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Detalle de Portrait of Friedrich Nietzsche, de Edvard Munch (1906).

Por qué la derecha ama a Nietzsche (y a Heidegger y Schmitt)

El 25 de agosto de 1900 fallecía Friedrich Nietzsche. Los pensadores de la derecha de hoy miran a Nietzsche y a otros reaccionarios alemanes para fundamentar su política elitista y para luchar contra el proyecto de emancipación universal de las izquierdas.

En su excelente nuevo libro Conservatism: The Fight for a Tradition, Edmund Fawcett hace una pregunta justa: si la izquierda es tan inteligente, ¿cómo es que no estamos al mando? Desde la lacerante caracterización de John Stuart Mill de los conservadores como el partido «estúpido», muchos opositores a la política de derechas se han deleitado en burlarse simplemente de la vulgaridad y los prejuicios dogmáticos de sus enemigos. Pero el tiempo ha demostrado que lo hacemos por nuestra cuenta y riesgo. Lanzar granadas sin entender a nuestros adversarios es una tarea temeraria.

En la derecha política actual, tres pensadores alemanes tardíos ocupan un lugar destacado: Friedrich Nietzsche, Martin Heidegger y Carl Schmitt. Los tres escribieron sus obras más importantes entre 1850 y 1950, una época de ascenso transformador y caída luciferina en Alemania y, a pesar de las grandes diferencias, los tres expresaron un profundo malestar con el igualitarismo y el libertinaje de la modernidad.

Para los defensores incondicionales de la jerarquía capitalista como Jordan Peterson, los antiliberales como Adrian Vermeule y, por supuesto, la alt-right, Nietzsche, Heidegger y Schmitt proporcionan la armadura intelectual para dar batalla a la izquierda. Irónicamente, el trío reaccionario también ha tenido su cuota de admiradores e intérpretes de izquierda, lo que hace que el examen y la crítica de su trabajo sean aún más importantes para los izquierdistas de hoy.

Nihilismo y jerarquía en Nietzsche

Toda elevación del tipo «hombre» ha sido hasta ahora la obra de una sociedad aristocrática y así será siempre —una sociedad que cree en una larga escala de gradaciones de rango y diferencias de valor entre los seres humanos, y que requiere la esclavitud de una u otra forma. Sin el patetismo de la distancia, que surge de la diferencia encarnada de clases, de la constante mirada hacia afuera y hacia abajo de la casta gobernante sobre los subordinados e instrumentos, y de su práctica igualmente constante de obedecer y mandar, de mantener abajo y a distancia, ese otro patetismo más misterioso nunca podría haber surgido, el anhelo de un ensanchamiento siempre nuevo de la distancia dentro del alma misma, la formación de estados siempre más elevados, más raros, más lejanos, más extendidos, más amplios, en definitiva, solo la elevación del tipo «hombre», la continua «autosuperación del hombre», por utilizar una fórmula moral en sentido supermoral. (Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal)

Nietzsche es, de lejos, el más influyente de los tres, tanto por el poderoso efecto que sus ideas tuvieron en Heidegger y Schmitt, como por su inmenso impacto en la cultura en su conjunto. También es una rareza entre los filósofos alemanes: leerlo es un placer. Nietzsche tenía un auténtico sentido del humor y nada le gustaba más que soltar frases contraintuitivas.

A lo largo de los años, muchos pensadores y movimientos ostensiblemente de izquierdas —desde artistas contraculturales hasta postestructuralistas y feministas como Michel Foucault y Judith Butler— se han inspirado también en Nietzsche. Esto probablemente habría sorprendido al Anticristo, que profetizó el fin de la «moral de esclavos» igualitaria del cristianismo (junto con su progenie, el liberalismo y el socialismo) y el surgimiento de los superhombres nobles y aristocráticos en su lugar. Como dice Malcolm Bull en Anti-Nietzsche, «la igualdad no tiene un crítico más feroz que Nietzsche, cuya “visión fundamental con respecto a la genealogía de la moral” es que la desigualdad social es la fuente de nuestros conceptos de valor, y la condición necesaria del valor mismo».

