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Campesinos cerca de Tirnovo, Bulgaria, 1906. (William Le Queux)

Cuando los campesinos búlgaros leyeron a Karl Kautsky

Traducción: Valentín Huarte

La historia de la Segunda Internacional suele verse a través del prisma del Partido Socialdemócrata alemán, un partido de masas de una potencia industrial. Pero los socialistas de los Balcanes tuvieron que adaptar sus lecciones a su realidad local, y en las décadas previas a la Primera Guerra fueron los primeros en enfrentarse a los problemas que planteaba la cuestión nacional.

El texto que sigue es una reseña de The Lost World of Socialists at Europe’s Margins: Imagining Utopia, 1870s – 1920s, de Maria Todorova (Bloomsbury Academic, 2020).

En 1911, una anciana con el típico traje de campesina entra en una librería socialista de la pequeña ciudad búlgara de Vrats. «Abuela, no tenemos los libros que busca», le dice el tendero, cuando por fin se ha fijado en ella. Sin inmutarse por su grosero rechazo, ella pide tranquilamente un ejemplar del Anti-Dühring de Friedrich Engels y pregunta si tienen a mano una obra concreta de Karl Kautsky. El tendero, un tanto sorprendido, accede a su petición y ella sale satisfecha de la tienda.

Esta historia es una de las muchas visiones de la vida de los primeros socialistas búlgaros incluidas en la obra de Maria Todorova The Lost World of Socialists at Europe’s Margins. La campesina mencionada, Angelina Boneva, protagoniza uno de los varios capítulos biográficos, que describen una rica historia de militantes socialistas fuera del núcleo del movimiento en Europa Occidental. Aunque este episodio es una divertida curiosidad, también se muestra como una acertada metáfora del movimiento socialdemócrata búlgaro de principios de siglo.

¿Por qué una vieja campesina se interesaría por las obras de los marxistas alemanes? ¿Y en qué se beneficiaría una nación de minifundios campesinos del socialismo marxiano, centrado en la organización de la clase obrera industrial? Las respuestas tienen mucho que decirnos sobre el proyecto socialista de esta época, mucho más allá de Bulgaria.

Acción de clase

Hasta la década de 1920, la economía búlgara era principal y obstinadamente agrícola. Durante las cuatro décadas que transcurrieron entre la independencia de facto del país del Imperio Otomano en 1878 y la salida de la Primera Guerra Mundial, la proporción de la economía nacional empleada en la agricultura apenas varió (de hecho, pasó del 69% en 1890 al 66,4% en 1911). Pero el aumento de la población y el descenso de la mortalidad hicieron que el número absoluto de personas empleadas en la industria aumentara constantemente. Este fue el contexto en el que creció el movimiento socialista.

El libro de Todorova se centra en lo biográfico más que en lo estadístico; se nutre de una base de datos de casi 3500 individuos implicados en la política socialista en Bulgaria desde la década de 1870 hasta la de 1920. La mayoría eran miembros y compañeros de viaje del Partido Socialdemócrata de los Trabajadores Búlgaros de la preguerra (BWSDP), que se dividió en partidos «estrechos» y «amplios» en los primeros años del nuevo siglo. Pero también incluyen a narodniks de influencia rusa, anarquistas y otros radicales agrarios y nacionalistas.

La imagen que se desprende del desarrollo del socialismo búlgaro es una lenta transición de pequeños y eclécticos grupos socialistas de diversas influencias ideológicas a una organización más estable que se fortalece y estabiliza gracias a los vínculos con la Segunda Internacional. El movimiento socialista se esforzó por conseguir una afiliación masiva frente a la represión, batalló con su creencia en el papel central del proletariado industrial y se enfrentó a la cuestión de cómo desarrollar una posición socialista respecto a la cuestión nacional en el singular contexto multinacional de los Balcanes.

