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Fidel Castro sostiene un periódico con el titular de un complot para matarlo en 1959. (Bettmann vía Getty)

Las múltiples caras del cambio de régimen en Cuba

Los cubanos se enfrentan a un sinfín de problemas en medio de una emergencia sanitaria nacional, y la administración de Biden no hace más que añadir sanciones punitivas con la intención de empeorar todo.

Después de meses de indiferencia a las condiciones en Cuba, la administración Biden reaccionó con rapidez intencionada para apoyar las protestas callejeras en la isla. “Estamos con el pueblo cubano”, dijo el presidente Biden.

“La administración Biden-Harris está al lado del pueblo cubano”, siguió el secretario de Estado Antony Blinken. El presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Robert Menéndez, también se sumó para subrayar “la necesidad de que Estados Unidos siga estando al lado del pueblo cubano.”

Durante más de ciento veinte años, Estados Unidos ha “estado con el pueblo cubano”, o quizás, más correctamente, ha estado por encima del pueblo cubano. Cuba parece estar siempre en el extremo opuesto de la historia estadounidense. Estar con el pueblo cubano ha significado una intervención armada, una ocupación militar, un cambio de régimen y una intromisión política, todos acontecimientos normales en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en los sesenta años anteriores al triunfo de la revolución cubana. En los sesenta años posteriores a la revolución, estar con el pueblo cubano ha significado aislamiento diplomático, invasión armada, operaciones encubiertas y sanciones económicas.

Es la política de sanciones económicas -el embargo-, designada oficialmente como un “programa de negación económica”, la que desmiente las afirmaciones de EE.UU. sobre su interés benéfico por el pueblo cubano. Las sanciones se convirtieron pronto en un protocolo de política en toda regla en pos del cambio de régimen, diseñado para privar a los cubanos de los bienes y servicios necesarios, para inducir la escasez y fomentar la carestía, para infligir penurias y profundizar la adversidad.

No se debe suponer que el pueblo cubano haya sido el “daño colateral” involuntario del embargo. Al contrario, el pueblo cubano ha sido el objetivo. Las sanciones fueron diseñadas desde el principio para producir estragos económicos como forma de fomentar el descontento popular, para politizar el hambre con la esperanza de que, impulsado por la desesperación y motivado por la necesidad, el pueblo cubano se levantara para derrocar al gobierno.

La desclasificación de los archivos del gobierno permite comprender el cálculo de las sanciones como medio para el cambio de régimen. El “programa de negación económica” estaba planeado para “debilitar [al gobierno cubano] económicamente”, explicaba un documento informativo del Departamento de Estado, para “promover la disensión interna; erosionar su apoyo político interno… [y] tratar de crear condiciones propicias para una rebelión incipiente”. Las sanciones prometían crear “las condiciones previas necesarias para un levantamiento nacionalista dentro de Cuba”, predijo la Oficina de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado, para luego producir la caída del gobierno cubano “como resultado de tensiones internas y en respuesta a fuerzas en gran medida, si no totalmente, no atribuibles a Estados Unidos”.

El “único medio previsible de alienar el apoyo interno”, ofreció el Departamento de Estado, “es a través del desencanto y la desafección basados en la insatisfacción y las dificultades económicas. . . . Deben emprenderse rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba. . . [negar] dinero y suministros a Cuba, disminuir los salarios monetarios y reales, provocar el hambre, la desesperación y el derrocamiento del gobierno”.

El embargo se ha mantenido durante más de sesenta años. A veces ampliado, otras veces contraído. Pero nunca se ha levantado. El grado de implicación de las sanciones de Estados Unidos en las actuales manifestaciones de protesta en Cuba es una cuestión de debate, por supuesto. Pero no se puede negar que el embargo ha contribuido -en mayor o menor medida- a la penuria en Cuba; esa ha sido su intención. Y ahora esa penuria ha producido protestas y manifestaciones populares. Eso también está en el “manual” del embargo.

Pero el embargo ha tenido un impacto mucho más insidioso en la cultura política de Cuba. El gobierno cubano no ignora los resultados políticos deseados por Estados Unidos con las sanciones. Comprende bien su alcance subversivo y su impulso intervencionista, y ha respondido en consecuencia, aunque no siempre de forma coherente.

