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Ilustración: Lorena Ruiz

«El horizonte es la superación del modelo extractivista»

Pese a los avances en materia de redistribución de la renta, la base productiva sobre la que los gobiernos progresistas han asentado sus políticas coarta la posibilidad de avanzar en transformaciones de raíz.

 


El texto que sigue es un fragmento de «Extractivismo y soberanía en América Latina», del #3 de Jacobin América Latina (lee el artículo completo aquí).


Por Thea Riofrancos

Quizás uno de los puntos del balance crítico del ciclo progresista sobre el que más consenso existe sea su contradicción entre el impulso de políticas que apuntan a la recuperación de la soberanía y el modelo económico centrado en el extractivismo y la exportación de materias primas que les subyace.

Pese a los avances en materia de redistribución de la renta, la base productiva sobre la que los gobiernos progresistas han asentado sus políticas coarta la posibilidad de avanzar en transformaciones de raíz. Sobre estos y otros temas conversamos con Sabrina Fernandes, Eduardo Gudynas, Michael Löwy y René Ramírez Gallegos.

René Ramírez Gallegos es economista y se especializa en políticas públicas, desigualdad y pobreza. Fue Secretario de Educación, Ciencia y Tecnología durante el gobierno de Rafael Correa en Ecuador.

 

TR

Los gobiernos progresistas de las últimas décadas han hecho algunos importantes avances en materia de «políticas soberanistas»: de la banca, del gasto público, de la política externa, etc. Sin embargo, en materia socioambiental han sido cuestionados desde variados ángulos. Tal vez el asunto más espinoso es qué tipo de soberanía han podido —o pretendido— promover con un modelo económico centrado en la extracción y exportación de materias primas, es decir, en una base productiva que, como se ha señalado, conduce más a la profundización de la dependencia que a una ampliación de la soberanía. ¿Cuál es su lectura del tipo de desarrollo emprendido durante el llamado «ciclo progresista»?

 

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Hace mucho he planteado que el mundo no necesita «alternativas de desarrollo» sino «alternativas al desarrollo». En el caso del Ecuador, esta alternativa es el Buen Vivir, que quedó confirmado en la nueva Constitución de 2008 y fue refrendado por el voto popular. El horizonte es diáfano, y trasciende a un modelo económico.

Para que quede claro mi postura: considero que la superación del modelo extractivista y, con ello, de la acumulación como tal, siempre ha sido el horizonte. Lo fundamental es no perder la noción de temporalidad: primero, porque es un debate que no puede dejar de lado la subjetividad; segundo, porque hay reformas del presente y reformas transicionales que apuntan al cambio cuantitativo (como la satisfacción de las necesidades) y al salto cualitativo (como la trasformación hacia la sociedad del Buen Vivir). 

Bajo esta perspectiva, es necesario señalar que «otra acumulación» (la cual incluye incluso la no acumulación como horizonte) implica y requiere que exista mucha acumulación el día de hoy (obviamente, con fines ecosociales). Esto no es algo que le guste oír a cierta izquierda. Vivimos dentro del capitalismo y si bien el horizonte es superarlo, lo importante es pensar la gran transición para esa gran transformación. No pensar el puente temporal es escribir ciencia ficción, cuando lo que requerimos son transformaciones estructurales. 

Si analizamos la historia desde la perspectiva de los estudios clásicos del desarrollo capitalista podemos ver que existen seis tipos de países que han logrado la acumulación suficiente para tener mayor «soberanía» económica: a) países colonizadores o que generaron acumulación a través de la fuerza; b) «países tapón», que estuvieron en el lugar preciso en el momento preciso de la historia (como por ejemplo los tigres asiáticos durante la Guerra Fría); c) «países continente», que dada su escala pueden generar propuestas de desarrollo endógeno con mucha más autonomía por no depender del contexto global; e) países dictatoriales, que produjeron su acumulación con estrategias de largo plazo dado que prescindieron de la democracia, basando la misma en procesos de explotación laboral; y f), países que transitaron hacia producción de bienes tecnológicos basados en una acumulación ligada a los recursos naturales.

