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Mujeres cosechando cañas de azúcar en Jamaica. (The Print Collector / Print Collector / Getty Images)

La revuelta de 1831 en Jamaica y el fin de la esclavitud colonial

En 1831, los esclavos de Jamaica se levantaron en armas contra la explotación de los propietarios de las plantaciones de la isla. Su valiente rebelión, a medio camino entre la revolución de Haití y la Guerra Civil estadounidense, fue un hito en la batalla continental por la emancipación de los esclavos.

Reseña de Island on Fire: The Revolt That Ended Slavery in the British Empire, de Tom Zoellner (Harvard University Press: Cambridge, MA, 2020)

 

El libro de Tom Zoellner Island on Fire es una importante contribución a nuestra comprensión de lo que Saidiya Hartman ha descrito como la “vida posterior” de la esclavitud. Zoellner documenta con gran detalle la violencia e inhumanidad de la esclavitud institucionalizada en la Jamaica de la época de las plantaciones. Pero también cuenta la historia de una resistencia y una autoorganización que generaron la rebelión de los esclavos de 1831, cuyo desenlace final fue la abolición de la esclavitud dentro del imperio británico.

1831 en Jamaica fue un levantamiento de masas que se convirtió en un punto de inflexión en la desaparición de un sistema que había sostenido los imperios europeos durante siglos. De hecho, los detalles relatados por Zoellner, que se basa en una amplia documentación histórica, muchas veces son desgarradores. Pero su capacidad narrativa hace que esta historia sea extremadamente atrapante, aunque no menos dolorosa.

Suburbio del infierno

El autor describe la sociedad de las plantaciones en la Jamaica colonial como “un suburbio del infierno”, donde “el embrutecedor sistema de clases que reinaba en Inglaterra fue completamente reformulado en las Indias Occidentales”. La principal característica que definía esta sociedad colonial era la acumulación de negros africanos como propiedad de esclavos y el uso de su mano de obra. Una marca clara del privilegio de clase entre los propietarios de las plantaciones era el absentismo: los que podían permitirse salir de la isla, “la clase adinerada”, regresaban a Inglaterra.

Nueve de cada diez jamaicanos eran esclavos. El sistema de gobierno de la isla se basaba en la coerción, sin siquiera una apariencia de consentimiento. Por lo tanto, era intrínsecamente inestable. La plantocracia blanca gobernaba la Jamaica colonial como una pequeña minoría que vivía en constante temor a la población esclava de la que dependían su riqueza y sus privilegios. Zoellner compara estas características estructurales de Jamaica a principios del siglo XIX con las condiciones del sur de Estados Unidos, donde la población esclava representaba el 33% del total, una región en la que, por el contrario, “las granjas de propiedad libre y los pequeños negocios artesanales coexistían con las grandes plantaciones”.

La clase dirigente colonial jamaicana confiaba únicamente en la coerción a través de “las manos de los jefes de las plantaciones y sus mosquetes y látigos”, de forma comparable a los asentamientos fronterizos. El colonialismo británico ejercía su violencia y su perniciosa codicia principalmente contra los cuerpos secuestrados y esclavizados de los negros africanos, pero tampoco era raro que se sacaran las armas cuando estallaban las disputas entre las figuras políticas blancas locales.

El nombre original de Jamaica en la lengua del pueblo taíno, Xaymaca, significa “tierra de madera y agua”. Como colonia británica, poseía extensas y fértiles tierras, pero carecía de suficiente mano de obra tras la destrucción de la población indígena por las enfermedades y la esclavitud. El comercio de esclavos en el Atlántico se convirtió así en el eje de un proceso de acumulación internacional.

Una región de África Occidental –que hoy comprende las naciones de Benín, Ghana, Togo y partes de Nigeria– se convirtió en el coto de caza de los mercaderes europeos. Gran Bretaña llegó a dominar el comercio de esclavos, así como las vías marítimas . Como dice Zoellner “La Royal African Company llegaría a transportar más cuerpos negros que cualquier otra institución en la historia, y daría a los británicos casi tres cuartas partes de la cuota de mercado”.