Una política estadounidense tan abiertamente hostil, que se ha mantenido y reafirmado periódicamente durante tanto tiempo, diseñada a propósito para sembrar el caos, ha servido de hecho a las autoridades cubanas, proporcionando un objetivo fácilmente disponible al que se puede culpar de la mala gestión económica y la mala asignación de los recursos en el país. El embargo proporciona un refugio para la desvergüenza y la inmunidad a la rendición de cuentas. La tendencia a atribuir las consecuencias de las políticas mal concebidas al embargo se ha convertido en una narrativa maestra permanente del gobierno cubano.

Pero aún es más complicado. No son pocos los que, dentro del gobierno cubano, miran con cautela las protestas populares, considerándolas una consecuencia de la política estadounidense y de sus resultados previstos. No es una pequeña ironía, de hecho, que el embargo haya servido tan a menudo para comprometer la “autenticidad” de la protesta popular, para asegurar que las protestas se vean como actos al servicio del cambio de régimen y se describan como una amenaza para la seguridad nacional.

El grado en que la intención política del embargo se imputa a la protesta popular sirve a menudo para impulsar la narrativa oficial. Es decir, las protestas se describen menos como una expresión de descontento interno que como un acto de subversión estadounidense, lo que desacredita instantáneamente la legitimidad de la protesta y la credibilidad de los manifestantes. El embargo sirve para sumergir la política cubana a todos los niveles en un mundo kafkiano, donde la autenticidad de los actores nacionales es cuestionada y transformada en la duplicidad de los agentes extranjeros. En Cuba, advierte el adagio popular, nada es lo que parece.

Pocos discuten la validez de los agravios cubanos. Un pueblo muy sufrido, a menudo sometido a políticas caprichosas y prácticas arbitrarias, una oficialidad que a menudo parece ajena e insensible a las necesidades de una población que se enfrenta a dificultades cada vez mayores. Escasez de alimentos. Falta de medicamentos. Escasez de productos básicos. Aumento de los precios. Aumento de las desigualdades sociales. Profundización de las disparidades raciales.

Las dificultades se han acumulado, agravándose continuamente a lo largo de muchos años, para las que hay pocos remedios disponibles. Una economía que se reorganizó a finales de la década de 1990 y principios de la de 2000 en torno a los ingresos por turismo se ha derrumbado como consecuencia de la pandemia. Una pérdida de divisas con implicaciones ominosas para un país que importa el 70% de sus suministros alimentarios.

La administración Trump revivió los elementos más punitivos de las sanciones estadounidenses, limitando las remesas familiares a 1.000 dólares por trimestre y por persona, prohibiendo las remesas a familiares de funcionarios del gobierno y miembros del Partido Comunista, y prohibiendo las remesas en forma de donaciones a los ciudadanos cubanos. La administración Trump prohibió el procesamiento de remesas a través de cualquier entidad en una “lista restringida de Cuba”, una acción que resultó en el cese de las operaciones de Western Union en Cuba en noviembre de 2020.

Y como último gesto rencoroso y gratuito, la administración saliente de Trump volvió a incluir a Cuba en la lista de estados patrocinadores del terrorismo. En el preciso momento en que el pueblo cubano se tambalea por la mayor escasez, el aumento del racionamiento y la disminución de los servicios, Estados Unidos impone una nueva serie de sanciones. Es imposible reaccionar de otra manera que no sea con una total incredulidad ante el comentario del portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, de que las necesidades humanitarias cubanas “son profundas debido a nada que haya hecho Estados Unidos”.

Los cubanos se enfrentan a la vez a una economía que se hunde, a la disminución de las remesas, a la restricción de las oportunidades de emigración, a la inflación, a la escasez de alimentos, a la escasez de medicamentos, todo ello en un momento de emergencia sanitaria nacional, y con Estados Unidos aplicando sanciones punitivas con la intención de empeorar todo. Por supuesto, el pueblo cubano tiene derecho a la protesta pacífica. Por supuesto, el gobierno cubano debe atender los reclamos de los cubanos.

Por supuesto, Estados Unidos debe poner fin a su mortífera y destructiva política de subversión.

 

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