La primera generación de socialistas de la que habla Todorova no contaba con organizaciones partidarias importantes ni con un movimiento sindical significativo. Fue necesaria la consolidación de los partidos «estrecho» y «amplio», y sus respectivos sindicatos, para que se desarrollara una membresía obrera sustancial. Antes de la Primera Guerra Mundial, los socialistas eran menos proletarios industriales o campesinos, y más a menudo trabajadores urbanos de diversa índole (el personal ferroviario estatal es un ejemplo ilustrativo); muchos eran intelectuales de clase media baja, como maestros de escuela de origen pobre o campesino. Los que tenían estudios universitarios solían ser abogados.

Antes de las guerras de los Balcanes de 1912-13 —y especialmente antes del cambio de siglo— la forma más común de exposición al socialismo era la influencia de un profesor de escuela o a través de grupos de estudio socialistas formados por estudiantes de secundaria. El profesor era la ocupación individual más común entre los socialistas de preguerra (19% del total) aunque, en conjunto, los trabajadores de diversa índole los superaban significativamente (42%).

La mujer de la anécdota inicial es un ejemplo esclarecedor: Angelina Boneva nació en el seno de una familia campesina pobre, pero consiguió huir a los veintitrés años. Solo entonces pudo obtener una educación elemental y más tarde recibir una beca para formarse como maestra. Luego se hizo miembro de una organización socialdemócrata de profesores en 1908-10. Según todos los indicios, siguió siendo una socialista dedicada hasta su muerte en 1938.

La presencia de profesores y otros intelectuales en el movimiento socialista búlgaro hizo que, según Todorova, «una de las cuestiones más debatidas en la primera década del siglo XX fuera si los profesores y la intelectualidad en su conjunto pertenecían al proletariado o a la pequeña burguesía». No es de extrañar que no fueran capaces de resolver este debate, que todavía hoy preocupa a los socialistas. Otro resultado fue la proliferación de círculos de lectura marxista en las escuelas, tanto entre los niños como entre las niñas.

Las organizaciones socialistas no fueron prohibidas. Pero los empleados del Estado podían ser despedidos si se conocían sus actividades políticas, y los profesores «problemáticos» podían ser destituidos por funcionarios poco comprensivos. Los abogados tenían más libertad que los profesores y los empleados del Estado para actuar públicamente en nombre de un partido socialista, y con sus ingresos independientes podían defender las ideas socialistas sin riesgos catastróficos para su sustento.

¿La vía rusa?

Aunque Bulgaria seguía siendo un país eminentemente agrícola, esto no conllevaba necesariamente el crecimiento abrumador de un pensamiento socialista centrado en los campesinos. Así ocurrió en Rusia, donde antes del crecimiento del socialismo de influencia marxista en la década de 1890, la principal organización política radical era la de los narodniks (literalmente «populistas», término que la autora evita por sus connotaciones contemporáneas). Estos intelectuales pretendían fomentar la acción radical entre la mayoría campesina empobrecida del imperio zarista.

Dada la mayor fuerza del ejemplo de Rusia, es fácil imaginar que antes de que la Internacional Socialista cobrara fuerza y difundiera el evangelio del marxismo la tradición socialista más arraigada en el mundo rural y campesino también habría sido popular en Bulgaria. Algunos historiadores describen el desarrollo del socialismo búlgaro como un modelo similar al de Rusia.

Sin embargo, Todorova advierte contra los paralelismos simplistas. El equivalente búlgaro, llamado siromakhomilstvo (literalmente, «amor por los pobres»), siguió siendo una fuerza política relativamente marginal, en parte debido a la pobreza general del país y porque «la ausencia de una alta burguesía y una pequeña burguesía, los intelectuales formaban parte del pueblo que se enfrentaba a menudo a la pobreza en un clima económico cada vez más desestabilizador».

Así, en lugar de que los socialistas lucharan por atraer a los trabajadores agrícolas sin tierra a sus propias organizaciones políticas, la cuestión estratégica clave tras el cambio de siglo era cómo y cuándo cooperar con el principal partido de los pequeños intereses agrícolas: la Unión Nacional Agraria Búlgara (BANU). En lugar de seguir la senda rusa de desarrollo, el socialismo búlgaro creció a partir de una combinación única de influencias: a veces rusas, a veces alemanas y a menudo totalmente autóctonas, propias de los Balcanes.