Los viajes marítimos en condiciones infrahumanas, la subasta de carne humana y la brutal explotación de la mano de obra –en condiciones que C. L. R. James comparó con la producción industrial moderna– generaron en última instancia enormes beneficios: “El hombre blanco medio residente en Jamaica era 52,3 veces más rico que su par en Inglaterra, y 57,6 veces más rico que un hombre blanco que viviera en Nueva Inglaterra”. En cada punto de la economía política y del tejido social de este sistema, la violencia y la tortura estaban profundamente arraigadas. Se organizaba en torno al trabajo de los esclavos hasta la muerte.

Religión y rebelión

En la medida en que existía una sociedad civil en la Jamaica colonial, la Iglesia Anglicana actuaba como interlocutora oficial de la Corona y del gobernador local. La Iglesia se encargaba de registrar los nacimientos, los matrimonios y las defunciones, a pesar de que la plantocracia era, como observa Zoellner, “en gran medida un grupo irreligioso”.

Sin embargo, la religión resultó ser un terreno contradictorio. La Sociedad Misionera Bautista se interesó por la isla, en gran medida a través de la persona de William Knibb, que llegó a la isla desde Inglaterra en 1825. Aunque Knibb había recibido instrucciones estrictas de no mencionar la esclavitud ni perturbar el arraigado sistema de racismo y colonialismo contra los negros que dependía de ella, llegó a creer que Jamaica era un lugar “donde Satanás reina con un poder espantoso y lleva a multitudes cautivas a su antojo”.

El cristianismo de los misioneros bautistas se centraba en salvar las almas de los oprimidos. Pero el desafío religioso a la esclavitud no fue sólo ni principalmente un fenómeno de inspiración cristiana. A pesar de la represión masiva, los practicantes indígenas africanos siguieron sirviendo en secreto como sacerdotes espirituales tradicionales, siguiendo el conocimiento “obeah” que la plantocracia blanca temía.

Un líder esclavo llamado Tacky encabezó una rebelión en 1765, reclutando rebeldes mediante rituales de bebidas especiales. En un movimiento que prefiguró las posteriores oleadas de rebelión jamaicana contra el colonialismo y el capitalismo, los esclavos expresaron su protesta a través de lo que he denominado en otras ocasiones un lenguaje religioso en el que el texto bíblico se cruzaba con las prácticas indígenas africanas. Esto dio lugar a colectividades de culto entre los esclavizados en las que se podía dar cierto grado de autogobierno lejos del control blanco.

Las lecciones de lectura de la Biblia, que fomentaban la alfabetización de los trabajadores esclavizados, aterrorizaban a la plantocracia, y con razón. De acuerdo con el principio protestante de que “el camino hacia lo divino pasa por las palabras de la Biblia”, en 1831 la mayor parte de la congregación bautista tenía algún nivel de alfabetización, según William Knibb. Entre los 4.600 fieles esclavos que los bautistas reclutaron se encontraban algunos nombrados como “diáconos”, que recibieron “la autoridad para repartir el pan y el vino de la comunión, distribuir dinero para los necesitados, visitar a los enfermos y dar instrucción religiosa”.

Samuel Sharpe fue uno de estos diáconos. Se tomó en serio el pasaje bíblico que sostiene que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo 6:24). Si Dios era un amo, la plantocracia blanca no podía ser otro. Por lo tanto, no sólo era justo, sino divinamente ordenado, que los esclavos se rebelaran y rechazaran la pretensión del amo de tener una autoridad universal. Con el tiempo, lo religioso se fusionó con lo político para consolidar una rebelión de masas de proporciones inmensas y transformadoras.

Avivando el fuego

La rebelión comenzó, no por casualidad, durante las vacaciones de Navidad, el 27 de diciembre de 1831. Primero se produjo un incendio del que informó un vigilante llamado Coronel George Lawson mientras estaba en lo alto de un juzgado colonial en Montego Bay. Luego se produjo otro incendio cerca de allí, y otro más. Esto confirmó los rumores, hasta entonces impensables para la élite colonial blanca, de que la población esclava negra de la costa noroeste de la isla se estaba levantando, desafiando la esclavitud de las plantaciones.

John Roby, un recaudador de aduanas, recibió el informe del vigilante y, a su vez, envió un mensaje al gobernador colonial: “Se teme que este incendio no sea por causas accidentales…” Tenía razón. Los incendios se extendieron por las plantaciones de azúcar de Jamaica durante casi dos semanas como una táctica de rebelión cuidadosamente planificada y altamente organizada.