Las características mencionadas no son excluyentes sino que –incluso– se pueden complementar en cada caso particular. Así por ejemplo, Corea del Sur, si bien estaría en el grupo B, para construir su acumulación también se apoyó en la explotación laboral producto de la eliminación de la democracia.

¿Qué opciones tenían los gobiernos progresistas en los primeros lustros del siglo XXI? Para los gobiernos denominados progresistas de la «primera ola», tener estrategias coloniales, dictatoriales o jugar a ser países tapón eran cosas fuera de sus opciones políticas. Con excepción de Brasil y Argentina, la escala del mercado no alcanza para buscar desarrollos endógenos autosuficientes (aquí no incluyo el caso de México, porque este país inaugura la segunda ola). Lo que propusieron los gobiernos progresistas fue disputar al capital defendiendo la justicia social y los derechos de los trabajadores. 

En todos hubo una fundamental (re)distribución de la riqueza, un drástico incremento de la participación de los trabajadores en la distribución primaria del ingreso y una democratización de derechos sociales. Es decir, decidieron no basar su acumulación en la explotación laboral. La implementación de la justicia social a través de la (re)distribución de la riqueza y la democratización de derechos amplía el concepto de la acumulación más allá de los términos del capital, lo cual es sin dudas un primer e indispensable paso para transitar hacia la transformaciones de fondo. 

Ahora bien, la opción de transformación social debe ser sostenible en el tiempo. Porque acumular para el beneficio social a gran escala toma décadas, pero dilapidar la acumulación para beneficio de pocos (ganancias de capital) es muy fácil, como lo pusieron en evidencia los gobiernos neoliberales de Bolsonaro, Macri o Moreno. 

La opción que tenían los gobiernos progresistas, entonces, eran los recursos naturales. Aquí hay que preguntarse al menos dos cosas: ¿la acumulación que obtuvieron de la explotación de recursos naturales sirvió para la redistribución de ingresos y democratización de derechos? Claramente, sí. Según la CEPAL, en los gobiernos progresistas hubo una clara reducción de la pobreza, la desigualdad y la cobertura de derechos sociales. Segundo interrogante: ¿los recursos que obtuvieron se destinaron para un cambio en la matriz productiva (modo de producción)? Desde mi punto de vista, no lo suficiente. Incluso hubo ciertos países en los que ni siquiera se discutió esta necesidad de cambio.

Suelo decir que el problema de la región no es ser solo primario-exportadora, sino sobre todo ser «secundario-importadora» de tecnología industrial y «terciario-importadora» de conocimiento. Más aún en un mundo que cada vez enfatiza más el valor de cambio en la producción de bienes inmateriales dentro del mercado mundial. Y es que aquí se produce un extractivismo al que todos debemos prestar mayor atención. Me refiero al extractivismo infocognitivo, que genera una dependencia de la mentefactura.

Aquí por ejemplo era necesario atacar drásticamente el rentismo parasitario del sector importador y financiero e invertir más agresivamente en talento humano, en ciencia, tecnología e innovación. Si bien creo que faltó agresividad en este segundo componente, también creo que cualquier país que se ha desarrollado a nivel mundial ha necesitado para ello mayor tiempo del que tuvieron los gobiernos progresistas en la primera ola. 

Sin embargo, también considero que faltó creatividad y/o voluntad política para buscar alternativas que den cuenta de la transición hacia otro patrón de especialización. Claramente, en una segunda ola se debe hacer un pacto territorial para la transición en el cual no se exploten los recursos naturales en territorios megadiversos, sensibles en términos ecológicos y/o donde habitan pueblos originarios. Esto ya sería un cambio cualitativo de fondo, porque implicaría un trastocamiento en la subjetividad del valor de la no acumulación. 