Grupos de lectura conspirativos

La influencia de Alemania puede parecer sorprendente dado que, a diferencia de Bulgaria, ya era una potencia industrial líder y en ascenso. Sin embargo, una conexión clave con la socialdemocracia de estilo alemán (fundada en 1889), hegemónica en la Segunda Internacional, era el compromiso de operar dentro de la estructura legal existente en la medida de lo posible y luchar por más derechos democráticos y políticos. Los socialistas búlgaros pudieron formar libremente partidos y presentarse a las elecciones, consiguiendo más del 20% de los votos en 1913. Si la dura represión zarista llevó a los radicales rusos a adoptar tácticas conspirativas por necesidad, no puede decirse lo mismo de la Bulgaria relativamente libre.

Este contexto hace que las historias de algunos de los primeros grupos radicales búlgaros sean especialmente intrigantes. Spiro Gulabchev, fundador de varios círculos en la década de 1880, creía en una forma de actividad política relativamente no violenta. Mientras que los primeros narodniks rusos confiaban en la acción revolucionaria, Gulabchev creía en el poder de la palabra. Defendía especialmente el poder de la educación radical, lo que significaba que había que impartir la conciencia adecuada antes de que pudiera producirse con éxito cualquier revolución real.

Sin embargo, la forma que adoptaban sus clubes era en sí misma totalmente conspirativa. Un grupo en cualquier ciudad no tenía contacto directo con ninguno de los otros, y los miembros individuales no debían establecer relaciones ni conocer personalmente a otros miembros. Pero si no estaban planeando ningún atentado o asesinato inminente (y los registros históricos demuestran que no lo estaban), ¿a qué se debe todo ese secretismo? Según un historiador que escribió en la década de 1970, fue por el efecto psicológico: si no se podía atraer a los jóvenes para que se unieran a una organización y se sometieran a su educación política con la emoción del hecho, al menos se les podía hacer sentir muy revolucionarios con el secreto.

Si bien es cierto que los círculos de Gulabchev se inspiraron en cierto modo en el ejemplo ruso, en Bulgaria esta forma de organización perdió importancia tras el cambio de siglo. Todorova insiste en que, más que a un cambio de perspectiva de las figuras clave hacia un punto de vista más marxista o socialdemócrata, esto se debió en gran medida a que diferentes conjuntos o generaciones de radicales empezaron a conseguir organizarse de forma diferente.

En resumen: quienes adoptaron el marxismo en las décadas de 1890 y 1900 habían sido en gran medida nacionalistas revolucionarios desilusionados con el camino de la independencia de Bulgaria. Y en lugar de que la influencia rusa diera paso a la alemana, la influencia rusa siguió existiendo, pero en una dirección cada vez más anarquista y a menudo explícitamente antimarxista (a través de las organizaciones de Gulabchev y su empresa de publicación de libros y folletos, que perduró hasta 1905).

La cuestión nacional

Así pues, los socialistas búlgaros buscaron orientación en el movimiento internacional, aunque no necesariamente lo imitaron por completo. Esto se desprende de la historia de Angelina Boneva, que entró en la tienda buscando un libro de Karl Kautsky, miembro destacado del partido socialdemócrata alemán y uno de los intelectuales más destacados del movimiento socialista internacional.

La extensa introducción de Todorova contiene una fascinante recopilación de información sobre la literatura socialista que se puso a disposición de los Balcanes en el periodo 1880-1914. Muestra que muchos de los materiales de lectura puestos a disposición de los socialistas búlgaros eran obras traducidas que se compartían a través de las redes de la Segunda Internacional. En este caso, el mayor número de obras eran traducciones del alemán, que en el caso búlgaro ascendían a cerca del 40%.