En el centro de la perspectiva de Nietzsche está la preocupación por el problema del nihilismo. En su opinión, el nihilismo era la consecuencia inevitable de la caída de las honorables y feroces aristocracias de antaño y su sustitución por el cristianismo, que se presentaba como una religión de compasión y piedad por los débiles, los pobres y los humildes. Lejos de estar basado en el amor, argumentaba Nietzsche, el cristianismo era una especie de platonismo para el pueblo, que daba voz a su resentida creencia de que el mundo real estaba tan lleno de maldad y sufrimiento que sólo podía justificarse si existía un mundo eterno por encima y por debajo.

En este mundo eterno, el sufrimiento infligido por los aristócratas, los ricos y los violentos se cebaría con los que habían sido poderosos y arrogantes en su vida mortal. No es casualidad que en La genealogía de la moral Nietzsche preste gran atención al comentario de Tertuliano de que una de las grandes alegrías en el cielo será presenciar el sufrimiento de los condenados en el infierno. Al no poder lograr la venganza en esta vida, los débiles podrán disfrutarla eternamente en la siguiente.

Algunos izquierdistas han visto con buenos ojos la animadversión anticristiana de Nietzsche, considerándola un arma emancipadora contra el moralismo opresivo. Pero Nietzsche tenía algo muy diferente en mente. Consideraba que el deseo de emancipación e igualdad era simplemente la continuación del proyecto teológico cristiano bajo un nuevo disfraz secularizado.

Desde la Revolución Francesa —la «continuación del cristianismo», como dijo Nietzsche en sus notas para La voluntad de poder— el impulso nivelador de la moral de los esclavos estaba más universalizado que nunca, trayendo consigo la decadencia de las instituciones y los individuos nobles que eran los únicos que podían proporcionar un sentido en un mundo nihilista post-Dios. Esto era cierto para el liberalismo y especialmente para el socialismo, que sostenía que los débiles, los enfermos y los indignos debían unirse y apoderarse del mundo para acabar con la explotación y el dominio. Para estas doctrinas, Nietzsche no tenía más que desprecio:

¿A quién detesto con más intensidad entre la chusma de hoy? A la chusma de los socialistas, a los apóstoles de la Chandala, que socavan los instintos del trabajador, su placer, su sentimiento de satisfacción con su insignificante existencia, que le hacen sentir envidia y le enseñan a vengarse… El mal nunca radica en la desigualdad de derechos; radica en la afirmación de la «igualdad» de derechos… ¿Qué es lo malo? Pero ya he respondido: todo lo que procede de la debilidad, de la envidia, de la venganza. El anarquista y el cristiano tienen la misma ascendencia…

Solo un sistema desigual, argumentaba Nietzsche, podía producir almas verdaderamente creativas con valores que afirmaran la vida. Estos valores no podían ser juzgados moralmente en un mundo nihilista, sino solo según la única métrica que quedaba tras la muerte de Dios: la estética. Para Nietzsche, el hombre de alma grande utilizará inevitablemente a los demás como su arcilla en proyectos tremendos y a menudo terroríficamente violentos, indiferente —si no directamente hostil— a las masas, en su mayoría despreciables, cuyo valor primordial es ser utilizado por el superhombre venidero. Las masas inferiores, decía Nietzsche, deberían simplemente aceptar su explotación por parte de sus superiores.

Schmitt y Heidegger sobre la modernidad

Sería demasiado llamar a Nietzsche un protonazi. Aunque ha influido profundamente en los movimientos fascistas y de extrema derecha, el desdén de Nietzsche por el nacionalismo, el antisemitismo y el individualismo estridente se resisten a la caricatura de él como pensador nazi (algo sugerido, entre otros, por su propia hermana).

No se puede decir lo mismo de Schmitt y Heidegger. Ambos fueron miembros activos del partido nazi y ambos desempeñaron un papel importante en su legitimación. Irónicamente, a pesar de las acusaciones de figuras como Jordan Peterson de que cualquier defensa de Marx o del marxismo es prácticamente una apología de la masacre, los compromisos políticos de Schmitt y Heidegger no han impedido que influyan en la derecha contemporánea.