Así, por ejemplo, contrariamente a la perspectiva de acumulación del capital, en su esencia, la iniciativa Yasuní ITT justamente propone valorar la «no acumulación», al dejar intacto el patrimonio natural como está, sin explotar el petróleo bajo tierra. En esta otra lógica, el mayor valor de la iniciativa se conseguirá cuando el país y el mundo reconozcan el valor de no hacer nada (dejar intocado el parque o los parques naturales); porque esto implicará reconocer el significado de un bien mundial, público y común, así como el valor de la naturaleza, el valor de una acción colectiva global, el valor que tiene también la «no acumulación» y, también, el valor que tuvo y tiene la vida (la Pachamama) ayer, hoy y mañana. En el caso del Ecuador, sería un suicidio ecológico y político ampliar la frontera petrolera, por ejemplo, en el Yasuní ITT, que es uno de los territorios más megadiversos del mundo.  

 

TR

Más allá de la coyuntura política, todas las economías latinoamericanas siguen compartiendo ciertas características centrales: los sectores económicos predominantes se basan en la extracción de recursos, la agricultura de monocultivo y la manufactura de bajos salarios; en términos de empleo, la región está marcada por un gran sector informal, así como por la práctica arraigada de precarización y tercerización, lo que resulta en una clase obrera que trabaja en la precariedad extrema sin una red de seguridad social; y en cuanto a su inserción en el sistema mundial, la región se encuentra en un lugar de dependencia caracterizado por las exportaciones de bajo valor agregado, la plena integración a los mercados globales y altos niveles de deuda soberana. ¿Qué ha revelado la pandemia y la crisis económica respecto al modelo de acumulación de la región? ¿Qué enfoque debe orientar la recuperación latinoamericana y a qué escala debe concebirse e implementarse?

 

RRG

Como señalé, el problema del modelo de la región es no solo que es primario exportador, sino también secundario y terciario importador de tecnología y conocimiento, lo cual conduce a un mal desarrollo. No obstante, la discusión no pasa solo por aquí. Creo que el debate que plantea la pandemia es de orden estructural. Esto implica, desde la base, discutir las categorías de análisis conceptual y con ello las opciones metodológicas con las que se cuenta para cambiar la intervención social y política.

Con las mismas herramientas no avanzamos a ningún lado. Sabemos claramente que dependiendo cómo se diagnostica una realidad social se interviene o no. Por ejemplo, en ninguna de las categorías señaladas en la pregunta está aquello, que de acuerdo a las investigaciones recientes, más aporta a la economía: el trabajo doméstico (el cual económica y socialmente no es valorado en la economía). En Ecuador, esta actividad económica representa más que las exportaciones petroleras. No obstante, el análisis no pasa por monetizar la economía del cuidado en el marco de lo que representa el Producto Interno Bruto. El alcance del cambio debe ser mayor. Debemos romper con el análisis en donde la fuente de valor sea medida a través del precio y la unidad de análisis sea el dinero. 

He propuesto en algunos de mis textos que el centro del valor debe ser la vida (buena) y que la unidad de análisis debe ser el tiempo (como proxy de la misma porque «a quien entregas tu tiempo, entregas tu vida» y «quien se queda con tu tiempo, se queda con tu vida»). Lo que señalo, en términos abstractos, es que se necesita una nueva teoría del valor para buscar intervenciones políticas y sociales acordes a dichos nuevos marcos de análisis. 

Si ponemos en el centro del debate estas categorías y cambiamos el «chip cognitivo» –porque así lo requiere el momento histórico– nos damos cuenta que la pandemia deja lecciones que requieren cambios epistémicos y culturales. Y si bien los marcos conceptuales y metodológicos de la academia parecen distantes para entender los problemas que devela la pandemia, el conocimiento y las luchas de los movimientos sociales advierten sobre la ruta que se debe seguir. 

La pandemia del COVID-19 exige un cambio radical en los sistemas alimentarios de carácter agroindustrial, única manera de reducir o eliminar la posibilidad de nuevas zoonosis. Tal denuncia ha sido advertida hace mucho por los movimientos ecologistas. Asimismo, la importancia del rol de las mujeres en la reproducción de la vida ha sido parte de las luchas de los movimientos feministas. Más aún: todo el modelo de relación entre los seres humanos y la naturaleza debe transformarse, porque es el imperativo de la acumulación el que ha conducido a la depredación del entorno y los desequilibrios ecológicos que permiten la pandemia actual.