Zoellner muestra cómo Sam Sharpe pudo visitar las plantaciones bajo la protección de la misión bautista, persuadiendo a los rebeldes para que juraran sobre la Biblia unirse a la conspiración de la rebelión –llamada “el negocio”– utilizando su condición de esclavo favorecido en la jerarquía de abusos de los amos. Sharpe trabajaba en estrecha colaboración con una red de esclavos que se hacían pasar por poco amenazante, mientras conspiraban en “células” secretas en todo el sistema de plantaciones.

Si el lenguaje era religioso, el contenido del movimiento era económico y político. Sharpe leía periódicos desechados de Gran Bretaña que reflejaban los debates de la época, incluidos los relativos al papel de la esclavitud en el imperio colonial británico y sus implicaciones. Adhirió a la creencia –según Zoellner, probablemente una modificación consciente de las noticias del día– de que el gobierno de Inglaterra ya había declarado la libertad de los esclavos, pero esta promesa de emancipación se enfrentaba a la resistencia de la élite colonial jamaicana.

Mientras el fuego ardía, la rebelión asumió la forma de una huelga laboral, reclamando el pago a cambio del trabajo. Los reclutas rebeldes juraron sobre la Biblia que se negarían a trabajar hasta que los amos les pagaran en salarios, exigiendo específicamente “el 50% de lo que un trabajador libre ganaría normalmente por el mismo trabajo”.

El nivel de organización y el objetivo común del movimiento fueron notables, forjados en las condiciones más peligrosas de brutalidad y represión. Como lo resume Zoellner:

La toma de juramentos y la construcción de células duró varios meses, y antes de que terminara, la influencia de Sharpe se había extendido a lo largo de seiscientas millas cuadradas; su plan de paro laboral navideño era conocido por aproximadamente veinte mil esclavos en más de cien plantaciones.

Azúcar

El azúcar era la principal mercancía producida en Jamaica, y las plantaciones azucareras sólo podían obtener beneficios mediante la explotación brutal y continua de la mano de obra esclava. Zoellner detalla gráficamente el impacto del azúcar refinado como producto básico para la sociedad colonial y sus centros monárquicos. Uno de los capítulos del libro de Zoellner comienza con la descripción de la ya vieja reina Isabel I, que hablaba entre dientes y rara vez sonreía. Cubría el dolor y la desfiguración de unos dientes desgastados hasta convertirse en muñones ennegrecidos por la caries gracias a una dieta cargada de azúcar.

A lo largo del reinado de Isabel, en el siglo XVI, creció el lugar del azúcar refinado en la dieta diaria de la sociedad británica. Los suministros procedían originalmente de la región mediterránea, pero las plantaciones de las Indias Occidentales se expandieron en los siglos siguientes para abastecer el mercado nacional de azúcar. Como observa Zoellner: “Los clientes del mercado ansiaban el azúcar de las Indias Occidentales, especialmente el que había sido refinado desde su estado de melaza oscura hasta una blancura para anunciar falsamente su pureza”. También sugiere que la preferencia por el azúcar altamente refinado puede haber reflejado un “blanqueo literal de sus orígenes”.

Asociado inicialmente a la riqueza y el poder, el consumo de azúcar se convirtió más tarde en un elemento básico de las dietas de la clase trabajadora: “El té con azúcar era la droga suave que traía un momento de paz y la resistencia de seguir trabajando”. Se convirtió en un ingrediente habitual en todas las comidas, desde las gachas de avena (porridge) hasta el pudín, y el británico medio consumía 20 libras al año, diez veces más que sus homólogos franceses. La diabetes, identificada por primera vez en la década de 1670, siguió la misma curva ascendente que el consumo de azúcar.

Pero este dulce hábito estaba empapado de sangre. En una época en la que el pensamiento de la Ilustración prometía ampliar las nociones de libertad y razón, la sociedad europea excluyó a las poblaciones agrícolas secuestradas de África de su concepción de lo que era ser humano. Incluso iconos liberales como John Locke fueron defensores de la trata.

La violencia racial de la trata de esclavos en el Atlántico y la esclavitud en las plantaciones del Caribe no es simplemente una característica del pasado histórico, ni del Sur global. La riqueza robada en forma de tierras y cuerpos, los beneficios obtenidos de la explotación violenta y los privilegios heredados transmitidos a través de las generaciones produjeron un modelo de raza y poder que ha demostrado ser dolorosamente resistente.