Martin Heidegger. (Wikimedia Commons)

En el centro de la política reaccionaria de Schmitt y Heidegger está la crítica a la modernidad. Esta adopta diversas formas: escepticismo del humanismo, ansiedad por el lugar privilegiado que ocupa el individualismo relativista en la moral moderna, alarma por el auge de las clases parlanchinas y la «palabrería» en la democracia representativa liberal y, sobre todo, desprecio por la disminución del compromiso con las luchas existenciales que generan autenticidad y sentido.

Al igual que Nietzsche, Schmitt y Heidegger están comprometidos con la idea de que superar las limitaciones de la modernidad significa suplantar las dos grandes doctrinas modernistas del liberalismo y el socialismo con un nuevo tipo de política nacionalista total dirigida por la figura del líder o, más vagamente, la «misión espiritual del pueblo alemán».

Ninguno de los dos tenía mucho que decir sobre el liberalismo o el socialismo. Para Heidegger, escribiendo en la Introducción a la Metafísica, ambos eran «metafísicamente lo mismo» en su materialismo y preocupación igualitaria por el bienestar humano. Si lo reducimos, los llamados «grandes debates» entre liberales y socialistas eran, en última instancia, disputas técnicas sobre cómo construir y distribuir mejores frigoríficos.

Carl Schmitt. (Wikimedia Commons)

Schmitt, aunque más matizado, habría estado en gran medida de acuerdo con Heidegger. Para Schmitt, la lucha política era y debía ser el núcleo de la vida humana, ya que proporciona un sentido grandioso y homogeneizador a los grupos de personas. La política nos une construyendo una visión en última instancia teológica de cómo debería ser el mundo y contrastándola con los enemigos políticos de uno. Fue en parte a través de la lucha —frecuentemente violenta— contra los adversarios políticos como se forjó una identidad compartida.

Según Schmitt, el gran error del liberalismo fue suponer que la política podía ser superada a través de la conversación en las instituciones representativas, lo que lo convertía en hipócrita y débil. El socialismo marxista era un poco mejor, ya que destacaba la importancia histórica de la lucha de clases como motor de sentido. Pero, a la larga, los socialistas también querían el fin de la lucha política por el sentido, que sería trascendido —junto con la alienación— en la democracia económica venidera.

Schmitt ridiculizó esta vida como un hedonismo administrado y burocrático en el que los funcionarios del Estado asumirían el papel de cuidadores y sofocarían los impulsos más grandes y a menudo violentos de la humanidad.

Reaccionarios, liberales y socialistas

El análisis de los escritos de los reaccionarios alemanes, que se encuentran entre los argumentos más profundos e inquietantes de la política de derechas, tiene un propósito que va más allá de la crítica. También puede ayudar a agudizar nuestra comprensión de la política de izquierdas.

Recientemente he argumentado que el liberalismo y el socialismo tienen importantes afinidades intelectuales, aunque representen tradiciones políticas distintas. Ambos consideran a los seres humanos como iguales moralmente y, en tanto opositores a las jerarquías tradicionales, abogan por la mayor libertad posible. El liberalismo palidece ante la búsqueda exhaustiva de la democracia no solo política sino también económica.

Pero ambas doctrinas contrastan con las opiniones reaccionarias de Nietzsche, Heidegger y Schmitt. A pesar de sus diferencias, el trío estaba unido al sostener que el proyecto modernista es un peligro fundamental precisamente porque permite demasiada igualdad y libertad. La existencia solo puede tener sentido con la presencia de la jerarquía, ya sea entre los individuos (Nietzsche) o con el marchitamiento de las democracias liberales nihilistas frente a las políticas unificadas y nacionalistas de mayor sintonía espiritual (Heidegger y Schmitt). Esto solo podría lograrse eliminando a los enemigos disidentes de dentro y de fuera, junto con una subordinación uniforme a la «misión espiritual» que los intelectuales reaccionarios establecieron.

Hemos visto las horribles consecuencias de este proyecto a lo largo del siglo XX, que casi enterró con ellos la reputación de Nietzsche, Heidegger y Schmitt. Pero el triunvirato florece siempre porque siempre atraerá a quienes ven el impulso de más democracia como un peligro al que hay que enfrentarse y derrotar. Enfrentarse a sus ideas y a su atractivo es vital para contrarrestar sus esfuerzos y hacer avanzar el proyecto humanista de asegurar la igualdad y la libertad para todos.

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