El coronavirus manda diáfanamente un mensaje al mundo: lo que tiene mayor importancia es la vida. A su vez, la principal fuente de energía para garantizar la vida es el alimento, y quienes lo garantizan son los agricultores y los campesinos. Todo puede parar, menos las fuentes de energía para la vida. Finalmente, la principal institución que permite garantizar la reproducción de la vida resulta ser la economía del cuidado (que incluye el cuidado a la naturaleza) siendo las mujeres las que siempre han tenido la voz cantante en esta esfera. ¡Qué irónico, todo lo nombrado es justo lo que el capitalismo menos aprecia en su escala de valores!

En síntesis, y ligado con la respuesta anterior: si bien la región tiene que consolidar un Estado de bienestar que ponga por delante lo público/común frente a lo privado/mercantil, el conseguirlo no lleva automáticamente a superar los problemas que plantea la pandemia. Las categorías de la pregunta permitirían inferir que dejar de ser «periferia» y conseguir ser parte del «centro» es la solución de los países de la región. Esto es falso. De hecho, Europa, siendo el continente con mayores niveles de bienestar del mundo, no ha escapado a los impactos de la pandemia. Lo que está en juego, entonces, es construir alternativas al desarrollo, porque el desarrollo tal cual lo conocemos nos conducirá a profundizar la crisis sanitaria, volviendo este tipo de amenazas cada vez más frecuentes en el mundo. 

 

TR

Más allá del momento de la recuperación, ¿cuál es el horizonte político de la izquierda? Si entendemos la pandemia del COVID-19 como la primera gran crisis ecológica a escala mundial, ¿será que llegó la hora de un paradigma que aborde de manera más explícita los problemas —entrelazados— de la extracción de recursos, el daño ecológico y el cambio climático? En otras palabras, ¿es hora de avanzar del «socialismo del siglo XXI» hacia la discusión sobre el ecosocialismo, sobre un nuevo pacto ecosocial, una economía democrática verde o alguna otra formulación? ¿Cómo definen su visión de una alternativa radical al modelo económico imperante, y cómo creen que se podrían articular las conexiones fundamentales entre la economía y la naturaleza?

 

RRG

Podría sostener que hoy en día en la región los paradigmas no nacen de grandes think tanks como en el siglo XX. Nacen de luchas históricas, de procesos democráticos, de resistencias creativas. Quedaron atrás en términos epistémicos aquellas construcciones top down. Bajo esta nueva perspectiva, se necesitan marcos de análisis que acompañen y brinden herramientas para dar las grandes disputas civilizatorias.

En Ecuador surgió del intelecto social colectivo –en un movimiento constituyente en 2007 y 2008– el pacto social que se denominó del Buen Vivir o Sumak Kawsay. Desde mi perspectiva, esta propuesta va más allá del denominado «socialismo del siglo XXI» e incluso del ecosocialismo, porque es una propuesta nacida desde un amplio proceso constituyente. 

Claramente, esta es una propuesta de cambio social epistémico. Es una alternativa social al desarrollo. No surgió de ninguna cabeza, de ningún think tank. Hunde sus raíces en un frente social antineoliberal que fue canalizado en un proceso constituyente, el cual se nutrió de los saberes ancestrales de pueblos originarios, del feminismo, de la economía social y solidaria, del ecologismo, de las luchas de los estudiantes, de las clases medias, de los pobres, entre otras. Este marco analítico plantea que el concepto del buen vivir o vivir bien debe ser leído desde lo que consagra el pacto de convivencia firmado por los ecuatorianos en la Constitución del 2008. Algo similar sucedió en Bolivia, en tanto hubo un proceso constituyente con paradigmas alternativos. 

Uno de los componentes constitutivos de la filosofía social de la vida buena en el Ecuador es la recuperación de la mirada y el sentido del «otro» en el marco del florecimiento individual. Así, en la disputa por recuperar la mirada de «la otra» y «el otro», se rompe con el logos antropocéntrico y se coloca a la naturaleza como sujeto de derechos. Bajo esta perspectiva, la otra también implica una relación armoniosa con la naturaleza. Esto conlleva la inclusión de los ciudadanxs del futuro, los otros y las otras que serán parte de la comunidad política el día de mañana, en términos de justicia intertemporal. 

