas racistas que piden que lo «manden de vuelta a casa».

De hecho, esta negativa a aceptar el monopolio de la extrema derecha sobre la italianidad es también lo que hacen la mayoría de los italianos cuando se oponen a la propagación del racismo. Lo vimos hace poco cuando un propietario con traje de Armani insultó a dos jóvenes de color cerca de la estación central de Milán y defendió su racismo diciendo: «Esto es Italia». ¿La respuesta espontánea de quienes se enfrentaron a él? «No, Italia no es esto. Italia es solidaridad».

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Publicado en homeIzq, Italia, Política, Reseña and Sociedad

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