Segunda fase

Hubo resistencia en todo momento, y hubo contradicciones en el sistema. Las autoridades coloniales concedieron terrenos de provisión a los esclavos, en tierras de ladera consideradas inútiles para la producción de las plantaciones, para que pudieran cultivar productos alimenticios que de otro modo no estarían disponibles. Se crearon mercados dominicales donde los productos de los esclavos también servían a la plantocracia.

Tras la primera oleada de rebelión en las plantaciones, Zoellner identifica una segunda fase que compara con “el Ejército Continental de George Washington que había luchado contra las tropas coloniales medio siglo antes, aunque sin municiones ni mando y control centralizados”. Otra forma de entender este cambio fue que, una vez que los propietarios de las plantaciones reprimieron violentamente la huelga laboral masiva, los rebeldes recurrieron a tácticas de guerrilla y escondieron sus fuerzas en cuevas de piedra caliza, conocidas como “cabañas”. Frustrado por su ingenio, el ejército colonial recurrió a atacar los terrenos de provisiones. Pero, como señala Zoellner, “la asombrosa cantidad de alimentos reunidos y escondidos por los rebeldes” indicaba la posibilidad de una resistencia de meses.

Zoellner presta atención a las dimensiones de género del colonialismo y la resistencia. La esclavitud en las plantaciones era una sociedad basada en la violación constante y continua. Los esclavistas utilizaban a las mujeres esclavizadas como concubinas sexuales. Pero las mujeres también fueron fundamentales en la rebelión. La sublevación de los esclavos fue notablemente selectiva, ya que se dirigió a la propiedad mucho más que a las personas, y Zoellner relata numerosas historias heroicas de resistencia creativa por parte de los hombres y mujeres esclavizados.

La plantocracia blanca no mostró el mismo cuidado ni la misma piedad. Hicieron ejecutar a Samuel Sharpe en medio de una ola de represión dirigida por el Estado que incluyó ejecuciones, flagelaciones públicas y una ola de terror de los vigilantes blancos que Zoellner retrata como una anticipación de la violencia del Ku Klux Klan tras la Guerra Civil estadounidense. Los misioneros bautistas también se encontraron en el punto de mira de esta violenta reacción.

Emancipación

William Knibb no estaba informado de la rebelión y no era partidario de ella. Sin embargo, insistió en hablar gráficamente sobre las condiciones de brutal represión que caracterizaban la esclavitud en las plantaciones. El 24 de mayo de 1832, un día después de la ejecución de Sam Sharpe, un selecto grupo de parlamentarios en el Viejo Palacio de Westminster convocó un comité para investigar la posibilidad de abolir la esclavitud.

Su motivación era abrumadoramente pragmática: reconocían la probabilidad de nuevas revueltas y consideraban que el coste de la represión era prohibitivo a largo plazo. Knibb fue uno de los 32 testigos que respondieron a 8.572 preguntas del comité durante el verano de 1832. Entre las historias que relató se encuentra la de Catherine Williams, una esclava jamaicana que se había negado a mantener una relación sexual con su amo y fue golpeada en venganza hasta que su espalda era “una masa de sangre”. En 1833, el Parlamento británico aprobó la Ley de Abolición de la Esclavitud.

El libro de Zoellner es sumamente importante en términos de reconstruir esta historia de cómo se llegó a abolir la esclavitud. Tiene, por supuesto, algunas limitaciones también. El estudio es más descriptivo que analítico, y a veces hay deslices en la claridad teórica. Pero podemos colmar esas lagunas leyendo la obra de Zoellner junto con la de otros teóricos que nos han ayudado a comprender la experiencia caribeña, desde los trabajos pioneros de C. L. R. James, Eric Williams y Richard Hart hasta los estudios más recientes de escritores como Anthony Bogues, Hilary Beckles y Verene Shepherd.

Island on Fire nos recuerda que, de acuerdo con Alissa Trotz, el Caribe posee una centralidad epistémica en la historia moderna. También nos recuerda que la emancipación es el resultado de la autoactividad de los subalternos, y que los que nos han precedido inspiran la larga marcha hacia la libertad hoy en día.

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