A su vez, no es fortuito que en sus artículos se coloque en el centro del debate, más allá de la democracia representativa, la necesidad de construir una democracia deliberativa, participativa y comunitaria. Se rompe con la mirada exclusiva de la poliarquía individualista democrática. Tampoco es azaroso que frente a la economía de mercado se reconozca la pluralidad de economías en donde el centro sea la construcción de la economía social y solidaria que existe en virtud de que el «otro» y la «otra» viven (y socialmente nos cuidamos). 

El mandato de construir un Estado Plurinacional e Intercultural frente al monolítico Estado colonial, en donde se reconozca la pluridiversidad de nacionalidades y pueblos que conforman al territorio ecuatoriano es parte de recuperar al otro/a invisibilizado, silenciado. La otra también es la mujer en la sociedad del buen vivir, en donde se asume el reconocimiento de pluralidad de identidades y se reconoce –entre otros aspectos– el trabajo que implica el cuidado de «los otros», realizado principalmente por ellas.

De la misma forma, frente al mundo xenófobo, la Constitución de la República reivindica el derecho a la movilidad humana y la ciudadanía universal en donde todos «los otros» del mundo estemos incluidos y con derechos. Lo señalado forma parte de una serie de propuestas hechas en el marco de procesos democráticos constituyentes. Son propuestas que, articuladas y en escala global, podrían ayudar a edificar salidas a la crisis de civilización que vive el mundo. 

Así, el tiempo para la vida buena es el tiempo que viabiliza la generación y disfrute de bienes relacionales, lo cual significa menos crecimiento material y al mismo tiempo mayor calidad de vida. Un mundo ecológicamente sostenible no vendrá necesariamente del lado de la oferta (tecnologías ecoamigables), sino de un cambio en la valoración del sentido de la vida, que no es otro caso que una forma alternativa de valoración del orden y sentido del tiempo. En este marco, es una perspectiva localmente situada y cosmopolita a la vez.  

Ahora bien, lo que sostengo tanto analítica como políticamente es que todo cambio en el orden social implica un cambio en el orden y sentido temporal. Por eso, la utopía democráticamente planteada que es la sociedad del buen vivir requiere de una ucronía para el Buen Vivir, para el Sumak Kawsay. Lo que está en juego en la civilización es la vida y su sentido, que no es otra cosa que el orden y sentido del tiempo (su cronos y su kairós). 

Esto implica reconstruir la intervención política y social alrededor de las vidas (humana y no humana/naturaleza). Y no cualquier tipo de vida, sino una vida buena y bien vivida, que no es otra cosa diferente a un tiempo bien vivido. Cómo construir un orden material y subjetivo (sentido común) que ponga el valor en la vida (buena) y permita superar la propuesta «seductora» del consumo sin fin del capitalismo es quizá una tarea que debe estar en el centro del debate de las izquierdas del mundo. 

 

TR

Las políticas públicas, por supuesto, no surgen en el vacío ni son concedidas libremente por élites políticas. Los Estados son condensaciones de la lucha de clases, y las políticas que promulgan reflejan el equilibrio de poder imperante en la sociedad en general. Dadas sus respuestas anteriores, ¿cómo podría producirse tal cambio de paradigma? ¿Qué actores colectivos, fuerzas de clase y movimientos sociales están preparados para actuar como protagonistas en la próxima batalla por el modelo de recuperación económica y social, y más allá? ¿Qué alianzas y bloques podrían reunir a grupos distintos en una fuerza con potencialidad hegemónica, capaz de transformar el modelo de acumulación imperante?

 

RRG

Cuando Nancy Fraser hace historia del feminismo señala que si bien la primera ola de este movimiento recuperó el debate marxista sobre la economía política de la redistribución, la segunda ola coincidió con el auge del neoliberalismo y se dejó atraer por la órbita de las políticas identitarias, las del reconocimiento. Si bien no necesariamente con los mismos procesos históricos, algo análogo sucedió con las luchas que buscaban superar la herencia colonial y racista de nuestras sociedades, siendo los pueblos originarios los actores que también han liderado las luchas de resistencia de ecología popular. 

