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(Nikolay Likomanov / Unsplash)

Los millonarios de la pandemia

El dramático aumento de las fortunas de los superricos durante una pandemia en la que han muerto millones de personas y otras tantas se han visto empujadas a la pobreza es una prueba más de que vivimos en una economía deformada y en una sociedad enferma.

Un nuevo informe de Credit Suisse ha revelado que más de cinco millones de personas se han convertido en millonarios en el transcurso de la pandemia, mientras que el número de personas con un patrimonio superior a 50 millones de dólares aumentó en más de una cuarta parte. El principal impulsor de este impactante aumento de la riqueza ha sido el incremento de los precios de las acciones y de los inmuebles residenciales, que han aumentado el patrimonio neto agregado de los hogares hasta unos 418,3 miles de millones de dólares. Mientras tanto, más de la mitad de la población mundial tenía menos de 10 mil dólares en activos netos.

La mayor parte del aumento de la riqueza se concentró en los países ya ricos, con Estados Unidos representando un tercio de los nuevos millonarios. El número de millonarios en China va en aumento y ya alcanza a uno de cada doscientos; pero en Estados Unidos, el 8% de la población es ya millonaria.

¿Cómo es posible que los países más afectados por la pandemia sean también los que han registrado los mayores aumentos de riqueza en el transcurso del último año? Una razón destaca por encima de todas las demás: las compras de activos de los bancos centrales.

En el transcurso de la pandemia, los bancos centrales han inyectado dinero nuevo en el sistema financiero mundial por valor de unos 9 miles de millones de dólares. Esto se suma a los 10 mil millones de dólares añadidos entre la crisis financiera y la pandemia. El mundo está inundado de dinero de los bancos centrales, y todo está fluyendo hacia arriba en lugar de gotear hacia abajo.

Los banqueros centrales argumentaron inicialmente que la flexibilización cuantitativa —como se conoce a la política de creación de nuevo dinero para comprar activos como los bonos del Estado— impulsaría los préstamos al proporcionar a los bancos comerciales más dinero en efectivo. Por supuesto, el problema al que se enfrentaban los bancos tras la crisis financiera no era la falta de acceso al efectivo, sino la falta de oportunidades de inversión viables en el contexto de una demanda crónicamente deficiente, exacerbada por la austeridad.

Al final quedó claro que la QE (quantitative easing, flexibilización cuantitativa en inglés) funcionaba, pero no de la manera que se nos había dicho inicialmente. En lugar de impulsar los préstamos, la QE funcionó a través de un efecto de reequilibrio de la cartera: en esencia, cuando los gobiernos compraron deuda pública a largo plazo, proporcionaron a los inversores privados dinero en efectivo que necesitaba un lugar donde ir.

Los inversores respondieron reequilibrando sus carteras en detrimento de la deuda pública (que ofrecía rendimientos insignificantes gracias a la mayor demanda de los bancos centrales) y en favor de otros activos como la renta variable, los bonos corporativos y los bienes inmuebles.

En Estados Unidos, el resultado de este aumento de la demanda de acciones fue la carrera alcista más larga (una racha de optimismo y subida de los precios de las acciones) que el mundo había visto jamás. La afluencia de efectivo a los bonos corporativos de alto rendimiento también había inflado una burbuja de deuda corporativa: era tan fácil acceder al efectivo —incluso para las empresas peor gestionadas— que los economistas señalaban el problema de la empresa «zombi», que solo podía permitirse el servicio de los intereses de su deuda pendiente.

El principal impacto del QE en el Reino Unido se ha dejado sentir en el mercado de la vivienda, donde los precios se han disparado hasta situarse muy por encima de donde estaban antes de la crisis financiera de 2008, especialmente en Londres, el sureste y Manchester.

La pandemia ha sido una recesión como ninguna otra: en lugar de caer, como en todas las recesiones anteriores, los precios de la vivienda han subido. Gracias al cierre de oficinas y a la consiguiente emigración de las ciudades, los precios de la vivienda en el campo suben ahora a un ritmo de alrededor del 14% anual, frente al 7% de las zonas urbanas.

Además, con los tipos de interés por los suelos y la posibilidad de que los pensionistas cobren toda su pensión de una sola vez, muchas personas mayores han decidido comprar segundas viviendas para alquilarlas a los más jóvenes. Los conservadores han creado setecientos mil nuevos propietarios en el transcurso de la última década, apuntalando su base de votantes al tiempo que exacerban la crisis de la vivienda.

A falta de un control de los alquileres o de un sistema de vivienda social que funcione, los jóvenes se ven obligados a pagar cantidades exorbitantes —a menudo la mitad o dos tercios de sus salarios— en concepto de alquiler solo por el privilegio de vivir a una distancia prudencial de sus trabajos.

Mientras tanto, grandes gestores de activos internacionales como Blackstone se aprovechan de la abundancia de dinero disponible en el sistema financiero internacional para comprar enormes extensiones de inmuebles para alquilarlos ellos mismos. El auge del arrendador corporativo se hizo evidente primero en Estados Unidos, luego en Irlanda y ahora es cada vez más visible en el Reino Unido.

En otras palabras, los Estados más poderosos del sistema mundial capitalista se dedican ahora a crear millonarios. Los bancos centrales, antidemocráticos y sin rendir cuentas a nadie, están utilizando el poder de las firmas para inflar las fortunas de los ricos; mientras tanto, el Tesoro del Reino Unido trata de impedir que la gente tenga acceso a la paga por enfermedad.

El dramático aumento de las fortunas de los superricos durante una pandemia en la que han muerto millones de personas y otras tantas se han visto empujadas a la pobreza es una prueba más de que vivimos en una economía deformada y en una sociedad enferma. Pero no basta con observar la irracionalidad del sistema actual; a menos que los trabajadores se organicen para pedir cuentas a los poderosos, el Estado capitalista seguirá apoyando los intereses de los millonarios por encima de los millones de personas que trabajan para ellos.

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