En cuanto a autores concretos, Kautsky encabezó la lista de obras más traducidas, con cincuenta y un textos en estas décadas, frente a los cuarenta y dos de Georgi Plejanov, los veintiuno de Karl Marx y los diecisiete de Engels. Todorova aprovecha esta circunstancia para argumentar que los socialistas búlgaros y sus organizaciones estuvieron a menudo más influidos por el socialismo alemán y el socialismo de la Segunda Internacional en general que por el socialismo ruso en particular.

Pero no se trata de sacar a Bulgaria de la sombra de Rusia para ponerla bajo la de Alemania. Un ámbito en el que los socialistas búlgaros (y balcánicos en general) no pudieron encontrar orientación en los teóricos extranjeros se refería a sus problemas particulares con el nacionalismo y la autonomía nacional.

Los socialdemócratas austriacos, en particular Otto Bauer, son reconocidos por sus primeros intentos de abordar y elaborar una posición sobre la cuestión nacional, al menos en el contexto del Imperio Austrohúngaro. Pero Todorova muestra cómo el pequeño movimiento búlgaro influyó de hecho en el pensamiento de los principales socialistas europeos.

Muchas de las figuras más influyentes del movimiento socialista eran también miembros de la Organización Revolucionaria Macedonia Interna (ORIM), que deseaba la autonomía de la región macedonia con respecto al Imperio Otomano pero se mostraba escéptica ante un futuro para los Balcanes como un mosaico de pequeños Estados nacionales totalmente independientes.

En su lugar, algunos socialistas búlgaros y macedonios empezaron a defender la idea de una federación balcánica. La idea federativa fue ampliamente compartida en Bulgaria y a menudo debatida. Tiene mucho en común con la idea austro-marxista, más conocida, pero ya existía desde la década de 1860 y fue prominente en el movimiento a partir de la década de 1880.

Dimitar Blagoev y Christian Rakovsky publicaron sobre este mismo tema e intentaron que la Internacional prestara atención a la cuestión macedonia. Pero a la hora de realizar intervenciones prácticas o incluso resoluciones simbólicas, la Internacional se mostraba recelosa de intervenir en cuestiones de autodeterminación nacional cuando éstas podían alimentar la animosidad de las grandes potencias, lo que podría llevar incluso a la guerra.

Así, aunque en principio los socialistas apoyaban la autodeterminación nacional, los Balcanes se consideraban un terreno especialmente arriesgado para que la Internacional interviniera. Muchos pensaban que la Internacional debía centrarse en cambio en su «interés más importante y más inmediato, el del proletariado», como dijo el austriaco Victor Adler.

A pesar de estos intentos de eludir esta cuestión decisiva, Todorova insiste en que la idea federativa debe considerarse una de las principales contribuciones teóricas del movimiento búlgaro al pensamiento socialista de la Segunda Internacional. La figura más famosa de este movimiento, Kautsky, defendió esta misma idea ya en 1909, y aunque algunos relatos casi se la atribuyen por completo, no hay que olvidar que sus orígenes se encuentran fuera del núcleo alemán. Kautsky, a modo de un «Papa del marxismo», solo le dio su bendición.

Contra la guerra

El movimiento búlgaro se enfrentaba a un contexto organizativo único y desafiante. A diferencia de algunos de los principales partidos de la Segunda Internacional en el cambio de siglo, su visión del futuro no podía ignorar o subordinar fácilmente los retos del nacionalismo y la autodeterminación nacional.

Por eso, a pesar de la marginalidad de su país, se encontró especialmente bien equipado para enfrentarse a las realidades del nacionalismo y la guerra. Como señala Todorova, «los partidos y facciones socialistas búlgaros en vísperas de las guerras de los Balcanes adoptaron la orientación pacifista de la Internacional en apoyo del statu quo como garantía contra una conflagración general».

Sin embargo, una vez que la guerra se hizo paneuropea, no se pudo decir lo mismo de otros partidos socialistas: casi todos apoyaron los llamamientos a las armas de sus propios gobiernos nacionales. Cuando Bulgaria rompió su neutralidad y se unió a la guerra en 1915, su partido socialista «estrecho» fue uno de los pocos partidos de toda Europa que se opuso a la matanza.

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