La escisión entre redistribución y reconocimiento (ya sean feministas o provenientes de las luchas de los pueblos originarios) fragmentó la fuerza popular-plurinacional. Incluso muchas demandas identitarias fueron cooptadas por la derecha neoliberal, que las asumieron en el marco posmoderno de defensa a ultranza de las diferencias (donde se borraba la distinción entre las élites y los oprimidos). A la par, la dinámica de extinción de la política social focalizada implicó la individualización de las identidades colectivas. 

Un problema gravitante en estas dos décadas del siglo XXI es que en América Latina se ha dado un proceso de desindustrialización con la transición a la sociedad de servicios muchas veces deslocalizados (esto en el marco de una economía heterogénea, informal, con altos niveles de subempleo). Esto complejiza mucho más la lógica de acción colectiva alrededor de las luchas por un trabajo digno.

Hace un par de semanas leí un tuit que, siguiendo a Chico Mendes, decía: «el ecologismo sin lucha de clases es jardinería; el feminismo sin lucha de clases es la guerra de los sexos; el anticolonialismo sin lucha de clases es (potencial) fascismo». Claro está que la lógica también debe ser leída al revés: no debería pensarse la lucha social sin lucha feminista, ecologista o poscolonial; ni tampoco el ecologismo sin lucha feminista, etc. Lo que se necesita es la convergencia de todas esas luchas sociales. 

Dicha convergencia depende de cada contexto: en Argentina, por ejemplo, lo lideran los trabajadores y las mujeres; en Ecuador, ahora, el movimiento indígena. Y estos deberán articular con los movimientos políticos que disputan electoralmente el Estado, porque la contienda debe ser tanto en el ámbito social como estatal. Por otra parte, sostengo que la convergencia de las luchas debe darse con nuevas semánticas. No puede ser que la izquierda en la región solo surja cuando gobiernos de derecha neoliberales dejan «tierras arrasadas». 

Creo que el centro de convergencia debe ser la vida buena, que gira en torno a la recuperación del tiempo bien vivido. La convergencia de las luchas implica nuevos relatos, en los que todxs estemos incluidos. No solo quienes resisten. El capitalismo seduce a través del consumo sin fin y por medio del discurso del mérito y del éxito: «¡todos podemos ser Steve Jobs desde un garaje!». Y nos convencieron. Pero la búsqueda del tiempo para la buena vida (que no es –claro está– el paradigma del slow food) puede convocar a diferentes sectores sociales, ya que el tiempo autónomo para la vida buena tiene un valor intrínseco porque está ligado a la libertad y dignidad en la vida cotidiana. La disputa civilizatoria es por construir otro orden y sentido del tiempo, alternativos al time is money.

En efecto, las luchas sociales que han sucedido en la historia se pueden analizar como grandes luchas por el tiempo, su sentido y la búsqueda de una convivencia armónica de las múltiples temporalidades que coexisten en una comunidad política específica. Así, por ejemplo, la lucha de los trabajadores ha sido para que nadie explote o se apropie del tiempo del trabajador y además para que el tiempo de trabajo no sea un tiempo precarizado o alienado. Las luchas feministas han sido y son por una igual distribución del tiempo a lo largo de la vida, por la no existencia de tiempos violentos ni sentidos de tiempos de miedo y porque la sociedad tome en cuenta en igualdad de condiciones los tempos de los tiempos de ellas y de todos los géneros (GLBTIQ), que no se impongan los tiempos patriarcales.

Las luchas de los pueblos ancestrales son para que sus múltiples temporalidades puedan vivir y convivir armónicamente entre todos los socialmente existentes. La lucha de los ambientalistas es por la no separación del tiempo del espacio; es decir, que el tiempo antrópico pueda convivir con el tiempo de los ciclos ecológicos y biológicos garantizando una justicia intertemporal de las vidas (la humana y la no humana). La lucha de los migrantes o exiliados es poder vivir armónicamente y a plenitud el tiempo de su espacio en otro espacio. La convergencia de las luchas de los movimientos sociales es la convergencia de la agenda de la igualdad, la diversidad y la sostenibilidad. 

En suma, lo que sostengo es que se necesitan proyectos políticos que no solo aglutinen las grandes luchas históricas para resarcir injusticias históricas sino también que sean ilusiones movilizadoras de los comunes. Si bien muchos de los comunes luchan en diferentes ámbitos, existen otros y otras que no se sienten involucrados. Si no se convoca y seduce a estos otros sectores –que seguramente sufren pero están alienados y no tienen otro objetivo que realizar su vida a través del consumo para la mera supervivencia– difícilmente se logrará superar la crisis de civilización que vive el mundo.

 

TR

Por último, ante la posibilidad de un nuevo superciclo de commodities y con el retorno de varios gobiernos progresistas, ¿qué consejo ofrecerían a los gobiernos de izquierda o centroizquierda —tanto actuales como futuros— de la región? ¿Cómo deberían orientarse en un contexto de crisis multidimensional, en el que otro auge de los commodities puede traer consigo una mayor presión para expandir la frontera agrícola y extractiva? ¿Cómo podrían cambiar sus economías nacionales para hacer una transición hacia la energía renovable, una mayor protección social, una agricultura regenerativa y otras alternativas económicas al extractivismo? ¿Se podría financiar una transición de este tipo? ¿Es posible forjar un camino en este sentido sin la coordinación de los gobiernos de todo el Sur Global para poner fin al régimen de deuda y austeridad impuesto por las instituciones financieras?

 

RRG

Ojalá se dé un nuevo superciclo de commodities. Tenemos que tomar conciencia de que la pandemia, sumada a los malos gobiernos neoliberales, ha hecho que retrocedamos 15 años en la región. Los niveles de pobreza del 2020 son similares a los del 2005 en términos absolutos, según la CEPAL. Y no solo se necesitan recursos para recuperar el retroceso mencionado, sino que también la pandemia develó que necesitamos muchos más recursos para garantizar derechos mínimos a la salud. A continuación nombraré algunas aristas para la segunda ola de gobiernos progresistas en el marco de la crisis sanitaria y del capitalismo que vive el mundo:

En primer lugar y ligado al tema de los commodities, creo que la prioridad pasa por hacer un gran pacto territorial para no ampliar fronteras extractivas en zonas en donde exista amplia biodiversidad, se afecten fuentes de agua o haya impacto en comunidades ancestrales. Los recursos naturales se deben quedar con los dueños del patrimonio. Deben promoverse procesos soberanos sobre los recursos explotados para que el excedente no sea apropiado por las grandes transnacionales. En algunos países, en el primer ciclo de commodities sin renegociaciones de contratos mineros o petroleros, por ejemplo, las ganancias extraordinarias como resultado del incremento de los precios hubiesen quedado marginalmente al interior de los países (en los pueblos o Estados). Se necesitan políticas soberanas sobre los recursos naturales.

En segundo lugar, creo que los gobiernos de izquierda o progresistas deberían generar políticas redistributivas radicales. Pareciera que «los revolucionarios» han sido los gobiernos de derecha, que se han amparado en la pandemia y en los estados de excepción para generar radicales procesos de redistribución de la riqueza para el 1% de la población a través de privatizaciones y endeudamiento; y lo han hecho en tiempo récord. En cuatro años del siglo XXI han acumulado lo que en el siglo XX les hubiese tomado décadas. Solo con ver el caso de Macri, Bolsonaro o Moreno nos damos cuenta de aquello. 

No entiendo por qué los gobiernos progresistas no realizan un proceso redistributivo igualmente radical, pero para las grandes mayorías. La pandemia no es un pretexto. Es una realidad. La gente se muere y no tiene recursos para comer. Así, en el marco de las urgencias que empiezan por la necesidad de garantizar una muerte y vida dignas y en donde se requieren propuestas inmediatas tales como posponer todo pago de deuda ciudadana al sistema financiero o reestructurarla, garantizar estabilidad laboral y el pago de sueldos, instaurar un ingreso ciudadano universal para romper el estado de necesidad, garantizar bienes básicos y alimentos, generar reformas tributarias radicalmente progresivas con impuestos a grandes patrimonios y herencias. En este marco de la redistribución deberían entrar también políticas radicales ligadas al valor de la economía del cuidado.

Un tercer punto tiene que ver con la deuda externa. No es concebible que en los momentos que atraviesa la región y después de procesos en muchos tramos ilegítimos e ilegales de endeudamiento externo, la política sea seguir con el pago o, en el mejor de los casos, con renegociaciones suaves de los tiempos y montos de los desembolsos. Se debería posponer el pago de la deuda. Eso para empezar, Luego, hacer auditorías para analizar bien la legitimidad y legalidad de los mismos (ver caso de Argentina). Esto llevará, sin duda, al no pago de ciertos tramos, pero también permitirá la renegociación estructural.

En el marco de la deuda, debería impulsarse una agenda radicar a nivel mundial para el pago de la deuda ecológica de los países centrales a los países periféricos. Debemos recordar la investigación de Dorninger y otros (2021) en donde se evidencia que los países de ingresos altos dependen de una larga apropiación de recursos netos biofísicos del Sur Global. Asimismo, resulta fundamental generar reformas tributarias que incorporen pagos de las grandes transnacionales digitales como Facebook, Twitter, Amazon, etc.

Cuarto punto: se debe tener una política monetaria contracíclica radical. Tal política debe sacar de la intermediación a los bancos comerciales y financiar iniciativas que la región necesite ligadas, sobre todo, a proyectos de energía limpia, que requiere talento humano intensivo, y aquellos que busquen soberanía cognitiva y tecnológica vinculados sobre todo al ámbito de la salud y la soberanía alimentaria campesina (tal cual fue el Plan Marshall en Europa y que creó la Organización de Cooperación Económica Europea –OEEC–, que luego se convirtió en la OCDE). 

Lo señalado debe ser pensado en el marco de recuperar y fortalecer la agenda de integración Latinoamérica (UNASUR, CELAC) y las instituciones que se estaban conformando como el Banco del Sur, el Fondo del Sur, el Consejo Suramericano de Salud, el Consejo Suramericano de Ciencia, Tecnología e Innovación. Durante la pandemia, esta institucionalidad no solo hizo falta para el financiamiento sino para negociar como región la compra de la vacuna y no ir divididos mendigando los medicamentos. Únicamente a través del fortalecimiento de estas instituciones regionales se podría concretar articulaciones con las que existen en el Sur Global y dar la disputa del gobierno mundial. 

En el marco de la agenda del Sur Global se debería abordar: 1) Un tratado mundial para otro gobierno de la ciencia, la tecnología y la innovación, teniendo un enfoque de propiedad intelectual ligada a las necesidades de la humanidad y los ecosistemas recuperando la naturaleza pública del conocimiento (empezando por la liberalización de las patentes de las vacunas). 2) Un tratado mundial para la construcción de una ciudadanía digital universal que garantice acceso a internet como un derecho, privacidad de los datos, protección contra la sobreexplotación y desmonopolización de las plataformas. 3) Un tratado mundial para eliminar los paraísos fiscales o regularlos para que exista transparencia global de los flujos financieros. 

Finalmente, lo que debe quedar claro es que la condición de posibilidad de trastocar el modo de acumulación y redistribución es garantizar la democracia. En la región se ha visto la emergencia de lo que he denominado «dictaduras democráticas», en las que a través del uso de instituciones del Estado (como la función judicial o electoral) se violan los mínimos requisitos incluso para la competencia electoral libre y transparente, lo que está conduciendo a que se den regresiones autoritarias neoliberales. Bajo estos sistemas, la posibilidad de construir alternativas de desarrollo o al desarrollo queda negada. La condición de posibilidad para disputar la transición hacia el Vivir Bien es la profundización de la democracia radical.

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Que «las cosas continúen así» es la catástrofe.

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